Part 23
--No hay más que una oración. Esta oración es la espiritual, la que se resume en una petición de fuerza para obrar el bien. Pedir que la voluntad de Dios se cumpla, porque sabemos que esta voluntad es idéntica al bien; pedir que por esta razón el nombre de Dios sea santificado; pedir el sustento corporal necesario para trabajar por el advenimiento del reino de Dios sobre la tierra; pedir el perdón de nuestros pecados y que nos libre del mal: he aquí la substancia de toda nuestra conversación con el Altísimo.
--Pero ¿cómo pensar, Jiménez, que los planes divinos se modifiquen por nuestras peticiones? ¿No es un puro antropomorfismo suponer que Dios está esperando nuestra ofrenda para decidirse a obrar en un sentido o en otro? ¿Por ventura Dios ha dejado en suspenso su obra? ¿No es eterna su voluntad? ¿No es invariable? Desde el comienzo del mundo todo está fijado, y no nos pertenece a nosotros, miserables criaturas, la facultad de alterar el curso de la voluntad divina.
--El mundo ha sido creado y se conserva por la fuerza omnipotente de Dios. Si esta fuerza le pudiera faltar, el mundo volvería en el mismo instante a la nada. Pues bien, desde el comienzo del mundo está para siempre fijado también que las criaturas libres creadas por Dios, uniéndose a Él, se unen a su fuerza y participan de ella. No se trata, como supones, de hacer cambiar por medio de la oración el curso de los sucesos, sino de ver en ellos el curso mismo de la voluntad divina, aceptarla y amarla cual si fuese nuestra propia voluntad. Y en realidad lo es. El hombre santo es el que identifica su querer con el de Dios. Desde este momento queda libre ya de todo mal, se deifica y pone un pie en la eternidad.
--Vamos a cuentas, sin embargo, doctor, y no seamos hipócritas con nosotros mismos. En resumen, lo que pedimos siempre en nuestras oraciones es nuestra felicidad. Ya sea por medio de los goces corporales, ya por virtud de los éxtasis místicos, ansiamos obtener la dicha. Nuestro individuo asoma siempre la cabeza; el fondo de todo, absolutamente de todo en el mundo, es el egoísmo.
Tardó algunos instantes en responder Jiménez: luego dijo con la vista fija en la mesa:
--Es una objeción ésta que jamás ha dejado ni dejará de hacerse un hombre sincero. Ese fantasma sarcástico y cruel que tú evocas, también lo he evocado yo, y me ha causado en la vida vivos tormentos. Cuando en otro tiempo doblaba las rodillas, y me ponía en oración, solía sentarse a mi lado. Era un pálido demonio de ojos penetrantes. Mientras duraba la plegaria no los apartaba de mí. Y unas veces aquellos ojos de indescriptible fulgor expresaban hondo y provocativo regocijo, otras una compasión infinita. Al levantarme me ponía su mano descarnada sobre el hombro, y me decía en voz apenas perceptible: «¿Sabes lo que has hecho?» «Sí; elevé mi corazón a Dios.» «Y ¿sabes por qué lo has hecho?» «Porque deseo ser bueno.» «Y ¿sabes por qué deseas ser bueno?» «Porque ésa es la aspiración profunda de mi alma; porque sólo siendo bueno podré unirme a Dios en la hora de la muerte.» Los ojos de aquel diablo chispeaban maliciosamente, y sus labios se plegaban con sonrisa desdeñosa. «Eres un hipócrita, o, por lo menos, tratas de engañarte a ti mismo. Escruta los senos más recónditos de tu alma, y dime _sinceramente_ si en esa tu oración no hay un deseo egoísta. La Naturaleza te ha dotado de un sistema nervioso excesivamente delicado. Tienes un temperamento reflexivo y ardoroso a la vez. Quieres descubrir el enigma de la existencia, como todos los hombres que se inclinan a la meditación; pero tu querer es violento, mordaz, rabioso. La duda no sólo te causa tormentos morales, sino físicos. Apeteces con ansia el reposo, y por un acto de voluntad, no de inteligencia, afirmas a Dios, en quien piensas hallarlo. Cuando crees, pues, unirte a Dios místicamente, obedeces a un grosero instinto de conservación. Por otra parte, los sentimientos dulces de piedad y de amor a que la religión os invita, cuadran admirablemente a tu naturaleza sensible. Fuera de ellos te sería imposible encontrar felicidad ni sosiego. ¿Qué hay, pues, en tus oraciones y en tus lágrimas de arrepentimiento que no sea el amor de ti mismo, un deseo vivo de conservarte y de ser feliz?» Estas crueles palabras contristaban mi alma. Alzábame turbado y confuso; vivía después en perpetua inquietud; nada me aprovechaban las pobres oraciones que elevaba al cielo. Pero llegó un día en que osé rebelarme. Alcé la frente, y miré cara a cara a aquel despiadado demonio. Y, poseído de una cólera que hacía vibrar todo mi cuerpo, le dije: «Tienes razón, sí. Quiero mi felicidad. Por ventura, ¿no la quiere Dios también? El interés personal es un sentimiento que ni Dios mismo puede arrancar de nuestra alma mientras exista, porque es, en último término, lo que constituye su ser. Suprimir el interés, el anhelo de la dicha, es suprimir la misma forma individual. Y esto puede apetecerlo un brahmán o un budhista, no el cristiano. En la doctrina evangélica, que es la palabra de Dios, no se habla de semejante supresión. Lo que he visto es una dislocación del interés. Cristo nos ordena cifrar nuestro interés en otra cosa que en la satisfacción de los apetitos carnales, porque la carne no es la esencia de nuestra persona. Los animales son carne, tienen forma corporal, pero no son personas. La intensidad de la nuestra se halla en razón directa del grado de espiritualidad que hayamos alcanzado. San Francisco, abrasado en el amor divino, es más hombre, tiene más personalidad que su padre, negociante abrasado de codicia. Dios, en el Evangelio, no nos exige que renunciemos a _nuestra felicidad_; al contrario, nos intima a que la busquemos con todas las fuerzas de nuestro ser. Lo único que nos dice es que no la busquemos en los goces efímeros del mundo, en la satisfacción de nuestras mezquinas pasiones, porque no la hallaremos. Y ésta es una verdad tan evidente que no hay hombre en el mundo, cristiano o no cristiano, que, al cabo, no la reconozca en el fondo de su corazón. Para dar a nuestra felicidad una base firme es preciso colocarla en lo único que existe firme. ¡Razón tienes, sí! El desinterés no existe. Cuando me dices que ser desinteresado es no tener más que un interés ideal, y que el que se sacrifica es el que subordina todo a una voluntad, a una pasión, estás en lo cierto. Es cierto, sí, que toda pasión es interior, y, por tanto, no hay acto alguno que pueda llamarse totalmente desinteresado. Pero el fin de la pasión unas veces es interior, cuando lo constituye el sujeto mismo, esto es, su goce exclusivo, individual; otras veces es exterior, cuando lo constituye un ideal independiente, Dios, la Humanidad, la ciencia, etc. Y entonces es cuando puede llamarse el hombre desinteresado. Cuando oro, pues, cuando aspiro con ansia a la bondad y a la santidad, no dejo de amar mi bien y, si tú quieres, mi persona. Mas, por lo mismo que la amo, no quiero dedicarla a la muerte. Quiero ensancharla más y más; aspiro a hacerla vivir en la Eternidad. Para ello no veo otro camino que el que Jesús me ha trazado con su palabra y con su vida: el amor de Dios y del prójimo.» Desde aquel día el fantasma no vino ya a sentarse a mi lado.
--De todos modos, doctor, cuesta trabajo pensar que esta Naturaleza, donde todo se halla fatalmente determinado, pueda alterarse por nuestro deseo, o que por la oración cambien los designios de Dios.
--Ya te he dicho que por la oración no se trata de cambiar los designios de Dios. Dios, creándonos libres, nos ha hecho partícipes de su poder, quiere que «seamos obreros con Él», como afirma el apóstol San Pablo. Lo mismo cuando oramos que cuando trabajamos no modificamos sus planes, sino que los cumplimos. Así como al aplicar nuestra actividad a la Naturaleza no alteramos sus leyes, sino que las aprovechamos, de igual modo cuando oramos no cambiamos la voluntad de Dios, sino que bebemos la fuerza en la fuente de donde mana. La oración es un poder, y todos los hombres tienen el instinto de la oración, como tienen el instinto de la eficacia de su actividad. Es cierto que hay muchos hombres que no oran, como los hay también que no trabajan, pero no debemos dudar que el hombre está organizado para la oración, como lo está para el trabajo.
--Pero si el hombre se halla dotado de ese poder, como afirmas, si puede ponerse en comunicación directa con Dios, y de El extraer la fuerza que necesita, entonces la mediación de Jesucristo, en quien crees, resulta inútil.
--Has puesto el dedo en nuestra llaga--replicó sonriendo--, que es, al mismo tiempo, la llaga de Jesucristo. Para creer en Él no basta la razón, es preciso elevarse por encima de ella a otro conocimiento superior que la complete sin contrariarla. El que posee ese conocimiento superior contempla con lástima a los que yacen prisioneros en las redes del razonamiento discursivo. Por éste jamás llegaremos a una convicción perfecta; su término ordinario es el escepticismo, mejor o peor disfrazado. La razón común nos ordena elegir, pero esa otra razón suprema que se llama fe rechaza la elección, porque la elección supone la posibilidad de otra creencia. La fe no elige, se precipita con amor sobre la idea que a sus ojos brilla, de tal modo, que obscurece cuanto se encuentra en torno suyo. La fe es esencial a la vida. Sin ella, ni podríamos pensar, ni podríamos existir. Lo demostrable según las leyes lógicas es muy poco. Además, queda siempre por demostrar la demostración.
--¿De modo que crees en los dogmas?
--Y tú también, y todos los humanos. El mundo vive y se sostiene por los dogmas, o sea, por aquellas verdades que no pueden ser objeto de una demostración lógica, ni comprobadas inmediatamente por la experiencia. Tú sabes que ha existido un emperador que se llamó Caracalla, y una reina que se llamó María Estuardo, pero no lo sabes ni por la razón ni por la experiencia, sino bajo la fe de un testimonio ajeno... Pero dejemos estas sutilezas. La fe, en último término, acaso no sea otra cosa que la confianza que el hombre presta a su razón cuando su razón le revela de un modo inmediato la verdad, no por medio de una serie de silogismos. Así creo yo en Jesucristo. Mi razón me dice que esta pobre Humanidad envilecida necesita un ser puro que la represente ante Dios, y esto que me dice mi razón se lo dice también a todos los hombres si prestasen el oído a ella. «Yo veo venir--decía Goethe a Eckermann en los últimos días de su vida--, yo veo venir el tiempo en que Dios no encontrará ya ninguna alegría en la Humanidad, y en que le será preciso de nuevo destruirla y rejuvenecer la creación.» Es lo mismo que afirma el Cristianismo, añadiendo que este rejuvenecimiento se opera sin cesar por medio de la sangre y de la palabra de Cristo. Ya ves que no cito a ningún santo padre de la Iglesia, sino a un filósofo pagano que, por confesión propia, aborrecía la Cruz.
--Pero la doctrina evangélica no ha sido una revelación para la Humanidad. Antes que Cristo viniese al mundo se expresaba y se reverenciaba esa misma moral en la filosofía y en algunas religiones, como la budhista.
--Desde luego; la moral evangélica está escrita en el corazón de los hombres como ley natural, aunque sólo en la palabra de Cristo se haya expresado de un modo perfecto. Jesucristo no ha venido al mundo para revelar la moral, sino para reanudar la alianza entre el hombre y Dios, rota por el pecado, para revelar la doctrina del Padre y nuestra unión amorosa con Él. Esta doctrina del Padre Celeste jamás había acudido a la mente de los hombres, ni hubiera podido venir sin la aparición de Jesucristo sobre la tierra. Su revelación, pues, no es una revelación moral, sino metafísica. «Ningún conocimiento ha venido a Jesús--dice Fichte--ni de la especulación ni de la tradición: esto quiere decir que recibía de su ser mismo toda su doctrina.» Ya ves que tampoco cito otro santo padre, sino a un filósofo racionalista ajeno a toda religión positiva... Y, sin embargo, esta gran revolución operada en la vida de la Humanidad, ¡qué comienzos tan humildes ha tenido! Lo primero que llama la atención, cuando se estudian los orígenes del Cristianismo, es la perfecta insignificancia del punto inicial. No aparece, como el budhismo, o como la religión de Zoroastro, o como el socratismo, o como la filosofía de Confucio, en medio de un pueblo poderoso y como resultado de una civilización brillante. El fenómeno histórico de más importancia que registran los anales del mundo se produce en un rincón de la tierra, en medio de un pueblo, no dominador como los otros, sino casi siempre dominado, extraño a las ciencias y a las artes y a los regalos de la vida civilizada. Su fundador no se distingue por nada de lo que suele seducir a los hombres: no es un filósofo, no es un conquistador, no es un héroe, no es un iluminado, no es un asceta. En la apariencia es un hombre como todos los demás. En los rasgos de su vida exterior, apenas se separa del común de los mortales. Con razón pudo decir Rousseau que Jesús «era un hombre de buena sociedad; no huía ni los placeres ni las fiestas; iba a las bodas, hablaba con las mujeres, jugaba con los niños, gustaba de los perfumes, comía con los hombres de negocios; su austeridad no era enfadosa». En suma, esto quiere decir que nuestro Redentor, durante su vida temporal, no tuvo lo que los franceses llaman _pose_. ¿La tuvo a la hora de morir? Tampoco. En el comienzo de su pasión confiesa a sus discípulos que _su alma estaba triste hasta la muerte_. Más tarde, clavado ya en la cruz, exclama: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Compara esta muerte con la de Sócrates. El filósofo concluye su vida haciendo prodigiosos alardes de serenidad, pronunciando discursos, profiriendo sentencias. ¿No hay para todo espíritu observador en la famosa escena descrita por Platón un poco de afectación? ¡Sí; la hay! La hay en la vida y en la muerte de cuantos han pretendido difundir una doctrina e influir en los destinos de la Humanidad; la hay hasta en las torturas sufridas por algunos mártires. Casi siempre, acompañando al heroísmo, aparece unas veces la locura, otras la rigidez, otras la exaltación caprichosa; en todas partes creo descubrir la _pose_ maldita, signo de nuestra flaqueza nativa. Sólo en Jesús veo una grande, una santa, una perfecta sinceridad. Jesús no es un hombre expresando la verdad, es la verdad misma expresada. Por eso es el ideal. «Por la sinceridad es por lo que el hombre se hace semejante a Dios», decían los antiguos persas. Pero esta sinceridad perfecta y divina no puede ser comprendida por los espíritus llenos de sí mismos. Voltaire habla con desprecio «del sabio que antes de morir había tenido sudores de sangre». Voltaire, a los ochenta y cuatro años, vivía aún atormentado por la sed de gloria y escupiendo hiel contra sus enemigos. Sólo cuando el hombre deja reposar un poco su inquieta voluntad ve con claridad en el alma de los otros y en la suya. Tal impresión de sorpresa me produjo el planeta que habitamos cuando estudiaba Astronomía. Nuestra tierra, dentro del sistema solar, no se distingue por nada. Ni es el planeta más grande ni es el más chico, ni el más lejano ni el más próximo al sol, ni su eje de rotación es el más inclinado sobre el plano de su órbita ni el menos; ni su atmósfera es la más densa ni la más fluida, ni sus mares y sus tierras se hallan mejor distribuídos que en los otros ni peor, ni es el más veloz en caminar por el espacio ni el más tardo. El globo en que habitamos tampoco tiene _pose_. ¡Y, sin embargo, pudiera tenerla! Acaso sea el único recinto habitado en el vasto Universo que contemplan nuestros ojos. Los sabios empiezan a sospecharlo después de haberse entregado largo tiempo a la creencia contraria. «¿Por qué tal sorpresa?--me pregunté al cabo--. Dentro del orden divino, todo el Universo es un símbolo: la apariencia no tiene realidad en sí misma. La caída de una hoja suena lo mismo no habiendo oídos que las explosiones del sol. Dios todo entero se halla en todas partes. Este grande y bello Universo no es más que una idea suya, y por Él, nuestra también.
--Como a ti, la insignificancia del punto inicial en el Cristianismo me ha sorprendido siempre. Me acordaré de la estupefacción con que leí por primera vez en el Evangelio aquellas palabras de San Mateo: «Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos fueron juntos a Pilatos al otro día, y le dijeron: Nos acordamos, señor, que dijo aquel impostor cuando vivía: Resucitaré después de tres días.» Jesús, para aquella gente, no era más que un vulgar impostor a quien se ejecuta como a otro criminal cualquiera, y al cual se olvida pocos días después.
-Sí; ¡quién les diría a aquellos notables de Jerusalén la revolución que iba a operar en el mundo! ¡Quién les diría que, después de muerto, iba a conquistar el imperio colosal de Roma! ¡Quién les diría que la pesadumbre de los siglos no ha logrado desplomar su obra, y que lo mismo los reyes que los mendigos, los sabios que los ignorantes, siguen postrándose para besar los pies ensangrentados de aquel impostor ejecutado una tarde en las afueras de Jerusalén!
--Amable es, en efecto, la doctrina contenida en la palabra de Jesús, y es la única que parece conciliarse con las necesidades de nuestro corazón; pero nuestro entendimiento, que jamás deja de hacer objeciones a cuanto se presenta en el campo de sus dominios, formula la siguiente: la moral de la humildad y la resignación es incompatible con el progreso del género humano. Si los hombres estuviesen todos dispuestos a acatarla, el mundo se convertiría en un paraíso; pero como los hay entre ellos perversos, éstos, aun hallándose en minoría, conseguirían fácilmente la dominación, aprovechándose de la pasividad resignada de sus hermanos. Siguiendo a la letra el precepto evangélico que nos ordena ofrecer la mejilla izquierda, cuando nos hayan herido en la derecha, la tierra caería prontamente en la barbarie.
--Es grave esa objeción, la más grave tal vez que se haya formulado contra el Cristianismo. Los que la hacen, sin embargo, no sueñan con que su argumento implica una reclamación. Están pidiendo, sin darse cuenta de ello, un poder regulador y ponderador de la doctrina evangélica. La palabra de Jesús es eterna, pero su aplicación se realiza en el tiempo y el espacio, o lo que es igual, se desenvuelve, no es instantánea. El poder divino y humano a la vez que regula este desenvolvimiento se llama Iglesia. La Iglesia admite entre sus preceptos la legítima defensa, y nos estimula a reivindicar nuestros derechos y nuestra libertad cuando han sido hollados por algún tirano. Cuantas herejías han aparecido en la Historia se apoyaron en el Evangelio, pero, si prevaleciesen, hubieran dado al traste con él. Estas herejías no han cesado ni cesarán. Hoy mismo, aunque parezca increíble, un novelista ruso, apoyándose en el precepto evangélico que nos prohibe juzgar a nuestros hermanos, pide que se supriman los tribunales de justicia.
--Y ¿cómo concilia la Iglesia, querido Jiménez, la legítima defensa y la reivindicación de nuestros derechos con los preceptos categóricos y apremiantes del Evangelio?
--Todos los preceptos del Evangelio pueden reducirse a uno solo: la caridad. El hombre que se ve injustamente acometido por otro puede, por amor mismo de su enemigo, dejarse maltratar y aun matar. Sabe que este acto de amor y abnegación se registra en el cielo. Mas al proceder en caridad con su enemigo falta a la que debe a todos sus hermanos, puesto que aquel hombre criminal, si quedase impune, seguiría ejecutando con ellos otros crímenes. Aun por amor mismo de nuestro enemigo debemos desear y contribuir con nuestras fuerzas a que se le castigue, pues la pena es necesaria para nuestra regeneración.
--Pensando algunas veces en la posibilidad de que el Cristianismo llegue a imperar, no en las palabras, como ahora, sino prácticamente entre los hombres, no puedo menos de imaginar que la vida perdería mucho de su atractivo. Supongamos que todos los hombres lleguen a ser igualmente buenos, generosos, humildes, etc., y que ya no exista conflicto alguno entre ellos. ¿No te parece que ese mundo estable, beato y de una pieza, sería un poco aburrido? La vida es una lucha entre el principio del bien y el del mal, entre nuestro ser espiritual y el corporal, entre el ángel y la bestia. Esta lucha engendra en todos los tiempos y países un drama que la hace interesante. Temo que el día en que el drama se termine la vida pierda su sabor. Cerrado el teatro, los espectadores desean entregarse al sueño.
--¡Esa es una objeción de literato!--exclamó Jiménez ríendo--. Tienes miedo de que el mundo llegue a tal estado de perfección que ya no se preste para llevarlo a la escena, y no encuentres en la vida argumentos para escribir tus novelas, ¿no es cierto?... Yo no sé si sería una gran desgracia que desapareciesen los dramas y las novelas. Presumo que no. ¡Perdona, amigo, este supuesto! Lo único que puedo decirte es que, cuando en mis cortos viajes he hallado en un pueblo amigos cordiales y generosos, pasé algunos días bien felices reducido exclusivamente a su trato. Aquel estrecho círculo de seres buenos duraba después largo tiempo en mi memoria como un paraíso. No me ha acaecido otro tanto cuando me vi obligado a residir entre hombres violentos o apasionados y tuve que asistir a sus luchas. Y es porque el drama es bueno para ser visto, pero no para ser vivido. Además, tú como yo, y como todos los hombres que poseen alguna imaginación, habrás sentido la dulzura inexplicable de ciertos instantes en que la Naturaleza y la sociedad se nos ofrecen como una visión celeste. ¡Instantes de embriaguez en que todo brilla a nuestros ojos con luz irisada! Un vago rumor agita el aire, y un perfume misterioso se esparce por él. ¡Qué frescura en el cielo!, ¡qué luz dorada en las crestas de las montañas!, ¡qué llanura risueña cubierta de flores! La Naturaleza resplandece luminosa, los hombres se agitan vibrantes de amor y de dicha, la creación entera surge ante nosotros como una esfera de luz. Nadie como nuestro Espronceda alcanzó a expresar con más felicidad ese momento de gozosa embriaguez:
Gorjeaban los dulces ruiseñores, el sol iluminaba mi alegría, el aura susurraba entre las flores, el bosque mansamente respondía. Murmuraban las fuentes sus amores, ilusiones que llora el alma mía. ¡Oh, cuán suave resonó en mi oído el bullicio del mundo y su rüído!
Dime, ¿no quisieras prolongar ese instante? ¿No quisieras vivir eternamente ese sueño de oro? Y, sin embargo, en nuestros sueños de oro no existe el drama.
Hubo una pausa. Al cabo, le dije bruscamente:
--Todo eso está bien, Jiménez, pero hablemos claro, y no seamos hipócritas con nosotros mismos. Tú eres cristiano católico en la actualidad, porque has nacido en una nación católica; si hubieses nacido en Inglaterra, serías protestante, si nacieses en Turquía, musulmán, y en la India, budhista.
Jiménez sonrió dulcemente y repuso: