Papeles del doctor Angélico

Part 17

Chapter 173,878 wordsPublic domain

»--¿Acaso, hijos míos, pensaríais que lo intelectual puede separarse de lo corporal? Jamás, jamás esto puede acaecer, porque lo intelectual y lo corporal son dos aspectos de la naturaleza humana obrando y reobrando profundamente el uno sobre el otro. El antagonismo artificial que una falsa filosofía dualística y teológica había creado entre el espíritu y el cuerpo, entre la fuerza y la materia, ha desaparecido ante el progreso de las ciencias naturales. Esa alma de que nos sentimos tan orgullosos no viene de un falso cielo mitológico en quien nadie cree ya; tiene un origen animal, se desenvuelve necesariamente con el cuerpo, y es el resultado de una larga evolución de los elementos primordiales de la materia. La aparición en la Naturaleza de un nuevo cuerpo, ya sea un cristal, un infusorio o mamífero, no significa otra cosa sino que diversas partículas materiales, que preexistían bajo cierta forma, han adoptado, a consecuencia de modificaciones sobrevenidas en las condiciones de su existencia, una nueva forma, otro modo diverso de agruparse. Nosotros no conocemos el origen de esta materia, pero sí sabemos de un modo evidente que ni una sola molécula puede añadirse o arrancarse a ella, y que por sí misma es el origen de todo lo que vemos, de todo lo que tocamos, de todo lo que pensamos y de todo lo que sentimos...

»--¡Este no es Platón!--exclamé yo entonces en voz alta, sin darme cuenta de lo que hacía.

»--¡Silencio, silencio!--oí gritar por todas partes--. ¡Dejad hablar al divino Platón!

»Y cien miradas iracundas se clavaron en mí. Aléjeme de aquel sitio, y me dirigí a otro círculo menos numeroso, donde peroraba un viejo de aspecto noble, vestido con sencillez a la moda del siglo XVII.

»--Es preciso que os persuadáis, señores--decía el viejo--, de que el conocimiento metafísico, esto es, el conocimiento de la esencia y de la última razón de las cosas, no es posible sino por las ideas, y que el problema de las ideas es el problema fundamental de la ciencia. No examinemos este problema desde el punto de vista puramente psicológico, porque esto sería mutilarlo. Buscar el origen de las ideas en la sensación conduce indefectiblemente al materialismo más grosero. Tratemos de averiguar lo que significan las ideas, cuál es su valor ontológico y objetivo, sea que se las considere en sí mismas, o en su relación con las cosas. Yo os afirmo, señores, que sin el idealismo no hay verdadera ciencia. Toda doctrina que no sea idealista, concluye necesariamente en la negación del conocimiento. ¿Cuál es la condición esencial de la ciencia sino el estar fundada sobre leyes inmutables, sobre principios necesarios y absolutos? Que se supriman los principios, y no quedará más que el fenómeno, esto es, un elemento contingente, relativo, que, no bastándose a sí mismo, tampoco puede proporcionar una base firme e invariable al conocimiento...

»--¿Quién es este viejecito tan simpático?--pregunté en voz baja a uno que tenía cerca.

»--¡Cómo! ¿No conoce usted a míster Locke, al más grande de los filósofos ingleses?

»--¡Locke!--exclamé yo a mi vez, en el colmo de la sorpresa. Y me alejé de allí persuadido de que aquel viejo era un farsante como el otro que había suplantado a Platón.

»En el centro de otro grupo numeroso vi a un hombre, anciano también, con el pecho cubierto de bandas y condecoraciones, que peroraba con palabra solemne. Hablaba en latín, como el otro. Ya sabes que yo conozco regularmente esta lengua, y, por tanto, nada tiene de particular que comprendiese lo que decían. Pero Platón, o el falso Platón, hablaba en griego, y, a pesar de no tener más que un conocimiento muy superficial de este idioma, le entendía igualmente a la perfección. Esto es maravilloso, y me convence más y más de que, en realidad, me he hallado en la región de los muertos.

»--El solo hecho psicológico--decía el anciano de las condecoraciones--que sea primitivo e irreductible, es la sensación. La idea no es más que una sensación continuada o debilitada. La volición no es más que un movimiento producido por la sensación dominante. La libertad, esto es, el poder determinarse a sí mismo, pura ilusión; todo se encadena en nosotros según las leyes de sucesión uniformes. La espontaneidad y la actividad sólo son apariencias que se reducen a sensaciones sucesivas. Cuando creemos percibir en nosotros una acción motora de nuestros órganos no percibimos, en realidad, más que una sensación de movimiento que sucede a un sentimiento de deseo. Igualmente, cuando pensamos ejecutar un acto de voluntad independiente no hay en nosotros sino un deseo más fuerte o una idea más poderosa seguida de ejecución. Siendo, pues, la esencia de la vida sensación, y nada más que sensación, los fenómenos placer y dolor es lo único que en ella importa. Sensaciones dolorosas o placenteras, ésta es nuestra vida, ésta es la vida del mundo. Pero el placer es negativo, mientras el dolor es positivo. El placer se origina de una necesidad satisfecha, esto es, de la desaparición de un dolor; pero como la satisfacción que el ser experimenta con esta desaparición no puede ser permanente, pues apenas satisfacemos una necesidad otra nace en seguida, podemos afirmar que el dolor es la verdadera esencia del mundo. El mundo más perfecto es aquel en que las sensaciones son más complicadas y más intensas; luego el mundo más perfecto será el más doloroso. El último mundo, creado por Dios, será, pues, el peor de todos. Nosotros, en la tierra que ya dejamos, hemos vivido en el peor de los mundos posibles...

»No necesité escuchar más, supuesto lo que me había acaecido con los otros. Así, que dije al que tenía a mi lado:

»--Este es el barón de Leibnitz.

»--Justamente--me respondió.

» Apartéme de aquel grupo, cada vez más confuso y asombrado, y comencé a dar vueltas por los amenos jardines, sin pretender acercarme a ningún otro. Viendo cruzar a mi lado un griego, de rostro agradable y franca mirada, me aventuré a dirigirle la palabra (en griego, por supuesto).

»--Amigo, si tienes espacio y no te molesta conversar con un recién llegado, yo te ruego que me saques de la confusión y perplejidad en que me hallo. Acabo de escuchar a tres de los más grandes filósofos que hemos tenido allá en la Tierra, y los tres han expresado ideas contrarias a las que en vida sostenían. ¿Qué significa esto?

»--Con todos te pasará lo mismo--me respondió sonriendo--. Los filósofos que aquí llegan, cambian de opinión y se pasan resueltamente a la opuesta en un período que fluctúa entre los ochenta y cien de vuestros años. Algunos, mucho primero. Ahí tienes un poco más lejos a Schopenhauer, que, recién venido, no cesa de cantar himnos a la vida y de narrarnos prolijamente lo bien que lo pasaba en ella con su flauta, con sus libros y sus fáciles conquistas.

»--Te digo, en verdad, que esto es asombroso.

»--Pues en verdad te digo también que no hay motivo para que te asombres. Qué; ¿no has observado allá entre los mortales cómo los filósofos, si Dios les otorga larga vida y acomodo para filosofar, van modificando lentamente sus ideas? No hablemos de los nuestros, que apenas conocéis, si se exceptúan Platón y Aristóteles. Dirige una mirada hacia los tuyos. ¿Es lo mismo Kant en sus primeros tiempos que en los últimos? Pregúntaselo a Schopenhauer. ¿Es el mismo Fichte en la _Doctrina de la Ciencia_ que en el _Método para la vida feliz?_ ¿No ha modificado Schelling profundamente sus opiniones en los últimos escritos? Y Goethe, hablando en su vejez con tal benevolencia del Cristianismo, ¿es el furioso irreconciliable enemigo de la Cruz que en su juventud? Por fin, vivo está todavía el filósofo más notable que hoy tenéis, Herbert Spencer, y sabes bien que ya no es, ni mucho menos, el materialista intransigente de sus primeras obras. Así, pues, amigo, deja de admirarte de que aquí esos grandes filósofos hayan cambiado de opinión hasta pasarse a la contraria, porque en la Tierra, de haber continuado viviendo, hubiera acaecido otro tanto más tarde o más temprano. Si hay cambio, si hay modificación, por leve que sea, a la larga, los resultados serán enormes. Ya ves que el alzamiento de una pulgada en el espacio de un siglo en el fondo del mar ha causado la aparición de nuevos y grandes continentes... Mira--añadió con su fina sonrisa enigmática--, ése es el único ser que no cambia jamás.

» Volví los ojos hacia donde me señalaba, y acerté a ver una gran estatua de bronce que representaba la Fe sobre alto pedestal. En las gradas de este pedestal vi también algunos hombres que parecían dormir.

»--¿Qué hacen ahí esos hombres tumbados a los pies de la estatua?--pregunté a mi interlocutor.

»--Esperan tranquilamente a que se le caiga la venda de los ojos; esperan que llegue el día en que, como dice vuestro Malebranche, la fe se convierta en inteligencia.

»A mí me atacó en aquel instante un fuerte deseo de dormir también. Me acerqué a ellos, me acosté a su lado, y quedé traspuesto... El vivo dolor que me produjo la sonda del médico al hacerme la cura fué lo que me despertó, trayéndome de nuevo a la vida.

Calló Amorós, y yo también guardé silencio, meditando sobre su relato. Al cabo, mi compañero profirió, alzando los hombros con ademán desdeñoso:

--¿Para qué estudiar Metafísica a sabiendas de que lo que hoy juzgas verdad te parecerá mañana mentira?

No repliqué, porque me hallaba profundamente preocupado. Al fin, dejé de pensar en aquellas arduas cuestiones, y le pregunté maliciosamente:

--Dime: tu gran maestro Krause, ¿había cambiado también de opinión?

--¡Krause!--exclamó mirándome con los ojos muy abiertos--. ¿Sabes que he preguntado a mucha gente, y nadie me ha dado cuenta de él? ¡Nadie le conocía!... Es curioso, ¿verdad?--añadió soltando una carcajada.

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EXPERIENCIAS Y EFUSIONES

Los niños escuchan con prevención y hostilidad los consejos de los maestros. En cambio, una palabra sensata, vertida por un compañero en medio de sus juegos, suele hallar eco en su alma.

¿Serán distintos los hombres? No lo sé; pero yo, cuando quiero insinuar una verdad, lo hago poniéndoles familiarmente la mano sobre el hombro y diciéndosela al oído.

* * * * *

Nuestra sociedad está hecha de una materia tan fluida, que los cerebros llenos se van al fondo. Sólo pueden flotar los huecos.

* * * * *

Si con sinceridad se observa uno a sí mismo, conviene fácilmente en que el móvil interesado es el más poderoso, el más absorbente, el que unas veces presentándose con la cara descubierta, otras ocultándose detrás de velos espesos, decide de _casi_ todas nuestras acciones. Pero en este _casi_ se encuentra la llave que nos abre el santuario de la verdad. Por dicha, hay actos que, como valerosos pajaritos, se escapan y burlan algunas veces las garras del buitre y vuelan al cielo. Y cuando uno de estos pajaritos logra burlar al ladrón, los genios invisibles que guardan y presiden nuestra vida estallan en aplausos. Todo hombre los escucha y su corazón late alegre y triunfante.

* * * * *

El pasado no nos pertenece; el porvenir, tampoco. Agarrémonos al presente, que es nuestra propiedad. Si gozamos, pensando que es _por algo_; si sufrimos, pensando que es _para algo_.

* * * * *

Hay que respetar en todo hombre la _posibilidad_, no la _realidad_, que en la mayoría de los casos no existe.

* * * * *

Cuando nos hayamos elevado a nosotros mismos, podremos elevar a los demás. Cuando nos hayamos hecho felices a nosotros mismos, podremos hacer felices a los demás. Y todavía es condición precisa que nuestra acción sobre ellos no sea violenta y afanosa.

El poeta Shelley, de naturaleza ardiente y generosa, aspiraba a hacer felices a los hombres a toda costa. Lucha impetuosamente contra las preocupaciones e injusticias, esparce su actividad y derrocha sus fuerzas sin conseguir resultado alguno. Por el contrario, en el fragor de la batalla escandaliza y hiere a muchas buenas almas; hace derramar lágrimas a las personas más queridas: últimamente, su misma esposa, abandonada por él, se suicida en un acceso de celos.

El poeta Goethe, de temperamento más egoísta, por su actividad continua y serena, por el hábil aprovechamiento de las facultades con que Dios le había dotado, sin pensar mucho en los demás, les hace, sin embargo, más felices. Su influencia benéfica no sólo se ejerce sobre los que le rodean, sino que se extiende al través de las generaciones.

* * * * *

La vida es un misterio; pero tiene un resorte por donde se descubre, como los tesoros de los cuentos árabes. El hombre bueno aprieta el botón sin vacilar y penetra en el palacio encantado. El egoísta pasa la vida tanteando y no logra dar con el secreto.

* * * * *

He observado que los que son locos en las palabras lo son menos en las acciones, y viceversa, los que parecen cuerdos en sus discursos, obran algunas veces como dementes.

¿Será que a todos los humanos nos haya tocado una cantidad igual y determinada de locura, que cada cual distribuye a su modo?

* * * * *

No tomes demasiadas posiciones en la vida, porque de todas te arrojará pronto el enemigo. Clava tu tienda en cualquier paraje y espera tranquilo el toque de retirada.

* * * * *

El hombre serio es quien triunfa _en_ la vida; pero el hombre que no es serio es quien triunfa _de_ la vida.

* * * * *

Asciende si puedes con la inteligencia y el corazón a las más altas cimas, paséate sobre las crestas nevadas, comunícate con las nubes y las aves del cielo. Para vivir escoge la falda de la montaña.

* * * * *

En la guerra contra la estupidez es menester conducirse como hábil general. Atacándola de frente, hay seguridad de ser arrollado. Se toman posiciones, se combinan movimientos, se la ataca por los flancos, se la pica por la retaguardia, y entonces es posible obtener buen resultado.

* * * * *

Conocí a un general a quien, después de hallarse largos años obscurecido, se le confió de pronto un mando importante. Rebosando de alegría y entusiasmo se viste el uniforme para dar las gracias a la reina. Mas de pronto observa que apenas puede marchar: una viva molestia en los pies le advierte de que la gota le tiene encadenado.

--¡Oh, Dios mío!--exclama, dejándose caer en un sillón--. ¡Qué desgracia! ¡Mi carrera ha concluído!, ¡Pobre de mí, que vivía confiado sin saber que tenía ya al enemigo dentro de la plaza!

Y maldice de su suerte, vomita imprecaciones contra la gota fatal, y se lamenta en altas y terribles voces.

La familia desolada rodea su sillón sin atreverse a proferir una palabra. De pronto uno de sus ayudantes, que tiene la vista fija en sus pies, exclama:

--¡Pero, mi general, si lleva usted las botas cambiadas!

En efecto; el general se descalza, pone las botas en su sitio, y se siente de nuevo feliz y triunfante.

A todos los hombres nos pasa en la vida algunas veces lo que a este general. Cualquier circunstancia adversa nos abate, nos sume en la desesperación o en el tedio. Pero cambiamos de postura, nos vamos a otro lugar, hablamos con un amigo que nos demuestra que nuestra desgracia es pura aprensión, depende de la fantasía, y repentinamente el tedio se disipa, y nos encontramos otra vez satisfechos y activos.

* * * * *

Para estimar a un hombre, es menester que él no se estime demasiado a sí mismo.

* * * * *

El principio de variedad en el Universo, considerado en sí mismo, no sólo es una desgracia, sino que resulta odioso. No de otro modo podemos explicarnos la vergüenza que acompaña siempre a los placeres venéreos. Considerado como medio de volver a la unidad y producir la armonía, es infinitamente bello y amable. El niño, que apenas parece desprendido de las manos del Único, nos conmueve, nos interesa de extraña manera: su egoísmo nos causa alegría. Unido todavía irremediablemente a las fuerzas generales de la Naturaleza, se considera el ser total y absoluto. Mas cuando averiguamos que no somos todo, sino partes infinitamente pequeñas y despreciables, seguir amándonos a nosotros mismos eso es lo ridículo y lo odioso. Por eso el egoísmo del viejo nos parece repulsivo. A éste le exigimos que sacrifique su independencia volviendo los ojos a la eterna Unidad. El niño es la melodía que se lanza al espacio pura y vibrante. El viejo es el acorde que resuelve el sublime contraste volviendo al tono fundamental.

* * * * *

Toda música, en el fondo, no es más que la expresión de un sentimiento religioso. Si no lo expresa, no merece llamarse música; y si lo expresa y le añaden palabras impuras, como en ciertas óperas, se realiza una triste profanación. Es una vestal a quien por fuerza se introduce en un lupanar.

* * * * *

En los momentos críticos de la vida una manía puede salvarnos.

Fuí a visitar en cierta ocasión a un personaje político que acababa de perder a su hijo. Era hombre sensible y cariñosísimo padre: su dolor, inmenso, desesperado. Le rodeaban en aquellos momentos aciagos amigos íntimos y compañeros de Parlamento. Pues, sin saber cómo, llegó a entablarse una discusión política, y le vi tomar parte en ella con extraordinario calor, olvidándose en un punto de que el cadáver de su hijo aún no había salido de casa.

Conocí otro hombre de negocios que, aunque tenía para ellos disposición maravillosa, perdió en una operación bursátil toda su fortuna. El día en que se declaró la quiebra se hallaba por la noche en el comedor de su casa con su familia y los pocos amigos que fuimos a verle. Se comentaba el amargo suceso. Los individuos de su familia se mostraban abatidos y silenciosos; él estaba locuaz y quería a todo trance persuadirnos de que el negocio estaba perfectamente calculado, y que él había tomado todas las disposiciones conducentes para que saliese bien. Sacó papel y un lápiz, y por más de una hora estuvo trazando cifras y ejecutando operaciones matemáticas. Cuando nos hubo demostrado que no había habido equivocación por parte suya, y que el negocio había fallado únicamente por un cúmulo de circunstancias fortuitas, su faz resplandecía de satisfacción: pidió la cena, y nunca le vi comer con más apetito.

Por último, tropecé una vez en la calle con un amigo mío, famoso escritor y trabajador infatigable. Venía conducido por un criado, pues había tenido la inmensa desgracia de perder la vista hacía poco tiempo.

Pensé hallarle afligidísimo y desalentado; mas con verdadera estupefacción observé que estaba tranquilo y contento. La razón era porque había averiguado que podía dictar sus libros, y que eso, en vez de producirle molestia, le facilitaba el trabajo.

Sin embargo, por mi parte, en las grandes tristezas de la vida no apetezco que me consuelen la política, ni los negocios, ni el arte. Otro numen más alto quisiera que guardase mi alma de la desesperación.

* * * * *

Con el corazón podemos unirnos a todos los hombres. Cualquier ser humano puede ser amado. Aun podríamos decir que cualquier ser creado, pues nos encariñamos con las bestias. Mas con la inteligencia sólo podemos unirnos a un número reducidísimo de personas. Los juicios de la inmensa mayoría de los hombres son absolutamente despreciables.

Y, sin embargo, por un misterio inescrutable, de todos estos juicios despreciables se forma al cabo el único juicio apreciable. Así la sabiduría divina transforma sin cesar el lodo en hombre y el hombre en lodo.

* * * * *

Marcho por el áspero camino sombreado de hayas de la campiña vasca con un periódico en la mano. ¡Un periódico bien provisto de crímenes y de interviúes! Suena una carreta: levanto la cabeza. Delante de las vacas uncidas marcha un hombre con la aijada en la mano: a su lado la esposa con una cesta al brazo. ¡Oh, qué bien cargado va el carro de hierba crujiente y olorosa, tesoro del labrador! Pero no; el tesoro del labrador está más arriba. Allá en lo alto, medio hundidos en el heno, aparecen dos niños que inclinan sus cabecitas para verme. «¡Adiós!», me dicen. «¡Adiós!», respondo. La carreta pasa rechinando y deja en pos de sí una estela perfumada. Me detengo y la miro alejarse. Mi corazón va con ella.

Es la hora del crepúsculo. La campana de la iglesia lejana deja escapar un tañido melancólico. El padre detiene la carreta y se despoja de la boina: la madre deposita su cesta en el suelo: los niños se arrodillan sobre la hierba y rezan el _Angelus_.

--He aquí--me digo--el emblema de la dicha humilde: paz, salud, trabajo, esperanza, amor. He aquí los seres amados de Dios y necesarios a los hombres.

El periódico bien repleto de crímenes y de interviúes se desprende de mis manos. No me bajo a cogerlo.

* * * * *

Los contemporáneos se ponen siempre del lado de los enfáticos. Pero la posteridad pertenece a los sinceros.

* * * * *

Los moralistas nos dicen que debemos perdonar las ofensas y ser tolerantes y pacíficos, porque nuestro ejemplo influirá favorablemente en los demás, y, por tanto, en la obra de la civilización.

No se puede aceptar esto de un modo absoluto. Para que el ejemplo de un hombre tolerante y pacífico influya beneficiosamente en la sociedad, es necesario que se le considere _capaz de obrar el mal_; y cuantos mayores medios se le supongan para realizarlo, tanto más influirá en los demás su ejemplo. Un hombre bondadoso, pacífico, humilde, pero débil, esto es, sin medios interiores ni exteriores para hacer daño, influye más bien perniciosamente, porque se le desprecia, y al despreciarle a él se desprecia el bien que reside en su persona. Además, por arcano y horrible misterio se observa que en el mundo los hombres buenos, pero débiles, provocan la crueldad de sus semejantes. ¿No recordáis todos que en la escuela siempre había un pobrecito niño sobre el cual caían las burlas más pesadas y odiosas de sus compañeros? Pues eso mismo acaece en el mundo.

Esto hace pensar desde luego que la libertad es el don precioso sin el cual nada valen los otros en el hombre. San Bernardo decía: «Sin la libertad nada puede ser salvado.» Nosotros podemos afirmar también: «Sin la libertad nada puede ser estimado.»

* * * * *

Si quieres ser feliz, aparenta ser desgraciado.

* * * * *

Cuando vuelvo la vista atrás, y repaso el tejido de mi existencia, observo con sorpresa que no son los instantes llamados dichosos las horas de ruidosa alegría las que me atraen y cautivan. En esas horas de placer me acompañó siempre un sentimiento vago, inexplicable, de miedo; una voz misteriosa parecía resonar dentro de mi corazón anunciándome su fragilidad. Creo haber sido más feliz en los días de hastío, cuando meditaba, cuando soñaba, cuando veía claramente la vanidad de la existencia y no esperaba nada de ella. Me sentía melancólico, abatido, pero tranquilo.

Hay indudablemente en este abatimiento y resignación cierta dulzura; sentimos que estamos pisando terreno seguro, que no nos hallamos ya a merced de los vaivenes bruscos de la fortuna y hemos dejado un mar cambiante y proceloso por la tierra firme.

¿Concluiré de aquí que la única felicidad que puede gustarse en este mundo se halla en la tristeza?

* * * * *

¿Por qué despreciar tanto la materia? De la materia se han formado los hombres y se formarán los ángeles.

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Última vanidad de los hombres vanidosos: disponer en el testamento que no se pongan coronas sobre su féretro.

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¿Pensáis que no hay nada más frágil que el rico cristal de Bohemia? Decid a un fraternal amigo que no tiene ortografía.

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Los hombres sólo son dignos de amor cuando padecen.

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