Papeles del doctor Angélico

Part 14

Chapter 143,841 wordsPublic domain

Recomiendo además la esponja empapada en agua fría al levantarse de la cama.

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VIDA DE CANÓNIGO

Las ideas de mi tío don Sebastián acerca del ascetismo de los canónigos eran mucho más decididas que las de Pachón de la Quintana de Arriba. Nada de vacilaciones en este punto: ya sabía a qué atenerse. Para él la imagen de un canónigo evocaba un sinfín de representaciones cómodas, deleitosas y suculentas.

No es extraño. Si se hablaba de un vino añejo bien confortable, le oía llamar «vino de canónigo»; si se trataba de un chocolate exquisito, «chocolate de canónigo»; si de un colchón blando y relleno, «colchón de canónigo»; etc.

Toda su vida había sentido una envidia ruin por el alto clero, y deploraba amargamente que su padre no le hubiese dedicado al estado eclesiástico, en vez de dejarle al frente del comercio de ferretería que tenían en la planta baja de la casa. Porque si le hubiese enviado al Seminario, tal vez a estas horas sería canónigo. ¿Por qué no? ¿No lo era su primo Gaspar, que pasaba por un zote en la escuela? ¡Y nada menos que arcediano de la santa iglesia catedral de León!

Verdad era que el trato que sus hermanas le daban no era a propósito para ahuyentar de su carne los apetitos concupiscentes. Eran feroces aquellas dos hermanas que su padre le había dejado con el comercio de ferretería. No se sabe si se habían propuesto hacerse ricas a costa de las susodichas carnes de su hermano, o es que pensaban con terror en la muerte de éste y en la necesidad de traspasar el comercio, o, ¡quién sabe!, tal vez en su matrimonio. Porque, si bien mi tío don Sebastián no había mostrado jamás veleidades matrimoniales el día menos pensado podía atraparle cualquier pelafustana. La mujer que se casa con un hombre que tiene dos hermanas solteronas, siempre es una pelafustana. De todas suertes, estas dos hermanas le escatimaban el pan, la carne y el vino, el betún para las botas, las toallas para secarse, y hasta el agua para lavarse.

Y así habían traspasado los tres la edad de cuarenta años. Don Sebastián, a quien la Naturaleza había dotado de un temperamento muelle y voluptuoso, se autorizaba cuando podía, a escondidas de aquellas dos fatales euménidas, algunos regalos. Un día se iba con don Hermenegildo, el piloto, al Moral para comerse una cesta de percebes y beberse algunos litros de sidra, otro se colaba bonitamente a las once en la tienda de la Cazana y tomaba una rosquilla rellena y media botella de vino de Rueda, o bien entraba por la tarde en el café Imperial y pedía un sorbete de fresa.

Pero de todos estos atentados tenían noticia al día siguiente las dos vírgenes agrias. Su policía era más exacta y más fiel que la del Sultán de Turquía. ¡Cielos, qué escándalo!, ¡qué pataleo!, ¡qué imprecaciones temerosas! En cierta ocasión, una de ellas llegó a darle un formidable escobazo en la cabeza.

De todos estos ultrajes supo vengarse bien y de una vez mi tío don Sebastián. No tenéis más que preguntarlo a cualquier viejo de la población, y os lo contará medio sofocado por la risa. El caso fué como sigue:

Un día subió don Sebastián de la tienda con una carta en la mano. Era del primo Gaspar. En ella le decía que se hallaba en Oviedo pasando una temporada con el señor obispo que, antes de ser preconizado, había sido su compañero y amigo íntimo en León; al mismo tiempo le hacía saber que en la diligencia del día siguiente iría a hacerles una visita y pasar un par de días con ellos.

La turbación que esta noticia produjo en las dos solteronas fué indescriptible. ¡Tener por huésped al arcediano de León, a un amigo íntimo del señor obispo, a cuya mesa se sentaba y a quien tuteaba en secreto, según se decía! Ya no se acordaban de aquel primo Gaspar a quien recosían los pantalones para que su madre no le zurrase la badana si llegaba con ellos rotos a casa y a quien habían dado bastantes pescozones llamándole animal. Para ellas ya no existía más que un personaje eminente rebosando de teología y respetabilidad.

Pasada la primer impresión de estupor, hizo explosión en ambas solteronas una cantidad imponente de actividad doméstica. Se quitaron el corsé, se liaron un pañuelo a la cabeza, y dieron comienzo por sí mismas a la limpieza y arreglo del «cuarto de respeto». La gran cama de palosanto, con pabellón y colcha de damasco encarnado, fué objeto de un minucioso reconocimiento. Se batió bien el colchón de miraguano y las almohadas de pluma, se le pusieron sábanas de fina batista, bordadas, que jamás de memoria de hombre habían salido del armario, y a su lado un hermoso tapiz que les había traído de Manila otro primo ya fallecido.

La criada fué expedida en diferentes direcciones. A la confitería de Nepomuceno, para encargar una tarta, mitad de almendra y borraja, a casa de Facunda, la pescadera, para que buscase algunas docenas de ostras y se las llevase a las once en punto de la mañana, a la fábrica de vidrios, para recabar de don Napoleón, el contramaestre, que saliese de madrugada a cazar unas arceas, etc., etc.

Mi tío don Sebastián seguía estos preparativos con respetuosa atención, pero sin osar emitir ninguna palabra. Bastaría la más corta frase para oirse llamar ganso, y no tenía deseo alguno de servir de pretexto a este símil zoológico.

Al día siguiente por la mañana se acicaló convenientemente, y a las once y media salió a esperar la diligencia de Oviedo, que llegaba siempre a las doce. La mesa estaba ya puesta; una mesa deslumbrante, con antigua y rica vajilla atestada de confites y frutas en almíbar. A las doce y cuarto llegó don Sebastián con la cabeza baja, diciendo que el primo Gaspar no había llegado en la diligencia de Oviedo. El abatimiento más profundo se pintó en el rostro de las dos hermanas. Transcurrieron algunos instantes de silencio doloroso. Al cabo, don Sebastián profirió con tono fúnebre:

--Yo pienso que habrá perdido la diligencia de la mañana. Seguramente, llegará en la de tarde...

Bastaron estas sencillas y razonables palabras para que sus dos hermanas se encarasen con él como dos fieras y le llamasen... ¿A qué decir cómo le llamaron?

De todos modos, no hubo más remedio que sentarse a la mesa y comer. Don Sebastián lo hizo lindamente. Sus hermanas charlaban como dos cotorronas que eran, haciendo sobre el caso los más disparatados comentarios. Él engullía en silencio, pausada y sabiamente, alegrando los bocados exquisitos con un trago de vino de las Navas. Después de los postres se levantó de la silla como si hubiese cumplido con un penoso deber, y salió, como siempre, para el Casino. Así que dió la vuelta a la esquina de la calle encendió un cigarro puro de los que había comprado para el arcediano y, chupándolo voluptuosamente, se fué a jugar su partida de tresillo.

En la diligencia de las siete tampoco llegó el canónigo. Don Sebastián comunicó la infausta nueva a sus hermanas con la misma cara que si les leyese la sentencia de muerte. La consternación les paralizó a todos la lengua. No hubo comentarios, no hubo protestas y lamentaciones. Un silencio funeral cayó sobre aquella afligida familia.

Pero la mesa estaba puesta. Salmón, arceas estofadas, riñones al jerez, pechuga de gallina a la besamela, compota de membrillo, bizcochos borrachos, fresas con crema. Don Sebastián dirigía miradas furtivas y ansiosas a tales riquezas. Las hermanas, presas de muda desesperación, no daban señales de acercarse a ellas.

--Vaya, vamos a cenar... De todos modos, el gasto está ya hecho...

Estas palabras provocaron una crisis de lágrimas, pasada la cual se sentaron los tres a la mesa. Ellas comían a la fuerza y exhalando suspiros dolorosos. Él comía con fuerza y absorbiendo tragos exquisitos.

Cuando se levantaron, don Sebastián se tambaleaba. El dolor suele producir estos efectos deprimentes. Para esparcirlo un poco, dijo que iba a dar una vuelta por el muelle. Cuando dobló la esquina volvió a encender otro de los magníficos habanos destinados al arcediano, y fué a sentarse en uno de los bancos del parque, donde se estuvo hasta que el fresquecillo le echó hacia casa.

Sus hermanas se habían encerrado ya en el dormitorio. La casa estaba silenciosa y triste, cual si se hallase bajo el peso de una desgracia.

Mi tío don Sebastián se desnudó lentamente pero, en vez de meterse en su cama, tomó la palmatoria en la mano, se asomó con ella al pasillo, y, después de cerciorarse de que nadie le veía salvó con gran sigilo la distancia que le separaba del «cuarto de respeto» y se deslizó dentro del gran lecho de palosanto.

¡Oh dulce y blando colchón!, ¡oh tiernas almohadas!, ¡oh sábanas finísimas!

Mi tío don Sebastián se sentía inundado de una felicidad celestial. Dió un soplo a la luz, cerró los ojos, y murmuró sonriendo a las tinieblas:

--Ya no me muero sin saber lo que es la vida de canónigo.

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GLORIA Y OBSCURIDAD

Acaece a los hombres que han gustado las dulzuras de la gloria lo mismo que a los que frecuentan las salas de juego. Éstos ya no encuentran en el mundo nada que les complazca, sino las fuertes emociones de ganar o perder dinero. Aquéllos ya no pueden vivir sino siendo a todas horas y por todos lisonjeados. Cuando las lisonjas no llegan, se va a buscarlas con mil artificios y violencias. Se adula a los seres más despreciables para obtenerlas; se urden intrigas; se hacen favores a aquellos a quienes se odia; se escuchan dramas soporíferos y se leen libros indigestos; se sube a las buhardillas y se baja a los sótanos; se practican todas las obras de misericordia sin misericordia. Se vive, últimamente, en un estado de perpetua inquietud y vigilancia. ¡Todo para cazar la gacetilla arrulladora!

Esta es la _vida feliz_ que disfrutan la mayoría de los llamados grandes hombres. Voltaire, Víctor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Castelar, no han llevado otra.

Y es que el manjar de la gloria tiene un sabor tan pronunciado, que quita el gusto a todos los demás platos.

* * * * *

Siempre y en todas partes la envidia se ha cebado en los hombres de verdadero mérito. Por lo cual ocurre preguntar: «¿Cómo es posible que los necios hayan visto tan claro, siendo necios, el mérito de los hombres superiores?» Solamente porque la envidia es una pasión que en vez de turbar el cerebro, como las otras, lo esclarece. Gracias a ella, cualquiera puede sin esfuerzo separar el oro del similor en los dominios de la inteligencia.

* * * * *

Sucede a los escritores muy agasajados de la prensa lo que a los niños mimados. Cuando se les deja solos o no se les hace caso, se afligen horriblemente. Éstos chillan como desesperados. Aquéllos se lanzan de nuevo a la publicidad, con la esperanza de llamar nuevamente la atención, y escriben la serie de fruslerías que todos conocemos.

* * * * *

Cuando un hombre aspira a elevarse, con razón o sin ella, sobre los demás, puede tener la seguridad de que se ha captado el odio de todos. Este odio, o se manifiesta brutalmente, o se disimula; pero el que tenga dotes de observador, lo percibirá en los más finos matices de la conversación. Unas veces se mostrará trayendo la plática a algún asunto donde no estéis fuertes o donde hayáis sufrido algún revés. Otras el interlocutor tratará de mostraros su superioridad en algún respecto. Otras afectará absoluta indiferencia por los asuntos que os ocupan, o aprovechará hábilmente la ocasión para manifestar su desprecio hacia aquellos que ejercen la misma profesión que vosotros. Por último, cuando no pueda de otro modo, verterá su gotita de hiel mirándoos con inquietud y fijeza:

--¡Hombre, me parece que está usted más delgado que la última vez que le he visto!

* * * * *

¡Cuán engañado vive el que imagina que por alejarse de los hombres y abandonarles la parte de botín, gloria o dinero que nos corresponde, se les aplaca! Si esto hacéis, todo el mundo se dará a pensar que es por un motivo secreto, que obedece a un plan estratégico para atacarles por otro lado y sacarles más ventaja. Y si al cabo de algunos años se convencen de que no existía tal plan, como vuestro desinterés o modestia os ha captado la estimación de una parte del público, todavía os odiarán mortalmente por este beneficio.

* * * * *

La gran dificultad que necesita vencer un literato novel es la de convencer a sus compañeros de que es tonto. Los guardianes de la república de las letras son desconfiados. A veces tardan años en reconocer la completa inepcia y poner el marchamo. Pero una vez puesto, las murallas se abaten, las montañas se allanan, los ríos quedan en seco, y el escritor, ostentando su preciosa contraseña, penetra en los jardines perfumados por la lisonja, escala los puestos más codiciados, y sigue su marcha triunfal escuchando los coros de los querubines de la prensa, que eternamente cantan sus alabanzas.

* * * * *

¿Por qué enfadarse cuando observamos la reputación inmerecida de un artista o de un escritor? Hay que comprender que la mayoría de los hombres es reata. Basta que un burro suene el cencerro para que los demás marchen detrás.

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Se dice, generalmente con amargura, que la sociedad no recompensa a los poetas ni a los filósofos. ¿Por qué ha de recompensarles? Sólo merece recompensa la pena; y el trabajo de los poetas y filósofos es placer. Juzgo, pues, que están suficientemente recompensados con que se les deje cantar o disparatar.

Nunca he podido concebir que la filosofía, la poesía o el sacerdocio fuesen profesiones. Y de hecho no lo han sido nunca hasta los tiempos modernos. Todos ellos se han creído remunerados con el gozo que se procuraban y procuraban a los demás, con el renombre, con la aureola divina que les acompañaba a todas partes. Y si extendían la mano para recibir la dádiva del rico, era para sustentarse, no para adquirir comodidades que deben repugnar a un ser espiritual.

Admiro al sacerdote asceta, al que se lanza a remotos y mortíferos climas para iluminar las almas, al que entrega su capa al pobre y su vida al impío; pero me inspira desdén el que aguarda en la antesala de un poderoso para obtener una canonjía o una mitra. Me hace gozar el espectáculo de los rapsodas homéricos, de los trovadores de la Edad Media atravesando solitarios los campos para posarse lo mismo en los palacios que en las chozas, y cantar allí, y recibir solamente el preciso abrigo y sustento; pero me indignan aquellos que hacen de su musa una muñidora de elecciones y una buscona de destinos. Me entusiasman, por fin, los filósofos druidas recorriendo medio desnudos en el invierno los bosques de la Galia en busca del _muérdago sagrado_; pero no puedo comprender a los filósofos modernos recorriendo los Ministerios en busca de la _nónima_.

* * * * *

Hubo un santo que se fingía idiota para que se burlasen de él, y ganar de este modo un puesto en el cielo. El procedimiento me parece inmejorable para ganar también un puesto en la tierra.

* * * * *

El que vive en la obscuridad, aunque no consiga deshacerse enteramente de enemigos, les puede huir más fácilmente, porque son menos en número y menos encarnizados. El hombre famoso no puede: los tiene siempre delante de los ojos. Esta continua presencia excita sus nervios, le obliga a aborrecer, y concluye por desmoralizarle.

* * * * *

Sir Nicolás Bacon, padre del célebre filósofo de este nombre, hizo grabar sobre la puerta de su casa de campo esta divisa: _Mediocria firma_.

En efecto, sólo quien no aspira a sobresalir y renuncia a las ventajas materiales de poder y de riqueza, consigue dar un fundamento _firme_ a su felicidad.

Lord Francis Bacon se encargó de comprobar bien tristemente la enseña paterna.

* * * * *

El amor a la soledad, cuando no se exagera, nos conviene, porque engendra la meditación, madre de todos los progresos. Cuando se lleva más allá de sus justos límites indica, si no aversión, por lo menos temor de los hombres, y el verdadero sabio «ni debe temer ni debe ser temido de los hombres», como se dice en el _Bhagavad-Gita_.

Huir de los hombres en el tiempo presente es casi imposible. No sólo necesitamos aniquilar para ello el instinto de sociabilidad que en todos existe; pero, dadas las condiciones en que ahora se desenvuelve la vida, casi todos los hombres, por su profesión, se ven obligados a relacionarse entre sí. Por otra parte, y esto es lo más importante, sólo en contacto con ellos se les puede hacer bien. Lejos, únicamente el escritor o el sabio.

No huyamos, pues, de ellos, pero guardémonos de despertar su envidia. Pasemos a su lado haciendo el menor ruido posible. Procuremos no ser presa apetitosa para su paladar. Debilitémonos sistemáticamente; soltemos las carnes para que su olor no despierte el apetito de la fiera.

Apenas existe en la Historia hombre elevado a un gran poderío que haya podido sostenerse hasta el fin. Los grandes conquistadores mueren en las batallas que les suscitan o en el destierro; los ricos perecen asesinados; los favoritos de los reyes suben al patíbulo. Aun aquellos que en la obscuridad disfrutan de cierto bienestar, que no se descuiden. Una ligera tentación de vanidad, un instante de desvanecimiento les puede costar enormemente caro.

Oid la historia triste del pobre Fargues. Fargues era un francés que había tomado parte activa y principal en los disturbios de la Fronde contra la Corte y el cardenal Mazarino durante la minoría de Luis XIV. No fué ahorcado, aunque no faltaron deseos de hacerlo. Su partido, aun temible, guardó su vida: fué comprendido en la amnistía. Temeroso, no obstante, de la venganza de la Corte, decidió retirarse al campo y pasar en la obscuridad el resto de su vida. Transcurrieron bastantes años, el cardenal Mazarino había fallecido; pero nuestro hombre, siguiendo los consejos de la prudencia, permanecía retirado. Vivía, pues, tranquilamente en su castillo, no muy lejos de Saint-Germain, al amparo y a la fe de la amnistía, cuando un suceso imprevisto vino a sacarle a luz. Acaeció que en una cacería en que tomaba parte el Rey, cuatro o cinco señores de los que le acompañaban, enardecidos en la persecución de una pieza, se extraviaron en el bosque. Cerró la noche, y se hallaron sin saber adónde dirigirse. Al fin divisan una luz, marchan hacia ella, y se encuentran con una casa de recreo; piden hospitalidad, y el dueño se la ofrece cortésmente. No se limita a esto, sino que los atiende con real esplendidez: exhibe su rica vajilla, su mesa bien provista, su excelente vino, sus lechos de pluma, etc. Los cortesanos quedaron sorprendidos, encantados, llenos de gratitud. Cuando al día siguiente regresan a Saint-Germain, refieren delante del Rey su aventura y se hacen lenguas de la amabilidad y esplendidez de su huésped.

--¿Cómo se llama?--pregunta el Rey.

--Fargues.

--¡Fargues, Fargues!... Me suena ese nombre.

No vuelve a decir otra palabra. Pasa a las habitaciones de la Reina madre; comprueba que el huésped de sus cortesanos es el antiguo y famoso revolucionario amnistiado, y se irrita grandemente de que viva tan cerca de su palacio. Llama al primer presidente, y le encarga que inquiera si, revolviendo los antiguos procesos de la Fronde y examinando la conducta de Fargues, se hallaría medio legal de castigar su insolencia de vivir tranquilo, feliz y opulento próximo a la Corte.

El primer presidente, cortesano ávido y rastrero, resuelve complacerle. Desentierra los procesos, y encuentra medio de complicar a Fargues en un asesinato cometido en París durante los disturbios. Se le prende, se le acusa. Él se defiende perfectamente, y alega además la amnistía concedida. No le valió de nada. Los nobles que había alojado en su casa hicieron toda clase de esfuerzos para salvarle. Todo fué inútil. Fargues fué condenado, y sus bienes confiscados en favor del presidente que dirigió el proceso. Un ligerísimo descuido, un poco de imprudencia o de vanidad bastó para que aquel anciano saliese de la tranquilidad y las comodidades de su casa para subir al patíbulo.

* * * * *

Luchamos con empeño por alcanzar la notoriedad, por hacernos populares, conocidos de la multitud. Y, sin embargo, ¿qué ventaja positiva nos ofrece esto? Cuando en otro tiempo tropezaba en mis paseos solitarios con algún hombre público, escritor famoso o magnate, y nuestras miradas se cruzaban, la superioridad estaba siempre de mi parte. Sus ojos, al clavarse en mí, no expresaban más que una vaga e impotente curiosidad. Los míos, en cambio, le decían: «Te conozco; sé tu historia; estoy al tanto de tus triunfos y de tus flaquezas, de tu talento y de tus ridiculeces, del origen de tu fortuna y de tus humillaciones domésticas. Tú, en cambio, nada, nada sabes de mí.»

* * * * *

No sólo las obras literarias despiertan mortal envidia. También las de cal y canto. Quien haya tenido medios y gusto de edificar una casa, o aun de reformar la que posee, habrá tropezado con los obstáculos pequeños o grandes que la envidia le opone.

Conocí en otro tiempo a un caballero de Madrid que iba a pasar los veranos en un pueblecillo de la costa septentrional de nuestra península. Transcurridos algunos años, cuando se hubo cerciorado de que el sitio le agradaba enteramente, de que el clima era sano y los habitantes honrados, se decidió a fabricar una mansión para pasar tranquila y dichosamente los últimos años de su vida. Compró terreno adecuado, y edificó un lindo hotel con todas las comodidades imaginables. En su frontispicio hizo esculpir, al estilo francés, esta inscripción: _Mi reposo_.

Apenas el marmolista había terminado de formar la leyenda, y como si el último golpe del martillo despertase enfurecido al Destino, un vecino le promovió pleito sobre luces. Interesóse el amor propio de nuestro caballero: se encendió más y más el pleito. El vecino tenía numerosos parientes y amigos, que tomaron parte por él: el forastero, influencia sobre los jueces. Hubo injurias y amenazas, y luego palos y pedradas, y hasta un desafío en que el forastero salió con la cara acuchillada.

Por último, después de tres o cuatro años de esta vida _reposada_, nuestro caballero se vió necesitado a malvender su finca y retirarse de nuevo a Madrid con el hígado enfermo y la cabeza llena de canas.

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«Los autores se ven necesitados a empujar el carro de su propia fama», ha dicho el poeta Leopardi.

Es cierto, pero a condición de hacerse invisibles, que no sean caballo, sino electricidad.

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Cuando un escritor principia a comerciar con su ingenio, no tarda en suspender los pagos.

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Cuando se apura de un trago la copa de la gloria, suele subirse a la cabeza. A veces también produce vómitos. Pero si se la bebe a pequeños sorbos, conforta la existencia, y es fuente de alegría.

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Los libros son como los hijos; se engendran con placer; luego dan disgustos: por fin amparan la vejez.

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EL VIAJE DE LA MONJA