Part 20
--Sin embargo, considere usted, mi buena amiga--manifestó el señor de la Puente--, que apenas aparece en la tierra la Humanidad, se inicia esta subordinación.
--Tampoco es exacto. Tratándose de tiempos prehistóricos, necesitamos atenernos a las conjeturas. Pues bien, de lo que acaece en el mundo animal podemos conjeturar que en la Humanidad primitiva, tan próxima a él, debiera pasar algo semejante. La mujer primitiva, por la agilidad y por la fuerza no debiera ceder mucho al hombre.
--Y, entonces, ¿cómo explica usted su inferioridad actual?
--No es otra cosa que una consecuencia de la guerra. Mientras los hombres vivieron en paz...
--Pero ¿cree usted, señora, que los hombres vivieron alguna vez en paz?--pregunté yo.
--Sí que lo creo. Para mí ha existido en la historia del género humano un largo período de inocencia y de paz. Las tradiciones de todos los pueblos y el testimonio de nuestras Santas Escrituras así nos lo asegura. El hombre ha comenzado por ser fructífero, y los animales fructíferos no se pelean. Además, si, como la ciencia antropológica afirma, la _ontogenia_ no es otra cosa que un resumen de la _philogenia_, el género humano debió de haber atravesado un largo período de infancia.
--¡Bravo!, ¡bravo!--gritó Pareja batiendo las palmas--. Me siento inundado de gozo al ver que nuestra ilustre amiga, a la par que a las musas, rinde culto a la ciencia contemporánea. Permítame, sin embargo, hacerle observar que el período de infancia es un período de iniciación, y, por tanto, deficiente e incompleto.
--¡Quién sabe!, ¡quién sabe!--murmuró la poetisa con melancolía--. Por lo pronto, fisiológicamente, el niño está más alejado del animal que el hombre.
--De todos modos, mi querida amiga, es un hecho demostrado que en los _clans_ más rudimentarios, aquellos que se han hallado en la Australia y en la Paupasia, los cuales lindan estrechamente con la animalidad, y que por su posición aislada no han debido ser alterados por otras influencias, la condición de la mujer es subordinada, y aun puede decirse horriblemente subordinada.
--¡Los _clans_ de la Australia y la Paupasia! Y ¿quién es capaz de demostrar que ése es el comienzo del género humano? Como usted sabe mejor que yo, todo en este mundo evoluciona o cambia, para bien o para mal, espontáneamente, por virtud de una fuerza interior y automotora. Esos _clans_ pueden muy bien no ser los tipos primitivos de la sociedad humana, pueden haber degenerado y ser más bien residuos o excrecencias, tipos rezagados, y no primitivos. Si la teoría de usted fuese exacta, como quiera que en la mayor parte de las islas del Pacífico hemos hallado la antropofagia, debemos deducir lógicamente que el hombre ha empezado siempre por ser antropófago, lo cual es una monstruosidad que a nadie se le ocurre sostener.
--Tiene usted razón, señora--manifesté yo--; la Geografía y la Historia proporcionan armas para todas las causas. Los negros del Africa meridional maltratan a las mujeres, las convierten en bestias de carga. La condición de la mujer allí es horrible. Los negros del Africa septentrional, los etiópicos, muy superiores a ellos como raza, respetan y consideran de tal modo a la mujer, se le otorga allí tales privilegios, que a las más ardientes de nuestras feministas les parecerían excesivos. No sólo disponen de su persona y de sus bienes libremente, sino que no están obligadas a contribuir al sostenimiento de la familia en el matrimonio. Son, por tanto, más ricas que los hombres. En tiempo de guerra son intangibles, circulan por el campo de batalla y por los pueblos enemigos sin que nadie ose poner la mano sobre ellas. En Madagascar, una isla también como esas que cita el amigo Pareja, los franceses, al conquistarla, hallaron que en el código malgache el adulterio del hombre se castigaba con ocho meses de prisión; el de la mujer, con cuatro.
--Tanto es cierto lo que usted dice, amigo Jiménez--observó doña Carmen--, que no hace muchos días leía yo que los exploradores que descubrieron en el siglo pasado los archipiélagos de la Polinesia, se encontraron allí con seres humanos que vivían todavía en la edad de la piedra pulimentada. Pues bien, en estas sociedades rudimentarias la mujer era igual al hombre. Existía allí un feudalismo grosero, pero la mujer ejercía el poder lo mismo que el hombre. Según los relatos de los viajeros, cuando una de estas señoras se presentaba, los hombres se ponían en cuatro patas..., lo mismo que hacen ustedes ahora cuando ven al ministro de Fomento.
--¡Señora, yo no me pongo en cuatro patas cuando veo al ministro de Fomento!
--Bueno; quien dice usted, dice el señor Pareja.
--¡Oh, doña Carmen; bien se conoce que ha nacido usted en Málaga!--exclamó Pareja.
--¿Qué?... ¿No se pone usted, así? Pues adelantará poco en su carrera.
--¿De modo que el amigo Jiménez no cree en la Geografía, ni en la Historia, ni en la Etnografía?--manifestó el sabio antropólogo echándose atrás en la silla y dirigiéndome una mirada entre arrogante y compasiva.
--No siempre.
--Pues yo le aseguro que todas esas bellas cosas en que él cree, virtud, trabajo, valor, inteligencia, amor, no son, en el fondo, más que cuestión de longitud y latitud.
--Permítame mi ilustre amigo que lo dude. En todas las longitudes y latitudes se encuentran los mismos vicios y las mismas virtudes. Los árabes, hombres del Mediodía, fueron obreros activos, industriales inteligentísimos; los rusos, hombres del Norte, han sido hasta ahora perezosos y rudos. Los romanos fueron los guerreros y legisladores del mundo viviendo en un país cálido; los chinos son dulces y tímidos y obedientes en un país frío... Pero dejemos estos asuntos, porque me interesa saber cómo doña Carmen explica que los hombres hayamos hecho a la mujer más débil de cuerpo y de inteligencia...
--Perdone usted, Jiménez; yo no he dicho que fuese más débil de inteligencia. La inteligencia de la mujer, aun actualmente, es distinta, pero no inferior a la del hombre. Su inferioridad física depende de que los hombres han vivido en perpetua guerra desde hace muchos miles de años, mientras la mujer se mantuvo apartada de la lucha; no porque la mujer no fuese apta para ella...
--¿Opina usted que la mujer es apta para la guerra?
--Mucho más apta que el hombre; tanto, que si las guerras no se suprimiesen, a ellas debieran encomendarse. Pero se suprimirán, porque la mujer quiere que se supriman, y no ejerceremos otro oficio militar que el de la seguridad y el orden público.
Los ojos de don Sinibaldo se abrieron desmesuradamente.
--¡Oh, querida amiga! Usted delira.
--No delira, no--exclamó Pareja riendo--; es que doña Carmen se acuerda esta tarde más que nunca de aquella región feliz donde florecen los limoneros.
--Hablo completamente en serio. Aun en la actualidad, al cabo de miles de años de vida sedentaria, que ha producido nuestra evidente inferioridad física, si ustedes toman mil niñas de cuatro o cinco años, si las fortifican con una gimnasia adecuada, si las obligan a sufrir los rigores de la intemperie, el frío, el calor, el hambre, la sed, las marchas forzadas, a escalar las montañas y a atravesar los ríos a nado, si las adiestran ustedes en todos los ejercicios militares, cuando lleguen a los veinticinco años habrán ustedes obtenido un batallón tan fuerte y tan ligero como si estuviese formado de hombres, y desde luego mucho más intrépido.
--¿La mujer es más valiente que el hombre?
--¡Muchísimo más! La mujer es valiente por naturaleza: ustedes lo son por vanidad. La mujer es valiente a tiempo: ustedes lo son a destiempo. Cuando se trata de salvar su hogar, de defender a sus hijos y a sus ancianos padres, cuando corre peligro la independencia de la Patria, las mujeres luchan con denuedo y mueren con la sonrisa en los labios, sin esperar condecoraciones y galones ni sueltos en los periódicos. Ahí están las mujeres de Zaragoza y Gerona para probarlo. Aun en el día existen ejemplos notables de amazonismo. No ignorarán ustedes que en el Dahomey el nervio de su ejército lo componen dos cuerpos de amazonas. Cuantos viajeros y misioneros los han visto aseguran que no es posible llevar más alto el espíritu militar, esto es, la disciplina ciega, la fuerza, la agilidad, el valor intrépido. No hay quien no les reconozca ventaja sobre el ejército masculino: y estas mujeres se hallan tan persuadidas de su superioridad, que si en medio del combate alguna de ellas flaquea, las otras le gritan con desprecio: «¡Quita allá, que no vales más que un hombre!»
--¡Carambita; cuán dulces esposas harán esas señoras!--exclamó don Sinibaldo.
--¡Ahí está el toque de todo!--respondió doña Carmen dejando escapar un suspiro--. A esas mujeres les está prohibido el matrimonio mientras no queden inútiles para el servicio militar. La maternidad es nuestra dicha y nuestro tormento, nuestra emancipación y nuestra cadena. La hembra del animal sólo por algunos días prodiga cuidados a sus hijuelos, que pronto se pueden valer por sí mismos. La infancia del hombre se prolonga bastantes años, y en esta prolongación de la infancia ven algunos filósofos el origen causal de la familia, y, por consecuencia, de toda sociedad humana y de la civilización. Pero esta prolongación ha ocasionado la subordinación física de la mujer, y después la subordinación moral. Para que el hombre existiese, fué necesario que la mujer abandonase la caza y la guerra y se hiciese sedentaria y casera. Perdió sus aptitudes guerreras, y cayó en la esclavitud. ¡Oh, qué historia tan triste la historia de la mujer! ¡Cuánto dolor, cuánta lágrima, cuánta infame depravación! Es un largo martirologio que ha durado miles de años y que aún no ha concluído. Somos madres antes que nada, y los hombres se han aprovechado cobardemente de nuestro amor maternal para hacernos descender a la categoría de animal doméstico. Pero esta monstruosa villanía no ha quedado sin castigo. Las mujeres han derramado muchas lágrimas, pero los hombres también las derraman por ellas. Los dolores más agudos de vuestra alma la mujer es quien los causa, los dolores sin nombre, las noches de insomnio, la agonía que lleva a la sien el cañón de una pistola. El alma femenina, desconocida, ultrajada, se venga de vosotros. ¡Pagad, cobardes, pagad nuestras lágrimas, pagad nuestra esclavitud!...
La voz de doña Carmen vibraba con indignación: sus pálidas mejillas se tiñeron de carmín.
--No es constante, mi ilustre amiga, la esclavitud de la mujer--manifestó Pareja, sin duda para calmarla--. La noble raza berebere, la que primero pobló las costas del Mediterráneo, hasta que no sufrió la influencia del Islamismo, se mostró siempre extremadamente respetuosa con la mujer. Y en el antiguo Egipto, la más grande civilización que conocemos, cuna de todas las otras mediterráneas, el predominio de la mujer ha sido evidente.
--¡Oh noble pueblo, maestro de todos los otros! Sí, ya sé que durante miles de años la mujer fué venerada a las orillas del Nilo como el ser más próximo a la divinidad. Los hombres buscaban en ella la inspiración, el honor, la felicidad de su vida. Su alma era respetada desde la infancia, y nadie osaba tocar a su independencia. «Ama a tu mujer--repetían sin cesar los padres y los maestros--, aliméntala, adórnala, perfúmala, hazla feliz durante toda tu vida: es un tesoro que debe ser digno de su poseedor.» ¡Cuán infieles han sido sus discípulos los griegos, y sobre todo los romanos, a estas nobles enseñanzas!
--Los romanos, mi buena amiga--manifestó el señor de la Puente--, han sido los fundadores de todo el derecho. Nadie hasta ahora ha superado, ni aun igualado, a sus jurisconsultos...
--¿Sabe usted lo que le digo, amigo la Puente?--profirió con vehemencia la Salazar--. ¡Que no me hable usted de esos bandidos! Han sido el pueblo más frío, más sistemáticamente brutal que se registra en la Historia. ¡Los detesto! Ellos son los que impusieron a la Europa ese negro fantasma que se llama _pater familias_, ese odioso tirano que absorbe en sí todos los poderes, que dispone de la suerte y de la vida de sus hijos, que mantiene a la mujer en degradante tutela.
--Degradante, no, Carmita; necesaria, ¡absolutamente necesaria! La mujer salía de la _manus_ del padre y entraba in _manu_ de su marido y, gracias a ello, se hallaba constantemente protegida. La mujer, por su naturaleza, no es apta, como el hombre, para dirigir las relaciones exteriores de la familia, para sostener sus derechos cuando son vulnerados. ¿Cómo quiere usted que una mujer desenrede la madeja de un pleito? ¿Cómo quiere usted que se presente sola ante los tribunales?
--¡Ya lo creo que quiero! Quiero que la mujer sea quien únicamente se presente en los tribunales, que éstos se hallen formados exclusivamente por mujeres, que sean mujeres los abogados y procuradores..., y quiero que, mientras tanto, se queden ustedes en casa, sin meterse en cosas que no les incumben.
III
Esta bomba explosiva no produjo todos los efectos desastrosos que eran de esperar por la entrada súbita de dos caballeros. El uno era Felipe, hijo de la poetisa, hombre que frisaba en los cuarenta años, corpulento al tenor de su esposa, de fisonomía franca y jovial, un poco torpe en sus movimientos, como si se hubiese criado en el campo, y no muy esmerado en el aliño de su persona. Pasaba por arquitecto distinguido, ganaba mucho dinero y respetaba de tal modo a su madre que apenas se atrevía a emitir una opinión en su presencia.
El otro era su amigo íntimo Roberto Medina, conde de Sobeyana, que contaba algunos más años que él, disimulados con maravilloso arte. Alto, delgado, de noble porte y desenvueltos modales, vistiendo con refinada pulcritud, era el reverso aparente de su amigo, y quizás por esta oposición se mantenía firme su amistad. Antiguo diplomático, hombre de mundo, de palabra irónica y temperamento disimulado, procurando siempre hacerse agradable, y consiguiéndolo sólo a medias.
Doña Carmen le recibió con afectada cortesía, no con la franqueza cariñosa que usaba con sus amigos predilectos. Se sentaron formando círculo con nosotros, y observé que el conde maniobró hábilmente para colocarse al lado de Raimunda.
--La insigne poetisa--manifestó Pareja así que hubieron cesado los saludos--acaba de estremecernos con una de sus habituales e ingeniosas paradojas. Decía que los tribunales de justicia debieran hallarse formados exclusivamente por mujeres. Escuchemos su explicación, que seguramente nos sorprenderá y nos encantará, como todo lo que sale de sus labios.
--No trato de asustar ni sorprender a nadie, querido amigo. Estoy persuadida de que eso que usted califica de paradoja, en el transcurso del tiempo será un hecho, porque debe serlo. El espíritu de justicia le ha sido otorgado por el Cielo a la mujer con mayor abundancia que al hombre: la práctica de la justicia en este mundo a ella debe ser encomendada. Un jurado compuesto de mujeres sería siempre más clarividente que si lo fuese de hombres, porque el alma femenina, inspirada por el soberano Espíritu de Sabiduría, sabe penetrar más profundamente en los abismos de la conciencia, y distingue con mayor claridad en ella lo responsable de lo irresponsable. ¡Oh!, si nosotras juzgásemos, ¡cuántos hombres y mujeres que gimen en las cárceles andarían sueltos por la calle! ¡Cuántos que andan sueltos por la calle gemirían en las cárceles!
--Desde luego--profirió el conde sonriendo irónicamente--. Si ustedes juzgasen, ya se sabe, no quedaría un seductor por la calle.
--Es posible--respondió doña Carmen mirándole fijamente.
Luego, quedando un instante pensativa, añadió:
--Este verano, en la aldea de Asturias donde acostumbro a pasar los calores, una pobre mujer que yacía en la miseria, desesperada oyendo a sus hijos pedirle pan, hace saltar la cerradura de una casa, y, en la ausencia de sus dueños, hurta un pan y algunas viandas. Pues bien, acabo de saber que esta mujer ha sido condenada a tres años de presidio. Este verano también se habrán ustedes enterado de que un hombre tenía secuestrada a su mujer y a sus hijos desde hacía algunos años, que les obligaba a vivir en una atmósfera mefítica, y que, entregado al juego y a la crápula, descargaba el mal humor que le causaban sus reveses o sus hastíos sobre la infeliz esposa, atormentándola refinadamente con las más extrañas y crueles torturas, arrojando sobre ella cubos de agua fría en las noches de invierno, obligándola a dormir sobre los ladrillos del pavimento, privándola de alimento durante días enteros, etc., etc. Pues bien, acabo de saber, igualmente, que este hombre ha sido condenado a unos meses de prisión. ¿Son éstas justicias de Dios? No; son justicias de los hombres; mejor dicho, son justicias del diablo.
--Es deplorable, en efecto--respondió el señor de la Puente--, que sobre esa infeliz mujer haya caído todo el peso de la ley, pero era forzoso que así acaeciese. Se trataba de un robo con fractura, se trataba de un allanamiento de morada. ¿Dónde iríamos a parar si la sociedad no castigase esta clase de crímenes?
--¿Crímenes?... Yo no conozco más que un crimen en este mundo... ¡La crueldad!
--Pero la justicia, Carmita...
--La suprema justicia es la suprema piedad. El mundo moral, como el mundo físico, se reduce a leyes simplicísimas: amor y odio, atracción y repulsión. El secreto del amor lo posee la mujer; a ella pertenece, pues, el mundo moral; ella es quien debe juzgar.
--También hay en el mundo mujeres despiadadas, doña Carmen--apuntó el conde de Sobeyana dirigiendo una mirada maliciosa a Raimunda.
Doña Carmen no observó esta mirada, y replicó vivamente:
--El sentimiento de la piedad no se extingue jamás en el corazón de la mujer por degradada que se halle, por bárbaro y feroz que sea el medio en que viva. Entre los negros antropófagos de la Australia y del Africa, allí donde la mujer no es más que una bestia de carga, que el hombre considera inferior al ganado, allí donde las golpean, las mutilan y las matan a su capricho, allí donde un viajero blanco afirma que en los muchos años que pasó en Africa jamás ha visto a un negro mostrar la menor ternura, hacer la más leve caricia a una mujer, allí, sin embargo, los viajeros han encontrado corazones femeninos tiernos y compasivos. La crueldad de que eran víctimas desde largos siglos no había podido sofocar la llama del amor. ¿No es ésta una prueba irrecusable de que en la mujer es donde reside el principio moral? El hombre es, principalmente, un ser intelectual; la mujer, un ser moral. Por tanto, repito, la dirección de las costumbres y la política a ella debe ser encomendada.
--¡Usted lo ha dicho, ilustre amiga!--exclamó Pareja con sonrisa mefistofélica--. Desde el punto de vista intelectual, la mujer es un ser inferior. Forzoso es acudir a la ciencia antropológica para resolver el problema de la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer. Hay que interrogarla con confianza, porque sólo la ciencia puede darnos respuestas categóricas. Ahora bien, la ciencia responde con implacable precisión que el cerebro del hombre pesa, aproximadamente, ciento treinta gramos más que el de la mujer.
--Yo no he negado la superioridad intelectual del hombre en muchos aspectos. La prueba es que no reconozco a la mujer grandes aptitudes para las artes, para la literatura y aun para la filosofía. Lo único que sostengo es que la mujer es más apta para la política, esto es, para todo lo que se relaciona con la moral y las costumbres. Tal superioridad la puede poseer aunque su cerebro pese menos que el del hombre... Pero ¿es seguro, amigo Pareja, que el peso del cerebro sea causa de superioridad intelectual?
--Ignoro si es causa o efecto, pero son dos fenómenos correlativos.
--Voy a demostrarle a usted que no son tan correlativos.
La poetisa se alzó con algún trabajo de su butaca, fué derecha a una de las bibliotecas, sacó de allí un folleto, y, después de sentarse de nuevo, se caló las gafas y comenzó a hojearlo.
--Aquí tiene usted los últimos datos respecto al peso cerebral; el del gato, veintiocho gramos; el del perro, ochenta; la oveja, ciento veinte; el león, doscientos cincuenta; el gorila, cuatrocientos; el buey, quinientos; el caballo, seiscientos cincuenta; el hombre, mil trescientos sesenta; la ballena, dos mil ochocientos; el elefante, cuatro mil seiscientos... ¡Me parece que estos datos no necesitan comentarios!
--Observe usted, querida amiga, que no es en absoluto el peso del cerebro lo que determina la capacidad intelectual, sino más bien la riqueza de sus circunvoluciones.
--Tampoco es un criterio exacto. Cierto que, en general, el cerebro de los animales superiores presenta más circunvoluciones que el de los inferiores; pero existen algunos de inteligencia notable, como el castor, que tienen un cerebro absolutamente liso, sin circunvolución alguna... ¡Y el del elefante presenta más circunvoluciones que el nuestro!
--Tiene razón doña Carmen. ¿Qué nos importan esas circunvoluciones?--exclamó el conde--. La mujer se puede pasar muy bien sin ellas. Usted, amigo Pareja, creería una desgracia irreparable si perdiese algunas; pero yo, cuando amo y admiro a una mujer, no intento averiguar el número de sus circunvoluciones. Es un asunto que no me concierne.
Doña Carmen reprimió un gesto de desagrado que aquella insolente ayuda le produjo, y continuó, dirigiéndose a Pareja:
--Demos por sentada esa inferioridad. ¿Qué implica para el acto de juzgar de la bondad o de la maldad de las acciones? Cuando forman ustedes la lista de jurados, ¿escogen ustedes en una ciudad los hombres más sabios y más inteligentes? Los llaman ustedes a todos por igual, y puede acaecer, y de hecho acaece muchas veces, que un tribunal se componga de hombres zafios y majaderos... Y quien dice un tribunal, dice también un parlamento.
--¿Cómo?, ¿cómo?--exclamó don Sinibaldo--. Va usted demasiado lejos, Carmita.
--No rebaso los límites de la verdad. ¿Por ventura eligen ustedes diputados a los hombres más cultos de la nación? Cuando voy a la tribuna del Congreso y echo una mirada a los escaños, no puedo menos de estremecerme. Yo estoy segura, absolutamente segura, de que el día en que nosotras nos encarguemos de la política no elegiremos representantes a las necias, a las disipadas, a las tramposas, a las perdidas... Nosotras guardamos siempre en el fondo del alma respeto a lo que debe respetarse. La mujer no cae jamás por completo en la abyección como el hombre. Diríase que permanece sobre ella suspendida, sin que sus manos ni sus pies la toquen. La mujer impura ama y venera en el fondo de su corazón la pureza. El ideal de bondad, de belleza y de justicia jamás se desvanece delante de sus ojos. Al contrario de lo que sucede con el hombre, aun sumida en la más profunda degradación, cree siempre en su propia alma. Quizás por eso las mujeres se absuelven tan pronto de sus pecados, porque saben que estos pecados no atentan al pudor inmaculado de su ser.
--Esas últimas palabras son una preciosa confesión, ilustre amiga--dijo Pareja--. La mujer se absuelve pronto de sus pecados porque es un ser tornadizo en el cual las impresiones no arraigan. ¿Me perdonará usted si le digo que tiene además un entendimiento superficial? Observe usted que las mujeres, salvo rarísimas excepciones, sólo aprecian el talento por el éxito que alcanza en el mundo...
--¿Y los hombres no?
--La mujer es ínepta para los negocios delicados y para la política, porque carece, en general, de reflexión. Es un ser impulsivo, casi infantil...
--Mejor que sea infantil. Ustedes no son amables más que de niños. Jesucristo lo ha dicho: «O niños, o como niños.» Me alegro de que aumente la inteligencia, y de que aumente hasta lo infinito, que se apodere de todas las fuerzas de la Naturaleza, y de todos los secretos del Universo; pero dejad que el corazón permanezca niño, que sea dulce, espontáneo, inocente y libre. Entonces la Humanidad habrá tocado a la meta del más alto progreso que se pueda realizar en esta vida, el reinado de Dios habrá bajado a este mundo, el cielo y la tierra se habrán confundido.