Papeles del doctor Angélico

Part 24

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--Soy un soldado, y no discuto los planes del general en jefe... Pero, en fin--añadió poniéndose serio--, yo sé muy bien que habiendo nacido en una nación musulmana, budhista o idólatra, si me hubiese instruído convenientemente, si mi entendimiento alcanzase el grado de desarrollo que hoy posee cualquier europeo culto, estoy absolutamente seguro de que notaría la superioridad de la doctrina evangélica. Por tanto, si permaneciese adherido a la religión de mi país, sería por ignorancia invencible, y no sería de ello responsable... En cuanto a las sectas cristianas disidentes sólo te diré que la Iglesia cristiana es una, y que todos los que creen en Cristo pertenecen al alma de esta Iglesia, si no a su cuerpo. Yo soy feliz por pertenecer, no sólo a su alma, sino también a su cuerpo. Amo mi religión como he amado a mi madre, sin ver en ella sombra ni mancha. Donde algunos pretenden advertir errores o deficiencias, yo contemplo grandezas y perfecciones. El culto de la Virgen María, la confesión auricular, la autoridad espiritual del Sumo Pontífice, que tanto se critica por los disidentes, para mí son signos de su divinidad y medios poderosos para nuestra salvación.

--No hace muchos días que he leído un libro ascético del famoso novelista ruso a que antes aludías, en el cual se examina con gran minuciosidad los pecados, o sea, los obstáculos que impiden al hombre alcanzar la virtud evangélica y, entre las seducciones que nos mantienen en el pecado, incluye el culto externo y aun la creencia en cualquier dogma.

--¡Idea extravagante! Según eso, los innumerables santos y mártires del Cristianismo lo fueron a pesar de haber creído en los dogmas y haber tributado culto externo a Dios; y si no hubieran creído en los dogmas, ni hubieran asistido a los templos, sin duda hubieran sido más santos y más mártires de lo que fueron... Existen espíritus generosos y penetrantes, como el de ese escritor, que, aceptando todas las verdades del Evangelio, y considerando como único fin de esta vida el amor y la fraternidad entre los hombres, se esfuerzan, no obstante, en destruir la fe positiva y las prácticas del culto. ¿Acaso no se manifiesta esta fraternidad mejor que en parte alguna en el templo? Ancianos y niños, humildes y poderosos, todos confundidos, doblan la rodilla y elevan su plegaria al Dios de los cielos. Además, ¿cómo alzarle de un vuelo a la virtud evangélica, a esa vida de amor que constituye la paz y la felicidad del alma? Hasta ahora no he conocido hombre alguno que haya reformado de un modo notable su conducta, que se haya transformado moralmente, convirtiéndose de soberbio en humilde, de egoísta en caritativo, por medio de la filosofía. Desde que Espinosa ha dicho aquello de vivir _sub specie aeternitatis_, y los filósofos germánicos lo parafrasearon elocuentemente, son muchos los que hablan de vivir para la eternidad, muy pocos los que lo consiguen. Estos pocos se esconden en los templos, no envían artículos a los periódicos, ni se dejan retratar descalzos. Nuestra flaqueza exige un apoyo, nuestra fuga un áncora de sostén. Los hombres necesitamos prácticas constantes, una disciplina, un culto, algo, en suma, que enderece nuestra imaginación y mantenga alerta nuestra conciencia, las cuales, de otro modo, se disiparían presto en el torbellino de las sensaciones mundanas. Al lado de estos espiritualistas extraviados, como el novelista ruso que has citado, hay otros hombres, partidarios de la ciencia positiva, que aceptan y defienden las teorías de Darwin y su escuela, que se creen perfectos experimentalistas, y, sin embargo, en el fondo de su corazón son ardientes cristianos. En cuanto observan una injusticia o un atentado contra la caridad, allá corren a sostener la ley divina con su alma y con su vida. Un gran novelista francés nos acaba de dar ejemplo de ello lanzándose al socorro de un condenado injustamente, y sacrificando por él su gloria, su hacienda y la seguridad de su vida.

--Pero ese novelista profesa la religión de la Humanidad.

--¡La religión de la Humanidad!--exclamó Jiménez con acento sarcástico--. La religión de la Humanidad ha sido siempre para mí el libro de los siete sellos. ¿Qué es la Humanidad si Dios no existe? Un conjunto de seres efímeros, débiles, ignorantes y enemigos, como es lógico, los unos de los otros. ¿Por qué nos hemos de sacrificar a la Humanidad actual si somos seres radicalmente distintos que venimos de la nada y marchamos a la nada? Más absurdo aún sacrificarnos a la Humanidad futura, que no conocemos, y cuya existencia tampoco está asegurada. A los que ahora pisamos la tierra poco puede interesarnos el bienestar de los que la han de pisar dentro de mil años. Ni hay seguridad de que los hombres, dentro de mil años, gocen siquiera de mayor bienestar que nosotros, porque eso mismo pudieron pensar los griegos, y, sin embargo, mil años después de Pericles los hombres vivían peor. Y aunque gracias a nuestros esfuerzos gozasen de mayores comodidades, no por eso les habríamos hecho más felices. Todos sabemos por experiencia que, apenas acostumbrados a cualquier regalo, ya no lo apreciamos, ni siquiera lo sentimos, sino al perderlo. Mientras no se aplaque el resquemor que nos causan la vanidad, la ambición y la envidia, mientras no se disipe el dolor de ver sufrir y desaparecer a los seres más queridos, nada hemos adelantado.

--Eso es de lo que se trata precisamente; de hallar un medio dentro de la esfera del poder humano para que se respete la justicia, para que los hombres no nos atormentemos los unos a los otros y vivamos en paz.

--Ese medio no existe sino dentro de la fe. Montones de libros se han escrito para enseñarnos cómo debemos proceder con los hombres, cómo podemos evitar los efectos de su malquerencia y sus asechanzas. Entre ellos los hay prodigiosamente escritos, y no son los menos admirables _Los proverbios morales_ de nuestro rabbí don Sem Job y el _Criticón_ de Baltasar Gracián. He leído con ansiedad muchos de estos tratados. Poco me han aprovechado. Figúrate que a un hombre cuyas entrañas se abrasan le dices: «Estése usted tranquilo. Muévase usted a compás. No grite usted. No arrugue la frente.» Tú comprenderás que sería inútil. Pero estos efectos los conseguirías prontamente si sobre la hoguera en que se abrasa vertieses caritativamente algunos jarros de agua fresca. Es lo que hace el Cristianismo... Pero, en fin, quiero concedértelo todo, quiero convenir en que, merced al trabajo incesante de las generaciones, llegue un momento en que la Humanidad sea feliz, no sólo física, sino también moralmente. ¡Ay!, como nuestro planeta es un individuo, y todo individuo está destinado a perecer, esta felicidad morirá también. El calor del sol, que sostiene la vida, disminuye sin cesar. La tierra perderá al cabo, en plazo más o menos largo, sus condiciones de habitabilidad. El género humano, si no fenece de golpe, irá desapareciendo lentamente, arrojado por el frío y la esterilidad. Quizás volverá al estado de barbarie antes de morir. Y cuando, al fin, concluya, y esta pobre tierra, sin un ser pensante que la habite, gire solitaria y triste en torno de un sol moribundo, ¿para qué habrán servido nuestros esfuerzos?, ¿dónde habrán ido a parar tantas lágrimas como se han derramado?

Quedamos silenciosos después de estas palabras. Jiménez me miró a los ojos largamente, y, como si penetrase en mis pensamientos, comenzó a decir con lentitud solemne:

-Algunas veces llama Dios a las puertas de nuestro corazón. Escuchamos distintamente su voz; aspiramos con ansia a reformar nuestra conducta; queremos ser buenos, castos, generosos y gozar de la alegría de una buena conciencia. Y nos encaminamos al templo. Mas al llegar a sus umbrales nos detenemos, vacilamos, nos preguntamos llenos de zozobra: «Este templo donde voy a penetrar, ¿alojará al verdadero Dios, o solamente un ídolo? ¿Quién me asegura que es ésta la Iglesia que se halla en posesión de la verdad, y no otra?...» Preguntas tan impías como estériles. Lo único que debemos preguntarnos es: «La religión en que Dios ha querido hacerme nacer, ¿me ofrece medios para lograr lo que deseo, para ser justo, para santificarme? ¿Sí? ¡Pues adentro!»

--¡Pero doctor!--exclamé con angustia--, ¿piensas que es cosa fácil pasar de la incredulidad a la fe?

--Sí, para los hombres en quienes aún no se ha extinguido por completo la llama de la vida espiritual. _Donde está tu corazón_, _allí está tu tesoro_, dice la palabra divina; o lo que es igual, donde está tu amor, allí está tu creencia. Dime lo que amas, y te diré lo que crees. Quien ame el goce de los sentidos, sólo creerá en los sentidos. Quien ame los goces del espíritu, creerá en el espíritu. No es el género humano solamente quien se divide para marchar en estas dos opuestas direcciones: en cada hombre existe la misma división. Hay horas en que, entregados al placer sensual, sólo creemos en la vida de la materia: las hay también en que, heridos por el sufrimiento de un semejante, por las caricias de una madre, por una sinfonía de Beethoven, entramos en el mundo moral y lo amamos. En la historia de la Humanidad, a toda revolución intelectual ha precedido una revolución moral. A la revolución filosófica que engendró la sofística en Grecia precedió el relajamiento de las costumbres y la invasión del egoísmo. En los tiempos del Imperio romano acaeció otro tanto. Lo mismo en el siglo XV. Lo mismo en el siglo XVIII. Lo que se observa en el mundo se encuentra también en este mundo abreviado que se llama hombre. Al período de escepticismo en cada uno de nosotros precede indefectiblemente otro período de depravación moral, de egoísmo. Si no le precede, será porque el hombre es de natural perverso. Nuestro ser intelectual nunca será otra cosa que el reflejo de nuestro ser moral. En el hombre no hay más que un desenvolvimiento, que es el desenvolvimiento de su alma. Este desenvolvimiento es una ascensión. A medida que vamos subiendo, descubrimos nuevos paisajes. Pensamos que los ojos de nuestra inteligencia se esclarecen. No; sólo vemos más porque estamos más altos. Los hombres no pensamos con la razón solamente, sino con todo nuestro ser. El orgulloso piensa con el orgullo, el lujurioso con la lujuria, el iracundo con la ira. Por eso, mientras no se rompa nuestro orgullo o se amortigüe nuestra lujuria, no podemos entender ni creer en la caridad. La Providencia nos ha dado el pensamiento para _comprender_ lo que existe dentro de nosotros, no para _crearlo_. O lo que es igual, el acto primordial de nuestra naturaleza no es el pensamiento, sino la tendencia, la inclinación, el amor hacia alguna cosa. En el orden de los fenómenos vitales, el corazón precede a la cabeza. Se cree lo que se quiere creer, y se piensa lo que se quiere pensar. Detrás de todo sistema filosófico se esconde siempre un acto de voluntad. Por eso no estoy de acuerdo con los que suponen que las opiniones (cuando son sinceras) nada dicen respecto al valor moral de la persona, y que es indiferente tener _buenas o malas ideas_ para el aprecio que nos merezca. Las ideas son, por el contrario, la expresión fiel de nuestro ser moral. El que se ama a sí mismo por encima de todas las cosas, es pagano. El que guarda en su corazón un tesoro de amor para los demás, es cristiano. Lo que hay es que no pocas veces nos equivocamos respecto a nuestras propias ideas. Cuando juzgamos poseer unas, las que poseemos en el fondo de nuestra alma son las contrarias. Tal le ha sucedido al famoso novelista de que antes hablamos. Pero el tiempo se encarga de desengañarnos. Así acaece que hombres que en sus actos y sus palabras hacían gala de escépticos y materialistas, repentinamente se convierten a la fe de Cristo, y han sido el resto de su vida modelos de virtud. Por el contrario, hemos visto con dolor algunos sacerdotes cristianos abandonar su religión y convertirse a las ideas de la filosofía materialista. En el fondo, no se trata aquí para nada de ideas ni hay cambio alguno, sino un retorno a la normalidad. Por eso, cuando tengamos noticia de una de estas conversiones, debemos preguntar, parodiando a nuestro rey Carlos III: «¿Quién es _él_?»

Un nuevo golpe de tos acometió a Jiménez al terminar estas palabras. Le vi, con profunda pena, ponerse más pálido aún que antes y llevarse la mano al pecho. Cuando terminó el acceso, sonrió tristemente, exclamando:

--¡Mal anda esto!

Yo debiera levantar la sesión en aquel momento y obligarle a retirarse, pero me hallaba turbado hasta lo indecible; quería escuchar más, quería saber más. Cuando se hubo sosegado por completo, le dije:

--Lo que acabas de decirme me consuela y me desconsuela al mismo tiempo. Es un consuelo suponer que se halle en el radio de nuestra voluntad la creencia religiosa, pero es un desconsuelo el pensar que tal vez por nuestro perverso natural o por nuestros vicios arraigados, nos está vedado el obtenerla. Y desarraigar los vicios es empresa difícil, aunque no imposible; pero ¡transformar el natural! ¿Quién será osado a creerlo?

--¡Yo lo creo; yo! No sólo creo que nuestro carácter puede modificarse lentamente por los esfuerzos repetidos e incesantes de nuestra voluntad, sino que puede transformarse repentinamente por obra de la gracia divina. La vida nos ofrece numerosos ejemplos. Algunos lo atribuyen a la explosión repentina de los combustibles almacenados en el campo de esa _conciencia inconsciente_ que llaman _subliminal_, otros al aniquilamiento súbito de nuestra voluntad de vivir bajo el golpe de una desgracia irreparable. Para mí es un rayo de luz que Dios envía a nuestra alma a fin de esclarecerla. De todos modos, ha existido y existe, y lo que existe para unos puede existir para otros.

--Y ¿crees sinceramente que hay otra vida más que ésta?

--Lo creo como creo en mi propia alma; lo creo, porque si no hubiese otra vida, ésta me sería absolutamente incomprensible. Como Espinosa, yo no puedo concebir que ningún ser pueda caer en la nada. El mundo de la belleza, el del bien, el de la verdad, se hallan truncados en este suelo, necesitan un complemento. La hora de la verdad y de la justicia debe sonar alguna vez y en alguna parte. Si no sonase, debiéramos retorcer el cuello a nuestros hijos al nacer, para que no viesen este absurdo bestial, esta infame mentira que se llama mundo. Y ¿cómo sabríamos que es absurdo, y que es infamia y mentira, si no existiese en alguna parte la justicia y la verdad? Nuestro destino no se cumple aquí abajo. Todo hombre lo siente dentro de su corazón, y apela, en presencia de los horrores que se ve obligado a contemplar, a otro mundo más alto, donde se restañan las heridas y se enjugan las lágrimas. ¡Ah, si no existiese! Si no existiese, yo te juro que no sería un cobarde como los hombres que no creen en él y viven; yo te juro que no aguardaría los pocos días que me quedan de vida: ahora mismo subiría a mi cuarto en busca del libertador de seis tiros que tengo en la mesa de noche.

--Pero ¿crees en la persistencia individual después de la muerte? Porque ésta choca con la experiencia sensible de todos los días; pero hay otra clase de inmortalidad perfectamente compatible con ella. En el vasto Universo nada perece, todo se transforma...

--Sí, sí, no digas más; esa es la inmortalidad que poéticamente ofrecía un brahmán a su esposa: «Lo mismo que el agua se convierte en sal, y la sal se convierte en agua, así nacemos nosotros del Espíritu divino y volvemos a Él.» Hoy se explica la misma doctrina más prosaicamente, por medio de la circulación de la materia. Respondo a esa doctrina lo que la esposa respondía al brahmán: «¡Qué me importa lo que no puede hacerme inmortal!» Fuera de la conciencia, nada tiene valor alguno.

--Todavía hay otra inmortalidad que nos ofrecen algunos de los más grandes metafísicos modernos. Nuestro ser individual no perece, porque no ha nacido; nuestras almas son manifestaciones de la existencia de Dios, fuera del cual nada existe. La luz divina se refracta en infinitos rayos, y nuestras existencias son esos rayos de luz increada y eterna. Esta vida terrestre no es más que una de las infinitas formas en que nuestro espíritu se objetiva. El alma asciende o desciende según adquiere o pierde la conciencia de su unidad con Dios. La muerte es una apariencia; no significa otra cosa que una transformación de nuestro ser; y el alma, principio de la vida, no hace más que cambiar de condición exterior. En virtud de esto, al morir, subimos o descendemos según el valor que por nuestro esfuerzo espiritual hemos adquirido. Nosotros fabricamos nuestra propia suerte: los males sensibles que nos afligen no son más que la consecuencia inevitable del mal moral cometido en una existencia anterior.

--Reconozco de buen grado la grandeza de esa concepción, que, en el fondo, no es otra cosa que la antigua metempsícosis un poco perfeccionada y también un poco disfrazada. Aquí ya no circula la materia, sino la vida. Aunque no choca directamente con la razón, como el escueto materialismo, tampoco la satisface. Si nuestra existencia individual no ha sido creada, o lo que es igual, no ha tenido principio, si detrás de nosotros hay un infinito, no ofrece duda que hemos agotado ya todas las formas posibles de vida. Si hemos dispuesto de un tiempo infinito para perfeccionarnos, no debiéramos ser tan imperfectos. Se dirá que el hombre sube y baja sin cesar al través de las existencias infinitas. Entonces no hay más que cruzarse de brazos y renunciar a toda actividad, ya que nuestros esfuerzos jamás pueden impedir que nos degrademos. Pero aún más que la razón, vulnera esa teoría nuestros sentimientos. Estamos dedicados a la muerte: si nacemos infinitas veces, morimos infinitas veces. Estamos destinados a anudar infinitas relaciones de amor con otros seres, y otras tantas a romperlas bruscamente. La muerte nos separará sin tregua por toda la eternidad de los seres más queridos. Esa esposa que adoras, ese padre que veneras, ese hijo que duerme dulcemente entre tus brazos, morirán para ti infinitas veces. ¡Qué horrible pesadilla, querido amigo! Comprendo el ansia y la alegría con que la muchedumbre se agolpaba en torno del Budha, allá en la India. «¡Alegraos!, ¡alegraos!--gritaban sus apóstoles--, ¡la muerte está vencida!» El Nirvana, que es el reposo absoluto, rompía la cadena de las existencias temporales y las libertaba para siempre de la esclavitud de la muerte. No; el amor exige la eternidad: cuando amamos, queremos amar siempre. Ese cielo cristiano extático y beato, que sirve de burla a los escépticos, es el único que da satisfacción a nuestros más hondos sentimientos. El hombre, desde cualquier punto que se contemple, no es más que un caso de amor. En el amor queremos lo inmutable. Por eso en cada criatura que amamos queremos ver a Dios. Nuestra alma huye con horror de lo efímero; en todo ser finito buscamos con ansia el principio inmutable que le ha de hacer eterno. «¡Nunca más--exclama el duque de Gandía en presencia del cadáver de la Emperatriz--, nunca más servir a un amo que se puede morir!» El ser finito que no puede saciar el amor en sí mismo, que no puede saciarlo tampoco en las criaturas finitas como él, se arroja a la gran aventura; se arroja en busca de Dios.

¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero. No quieras enviarme de hoy más ya mensajero que no saben decirme lo que quiero,

exclama San Juan de la Cruz, a quien no podía sanar ya, en efecto, el amor de ninguna criatura. Y ¿a quién en este mundo le podría sanar?... Pero las criaturas son mensajeras de Dios. Como tales, deben ser amadas. ¡Dichoso el que en su camino por la tierra ha tropezado con alguno de estos mensajeros divinos, con un padre justo, con una esposa amante, con un amigo fiel! Mientras pisan el barro de este suelo nos hablan un lenguaje aprendido de Dios, y cuando parten para siempre se llevan al cielo la mitad de nuestra alma, y desde allí nos hacen señas que nos esperan para vivir unidos en el eterno Amor.

La emoción con que Jiménez pronunció las últimas palabras me ganó a mí. Me sentía conmovido hasta lo profundo del alma. La voz de aquel hombre, cuya fosa estaba ya abierta, sonaba en mis oídos como bajada del otro mundo.

Permanecimos silenciosos algunos instantes. Al cabo me levanté bruscamente y, alargándole la mano, le dije:

--Adiós, Jiménez. Gracias por el bien que me has hecho con tus palabras.

--Háztelo tú a ti mismo pensando algo más en estos asuntos, que tanto nos interesan--me respondió estrechando mi mano y levantándose al mismo tiempo.

Me acompañó hasta la puerta del jardín. Cuando la hube traspuesto, le dije todavía al través de la verja:

--Adiós, Jiménez. Pide a Dios que me dé la fe que tú tienes.

Observando mi emoción, repuso sonriendo:

--No necesito pedirla, porque ya la tienes.

FIN

ÍNDICE

Págs. PRÓLOGO DEL EDITOR 5

La sorpresa 13

La muerte de un vertebrado 15

Las leyes inmutables 19

Sociedad primitiva 25

Un testigo de cargo 31

Opacidad y transparencia 35

Ideas cadáveres 45

El amo 49

La unidad de conciencia 51

Pragmatismo 55

Las burbujas 59

El minuto fatal 65

Inteligencia y amor 67

Bienaventuranza 73

Intermedio del editor 77

La matanza de los zánganos 103

El pecado de la amabilidad 115

Una interviú con Prometeo 119

Resiste al malvado 129

Perico el Bueno 131

La Tierra es un ángel 139

_Merci, monsieur_ 145

Arte arcaico 149

Ascetismo 153

La procesión de los santos 157

Esteticismo 159

Un profesor de energía 161

Una mirada a lo alto 167

Terapéutica del odio 171

Vida de canónigo 177

Gloria y obscuridad 183

El viaje de la monja 191

Theotocos 195

Las defensas naturales 201

Pitágoras 211

Experiencias y efusiones 223

El gobierno de las mujeres 245

Último paseo del doctor Angélico 279

Traducciones de Palacio Valdés

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=Marta y María.=

Traducida al francés por Mme. Devismes de Saint-Maurice. Publicada en _Le Monde Moderne_.

Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole.--Un tomo.--New-York.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stokolmo.

Traducida al ruso por M. Pawlosky.--Publicada en el _Diario de San Petersburgo_.

Traducida al tchèque por O. S. Vetti.--Un tomo.--Praga.

=El idilio de un enfermo.=

Traducida al francés por M. Albert Savine.--Publicada en _Les Heures du Salón et de l'Atélier_.

Traducida al tchèque por M. A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

=Aguas fuertes.=

Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por _La Independencia Belga_, _El Diario de Ginebra_, _El Correo de Hannover_, _Hlas Národa_, _Lumir_ y otros periódicos y revistas.

Edición española con introducción y notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. Faulkner.--Un tomo.--New-York.

=José.=

Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo.--Publicada en la _Revue de la Mode_.--París.

Traducida al inglés por C. Smith.--Un tomo.--New-York.

Traducida al alemán y publicada en _Unterhaltungs-Beilage_.

Traducida al holandés por M. Hora Adema, y publicada en _Het Nieuws van den Dag_.--Amsterdam.

Traducida al sueco por A. Hillman.--Un tomo.--Stokolmo.

Traducida al tchèque por A. Pikhart.--Un tomo.--Praga.

Traducida al portugués por Cunha e Costa.--Publicada en _Revista da Semana_.--Río de Janeiro.