Part 16
Entonces Miranda le llamó a su despacho, y en nombre suyo y en el de su compañero Ulloa le propuso... (¡Cuesta trabajo decirlo! Pocas veces se habrá visto en el mundo una burla tan escandalosa.) Le propuso comprarle su participación en las minas por la cantidad de ¡diez mil duros! Morales quiso arrojarse sobre él: los dependientes del banquero se lo impidieron. No pudieron estorbar que soltase por la boca todos los epítetos que la fantasía andaluza y su educación plebeya le sugirieron en aquel instante. Como había testigos, se le podía procesar por injuria; pero Miranda era un hombre práctico y frío. Prefirió esperar, y tomar una venganza más sabrosa. Después de todo, aquel desdichado tenía razón para enfadarse. Acababa de invertir, entre la compra y los trabajos, más de setenta mil duros.
Entonces comenzó para Morales una época bien aciaga. Sin dinero, sin reputación, sin amigos, pasaba la vida del uno al otro café del pueblo vociferando contra Ulloa y Miranda, narrando sus infamias. La gente le escuchaba guiñándose el ojo. Todo el mundo comprendía que aquel hombre había caído en un pozo. En cuanto volvía la espalda, soltaban a reir alegremente.
Descaeció notablemente en su aspecto físico. Andaba pálido, ojeroso, sucio, y últimamente empezó a darse a la bebida. Llegó a faltarle lo necesario para vivir, y apeló entonces a subterfugios y trampas que estuvieron a punto de dar con él en la cárcel. Si alguien le insinuaba la idea de que aceptase los diez mil duros que le ofrecían Miranda y Ulloa, ¡eran de oír sus blasfemias e imprecaciones!
Sin embargo, Ulloa y Miranda, cuando se les hablaba del asunto, dejaban escapar una risita burlona y mostraban completa seguridad de que no tardaría mucho en venir a ellos con el sombrero en la mano demandando las cincuenta mil pesetas.
Mas antes de que esto se realizase, llegó a la provincia un míster Burke, representante de una poderosa Compañía inglesa, acompañado de su secretario, llamado míster Smith, y recorrieron toda la cuenca carbonífera. Cuando lo hubieron hecho minuciosamente, decidieron comprar el coto de Santa Bárbara, que era el de nuestros asociados, y se presentaron a Miranda y Ulloa.
Miranda y Ulloa abrieron el ojo, presintiendo un buen negocio. Comenzaron negándose a enajenar las minas. Eran las mejores que existían en toda la provincia: no necesitaban decírselo, puesto que él mismo las había reconocido como tales por el hecho de gestionar su compra. Terminaron pidiendo por ellas tres millones de pesetas.
Hubo largas conferencias, consultas a la casa, regateos y amenazas de abandonarlo todo y marcharse. Ulloa y Miranda se mantuvieron firmes. Por fin, míster Burke aceptó el precio. Se convino en celebrar el contrato tres días después, cuando la casa hubiera girado el millón y medio de pesetas del primer plazo, pues había de pagarse en dos, uno de presente y otro a los seis meses.
Pero aquella misma tarde, antes que Ulloa y Miranda hubieran avisado a Morales (¡y lo hacían con harto dolor de su corazón!), míster Burke les llamó a la fonda, y con semblante hosco y en español chapurrado les dirigió este discurso:
Señores, tengo el sentimiento de anunciar a ustedes que nuestras negociaciones quedan definitivamente rotas. Acabo de enterarme casualmente de qué clase de persona es el socio que representa el cuarenta por ciento en la propiedad de las minas. La casa cuyos intereses gestiono no me perdonaría jamás el haberla rebajado hasta el punto de celebrar contratos con un hombre que sin escrúpulo alguno la arrastraría a un pleito o la molestaría por cuantos medios se le ocurrieran. Nosotros estamos acostumbrados a tratar con personas honorables, y desde el instante en que tenemos duda de la buena fe de alguna nos apartamos inmediatamente de ella. Aquí no hay duda ninguna. El socio de ustedes goza de una reputación pésima, se acumulan contra él cargos gravísimos. Lo que ha hecho hace tiempo con algunos compatriotas míos le hubiera imposibilitado, en cualquier otro país que no fuese España, para seguir habitando en él.
Ulloa y Miranda quedaron consternados. En vano trataron de demostrarle que, una vez celebrado el contrato, la casa nada podía temer de Morales. Míster Burke se hizo el sordo. Se hallaba resuelto a abandonar el negocio, con tanto más gusto, cuanto que las minas seguían pareciéndole carísimas.
Entonces los banqueros, en el colmo de la desesperación, le ofrecieron arreglar el asunto, quedándose ellos como únicos propietarios del coto de Santa Bárbara, si dilataba su marcha cuatro días. Míster Burke se lo otorgó. Le pidieron asimismo que no hablase con nadie del asunto durante estos cuatro días. Míster Burke se lo otorgó igualmente.
Enviaron acto continuo un emisario a Morales, con orden de traerle, si fuese necesario, por los pelos. No fué indispensable. Morales se presentó al día siguiente en el despacho de Miranda tan sucio y tan torvo como solía andar en los últimos tiempos. Miranda le acogió con sonrisa afectuosa y campechana.
--Vamos a ver, Morales, nos hemos enterado de que usted persiste en la idea de que Ulloa y yo hemos querido arruinarle intencionadamente, para aprovecharnos de su ruina y quedarnos con las minas por un pedazo de pan. Nos han dicho que en todas partes y ocasiones nos recrimina usted con palabras insultantes. Es preciso que esto concluya de una vez. Juzgamos el negocio malo, y hemos ofrecido a usted una cantidad que, en realidad, parece irrisoria. Tal vez nos hallemos equivocados, y el coto tenga un gran porvenir. El presente, bien lo sabe usted, no puede ser más desastroso. De todos modos, como usted ha hecho sacrificios enormes, y para arrancar a usted de la cabeza la idea de que hemos pretendido arruinarle, estamos dispuestos a sacrificar nuestros intereses entregando a usted la cantidad que por las minas ha dado; esto es, doscientas mil pesetas.
Morales permaneció silencioso y movió la cabeza lentamente, haciendo un signo negativo.
--¿No acepta usted?--preguntó Miranda con sorpresa.
El mismo silencio y el mismo signo negativo.
Hubo una pausa.
--¿Pues qué es lo que usted quiere por su parte en el coto?
--Dos millones de pesetas--repuso Morales en el tono más natural del mundo.
Miranda se puso pálido.
«Este bribón lo sabe todo», se dijo inmediatamente. Por unos segundos se miraron ambos a la cara en silencio y con los ojos muy abiertos.
--Si es broma, puede pasar--dijo al cabo el banquero riendo--. Ya sé que ustedes los andaluces las gastan muy alegres.
--Hablo en serio, don Rafaé; usted no sabe lo que son esas minas, don Rafaé--repuso Morales en tono candoroso--. Si usted supiese qué tesoro tenemos en ellas, no hubiera usted hecho lo que hizo, abandonar los trabajos y dejar que algunas galerías se viniesen abajo y las máquinas se echasen a perder. Yo estoy completamente seguro de que más tarde o más temprano ese coto nos ha de hacer ricos a todos.
Miranda le clavó una mirada penetrante, tratando de investigar si aquel sujeto se estaba burlando, o nada sabía de lo ocurrido.
El aspecto tranquilo, inocente, de Morales le aseguró, aunque no por completo.
--Vamos, no sea usted niño, Morales. Sólo con una imaginación tan exaltada como la que usted tiene se pueden concebir esas locas esperanzas. Deje usted la fantasía, vuelva a la razón, y acepte usted el negocio que le proponemos, porque si ahora lo rehusa, acaso no vuelva para usted la ocasión.
--Le repito, don Rafaé, que usted no sabe lo que son esas minas. ¡Hay que haber oído a los capataces!, ¡hay que haber visto trabajar a los mineros!... ¡Una seda!, ¡un tarro de manteca, don Rafaé!
Éste sacudía la cabeza riendo, como si se tratase de las palabras de un niño o de un loco.
De pronto el semblante de Morales cambió de expresión. Su frente se contrajo, sus ojos relampaguearon, su voz temblaba de indignación.
--¡Parece mentira, don Rafaé, parece mentira que usted y su compañero Ulloa sean dos personas apreciadas y respetables! ¡Después de haberme dejado en la miseria, después de haberme puesto entre la espada y la pared, ahora que Dios quiere sacarme de la ruina y hacerles a ustedes también un favor, todavía intentan ustedes engañarme miserablemente y despojarme de lo que me pertenece!... Que eso lo hiciese un petate como yo, podía pasar; ¡pero un senador!, ¡un millonario!
Miranda tenía la cara dura, pero así y todo le salieron los colores a la cara.
--Puesto que usted lo sabe todo--manifestó al cabo con enfado--, no hay más que hablar. Sin embargo, debo advertirle que la casa inglesa que desea adquirir las minas no quiere tratos con usted.
--Es igual--repuso tranquilamente Morales--. O conmigo tiene que tratar, o no puede adquirirlas. Por tanto, ustedes me darán los dos millones de pesetas.
A pesar de su calma habitual, Miranda experimentó una terrible sofocación, que contrajo y encendió su rostro de modo alarmante. Por un momento pudo temerse que le iba a dar una apoplejía. Dejó escapar unas cuantas interjecciones que no suelen oirse en el Senado; pero, al fin, logró dominarse y discutir el asunto con relativa tranquilidad.
Morales no insistió mucho tiempo en los dos millones de pesetas. Después de disputar algunos minutos se avino a percibir el cincuenta por ciento del precio, esto es, millón y medio. Y como esta cantidad no la recibiría sino en dos plazos, porque así entregaría el precio la casa adquisidora, se convino, por fin, en que Ulloa y Miranda le comprasen su parte por un millón doscientas mil pesetas, entregado en el acto de celebrarse el contrato.
Celebróse éste en la mañana del día siguiente. Morales cobró el cheque del Banco y se partió.
Ulloa y Miranda se dirigieron acto continuo a la fonda donde se alojaba míster Burke. El dueño del hotel les enteró de que míster Burke y míster Smith, después de pagar su cuenta, habían salido en el rápido de las once.
Esta vez la apoplejía no se contentó con amagar. Miranda cayó al suelo. Le transportaron a casa, y aunque salió del ataque, toda su vida renqueó un poco de la pierna derecha y habló con más dificultad. Ulloa, que no era sanguíneo, sino bilioso, pagó el disgusto solamente con un fuerte cólico.
Ambos eran envidiados y aborrecidos en la ciudad, como suele serlo todo el que se eleva sobre los demás. Así, que el ingenioso artificio de Morales, o el _timo del inglés_, como se decía, produjo en toda ella una risa indescriptible. Han pasado veinte años desde entonces, y yo creo que todavía están riendo.
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PITÁGORAS
Entre los muchos filósofos con quienes tropecé en las casas de huéspedes que he recorrido mientras seguí la carrera de Ciencias, ninguno más enamorado de la Filosofía que mi amigo Amorós. Puede decirse que no vivía más que para esta dama de sus pensamientos. El duro catre de la patrona, sus garbanzos no mucho más blandos, sus albondiguillas, sus insolencias, eran para él sabrosas penitencias que ofrecía en holocausto a su adorada Metafísica. Los demás murmurábamos; a veces rugíamos de dolor e indignación: él sonreía siempre, no comprendiendo que se diese tanta importancia a que las sábanas nos llegasen a la rodilla o un poco más abajo, que el agua de la jofaina tuviese cucarachas, y otras niñerías por el estilo.
Primero faltaría el sol en su carrera que él a sus cátedras de la Universidad, y el que quisiera poner el reloj en hora no tenía más que atisbar sus entradas y salidas en el feo y sucio portal de la Biblioteca Nacional. Unas veces leía a Platón, otras a Aristóteles; pero el mayor filósofo, a su entender, que había producido el mundo era Krause, porque había resuelto el problema de armonizar el panteísmo con el teísmo por medio de una lenteja esquemática, que nos mostraba poseído de profunda admiración. Inútil es decir que a los que estudiábamos Derecho, o Ciencias, o Farmacia, nos despreciaba, mejor dicho, nos dedicaba un desdén compasivo que a algunos hacía reir, y a otros montar en furor. Porque éramos seis o siete los que, bajo el yugo ominoso de doña Paca, estudiábamos en aquel cuarto tercero de la plaza de los Mostenses diversas carreras liberales. De su desdén nos vengábamos llamándole siempre Pitágoras, negándole la existencia del espíritu, y pellizcando en su presencia a la doméstica que nos servía a la mesa. Esto último era lo que más desconcertaba al bueno de Amorós, que era casto como un elefante y se enfurecía de que se tomase a la Humanidad como medio, y no como fin.
Hay que decir que el pobre Pitágoras había tenido que padecer graves persecuciones de la familia por esta su manía de filosofar. Destinábalo su padre allá en Pamplona, donde residía, al noble arte de la peluquería, que él mismo cultivaba, no sin brillo. Amorós se negó con obstinación a rapar barbas y cabellos, creyéndose destinado por la Naturaleza a investigar los principios esenciales de las cosas. Ni los ruegos de su madre, ni las burlas de los parroquianos, ni los zurriagazos de su padre lograron disuadirle. Arrojáronle de la casa: vagó algunos meses medio desnudo y hambriento por la ciudad. Por fin, una prima de su padre, mujer devota que poseía algunos ahorros, lo recogió, y oyendo que su sobrino tenía ganas de estudiar, y ser hombre de carrera, se obligó a pagársela, enviándole a Madrid, pero a condición de que, una vez licenciado, tomaría las órdenes y se haría sacerdote.
De lo que menos se acordaba Amorós era de la promesa que había hecho a su tía. Estudiaba firme, es cierto, pero sólo por el placer de averiguar quién había hecho el mundo, cómo y por qué lo había hecho, y, en último resultado, si este mundo tenía una realidad absoluta, o sólo relativa. En cuanto a lo de vestir sotana, parecíale que era hacer traición al librepensamiento y romper de una vez y para siempre con Krause. Nadie le haría cometer tal felonía.
Mas si el sobrino no se acordaba de la promesa que había hecho a su tía, ésta la recordaba admirablemente. Y como ya hacía cuatro años que le pagaba su cortísima pensión (imposible vivir con ella otro hombre que no fuese Amorós), y como nada hablaba de seminario ni de órdenes, empezó a desazonarse, vino a Madrid, averiguó que su sobrino, aunque de conducta intachable, era grande amigo de algunos profesores herejes que enseñaban en la Universidad, entre ellos de un cura apóstata, y, alarmada y enfurecida hasta un grado indecible, se volvió a su pueblo después de maldecirle.
Aquella noche observé que Amorós había llorado. Era hombre sensible, de ánimo apocado, y las consecuencias de tal escena harto graves para cualquiera. Su tía alzó la pensión: no le quedaba al mísero otra disyuntiva que fenecer de hambre o irse a Pamplona a pelar barbas. Se pasaron varios días. Amorós se hallaba profundamente triste y preocupado, pero no por eso dejaba de asistir puntualmente a sus cátedras. Cuando llegó el fin del mes, escuché en su cuarto fuertes gritos de doña Paca, que, sin duda, le reclamaba el pupilaje. Al otro día escuché gritos más altos aún, y al otro, cuando llegué a las once de mi cátedra de Química, vi un corro de gente delante de la casa y algunos guardias. Pitágoras se había dado un tiro en su cuarto con el revólver de un teniente que con nosotros se hospedaba. Subí la escalera a saltos, y me encontré a mi pobre amigo yacente en su lecho y rodeado de los huéspedes, del médico y de doña Paca, que se portó en aquella ocasión mejor de lo que hubiéramos presumido. Amorós, según la declaración del médico y lo que pudimos observar, no estaba muerto: respiraba y dejaba escapar débiles gemidos, pero no recobró el sentido hasta algunas horas después. La bala estaba alojada en los huesos del cráneo; una vez que cediese la fiebre, se le podría salvar mediante una operación. Doña Paca no quería que lo llevasen al hospital, pero el médico la convenció de su necesidad, porque la operación era costosa y los cuidados harto delicados para una casa de huéspedes.
Lo llevaron, pues, al hospital, y yo puse un telegrama patético a su tía, que se presentó dos días después. La pobre mujer, juzgándose causante de aquella desgracia, estaba inconsolable, y no me costó trabajo persuadirla de que siguiese concediendo la pensión a su sobrino, sobre todo cuando le insinué la amenaza de que éste volvería a darse otro tiro en el caso de que no lo hiciese. Tanto le espantó la idea, que hasta me prometió subirle el sueldo. A menudo iba a verle, y nosotros también, y sólo cuando la operación se efectuó felizmente, y estaba ya en plena convalecencia, se decidió a regresar a Pamplona.
Dos meses después Pitágoras se hallaba entre nosotros disfrutando de los amenos garbanzos de doña Paca. Pero Pitágoras ya no era Pitágoras, esto es, ya no era un hombre que mirase al lado permanente de las cosas. Su enfermedad le había arrancado, no solamente la afición al estudio, sino también aquel respeto acendrado y veneración que profesaba a la Metafísica y a todos los que con brillantez la habían cultivado. Empezó riéndose de los profesores krausistas de la Universidad, y concluyó por ir con el teniente de jolgorio por las noches. Por fin, un día me declaró en la mesa que estaba resuelto a dejar la carrera de Filosofía y Letras y emprender la de Veterinaria, para lo cual contaba ya con la autorización de su tía.
Aquel repentino cambio de sus ideas y conducta nos sorprendió a todos, pero más a mí que a ninguno. Aunque profano a la Metafísica, me agradaba oírle cuando disertaba sobre los problemas capitales de la existencia, porque hablaba correctamente y parecía versado en todas las ciencias, y, además, tenían sus discursos un dulce sabor idealista conforme con mis tendencias. Por eso, una tarde que estábamos en el café bebiendo una botella de cerveza mano a mano, me aventuré a preguntarle:
--¿En qué consiste, amigo Amorós, que te veo tan cambiado de poco tiempo a esta parte? Antes asistías a tus cátedras con puntualidad, y ahora pareces muy descuidado. Antes pasabas las horas en la Biblioteca tragando libros, y ahora te agrada más venir con cualquiera de nosotros al café. No hace siquiera tres meses idolatrabas a tus profesores de la Universidad, y ahora te burlas de ellos.
Amorós se encogió de hombros y dejó escapar un leve bufido displicente.
--Psch... Estoy cansado de la Filosofía...
--Y ese cansancio, ¿te ha acometido repentinamente?
--Sí, repentinamente.
--¡Es extraño!
Amorós quedó silencioso, como si le molestasen mis preguntas, y cambió de conversación. Pero no tardó en quedar otra vez silencioso y taciturno. Al cabo de un momento, me dijo con cierta solemnidad, que me sorprendió:
--Si me prometes guardarlo fielmente, te confiaré un secreto que hasta ahora no ha salido de mis labios.
--Puedes estar seguro...
--Sobre todo a los compañeros de la casa, ¿entiendes?... Bastante se han reído de mí.
Yo me llevé la mano al pecho, prometiendo eterno silencio.
Amorós bebió lo que quedaba en el vaso y, limpiándose los labios con el pañuelo, comenzó a hablar de esta suerte:
--Has de saber, amigo, que yo he estado en el otro mundo... (Si haces esas muecas, dejaré de hablar...) No sé cuánto tiempo he estado, pero certifico que he estado. Cuando me dí el tiro en la frente perdí el conocimiento, como todos sabéis, y estuve unas cuantas horas sin él... En efecto, no oí el disparo siquiera, pero al cabo de un instante desperté trabajosamente de mi sopor y pude darme cuenta de que estaba vivo y pensaba, pero me hallaba en completa obscuridad. Ya podrás comprender el terror y la angustia que se apoderarían de mí. Quería gritar, y no podía; quería moverme, y tampoco. Por fin, al cabo de algún tiempo, percibí una luz lejana, muy lejana, allá en lo profundo, y entonces me fué dado levantarme y bajar hacia ella. Oía al mismo tiempo un débil rumor de voces extrañas que tan pronto semejaban las notas de un piano, como palabras de cólera, risas y lamentos... Entonces me dije sin vacilar: «Estoy en el otro mundo.» Por caso extraño, esta idea, ni me horrorizó, ni me entristeció siquiera. Me puse a caminar, como te digo, hacia aquella luz tan lejana, y observé que, según iba descendiendo, las voces extrañas que había oído se iban haciendo más distintas. Era un rumor de muchedumbre que se agita y habla, pero no como se agitan y hablan las muchedumbres en la tierra, sino de un modo musical; parecía como si recitasen al piano alguna poesía. Acerquéme más; la luz se iba haciendo cada vez más intensa, y al cabo de un momento llegaron a mis oídos algunas palabras sueltas; después, frases enteras. «¡No somos nada; no somos nada!», oí repetidas veces...
Al llegar aquí Amorós, me costó trabajo contener la risa, pero la contuve. Doña Paca, cuando su huésped estaba yacente, sin dar señales de vida, había repetido diferentes veces la misma exclamación mientras un pianillo tocaba en la calle los aires de las zarzuelas más conocidas.
--El camino que yo llevaba se iba esclareciendo. Era un túnel estrecho cubierto de estalactitas que brillaban como diamantes. Por fin desemboqué en una gruta inmensa, de una techumbre cuya altura me parecía prodigiosa. Esta techumbre era toda fosforescente y esparcía una claridad suave por el recinto, cuyos límites no alcanzaba a distinguir. Vi unos hermosos jardines adornados de fuentes y estatuas, bosquecillos de naranjos y limoneros, y percibí un aroma embriagador, en el que predominaba la violeta...
(No pude menos de recordar que doña Paca le había rociado las sienes con esta esencia.)
--Una muchedumbre hormigueaba por aquellos jardines, paseando unos, formando corro otros, y todos hablando. Vestían los allí congregados de muy diverso modo: había persas, hebreos, griegos, egipcios, romanos, caballeros de la Edad Media y ciudadanos de la presente. Parecía un baile de trajes. Me acerqué a dos árabes que venían discutiendo con calor, y les pregunté cortésmente: «Estoy en los Campos Elíseos, ¿verdad?» «Así es, amigo--me respondió uno de ellos--, y ésta es la morada feliz de los filósofos. Más allá se extienden los jardines de los poetas y los músicos.» En efecto, a lo lejos se oía siempre música deliciosa. Una alegría inmensa se apoderó de mí. Me hallaba para siempre en los Elíseos, y el Eterno me había colocado en el sitio que yo hubiera elegido. Frotándome las manos de gozo, me puse a recorrer aquellos encantadores campos, siempre verdes, esmaltados de flores, ricos en amenas florestas y en sazonados frutos, que pendían de los árboles dulces y perfumados, ostentando vivos colores. Todos los rostros que encontraba expresaban dulce serenidad, y en todos los ojos brillaba una dicha inmortal. Como ya te he dicho, los filósofos formaban a veces corrillos más o menos grandes, y, por lo que pude observar, era para escuchar la palabra de alguno más señalado. Me acerqué prontamente al corro que me pareció más numeroso, y vi en seguida que se componía de griegos en su mayor parte. Todos escuchaban con atención y aplaudían a un hombre que hablaba sobre un pequeño pedestal. Tenía este hombre el torso atlético, la frente espaciosa, la mirada imponente. Su palabra fluía sosegada y majestuosa de su boca, y con tal gracia y corrección que en cuanto escuché algunas me dije sin vacilar: «Este es Platón.» Abríme paso como pude hasta aproximarme a él, y escuché.