Part 22
--Desde que Rousseau, por boca del Vicario _saboyano_, ha dicho: «Dios no pide otro culto que el del corazón; no quiere ser adorado más que en espíritu y en verdad; no se cuida ni de las vestiduras del sacerdote, ni de las palabras, ni de los gestos, ni de las genuflexiones; el culto externo es puramente un asunto de policía», no han cesado de repetirse las mismas ideas en una o en otra forma, engendrando otra escuela frente a la que tú mencionas, y que ha sido llamada la escuela de la _religión natural_. Quiero creer que todos los que la siguen proceden con absoluta buena fe. Yo mismo he repetido muchas veces esas ideas, y no me remuerde la conciencia de haber faltado a la sinceridad. Pero al cabo he llegado a persuadirme de que casi ninguno de los que así hablan, empezando por Rousseau y concluyendo por mí, han dedicado a Dios el culto del corazón, le han adorado en espíritu y en verdad, como aquél aconseja. Prescindimos del culto externo, pero no practicamos tampoco el interno. Sólo nos acordamos de Dios cuando tenemos que hablar de Él, o acaso cuando nos aflige alguna desgracia. Esto me hizo dudar si lo que manifestaba el famoso vicario sería toda la verdad, o nada más que una parte. El culto externo, en efecto, parece algo material y, por tanto, indigno de la Divinidad. Pero ¿hay algo en el hombre que no se exprese de un modo material? Cierto que la existencia de Dios se nos revela en la conciencia, pero esta conciencia, ¿existiría sin nuestro cuerpo, esto es, si no fuésemos individuos, partes separadas del todo? El Universo entero no es más que el símbolo infinito que oculta una verdad infinita. De esto se deduce que el símbolo penetra en toda la existencia, como que es el fondo mismo de ella. El saludo que hago en la calle a un amigo, ya le dirija una sonrisa, o le diga adiós con la mano, o le quite el sombrero, no es, en la apariencia, más que un acto corporal, un movimiento de la materia; pero este movimiento es el revelador necesario de un estado de amor, de amistad o de respeto en mi alma.
--Dios no necesita revelador, porque aprecia directamente el estado de tu alma.
--Pero si Dios no lo necesita, lo necesito yo; lo necesitan los demás para vivir unidos a mí en una creencia. Si no exteriorizásemos lo que pasa por nuestra conciencia seríamos espíritus puros; el Universo dejaría de existir. Esto sucederá el día en que rompamos las cadenas con que el tiempo y el espacio nos tienen sujetos. Mientras permanezcamos en ellas, nuestros actos obedecerán a la ley del símbolo que preside a la existencia. Por otra parte, siendo el hombre un ser espiritual y corporal a la vez, y llevando cada uno de sus actos el sello de ambas procedencias, nadie ignora la influencia que ejercen unos sobre otros. El espíritu ordena..., pero el cuerpo también. Para que la calma renazca en nuestra alma agitada basta muchas veces adoptar una posición cómoda y tranquila y permanecer en ella algún tiempo. Para agitarnos y enfurecernos repentinamente sólo es necesario ejecutar algunos movimientos corporales violentos y descompasados. Del mismo modo, sólo los que han pasado por ello se dan cuenta de lo que influyen los actos corporales del culto externo en la animación de nuestros sentimientos piadosos. Esos que sonríen y exclaman: «¿para qué?», cuando ven a un hombre besar con éxtasis los pies de un crucifijo de madera o tocar con la frente en el suelo al levantarse la Hostia santa en el templo, ¿no han abierto jamás con mano trémula el cajón donde se guardan los recuerdos de un ser querido?, ¿no los han besado repetidas veces?, ¿no los han mojado con sus lágrimas?... ¿Para qué? Ni esos pedazos de lienzo o de oro significan nada por sí mismos, ni el ser adorado a quien pertenecieron puede escuchar ya sus besos... Si este mundo es, pues, un puro símbolo de algo mucho más alto, ¡déjame, déjame que en las horas de angustia me abrace a un crucifijo de madera, déjame que allá en el campo el tañido de una campana me haga llevar la mano al sombrero y me acuerde de Dios!
* * * * *
Jiménez había dejado caer el cigarro al suelo; sus ojos brillaban; sus pálidas mejillas se habían teñido de carmín. Repuesto instantáneamente, prosiguió con calma:
--La vida es un combate: no ese combate bestial de que tanto se habla, y que, más que lucha por la vida, debiera llamarse lucha por la muerte. Hablo del combate por el bien, que es la verdadera vida del hombre. Es, más que combate, una liberación, una ascensión, la conquista del cielo. Todo hombre aspira, consciente o inconscientemente, a despojar su ser espiritual de la piel de la bestia. Así como al poner el oído al tronco del árbol en la época propicia escuchamos los repetidos golpes de la crisálida, que trabaja anhelante por salir a la luz transformada en mariposa, así los habitantes del cielo escuchan el buceo de nuestra alma, que se remueve buscando la luz. La Humanidad sale algunas veces de la onda obscura y baña su frente con los rayos de la belleza y el bien, pero, ¡ay!, no tarda en sumergirse de nuevo. Quiero decir que su ascensión no es continua. «El mundo--decía Goethe en los últimos años de su vida a su confidente Eckermann--no debe alcanzar su objeto tan pronto como lo pensamos y lo deseamos. La Humanidad jamás dejará de encontrar obstáculos que la embaracen y miserias que la impidan desenvolver sus fuerzas. Llegará a ser más prudente, más sabia, pero mejor y más feliz, eso no lo esperemos más que por momentos.» Así hablaba el gran optimista de los tiempos modernos.
--He leído, doctor, que el feto humano recorre en el claustro materno todas las etapas de la animalidad, o, como expresan los naturalistas, «la _ontogenia_ no es más que un resumen de la _filogenia_». ¿Sucederá algo análogo por lo que se refiere a nuestro ser espiritual? El hombre, en los primeros años de su infancia, es un ser en quien obran solamente las fuerzas generales de la Naturaleza. Cuando se desprende del mundo exterior y afirma su personalidad, lucha irreflexivamente por alcanzar todo lo que cree adecuado para su existencia; apetece los espectáculos, los ejercicios corporales, ama la Naturaleza y el Arte. El enigma de su ser se le aparece envuelto en sueños poéticos, con cierta misteriosa sensualidad. Con la juventud llega el amor, y a menudo éste le arrastra a la depravación. En la edad madura ama el dinero, para obtener con él las comodidades y el lujo, y satisfacer la pasión más irresistible de su ser, la que compendia y resume de una vez la afirmación de la vida, la pasión de la dominación... Pero asoma al cabo la vejez, y entonces se convence de que la dicha es imposible en este mundo. Aquella afirmación, a la cual se asía con todas las fuerzas de su cuerpo y de su alma, no tiene otro paradero que la tristeza, la debilidad y, por fin, la muerte. Los seres vulgares luchan todavía, se desesperan y se rinden al cabo estúpidamente. Los espíritus elevados comprenden que han errado el camino, vuelven los pasos atrás, se niegan a sí mismos, y afirman a Dios como única raíz de su existencia... Estas mismas etapas, que todo hombre recorre, son las de la Humanidad. Cualquiera puede convencerse leyendo su historia. Hoy parece que el género humano sale de la juventud y entra en la madurez. Quiere gozarlo todo, y acude a la ciencia, al industrialismo, a la diplomacia. Acaso dentro de algunos centenares o millares de años, convencido de que no ha dado un paso en el camino de la dicha, se produzca una gran reacción religiosa, esto es, acuda al centro de toda vida y toda felicidad, y concluya santificándose.
--No es una pura fantasía de tu mente lo que acabas de decir. Hay en ello mucho de cierto, pero hay también bastante de falso. La idea que acabas de verter es un teorema que da por sentado el axioma de la fatalidad. El desenvolvimiento del hombre es necesario en tal sentido; el de la Humanidad, lo mismo. Al hablar así, acaso no te des cuenta de que proscribes la libertad, aún más, de que la asestas un golpe mortal. Volvemos al _fatum_ inflexible de la antigüedad pagana. No puede ser. La moral del Destino ha expirado el día en que nació Jesús. La libertad es nuestro patrimonio, constituye la esencia misma del hombre, sin ella no existiría la Humanidad. Ni el hombre sigue esas etapas inflexiblemente, ni la Humanidad tampoco. Hay muchos hombres, en efecto, que sólo se desengañan en la vejez, pero los hay también que convierten su corazón en la edad madura, y también quienes parecen nacer ya desengañados, y desde su infancia apartan su espíritu de las cosas efímeras y se dirigen a las eternas. Y en la historia del género humano hay épocas en que éste se acerca más a Dios, y respira su vida infinita, y goza de su felicidad, y las hay en que se aparta voluntariamente de Él, marcha apresuradamente hacia la nada, y se siente desgraciado. Porque cuando la Humanidad pierde de vista el centro de su existencia y, obedeciendo a la fuerza centrífuga, se aleja del sol que la ilumina, por más que haya alcanzado un alto grado de civilización, y haya sometido a su imperio las fuerzas de la Naturaleza, y se embriague con una actividad febril, y parezca gozar de sus conquistas, en el fondo se siente desgraciada. Sospecho que durante la Edad Media los hombres fueron más felices en Europa que en la edad presente... ¿Te asombras? Pues eres el último que debiera hacerlo porque te he oído algunas veces decir que si se inventase un termómetro o graduador que, introducido por la boca de los hombres, acusase exactamente el grado de su dicha, se observarían cosas que nos dejarían estupefactos. Tal hombre rico, joven y robusto, no haría subir la columna termométrica hasta el cero; tal otro, mendigo andrajoso, la mantendría muchos grados por encima. Pues bien, la Humanidad, durante la Edad Media, es con respecto a nosotros un mendigo andrajoso; carecía de toda comodidad para la vida del cuerpo, se hallaba expuesta constantemente, como el mendigo, a las inclemencias de la Naturaleza y de los hombres..., pero tenía la fe. No todos la tenían, porque ya creo haberte dicho que la mayoría de los hombres ha sido, es y acaso sea siempre, sensualista; mas aquellos en quienes había prendido, la poseían plenamente y la gozaban. Y la alegría de la fe, querido amigo, no puede compararse con ninguna otra; «si los hombres de mundo la sospechasen--dice el Kempis--, se estremecerían de envidia»... Tienes razón, sin embargo, al afirmar que el pecado ha llegado en la época actual a su período de madurez. En épocas anteriores, en los pueblos antiguos y también en la Edad Media reinaba la violencia, pero a su lado reinaba el heroísmo. El hombre era un niño no desprendido bien todavía de la Naturaleza. La fuerza sorda de la animalidad le tenía sumergido en una atmósfera espesa de pecado y miseria. Pero luchaba ardientemente por salir de ella; alguna vez asomaba la cabeza, sentía alegría, y entonaba el cántico sublime del espíritu emancipado. Ahora el hombre no es mejor. El hombre, en la edad madura, no mejora generalmente; se hace más cobarde. El egoísmo impera como nunca, pero se ha hecho más refinado, más hipócrita. Conocemos la verdad, nos hemos asomado a la luz, pero nos volvemos voluntaria y complacientemente a sumergir en la atmósfera espesa del pecado. Ésta, sin embargo, no es una etapa fatal de la Humanidad, como pretendes. Yo también he vivido deslumbrado por esas grandes síntesis que nos daban nuestros maestros en la cátedra y que se admiran en algunos libros que han alcanzado inmensa boga. No hay duda que son seductoras, que nos ahorran el trabajo de pensar más en nuestra suerte, que las hay para todos los gustos, unas materialistas, otras idealistas, furiosamente reaccionarias y desesperadamente anarquistas; en unas se nombra la Providencia, en otras la vida integral o la felicidad del género humano; de todos modos, es la fatalidad quien preside a la marcha del género humano: la libertad del hombre desaparece. Desde el momento en que nuestro destino se halla trazado de antemano, no hay más que lanzarse a la corriente y dejar que las cosas paren donde deben parar... Por fortuna, mi cerebro ha vivido poco tiempo de esas síntesis. Pronto he comprendido que, a pesar de su idealismo aparente, nos precipitan en el panteísmo, y más tarde en el pesimismo. La esencia de la Humanidad es la libertad, y el mismo Dios no prevé sus destinos en el tiempo: lo que hace es verlos en la actualidad, porque el Ser Supremo se halla por encima del tiempo. La Humanidad, como el hombre, puede subir y bajar o estacionarse, empeora unas veces, otras mejora, se eleva, se degrada, y, al fin, puede salvarse, pero puede también condenarse.
--Entonces, ¿para qué ha servido la sangre de Cristo?
--La sangre de Cristo nos da la posibilidad de salvarnos, pero no nos da la seguridad de salvarnos.
* * * * *
En aquel instante Jiménez fué atacado de un violento acceso de tos. A la escasa luz que allí había, le vi ponerse pálido. Tristemente impresionado, porque el estado de su salud era verdaderamente deplorable, le dije:
--Retírate, doctor: el fresco de la noche te está haciendo daño para la tos.
--No hablemos de mi tos--repuso sonriendo--. O ella concluye, o concluyo yo. Ambos somos cosas temporales. Sigamos hablando de las eternas... La vida es un combate por el bien, te he dicho. En este combate, ¿marchamos solos a la pelea?, ¿podemos por nosotros mismos y sin ayuda alcanzar la victoria? Eso nos asegura el estoicismo. Pero sus promesas son vanas, porque sólo en un número reducido de hombres la voluntad es poderosa para no desviarles del recto camino. Y si examinas de cerca esa voluntad, observarás que está compuesta en muchos casos de orgullo y terquedad. Alguien ha dicho que la filosofía estoica no es más que «el heroísmo romano reducido a sistema». Acaso se pudiera sustituir la palabra orgullo a la de heroísmo en innumerables ocasiones. La serenidad estoica está hecha de egoísmo: es el arte de ser feliz en medio de la desgracia de los otros. El estoicismo excluye el amor, y el amor es el alma y el motor del mundo, es el único medio de hallar felicidad en esta vida. Cierto que alguna vez, por virtud o bajo el impulso de un sentimiento exaltado, puede el hombre obrar cosas maravillosas, pero esos estados no son normales, son patológicos; son, como dice Pascal, movimientos febriles que la salud no puede imitar. Para obrar de ese modo se necesitaría hallarse agitado siempre por el entusiasmo, y la razón, por sí sola, no produce el entusiasmo; las ideas no operan como móviles de nuestra conducta si no se transforman previamente en sentimientos. No basta afirmar que el dolor físico o el dolor moral no son males para dejar de sentirlos. El hombre no es todo razón ni todo sensibilidad. Los estoicos, como los epicúreos, mutilan la naturaleza humana.
--En efecto, doctor--respondí--; los estoicos atribuyen a nuestra voluntad un poder incontrastable, lo cual es evidentemente falso: nuestra voluntad, por sí sola, no puede hacernos felices. Pero los cristianos, ¿no merman demasiado el imperio de esta voluntad? Si todo cuanto de bueno poseemos, si todas nuestras disposiciones para seguir el camino del bien dependen de la gracia de Dios, ¿qué se ha hecho de nuestra libertad?
Jiménez tardó unos instantes en responder. Luego dijo gravemente:
--En el fondo, mi buen amigo, la libertad del hombre sólo se manifiesta de un modo: acercándose a Dios, o alejándose de Dios. En nuestra alma existen dos fuerzas, una centrífuga y otra centrípeta, y, al revés de lo que pasa en la naturaleza corporal, disponemos libremente de ambas fuerzas. Pero así como los cuerpos celestes que llamamos cometas al acercarse al sol ganan vida y velocidad, y cuando se alejan decaen y se amortiguan y andan cerca de caer en la nada, así nuestro espíritu, cuando se aproxima al Soberano Ser y vive de su vida, se ilumina como los cometas y participa de su felicidad y de su poder. Por eso afirma el Cristianismo que la verdadera libertad del hombre consiste en marchar hacia Dios, porque éste es su aspecto positivo; el otro es negativo. He dicho que nuestro espíritu ganaba poder, y he aquí la clave de nuestra existencia y del Universo entero. El fin de todo cuanto existe no es otro que ganar poder. Repara cómo súbitamente me pongo de acuerdo, al menos por un instante, con los positivistas, con los materialistas y con los llamados espíritus libres. ¡Ganar poder! Este es el deseo que palpita en el corazón de todos los seres creados, éste es el hecho capital de nuestra existencia; todos deseamos el poder, que es la alegría y es la paz. Ahora bien, ¿dónde se halla este poder? ¿En nosotros mismos? No, porque no podemos menos de reconocernos como seres finitos, débiles, sujetos a la necesidad y al dolor. La fuente del poder no mana en nuestro cuerpo ni en nuestro espíritu, ambos limitados, sino en el Ser Infinito, autor y causa de todo cuanto existe. En Él se cifra la plenitud del poder, y a Él debemos dirigirnos para obtenerlo. En el grado en que logremos acercarnos a Él y recibamos su influjo, en ese grado seremos poderosos, libres y felices, porque Él es «la salud, la paz y la vida, y el que le sigue no anda en tinieblas». Son las mismas palabras que el sol podría dirigir a sus cometas cuando empiezan a helarse allá en los lejanos y obscuros abismos del cielo. Y el cometa escucha, y acude al principio perezoso, luego raudo, a esta voz que le llama. Pero el hombre, ¡ay!, no pocas veces permanece sordo, y concluye por helarse enteramente.
--Tú lo has dicho. El hombre está sordo muchas veces. ¿Y cómo abrirle los oídos? He aquí el problema, Jiménez. Suponiendo que el hombre se dirija al bien, libremente, por medio del ejercicio, puede fortificar su voluntad. En el ambiente que le rodea flotan ideas generosas que le confirman en su resolución, existen amistades que le solicitan a perseverar en ella, suenan palabras que exaltan y acaloran sus sentimientos... Pero cuando no existe esa voluntad, ¿quién se la presta?
--Se la presta el mismo Dios; y se la presta por medio de la oración. Como el oxígeno del aire mantiene por medio de la respiración el calor en nuestro cuerpo así la oración perseverante mantiene el calor en nuestra alma y la impide que se hiele. Este retorno del alma al centro de su vida, esta conversación amorosa de la criatura con su Creador, es el momento más sublime que puede aparecer en el tiempo y el espacio; es ya, por sí mismo, una imagen de la eternidad. Los indios, con admirable instinto, hacían de la oración el hecho capital de la existencia, aunque, extraviados luego, confundían a Dios con la oración. Brahma es la palabra santa, y por esta palabra se ha hecho y se conserva el mundo. Si el hombre comprende que en este insondable abismo de la creación no se encuentra solo, ya está salvado. Le basta volver los ojos al sol de su espíritu, y este sol se encarga, con el magnetismo de sus rayos, de traerle a la dicha.
--El momento sublime de que acabas de hablar, ¡cuántas veces, doctor, se convierte en un momento ridículo y despreciable! Los unos se postran ante Dios y le piden dinero, los otros le piden fama, otros le invitan a que extermine a sus enemigos, y hasta ha habido bandidos en Andalucía que oraban para que Dios les deparase viajeros ricos a quien poder desvalijar.
--El hombre manifiesta en esas oraciones su depravación y las reliquias del pecado en que fué engendrado. Ese desorden es inherente a la Humanidad, y aparece en todas las regiones del globo, en todos los tiempos y en todas las clases sociales. El cielo de nuestra conciencia sólo puede teñirse de dos colores: el rojo del egoísmo y el azul de la caridad. Estas dos tintas se mezclan y confunden en él de tal manera que parece imposible a veces distinguirlas. Las almas verdaderamente cristianas, por humilde que sea su inteligencia, no se equivocan. En cada momento de la existencia apuntan sin vacilar al sitio donde se halla Dios y al sitio donde se esconde el diablo. Pero los demás encontramos una dificultad insuperable para arrancar las plantas malditas que hace crecer el egoísmo entre la cosecha celestial de nuestras ideas. Unidos en el mismo dogma, cada cual se forma de Dios la idea que le permite el grado de espiritualidad o de elevación moral que haya podido alcanzar. De aquí que el nombre de Dios haya servido en la Historia de salvaguardia a las acciones más execrables derivadas del odio, del orgullo y la venganza. En nombre de Dios, que es caridad, se han infligido los tormentos más espantosos. El nombre de Dios nos sirve todavía para proteger los extravíos de nuestro interés, ignorancia y sensualidad... Recuerdo que era yo adolescente, y en la comarca montañosa en que nací y solía pasar el verano, había un molinero cuyo hijo, espigado, majadero, vicioso y tumbón, era su castigo. En el pueblo se le trataba con el desdén que merecía. Su padre adelantaba poco o nada calentándole de vez en cuando las espaldas con un garrote. A despecho del mío, que no le miraba con buenos ojos, trabé amistad con él. Corríamos a todas horas los caminos y senderos, los bosques y los caseríos, jugábamos a los naipes, jugábamos también malas tretas a los vecinos: en fin, aquel zángano nada bueno me enseñaba. Mas he aquí que la guerra carlista, iniciada en las provincias vascas, prendió también en la nuestra. Alzáronse algunas partidas de gente armada, y nuestro valle comenzó a ser el centro de conciliábulos y preparativos. Un día, estando yo en el balcón de mi casa, veo aparecer por el camino de la fuente a mi compañero, con boina blanca y un enorme fusil sobre el hombro. Como cruzaba serio y arrogante sin decirme nada yo le grité: «¿Adónde vas, Pachín?» Sin levantar la vista ni detener el paso, me respondió con una severidad que me dejó helado: «Voy a poner a Dios en su santo trono.»
--Conozco otros casos más curiosos aún del concepto del amor divino. Oí contar que allá en la isla de Cuba un sacerdote, al instruir a los negros en la doctrina cristiana, tratando de acomodarse a su rudísima inteligencia, les decía: «Escuchad, hijos míos: Dios es muy bueno, y en el cielo los pobrecitos negros no trabajan, viven contentos, nadie les azota y comen tocino. El diablo es muy malo, y en el infierno el trabajo es mucho más duro que aquí, se les azota con varillas de hierro, se les quema la carne con carbones encendidos y se les da una ración muy corta de harina de maíz. De suerte, amados hijos, que ¿dónde quisiérais ir mejor, al cielo o al infierno?» Y los negros respondían a coro: «¡Queremos tocino!»... Otro ejemplo. Aquí no se trata de infelices negros, sino de una persona de gran categoría. Existía en Madrid hace algunos años una condesa ya vieja, a quien acompañaba constantemente un sacerdote. Y manifestaba a sus íntimos que mantenía a este clérigo y le asignaba un pequeño sueldo para que, si la muerte la sobrecogiese, hubiera a su lado quien le diese la absolución de sus pecados. Y exclamaba con lástima alzando los ojos al cielo: «¡Dios mío, no comprendo cómo hay personas de buena posición y tan avaras que por tres pesetas cincuenta céntimos diarios se exponen a ir al infierno!»... Otro ejemplo todavía. Y aquí ya no se trata ni de seres rudimentarios ni de ricos egoístas, sino de una mujer excepcional por su alta inteligencia. Hace poco leía en una novela de Jorge Sand estas palabras edificantes que una esposa infiel dirigía a su amante: «¡Oh, mi querido Octavio!, jamás dormiremos una noche juntos sin arrodillarnos antes y orar por Santiago.» Este Santiago era el esposo engañado.
--¡Gracioso!, ¡gracioso de verdad!--exclamó Jiménez soltando una carcajada--. Se había hecho a Dios soberbio, susceptible, estúpido, cruel, sobornable y hasta almacenista de comestibles. Estaba reservado a la famosa novelista el hacerlo alcahuete.
Se puso grave al fin, y profirió con firmeza: