Part 21
--Todo eso es fascinador y romántico--manifestó el señor de la Puente con amable sonrisa de condescendencia--. Nuestra amiga no puede sustraerse al fuego de la inspiración poética, que, a pesar de sus años, arde todavía en el fondo de su alma. De ello debemos felicitarnos y felicitar al mundo, que aun puede esperar de este sol que se acuesta muchas esplendorosas llamaradas... Pero la política, querida amiga... la política es una cosa muy seria.
--Precisamente por eso debe encomendarse a la mujer, que es el ser serio por excelencia, el único que sabe poner toda el alma en su actividad, el único que cree en los resultados de ella... Una fila de señores con levita y sombrero de copa será un espectáculo muy serio en la apariencia; en realidad es bien cómico.
--Encuentro esas observaciones exactas--hube yo de manifestar--; pero, al mismo tiempo, teniendo en cuenta la atracción irresistible que sobre la mujer ejerce el círculo de la familia, ¿no sería de temer que, dedicada a la política, trabajase más por el bien de su hogar que por el público?
--Y los hombres, ¿no hacen otro tanto, amigo Jiménez?... Efectivamente--añadió con sonrisa maliciosa y bajando la voz--, a veces no trabajan por su hogar, sino por el de sus queridas.
--Pero, doña Carmen--repliqué yo--, ¡esas ideas trastornan y hacen cambiar radicalmente la dirección de la sociedad contemporánea!... Cuando todos los pensadores convienen en la necesidad de vigorizar el organismo social, cuando no se escucha otro grito que el de: «¡Hay que virilizar la raza!»...
--¿Virilizar la raza? ¿Para qué? Lo que hay que hacer es afeminarla. O lo que es igual, hay que volverla un poco menos brutal y egoísta; hay que infundirla las cualidades femeninas de la fe, de la piedad y del valor...
--¿Del valor?--exclamó el conde--. ¿No habíamos convenido en que la mujer es un ser tímido?
--Doña Carmen no cree en la timidez de la mujer--respondió Pareja riendo.
--Siempre he pensado lo mismo, pero no es esa la opinión general. La mujer es tímida por coquetería. Que se trate de aparecer bella, y será capaz de arrojarse desde la Giralda de Sevilla.
--¿Quién tiene la culpa de esa coquetería?--profirió doña Carmen con viveza--. Desde hace largos siglos, ustedes no le han asignado otro papel que el de agradar. O agradar al hombre, o vivir y morir despreciada: tal es su destino. El mundo, para la mujer, no es más que un vasto harén disfrazado.
--Y ¿cuál destino más noble, señora, que el de amar y el de ser amada? Mientras los hombres, espoleados por la necesidad y la ambición, nos fatigamos hasta caer rendidos, luchamos hasta perder la vida, la mujer, en el recinto de su gabinete, sigue con mirada ansiosa nuestra carrera y se ofrece como premio a nuestros esfuerzos. La mujer es la estrella que nos guía en las lóbregas noches de nuestra existencia, es la flor perfumada que guardamos en el jardín de nuestra alma. ¿Cómo quiere usted, señora, que la expongamos a los vendavales furiosos de la política? Sus bellas manos delicadas no están hechas para mezclarse en esos juegos, muchas veces sucios y casi siempre peligrosos.
--Sea usted franco, conde, la mujer ha sido, es y debe ser siempre la eterna odalisca.
--No la quiero odalisca, pero tampoco la quiero transformada en senador vitalicio como mi amigo la Puente. ¡Es demasiado prosaico!... Perdón, don Sinibaldo: no he querido decir que sea usted prosaico... Pero las tareas encomendadas a un senador no son, en verdad, de las más poéticas. Figúrese usted, señora, que una hermosa mujer dijese a su marido: «Perdona, hijo; hoy no puedo entretenerme demasiado contigo, porque necesito prepararme para una interpelación que tengo mañana en el Congreso sobre la reforma del arancel...» ¡Es horrible!
--¿Por qué horrible? Encuentran ustedes horriblemente prosaico que las mujeres discutan la cuestión de tarifas o la conversión de la Deuda. ¿Es más poética cuando toma la cuenta a la cocinera: tanto de arroz, tanto de chorizos? ¿O cuando llama a la lavandera y apunta la ropa sucia: tantas enaguas, tantos calzoncillos? En cuestión de estética, no veo gran diferencia. Por el contrario, la administración del Tesoro público, por su magnitud y por su transcendencia, imagino que es una tarea más elevada.
--¡Oh cielos! El día en que sean ustedes diputados y senadores, será un espectáculo bien divertido el presenciar cómo se arrancan los moños.
--No lo será más que cuando ustedes alzan los puños en el Congreso y se dirigen injurias soeces acompañadas de frases de carretero... Pero no, las mujeres, si no respetamos los recintos, respetamos los sentimientos justos y los nobles proyectos. Recientemente se ha organizado una magna asamblea de señoras en Versalles. Pues bien, aquella asamblea celebró varias sesiones con la mayor mesura, discutió sus acuerdos y llegó a formular sus conclusiones con perfecta corrección. Sólo unos cuantos caballeros feministas allí admitidos desentonaron, y fueron llamados al orden por la presidenta... Y sin ir tan lejos, todos los días en Madrid se reúnen en asamblea muchas señoras con objetos benéficos, se organizan en comisiones, discuten, ponen en práctica sus decisiones, y todo pasa sin los lamentables incidentes que suelen ocurrir en las asambleas masculinas. No les hablo de los institutos religiosos, porque demasiado saben ustedes que los de mujeres, por el espíritu de abnegación, de disciplina y de armonía, son muy superiores a los de los hombres, y lo serían aún mucho más sin la inoportuna intervención de los clérigos que las dirigen.
--¿De dónde procede, entonces, que en tertulias, en bailes, en teatros y conciertos armen ustedes insoportable algarabía? ¿Cuál es la causa de que ustedes se detesten tan cordialmente, y en los paseos se miren ustedes como se miraban los güelfos y gibelinos?--manifestó el conde.
--Por la razón que antes he dicho, por el miserable papel que hasta ahora nos han obligado ustedes a representar. La mujer viene de la esclavitud, y viene con todos los defectos que la esclavitud engendra, la timidez, la mentira, la hipocresía, la ligereza. Pero levantadla a otros destinos más altos, y su alma recobrará su celestial herencia, se abrirá al espíritu de justicia. La mujer es un ser nacido para la política, porque la política toca a las costumbres, y en todos aquellos pueblos que han alcanzado cierto grado de cultura es la reina de las costumbres. De hecho bien saben ustedes que ha intervenido siempre de un modo capital en ella...
--Ahí está la historia para mostrarnos que no lo ha hecho bien--dijo Pareja.
--Ni mejor ni peor que los hombres. ¿Desean ustedes saber por qué ha intervenido algunas veces perniciosamente en los negocios públicos? Porque carecía de responsabilidad, porque la política ha sido hasta ahora para ella un juego. Le está vedado pensar en la transcendencia de sus actos, pero se le permite, como a los niños, satisfacer sus caprichos. La du Barry hacía saltar sobre la mesa, delante de Luis XV, unas naranjas, gritando y riendo: «¡Salta, Choiseul!, ¡salta, Praslin!» Y con estas travesuras hizo caer al primer ministro, su enemigo. Aquella pobre mujer era considerada como un animal hermoso destinado al recreo. Pero aquella mujer guardaba en el fondo del alma un tesoro de bondad admirable; era noble, generosa, inocente. Si en vez de degradarla se la hubiese elevado con una educación adecuada, si en vez de un ser irresponsable la hubieran hecho un ser responsable, no haría saltar a Choiseul por capricho o por venganza..., aunque tal vez le hubiera destituído por traidor.
--De todos modos, mi querida amiga, yo no puedo resignarme a ver la política y las leyes en manos de las mujeres. Son harto frágiles para cosas tan pesadas--apuntó don Sinibaldo.
--¿No se resigna usted? Pues parece usted bien resignado. Al frente de la política y las leyes españolas se encuentra hoy una mujer, y usted la obedece y la acata, y no duda, como nadie duda en Europa, de que su juicio sereno, sus rectas intenciones, el amor que siente por su país adoptivo, son prenda segura de paz y prosperidad para la nación. Largo tiempo ha que nuestra Patria no ha sido regida con tal claridad y justicia, y que una mano tan suave y firme a la vez haya empuñado el cetro español. El prestigio de esta augusta señora aleja del Trono toda sospecha odiosa, la intriga política huye avergonzada, los malvados se esconden, y el ciudadano laborioso vive tranquilo y confiado en su hogar.
--¡Oh Carmita, por Dios!--saltó don Sinibaldo con síntomas de sofocación--. Nadie más que yo admira las dotes incomparables de nuestra Reina Regente. A ella he dedicado mi obra sobre el «censo enfitéutico en Asturias y Galicia», y tuve la dicha de escuchar de sus augustos labios frases de aliento que no se borrarán jamás de mi corazón.
--Pues si usted no duda de que una mujer, no escogida, sino llevada por la casualidad del nacimiento a la dirección política de un país, es apta para gobernarlo, tiene discernimiento bastante para decidir nada menos que de la paz y de la guerra, para poner su veto a las leyes que los representantes del país han votado, para elegir a todos los funcionarios públicos, ¿por qué no quiere usted otorgar a las mujeres elegidas entre las mejores del país aptitud suficiente para contribuir a la elaboración de las leyes y para decidir de lo justo y de lo injusto?
--Pero, en suma, mi ilustre amiga--manifestó Pareja--, si es verdad que hasta ahora han representado ustedes un papel miserable, ¿cuál es el que usted quiere que representemos nosotros el día en que el Parlamento, los Tribunales de justicia y la Hacienda pública se hallen en manos de ustedes?
--¡Ahí me duele, amigo Pareja, ahí me duele!--exclamó doña Carmen dejando escapar un suspiro--. Quizás piense usted, como todos los hombres, que, al arrebatarles esas cosas, les privamos del mayor tesoro de la existencia. Vive usted engañado. La política no es un tesoro, sino una carga. El progreso la hará cada día más ligera, pero hoy es bien pesada. La política no es algo substancial, no pertenece al fondo y a la esencia de la vida, a ese fondo divino que la presta sentido y valor. Sólo es un medio para que la Humanidad pueda gozar de ese tesoro los breves días que el Cielo nos permite alentar sobre la tierra. Al entregarnos la política, ustedes son quienes nos arrebatan el fruto verdaderamente sabroso de la existencia, nos condenan irremisiblemente a un papel secundario. El culto a la Divinidad, el arte, la ciencia, la industria, eso es lo que ennoblece la vida, no la gestión de los presupuestos ni la policía de las calles... Observen ustedes la vida de un sabio o de un artista. Si Dios les ha concedido una esposa prudente, a ella entregan la administración de sus intereses, y sus días se deslizan serenos y felices en la evocación de hermosas imágenes o en la investigación de las sublimes leyes de la Naturaleza... Ahí tienen ustedes a mi hijo... No sabe el dinero que hay en la casa, ni lo que en ella gastamos. Entregado a sus proyectos y dibujos, se ha desentendido de tal modo de todo lo demás que ni de su ropa de vestir se ocupa. ¿Querrán ustedes creer que para que se haga un traje es necesario que Raimunda llame al sastre, escoja el paño y le tomen las medidas por sorpresa? Pues eso que hacen muchos de ustedes dentro de su casa particular, con el tiempo lo harán todos dentro de la casa pública. Entonces no seremos nosotras las esclavas que se arrastran temblando a los pies de su señor, ni tampoco esos ídolos caprichosos a quienes en el norte de América se rinde un culto que resulta irónico, esas máquinas imponentes de gastar dinero que necesitan los millonarios anglosajones para deslumbrar a la muchedumbre. Queremos solamente el papel que la providencia de Dios nos ha asignado en este mundo; la guarda de la casa y el cetro de la justicia. Ustedes, a debatir los altos problemas de la metafísica, a sondear las profundidades de la teología, a escribir poemas inspirados, a modelar estatuas y pintar lienzos inmortales, a conquistar las fuerzas de la Naturaleza y hacerlas esclavas sumisas de nuestro bienestar. Nosotras, pobrecitas, a cuidar de la hacienda, a perseguir a los malvados, a recompensar a los buenos, a dar a cada uno lo que le pertenece, a limpiar de abrojos el camino del sabio, del explorador y del artista. Para vosotros, el goce inefable de la conquista; para nosotras, el trabajo y el peligro sin la gloria. Una bella aurora luce en el horizonte. El eje del mundo, desviado de sus polos diamantinos, se endereza. La claridad desciende al cabo del cielo, y una felicidad desconocida inunda a los mortales. Un nuevo imperio se descubre a nuestra vista, el imperio de la paz y la justicia. Luchemos hasta morir por conseguirlo; esperemos que el Espíritu de Infinita Paz nos lo conceda...
Doña Carmen se interrumpió súbitamente, y sus ojos, que parecían arrobados en delicioso éxtasis, cambiaron de expresión. Comprendí la causa, porque los míos no se habían apartado desde hacía algún tiempo del conde de Sobeyana. Le había visto estrechar la distancia que le separaba de Raimunda, había observado sus miradas insistentes y las palabras que en voz baja le dirigía alguna vez, como si quisiera trabar íntima conversación con ella. Por fin, le vi extender el brazo, apoyarlo en el respaldo de la butaquita donde la hermosa nuera de la poetisa se sentaba, y acercar demasiadamente la mano a su cabeza.
Raimunda no parecía darse cuenta de tal asedio galante. El caso no era raro tratándose de aquella Juno colosal, cuya alma se paseaba demasiado a sus anchas por el cuerpo.
Por fin, creí notar que el conde rozaba con sus dedos los cabellos de la joven, y temblé pensando que su marido, que se hallaba del otro lado, podía volver hacia allí los ojos y observarlo. Era mucha la osadía de aquel hombre.
Pero aun fué mayor. Hábil y rápidamente, como un perfecto escamoteador, vi que tiraba de un peinecillo de concha que sujetaba por detrás los cabellos de la hermosa, lo tenía un instante entre los dedos, y lo metía con pasmoso disimulo en el bolsillo. Esto fué lo que hizo cambiar de expresión instantáneamente los ojos de doña Carmen. Raimunda sintió que el adorno se le desprendía de la cabeza, se incorporó, y se llevó la mano a ella, exclamando en voz baja:
--¡Se me ha caído un peinecillo!
Se puso en pie, corrió la butaca y comenzó a buscar.
--No lo busques: ya parecerá mañana--dijo doña Carmen con voz un poco cambiada.
--¿Por qué no? Si debe de estar aquí. En este momento se me ha caído.
Su marido se puso en pie para ayudarla. Otro tanto hicieron el conde, don Sinibaldo y Pareja. Yo les imité, y comenzamos a buscar encendiendo cerillas.
--No muevan ustedes las sillas. ¡Si tiene que estar aquí! ¡Qué cosa más extraña!--repetía Raimunda.
--Déjalo, hija mía. Esos señores se están molestando. Ya parecerá después--dijo doña Carmen, cuyo rostro había empalidecido.
--Es que si lo pisan, se romperá, de seguro, y es un regalo que me ha hecho Felipe hace unos días.
--Bueno, ya te regalará otro.
--Si ha caído, aquí tiene que estar. No es un objeto tan pequeño para ocultarse en el pelo de la alfombra--profirió Felipe en tono desabrido que me hizo temblar.
Seguíamos buscando, y comenzaba a invadirnos a todos un extraño malestar. El rostro de doña Carmen se iba poniendo cada vez más pálido, y sus ojos expresaban una viva inquietud. Vi que el de su hijo se iba obscureciendo, y temí las consecuencias. Por un impulso irreflexivo me incliné hacia el conde, que aparentaba buscar con el mayor afán, y le dije en voz muy baja, pero en tono imperativo:
--Déme usted ese peinecillo.
Le vi ponerse pálido también, llevó la mano al bolsillo, y dejó en el suelo el objeto que buscábamos. Yo me apoderé de él, y exclamé enderezándome:
--¡Ya pareció!
Celebróse el hallazgo, y los semblantes de doña Carmen y su hijo se serenaron. Prosiguió la conversación, pero yo me despedí por si el conde quería seguirme y exigirme satisfacción del atrevimiento. Felizmente, no lo hizo. Sin duda, comprendió que yo no había tenido intención de ofenderle, sino de evitar a aquella familia y a él mismo un disgusto. Al despedirme, doña Carmen me apretó con fuerza la mano.
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Último paseo del doctor Angélico
Aunque la enfermedad había hecho ya progresos terribles, y era grande su debilidad, todavía se obstinaba Jiménez en pasear. En uno de los últimos días fuí a su casa, y, como siempre, me invitó a dar una vuelta por los contornos. Era ya bastante tarde; así que no pudimos alejarnos mucho. Cuando regresamos, la noche estaba cerrando: sólo allá en el horizonte se advertía una débil claridad crepuscular que hacía más negra la llanura. Nos aproximábamos a las casas del barrio habitado por mi amigo, cuando vimos venir hacia nosotros una mujer que con grandes voces festejaba a un niño de pocos meses que llevaba entre los brazos: «¿Quién es el sol de mi vida? ¿Quién es el rey de la tierra? ¡Di, lucero!, ¡di, clavel! ¿A quién adora su madre? ¿Quién es la alegría?, ¿quién es la gloria?»
Y tales gritos iban seguidos de sonoros besos y fuertes zarandeos que el tierno infante soportaba pacíficamente, agradeciéndolos en el fondo de su corazoncito, pero sin manifestarlo de un modo ostensible. Y cuanto más reservado se mostraba el infante, más arreciaba la madre con sus gritos y zarandeos. Cruzó a nuestro lado sin vernos; tal era su entusiasmo. Jiménez y yo nos detuvimos y la seguimos con la vista sonrientes y satisfechos. A larga distancia todavía se escuchaban sus gritos amorosos.
--Contempla a esa madre con su hijo entre los brazos--profirió Jiménez--. ¡Qué fuerte magnetismo los atrae! ¡Cómo suenan sus besos! ¡Cuán ciertos están de su amor!... ¡Ah!, si en esta breve y mísera existencia sólo estamos ciertos de lo que amamos, amando a Dios, no dudaríamos de que existe.
--Pero ¿cómo amar a Dios, Jiménez, suponiéndole autor o causa de nuestros dolores?
--Esa es la pregunta que acude a los labios de todo el que no siente el amor de Dios. ¿No es posible amar a lo que es causa de algún dolor? Entonces, ¿por qué se ama a un hijo inválido, que desde su nacimiento no ha causado a su padre más que constante aflicción, noches en vela y lágrimas abundantes? ¿No suelen decir sus padres que porque les ha hecho verter tantas lágrimas, por eso le aman? Estudia el amor en todas sus manifestaciones, desde la más alta a la más baja, y te penetrarás de que siempre va acompañado de la idea de sacrificio, esto es, de una negación, pequeña o grande, de nuestra individualidad. El ser amado, llámese esposa, o hijo, o amigo, exige siempre esta negación.
--Mas esos seres amados, aunque son causa de nuestros dolores, no son causa voluntaria.
--También pueden serlo. Véamoslo. Un padre envía voluntariamente a su hijo a lejanas tierras, y le obliga a permanecer allí trabajando algunos años. Sufre el padre y sufre el hijo con esta separación, pero, lejos de enfriarse su amor, crece y se afirma. Para que el amor se afirme, ¿será inevitable la separación? Esta pregunta envuelve un profundo problema metafísico, que, siendo la base del Cristianismo, es al propio tiempo la clave y la razón de la existencia del Universo. Por último, aparece la grave y suprema objeción de que hablamos otro día. Si Dios existe, puede habernos hecho felices desde luego. ¿Por qué no lo ha hecho? Antes de preguntarlo debiéramos saber qué es o en qué consiste la felicidad. La experiencia nos la presenta siempre como la satisfacción de una necesidad. De tal suerte, que si todas ellas, inmediatamente sentidas y transformadas por el alma en deseos, fuesen satisfechas, seríamos felices. Pero la necesidad es un dolor. Luego para conocer la felicidad es necesario conocer el dolor. O lo que es igual, para ser felices precisa ser antes desgraciados. Toda nuestra existencia temporal es así. Para gozar la suprema felicidad, o sea la unión con Dios, es necesario estar antes separados de Dios... Sumerge una mirada profunda en el océano de nuestros males. ¡Penetra dentro!, ¡muy adentro!, ¡más adentro todavía! Entonces percibirás que nuestros males tienen su causa en una separación, una misteriosa separación que es el misterio de los misterios, la separación del individuo y del Unico. La verdadera desgracia del hombre es no ser Dios. Pero Dios concluye con nuestra desgracia sumándonos a su felicidad. No nos hace felices de una vez, porque esto concluiría también de una vez con nuestra felicidad, sino felices _eternamente_. ¡Medita y saborea esta palabra! El Unico no quiere la separación: es el individuo quien la quiere; es el individuo quien se encarga de ensanchar cada vez más el abismo entre él y Dios...
Permanecí silencioso meditando como él me pedía. Aquellas palabras despertaron el enjambre de pensamientos que dormitaban hacía tiempo en mi cerebro, apercibidos a salir al menor toque. Comenzaron a revolotear por él furiosamente, se cruzaban, se atropellaban y se combatían. Marchaba, sin embargo, tranquilamente. Jiménez, a mi lado, parecía que me observaba con el rabillo del ojo. Una paz extraordinaria, una dulzura penetrante y deliciosa reinaba en aquel momento en el ambiente.
De pronto las campanas de la iglesia del barrio sonaron suaves y melancólicas con el toque de la oración. Jiménez se despojó del sombrero y avanzó algunos pasos delante de mí. Comprendí que iba orando, y no le interrumpí. Pocos minutos después nos hallábamos frente a la verja del jardín de su hotelito. Era éste, si no lujoso, elegante y cómodo. Las flores estaban cuidadas con esmero; había también algunos árboles crecidos en el jardín, y en uno de los rincones un bello cenador guarnecido de viña virgen y madreselva. Jiménez tenía por servidumbre un ama de gobierno, una cocinera y un criado.
Antes de tirar de la cadenita de la campanilla me invitó para que entrase a descansar un rato. Acepté de buen grado, porque me hallaba hondamente preocupado y aspiraba a obtener de él algunas ideas y explicaciones de las cuales estaba, en verdad, necesitado. No quise, sin embargo, entrar en la casa; preferí que nos sentásemos unos momentos en el cenador. Entonces Jiménez hizo que el criado nos trajese una botella de cerveza, y nos sentamos cómodamente en unos sillones rústicos de mimbre a la mesa de piedra que allí había. Mi amigo sacó un cigarro, y me ofreció otro diciendo:
--El médico me prohibe fumar; pero hoy he ganado bien este cigarrillo, ¿no te parece?
--¡Ya, ya!--repuse yo distraído; y entrando sin preámbulos en materia, en la materia que ocupaba mi mente en aquel instante, comencé a decir lentamente, sin mirarle a la cara--: Allá en los comienzos del siglo pasado, al cual tú y yo tenemos la honra de pertenecer, apareció en Francia una escuela de poetas o de cristianos sentimentales. Estos poetas, a cuyo frente se hallaba el célebre Chateaubriand, por la nobleza del sentimiento y por la elevación del espíritu, tanto como por la brillantez de su estilo, despertaron en su tiempo férvidos entusiasmos, y aun hoy merecen, en mi opinión, el sufragio de la posteridad. Pero el Cristianismo de que estaban empapados sus poemas y novelas, a ciertos críticos descontentadizos les parecía sobrado dulzón y teatral; y como en muchos de estos poemas y novelas se echaba mano del recurso de las campanas sonando en la campiña en la hora del crepúsculo, dió en llamarse a su religión _la religión de las campanas_.
--¡Te veo, amigo, te veo!--exclamó Jiménez riendo.
Permaneció luego unos instantes silencioso, dió algunos profundos chupetones al cigarro, y comenzó a hablar de esta manera:
* * * * *