Papeles del doctor Angélico

Part 15

Chapter 153,969 wordsPublic domain

El día de Santa Irene fuí a felicitar, como todos los años, a doña Irene, esposa de mi amigo Requejo. Es éste un médico militar retirado, alegre, bondadoso, gran jugador de tresillo. Doña Irene, una señora igualmente bondadosa, menos alegre y detestable jugadora de tresillo. Esto último era la única causa visible de divorcio que pudiera existir entre los cónyuges. Porque los dos viejos se amaban con pasión idolátrica, sobre todo desde que su única hija Rita les había abandonado para ingresar en la comunidad de las _Hermanitas de los Pobres_. Yo no gusto de estas niñas que dejan a sus padres ancianos para cuidar a otros ancianos que no son sus padres, pero la verdad me obliga a declarar que Ritita, a quien conocí desde su infancia, era una criatura angelical, tan dulce, tan inocente, que no parecía hecha para este mundo. ¿Por qué esta niña, alegre como su padre y tierna como su madre, se había decidido a hacerse religiosa? No por un desengaño de amor, como bastantes lo hacen, sino porque su alma pura ardía en caridad y ansia de sacrificio. La vida regalada al lado de sus padres, tan mimada por ellos y tan festejada por todos, inquietaba su conciencia. Un verano en que Requejo se trasladó con la familia a Vitoria, huyendo los calores de Madrid, la chica comenzó a frecuentar el asilo de ancianos, que estaba próximo a su casa, trabó amistad con las hermanas, tuvo ocasión de prestarles algunos servicios, y concluyó por ayudarlas en muchas de las tareas de su ministerio. A medida que penetraba más adentro en esta vida de caridad y de servidumbre voluntaria, su alma fervorosa iba gozando delicias ignoradas, transfigurábase su rostro, al decir de sus mismos padres, sus ojos brillaban con una luz celestial. Por fin, cierto día dejó una cartita sobre la mesa de noche de su papá, suplicándole, en términos humildes, que la permitiese ser hermanita de los pobres. Requejo montó en cólera, amenazó con hacer y acontecer, pero fué más fácil de pelar que la mamá. Ésta, con sus lágrimas y sus ataques nerviosos, logró parar el golpe. Regresaron a Madrid; Ritita pareció resignada, pero se la vió pronto triste, apática y notablemente descaecida en su rostro. Requejo se alarmó, tuvo una secreta conferencia con ella, y salió de la estancia exclamando:

--¡Haz lo que quieras! ¡Cada mujer no es más que un capricho con piernas y brazos!

Efectivamente, aquel verano fueron de nuevo a Vitoria, y allí se quedó nuestra Ritita, en el convento, tan gozosa, que a pesar de la mala alimentación y de su trabajosa vida, no tardó en ponerse gorda y colorada como una manzana. El buen Requejo sacudía la cabeza riendo, pero doña Irene no cesaba de verter lágrimas. Aquel rostro marchito, que lejos de ella se había vuelto sonrosado, le causaba celos y pena. Dos años hacía que la niña estaba en el convento, y sus padres habían pasado los dos veranos en Vitoria, cerca de ella.

Los esposos Requejo habitan un pisito confortable en la calle del Pez. Cuando entré en su casa, el marido se hallaba fuera. Recibióme doña Irene con su acostumbrada dulzura. Es una señora gruesa, apacible, que habla con extraordinaria lentitud. Sentados en dos butaquitas, uno frente a otro, en su gabinete, hablamos--¿de qué habíamos de hablar?--de Ritita. La pobre madre no tenía otra conversación.

--Verá usted, Jiménez, cuando mi marido me despertó esta mañana, salía de un sueño delicioso. Soñaba que mi Ritita abría la puerta de la alcoba y se acercaba a mi cama. Estaba preciosa con el hábito de monja, con su cofia blanca ceñida a la cara. Sonreía dulcemente, y acercándose a mí me echaba los brazos al cuello y me besaba con ternura. Yo, apretándola contra mi pecho, le pregunté: «¿Cómo estás aquí, hija mía?» Ella me respondió: «He venido a darte los días con permiso de la superiora.» No me sorprendió mucho, porque creía estar en Vitoria, y no en Madrid. En seguida me invitó a levantarme, y me ayudó a vestir como hacía en otro tiempo. Después me dijo: «Ahora voy a peinarte» (porque antes nadie me peinaba más que ella, ¿sabe usted?) «Pero, hija mía, ¡no podrás con el hábito!» «¡Oh, ya verás como sí!» Y quitándose la capa, y dejándola sobre una silla, me obligó a sentarme frente al espejo, y comenzó a peinarme riendo y charlando alegremente. Yo sentía palpitar mi corazón de gozo. Cuando terminó, me dijo: «Ahora me darás una batatita de Málaga escarchada, ¿verdad? No las he comido desde que tomé el hábito, pero hoy son tus días, y Dios me perdonará el exceso. Es la única golosina con que sueño alguna vez.» Fuí al comedor, le traje una bandeja de dulces, tomó una batata, bebió una copita de jerez, y sacando su relojito de acero, dijo: «Ya son las nueve; me voy.» Y tomó la capa de la silla y se la echó encima de los hombros. «Pero, hija, ¿te vas sin aguardar a tu papá?» «No puedo esperarle; no tengo permiso por más tiempo... Además, mamaíta, esta visita ha sido para ti, exclusivamente para ti.» Y abrazándome otra vez, me dió un sinfín de besos: luego, poniéndose de rodillas, me pidió la bendición, y salió de la alcoba, y todavía, teniendo alzado el portier con una mano, me tiraba besos con la otra... Al ruido que hizo la puerta me desperté. Era mi marido que entraba, y que se rió no poco con mi sueño...

--¡Ya lo creo que me he reído!--exclamó Requejo, que entraba en aquel instante, apretándome la mano--. No sabe usted qué cara de beatitud tenía esta mujer cuando entré a despertarla esta mañana. El placer y el dolor se reparten el mundo de los dormidos como el de los despiertos. ¿Vendrá usted a almorzar con nosotros?

Acepté la invitación. Al cabo de unos instantes nos trasladamos al comedor y nos sentamos a la mesa, bien provista y aderezada. Requejo, muy tolerante en los demás órdenes de la vida, se transforma en feroz intransigente así que se acerca a la cocina. Dió comienzo el almuerzo, y una vez más tuve ocasión de advertir y de interesarme por el contraste que ambos esposos ofrecían. El marido charlaba, gesticulaba, reía, gritaba sin cesar: la esposa hablaba con suavidad quejumbrosa, poniendo los ojos en blanco y elevándolos al cielo.

Antes de llegar a los postres, sonó el timbre de la puerta. La muchacha entró con una carta que doña Irene reconoció de lejos.

--¡Es de Ritita! ¡La esperaba!

Se apresuró a abrirla pidiéndome permiso, aunque su marido la representó que, por bien del apetito y la digestión, nunca deben abrirse las cartas mientras se come.

Doña Irene se puso roja leyendo la epístola de su hija, y, dejando el papel sobre la mesa, juntó las manos con ademán de asombro y alzó los ojos al cielo, exclamando:

--¡Lo estoy viendo y no lo creo!

Requejo tomó el pliego y se puso a leer, y el asombro también se pintó en su semblante.

--¡Vaya un caso extraño!... Tome; lea usted esa carta.

Y me la alargó por encima de la mesa. La carta decía como sigue:

«Mamaíta de mi alma: Mañana son tus días, y no quiero dejar de felicitarte; pero no me contento con hacerlo por carta. Mañana, después de misa, pediré permiso por una hora a la superiora y me trasladaré por los aires a Madrid; te iré a despertar, mamaíta, porque tú siempre has sido dormilona, te daré muchos, muchísimos besos, te ayudaré a vestir, y después te peinaré, como hacía siempre cuando estaba a tu lado, y charlaré y reiré hasta que te ponga alegre. Luego tú, en recompensa, me darás una batatita confitada; ¿verdad que me la darás? Y después de besarte mucho otra vez, sin que se entere papá, se vendrá por donde se ha ido tu hija más sumisa, que te quiere con todo su corazón en el Sagrado y Amoroso de Jesús Nuestro Señor,

»RITA.»

[imagen decorativa]

[imagen decorativa]

THEOTOCOS

Fué una criadita guipuzcoana quien me sugirió la idea de visitar el santuario de la Virgen de Aránzazu. Había nacido en sus cercanías, y en su infancia apacentó un rebaño de ovejas en aquellos montes. Cuando nos daba cuenta de su vida monótona, inocente, al pie de la mole de piedra que guarda la milagrosa imagen, su palabra sonaba dulce, intermitente, como las esquilas del ganado, me traía a la imaginación el amable sosiego y los aromas de la montaña.

--¿Nunca se te apareció la Virgen en alguna gruta, como a Bernardetta en Lourdes?--le pregunté yo con sonrisa de burla.

--¡Oh, no!... La Virgen a mí no quiere... Mala que soy--respondía ruborizándose.

¡Vaya si la quería! No tardó mucho tiempo en arrastrarla a un convento y hacerla fiel servidora de sus altares.

--Si alguna vez voy a tu país, te prometo visitar el santuario de Aránzazu y rezar una salve delante de la Virgen.

--¡Oh, señor!... Hágalo, hágalo...--exclamó con los ojos brillantes de alegría--. ¡Quién sabe! Usted verá algún milagro.

--Soy viejo ya para ver milagros--respondí con poca delicadeza.

--La Virgen es Madre de todos--replicó alzando con gravedad los ojos al cielo.

Pasaron algunos años. La casualidad me llevó un día a las montañas de Guipúzcoa, y en ellas me asaltó el recuerdo de la monjita guipuzcoana que había sido mi criada, y de la promesa que le había hecho. Amigo tanto como Rousseau de los campos y de las excursiones a pie, resolví ir a Aránzazu, no por la carretera, sino por trochas y senderos al través de los montes.

Cuando salí de Mondragón, poco después de almorzar, me hallaba en un estado de sobreexcitación intelectual y sensible que parecía alzarme considerablemente sobre mi ser normal. Lo que pensaba, pensábalo con sorprendente claridad; lo que sentía, penetraba en mi corazón con fuerza avasalladora. «Entre cada una de las horas de nuestra vida--dice Emerson--hay una diferencia de autoridad y de efecto subsiguiente. Nuestra fe nos ilumina por intervalos; nuestro vicio es habitual; sin embargo, hay en estos breves momentos tal profundidad, que nos vemos forzados a atribuirles más realidad que a todas las otras experiencias.»

Estaba en una de esas horas de interna iluminación. Fatigado de tanto y tanto voltear en los abismos de la metafísica, mi alma se inclinaba hacia la fe de Cristo. El Evangelio me aparecía con una nueva luz; los vulgares argumentos de la incredulidad antojábanseme tristes y ridículos: por milagro y favor de la Providencia, en plena madurez de juicio, cuando más sano me encontraba de cuerpo y de alma, volvía a creer como un niño.

Vigoroso y alegre, pues, como jamás lo estuviera, marchaba flanqueando las verdes cañadas que los montes formaban, procurando ganar la altura. Cuando tropezaba con un campesino, le preguntaba para cerciorarme del camino. El camino era largo, pero la tarde lo era también. Fiaba en mis piernas, y tenía seguridad de llegar al santuario antes del crepúsculo.

«¡Cómo reirían mis amigos del Ateneo--iba pensando--si ahora me viesen caminando como un peregrino para rezar una salve a la Virgen de Aránzazu! Podría responderles que Descartes, el padre de la moderna filosofía, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de la Saleta, como acción de gracias, cuando terminó una de sus obras. Pero no; no les respondería nada.» Cuando somos felices, nos parecen locos los que argumentan contra nuestra felicidad. Yo era feliz creyendo en la Virgen María.

«¿Por qué asombrarse?--exclamaba en mis adentros--. ¿No ha dicho Goethe, con aplauso de todos, que el Eterno Femenino nos atrae al cielo? Pues el Catolicismo cristiano había expresado ya esto mismo, enseñándonos que la Virgen María nos conduce a Dios. El eterno femenino, que es la esencia de la pureza y la humildad, se halla en el corazón de la Santa Virgen elegida por Dios para madre del Verbo, y cuantas mujeres hay en el mundo puras y humildes llevan en su pecho un pedazo del corazón de María. Si Cristo es el alma de la religión, María es el perfume, es la perpetua revelación de una verdad que ha flotado siempre en el espíritu humano, a saber: que, en el Universo, la suprema piedad se identifica con la suprema justicia.»

Así marchaba distraído, envuelto en una nube de pensamientos suaves. Poco a poco, los caseríos iban haciéndose más raros: caminaba ya en plena montaña, y no encontraba más seres vivientes que los pájaros. Mi dulce monólogo proseguía. Me sentí cansado al fin, y me dejé caer sobre el césped. La ola de mis pensamientos piadosos crecía, me inundaba de dicha. Recordé la bella efigie de María Inmaculada que mi madre había colgado a la cabecera de mi lecho infantil, y sacando la cartera, tracé las siguientes palabras:

«Un estremecimiento de alegría corre por los cielos y la tierra. Los vientos se callan. Las nubes se arrebolan. Los hombres caen de rodillas. Por el ambiente se esparce aroma embriagador. De lo alto llega una armonía dulce y solemne.

»¿Qué pasa?

»Es que cruza la Virgen María. Legiones de ángeles la acompañan extasiados de dicha. Sobre su inmaculada frente brilla una corona, y todo su cuerpo va envuelto en radiosa luz.

»Pero sus oídos no escuchan las músicas celestiales, ni sus ojos ven más que al Eterno Padre, a quien se dirige. El Universo entero canta su gloria. Sólo Ella, en su profunda humildad, la ignora.»

* * * * *

Me levanto después, marcho algunos minutos, y me doy cuenta de que he perdido el camino, que no sé adónde dirigirme. La tarde declinaba velozmente, y si la noche me sorprendía en aquellos parajes corría riesgo de no reposar en lecho blando. «¡Qué importa!--me dije, sin la menor inquietud--. La Virgen me acompaña. Por ella dormiré con placer a la intemperie.»

Y, más alegre todavía que antes, prosigo mi marcha al través de la montaña. Al doblar un pequeño repecho vi una zagalita de catorce a quince años que se ocupaba en cortar ramaje para cama del ganado.

--Niña--le dije acercándome--, ¿cuál es el camino de Aránzazu?

Alzó sus ojos serenos y dulces y comenzó a hablarme en vascuence.

--No entiendo; no entiendo tu lenguaje.

De nuevo me habla en vascuence.

--No entiendo. Voy a Aránzazu.

--¡Ah! Bay, bay... Aránzazu.

Y cerrando su navajita, y guardándola en la faltriquera, me hizo seña de que la siguiese.

Me emparejé con ella y me puse a mirarla con curiosidad. Su perfil era de una pureza virginal, como muchas veces suele verse en las imágenes pintadas o esculpidas, aunque pocas en la realidad: llevaba un pañolito azul ciñendo al estilo vizcaíno sus cabellos rubios; camisa de lienzo tosco, y sobre ella, tapándole el pecho y la espalda, otro pañuelo de colores: la falda corta y los pies desnudos.

Yo la examinaba de reojo. Ella miraba al suelo. Intenté hablar otra vez, mas no siendo posible hacerme entender, me determiné a caminar en silencio. Pero aquel silencio me fascinaba, llenábame de una suave inquietud, sin que acertase a comprender por qué me hallaba tan gozoso y tan conmovido al mismo tiempo. Atravesamos bosques, donde ya comenzaba a estar obscuro, subimos por senderos escarpados y solitarios. Y aquella niña caminaba a mi lado confiada, segura, como si una legión de ángeles la guardase. Un respeto profundo se iba apoderando poco a poco de mí. El corazón me palpitaba fuertemente. ¿Qué pensamientos alados comenzaron entonces a revolotear en mi cerebro? Perdonad que no os lo diga.

Después de media hora de marcha, la zagala se apartó bruscamente de mí, subió un poco más arriba por la ladera y, extendiendo su brazo hacia una cruz que se divisaba a lo lejos, dijo solamente:

--Aránzazu.

Me encaminé hacia el santuario embargado por viva y extraña emoción, que estaba a punto de rendirme y hacerme caer al suelo. Mis labios murmuraban:

--¡Salve, Estrella de la mañana! ¡Salve, Madre Inmaculada!...

[imagen decorativa]

LAS DEFENSAS NATURALES

EL toro, ¿tiene cuernos para defenderse, o se defiende con los cuernos porque los tiene? Goethe se atiene a lo último, y con él casi todos los naturalistas. En cambio, los providencialistas creen lo primero. El asunto vale la pena de ser dilucidado, pero yo no tengo tiempo en este instante.

Lo único que diré es que no sólo nuestras cualidades, sino también nuestros defectos nos son útiles en algunas ocasiones.

Los animales todos utilizan los medios que poseen, fuertes o débiles, para la lucha con la Naturaleza animada o inanimada. El asno tira coces porque no tiene garras, el corzo utiliza sus pies ligeros para huir, el calamar su tinta para enturbiar el agua y ocultarse, y los insectos, que no poseen otro medio de defensa, se hacen los muertos.

Por eso, nada tiene de extraño, digan lo que quieran, que Morales haya utilizado en cierta ocasión la mala fama de que gozaba entre sus vecinos y conocimientos.

Era andaluz, y había llegado al pueblo en compañía de un ingeniero, sirviéndole de criado y de ayudante en sus trabajos de campo. Cuando el ingeniero partió de la comarca, Morales se quedó en ella. Logró que le hiciesen sobrestante en las obras de una carretera, luego fué destajista; ganó algún dinero. Pronto fué un hombre conocido y hasta importante entre el paisanaje. En diez leguas a la redonda no había quien bebiese, quien hablase ni quien mintiese tanto como él. Denunció una mina de carbón, y se asoció con un pequeño propietario del país para beneficiarla. Dos años después los trabajos quedaron interrumpidos y el propietario arruinado. Pero a Morales le vimos tan boyante después de la catástrofe. Compró un hermoso caballo de silla y comenzó a hacer una casa. Este fué el primer golpe serio que recibió su reputación.

No mucho después denunció otra mina de hierro. Hizo un viaje al extranjero, y volvió en compañía de dos blondos ingleses que venían a reconocerla antes de constituirse la sociedad que había de explotarla. Los ingleses eran expertos y la reconocieron con toda minuciosidad. Morales no era tan experto, pero logró engañarles. Los obreros que los acompañaban, amaestrados por él, llevaban en los bolsillos magníficos ejemplares de mineral de hierro. Cuando los ingleses les ordenaban arrancar en los diversos parajes de la mina algunos trozos, al entregarlos, sabían, como hábiles prestidigitadores, sustituirlos por los otros.

Sin embargo, aquellos extranjeros comenzaron a dudar de la buena fe de Morales, o porque advirtiesen sus procedimientos falaces, o porque algún traidor se los denunciase. Arrojaron los pedazos de mineral extraídos al río, y una mañana, ellos mismos, provistos de pico y azada, se dirigieron a la mina, arrancaron los trozos que juzgaron oportuno, los metieron en un saco, lo precintaron escrupulosamente y se lo llevaron a la fonda donde se alojaban. Morales se puso al habla con una de las criadas, le dió un billete de cinco duros, y pudo penetrar de noche en el cuarto donde se hallaba el saco encerrado. Lo descosió por debajo, sacó las piedras minerales, introdujo otras, y de nuevo lo cosió.

Cuando el saco llegó a Londres en compañía de los emisarios, y fué examinado por los técnicos su contenido, causó profunda admiración la riqueza de aquel mineral, y desde luego quedó constituída la sociedad que había de beneficiarlo. Se envió un director facultativo, y Morales fué nombrado administrador gerente.

Grandes preparativos, mucha maquinaria, planos inclinados, pequeñas vías férreas para la tracción, lavaderos, cargaderos, etc., etc. Todo esto duró más de un año. Cuando comenzaron los verdaderos trabajos de explotación no tardó en averiguarse que aquella mina se componía de pequeñas bolsas, y que si el mineral era rico en alguna de ellas, en la mayoría valía muy poco. El resultado fué que, algún tiempo después, la sociedad se vió necesitada a suspender los trabajos, y los ingleses se retiraron a su país con enormes pérdidas.

¿Perdió también Morales? Lejos de eso, se advirtió claramente que su fortuna había crecido como la espuma. Compró un coche con dos caballos, y vivía como un hombre opulento. Los campesinos tasaban su capital en más de cien mil duros. Es posible que no fuese tanto. De todos modos, con tal motivo, Morales fué considerado, no sólo en el pueblo, sino en toda la provincia, como uno de los hombres más inmorales que jamás se hubieran visto. Fué unánimemente aborrecido y despreciado, pero se le quitaba el sombrero de lejos.

Así vivió feliz y respetado en la apariencia algunos años. Pero las leyes morales, vulneradas por su homónimo, exigían una reparación, y al cabo se les fué otorgada. Nuestro flamante capitalista tenía un espíritu inquieto y ambicioso; no le bastaba el dulce bienestar que tan inmerecidamente disfrutaba: apetecía ser un millonario. Vió la ocasión de conseguirlo, quiso aprovecharla, y sucumbió.

A pocas leguas del pueblo donde habitaba existía un coto minero compuesto de varias pertenencias que aún se hallaban por explotar. Todo el mundo se hacía lenguas de aquel coto: se decía que eran las más ricas minas de carbón que había en la provincia: los ingenieros y capataces corroboraban este aserto. Morales supo que se hallaban a la venta y que sus propietarios las tasaban en quinientas mil pesetas. No tenía bastante dinero para comprarlas, pero se trasladó a la capital de la provincia, habló con Miranda y con Ulloa, los dos banqueros más ricos, les hizo ver claramente las ventajas del negocio, y después de repetidos viajes y conferencias se decidió que las comprarían entre los tres. Morales aportó doscientas mil pesetas, y ciento cincuenta mil cada uno de los banqueros.

Miranda y Ulloa no eran dos cándidas palomas. Si algún símil pudiéramos extraer para ellos del reino animal, más bien pudiéramos compararlos a dos zorros viejos. Así, que a todo el mundo sorprendió que se asociaran con aquel aventurero tan desacreditado y peligroso. Ellos sonreían bondadosamente cuando se hablaba del asunto, y respondían que Morales no era tan pícaro como la gente lo pintaba.

Sin embargo, no le concedieron la administración del negocio, como habían hecho los ingleses. Nombraron para este cargo a un yerno de Ulloa. Además, quedó estipulado en el contrato de sociedad que cada uno de los socios aportaría, para comenzar los gastos de explotación, cincuenta mil pesetas, y otras cincuenta mil en el caso de que los beneficios no bastaran a cubrir los gastos.

Ahora bien, setenta mil duros era todo el capital que poseía Morales. ¿Lo sabían Miranda y Ulloa? Hay que suponer que lo sabían. Porque, concluído el segundo dividendo pasivo, como las minas no diesen aún lo suficiente para cubrir los gastos de explotación, se negaron a facilitar más dinero y suspendieron las obras.

Morales se mesaba los cabellos. Aquello era un absurdo. Todos los técnicos afirmaban que no había otras minas más ricas en la cuenca carbonífera. Era seguro que antes de un año comenzarían a rendir enormes ganancias. Miranda sacudía la cabeza con un gesto escéptico.

--Desengáñese usted, Morales. Hemos hecho un mal negocio. Confesemos que nos hemos pasado de cándidos prestando confianza a los ingenieros. Los negocios parecen siempre bien sobre el papel, pero en el terreno son distintos. No hay más que cerrar el portamonedas, y a pensar en otra cosa.

¡Cerrar el portamonedas! Demasiado sabían Miranda y Ulloa que el portamonedas de Morales lo mismo podía estar ya abierto que cerrado. Pero aparentaban ignorarlo y le trataban como uno de sus pares, esto es, como un hombre que tuviese en reserva algunos millones. Si él quería proseguir la explotación por su cuenta, se celebraría entre ellos un nuevo contrato, y les daría por tonelada extraída el tanto por ciento que se conviniese.

Morales no quiso confesar su situación. Hipotecó la casa que había construido, y prosiguió durante un corto tiempo la explotación. Pidió dinero después en todas partes, y en todas partes le cerraron las puertas. Las obras quedaron al fin definitivamente en suspenso.