Papeles del doctor Angélico

Part 11

Chapter 114,001 wordsPublic domain

Cuando nos hicimos bachilleres le perdí de vista. Yo me vine a Madrid, y él se quedó en el pueblo. Algunos años después le hallé completamente transformado. Había muerto su padre, y se había puesto al frente de la fábrica, y se había metido en política. Era un hombre grave, silencioso, pero siempre enérgico y dispuesto a encolerizarse por cualquier bagatela. Sus ideas políticas, exageradamente radicales, casi anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una violencia y un cinismo que ponía en suspensión y espanto a los pacíficos habitantes de nuestra villa. De religión no había que hablar: Perico se había declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y sencilla, de beber la sangre del último rey en el cráneo del último sacerdote.

¡Y, sin embargo, en la población seguía nombrándosele _Perico el Bueno!_ Claro está que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en todas las manifestaciones republicanas con mucho más calor que elocuencia. Su espíritu no se nutría más que de los artículos de fondo de los periódicos radicales y de los libros de los filósofos materialistas de última hora. El de Büchner _Fuerza y materia_ era su evangelio. Pero en los últimos tiempos, poco antes de llegar yo al pueblo, habían caído en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y las había devorado con verdadera glotonería, y sin digerirlas muy bien, hacía uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes eran para él objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba más que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobardía. Exaltaba, en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carácter agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y hacen la vida más bella y más intensa. «¡Es menester decir «sí» al mal y al pecado!», repetía a cada instante en el Casino, en medio de la estupefacción de los inocentes burgueses que le escuchaban. Hablaba de demoler los hospitales, los asilos y hospicios, como centros de putrefacción donde se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego se esparce y nos envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre espartana de despeñar a los niños mal configurados, y hasta hallaba razonable la de sacrificar a los viejos e impotentes... En fin, un verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quería atajarle y responder a tales atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que había que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complacía en atacar y burlarse de la santidad, repitiendo las paradojas del filósofo que le había sorbido el seso.

--Existen ciertos hombres--decía--que sienten una necesidad tan viva de ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominación, que, a falta de otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar alguna parte de su propio ser. La santidad, en último término, es cuestión de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de replicarle:

--Pero, señor Baranda, ¿hay hombre alguno sobre la tierra, tan desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algún modo a sus semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en las más profunda abyección, que dejaban cerillas encendidas en los pajares y ponían cristales en los caminos para que se hiriesen los transeuntes.

Perico reprimió con trabajo su cólera y trató de hablar con calma.

--Le digo a usted que es cuestión de vanidad y, además, de pasión. Bajo la influencia de una emoción violenta, el hombre puede determinarse, lo mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su necesidad de venganza. En un caso o en otro, sólo se trata de descargar la emoción.

--Pero la pasión no es más que la exaltación del sentimiento--manifestó el catedrático--. Para que exista la emoción religiosa capaz de producir el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento religioso. No es, pues, la pasión religiosa la que usted nos debe explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido y dominado por una excesiva emoción, puede determinase a obrar de un modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el «porqué» y el «cómo» se ha producido tal emoción es lo que debemos investigar. Si en algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos, porque el fuego de la exaltación consuma y borre las diferencias, no por eso dejarán de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

--Bien; pues aunque no fuese cuestión de vanidad y de pasión, yo no puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados--repuso con tono y gesto despectivo Perico--. Después de todo, esos eunucos, incapaces de gozar de la vida, sólo tratan de hacerla más llevadera sometiéndose vilmente a una voluntad extraña o a una regla. Son en el fondo unos epicureístas, aunque bien ridículos.

--¡Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior caprichoso, colérico o estúpido!--exclamó el profesor--. Y aunque por un esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las humillaciones, ¿cómo evitar el sufrimiento que producen las incomodidades físicas? ¿Es más ligera la vida para el que no tiene un instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar cuando tiene sueño, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien dispone libremente de su actividad? El filósofo Epicuro se maravillaría, ciertamente, de que considerasen discípulos suyos a San Antonio y San Francisco. Porque si para él la serenidad intelectual y moral significaba el placer más grande de la vida, juzgaba igualmente el bienestar físico como condición para la tranquilidad moral, y los placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raíz de los placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrático, y con esto Perico se enfureció y comenzó a disputar a gritos y a soltar interjecciones soeces, como tenía por costumbre desde niño. De tal modo, que su interlocutor, impacientado, al fin, alzó los hombros con desdén y no quiso continuar la discusión.

Pocas semanas después de esto, hallándose bastante gente paseando por la acera de la plaza de la Constitución, se declaró un violento incendio en el Círculo Tradicionalista. Ocupaba éste en la misma plaza una casa que constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepúsculo, había pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje había salido a un recado. La multitud se apiñó delante del edificio y comenzaron los trabajos de extinción, que se redujeron a que subiesen algunos a los tejados contiguos con cántaros de agua para impedir que el fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salían ya por las ventanas. De pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer desgreñada, pálida como una muerta, corría hacia la casa, gritando:

--¡Mis hijos!, ¡mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie se había dado cuenta de que en ella había encerradas cuatro criaturas, la mayor de siete años. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte cierta.

--¿Dónde están sus hijos?--le preguntó Baranda, que la tenía agarrada por un brazo.

--¡Allí!, ¡allí!--gritaba la infeliz mujer, señalando a la derecha del edificio--. ¡Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la soltó, pero fué para lanzarse a las ventanas enrejadas del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del primero. Se le vió desaparecer: un minuto después aparecía con una niña entre los brazos. De la muchedumbre partió un grito de alegría. Se arrimó una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanzó de nuevo intrépidamente al interior. Poco después salía con otra niña. Se le vió con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

--¡Refrescadme, voto a Dios! ¡Refrescadme, refrescadme!--gritó con voz ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero no llegaron a él. Un hombre subió por la escala con una herrada, y se la vertió sobre la cabeza.

Perico se lanzó otra vez al interior, a pesar de que las llamas salían ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco después asomaba con otro niño.

--¡Refrescadme, refrescadme!

Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía que iba a caer exánime.

--¡Refrescadme, refrescadme!

--¡Basta, Perico, basta!--gritaron algunos.

--¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro todavía!--rugió Perico.

Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de nuevo al interior.

¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia. Un segundo más...

Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico no volvió a aparecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las lágrimas corrían por todas las mejillas.

Al día siguiente se encontró su cadáver carbonizado abrazado al de una criatura de pocos meses.

Se depositaron aquellos preciosos restos en un ataúd dorado. La población entera, viejos y jóvenes, mujeres y niños, lo siguieron al cementerio. El ataúd, cubierto de coronas, marchaba deteniéndose a cada instante, porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre los hombros aunque fuese un minuto.

Cuando llegó, quedó literalmente sepultado entre flores.

El instinto popular no se había engañado. El alcalde de la villa, interpretándolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:

«AQUÍ YACE PERICO EL BUENO.»

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LA TIERRA ES UN ÁNGEL

La Tierra es un ángel: yo he leído eso en alguna parte--me decía el doctor Mediavilla cierta tarde paseando por la Moncloa--. ¡Ah!, sí, ya me acuerdo; era un filósofo alemán llamado Fechner quien lo afirmaba. Y en este momento estoy tentado a darle la razón. ¡Vea usted qué luz irisada se esparce por el cielo!, ¡qué transparencia en el aire!, ¡qué crestas azuladas aquellas del Guadarrama!, ¡qué dulce sosiego en toda la campiña! Considerando la Tierra como un ser cuyas vastas dimensiones exigen un plan de vida completamente distinto del nuestro, no ofrece duda su inmensa superioridad sobre nosotros. La Tierra no tiene piernas ni brazos: ¿para qué los necesita, puesto que posee ya dentro de sí todas aquellas cosas tras de las cuales nosotros corremos anhelantes? ¿Necesita de piernas para caminar con la espantosa velocidad de treinta kilómetros por segundo? No tiene ojos; pero sigue su camino por el espacio insondable sin extraviarse. Para llevar su preciosa carga en todos los momentos, en todas las estaciones--dice aquel ingenioso filósofo--, ¿qué forma podría ser más excelente que la suya, puesto que es al mismo tiempo el caballo, las ruedas y el carro? Hay que pensar en la belleza de este globo luminoso, cuya mitad alumbrada por el sol es azul, mientras la otra mitad se baña en la noche estrellada. Hay que pensar en esta cristalina esfera, que gira bañada en luz, como decía nuestro gran Espronceda; hay que pensar en sus aguas transparentes, en esos millones de luces y de sombras por las cuales los cielos se reflejan en los pliegues de sus montañas y en los repliegues de sus valles. Este globo sería un espectáculo sublime para quien lo viese de lejos. En él se encuentran a la vez todos los contrastes y todas las armonías; es decir, todo lo pintoresco, todo lo que puede producir la emoción estética, la desolación y la alegría, la riqueza, la frescura, los vívidos colores, los aromas delicados. Envuelta en su atmósfera azul y en sus nubes, como una desposada en su velo, la Tierra marcha por el espacio feliz y gloriosa como un ángel.

--Todo eso estaría muy bien--respondí--si la Tierra tuviera conciencia de sí misma.

--Y ¿por qué no ha de tenerla? No será una conciencia individual como la nuestra, pero la tendrá colectiva. Habituados nosotros a la relación y al choque con las conciencias individuales, y observando la unidad que en nuestro interior se ofrece, nos cuesta enorme trabajo suponer que existe otro género de conciencia. Y, sin embargo, a cada momento se nos presenta en la vida. ¿Por qué separamos en una sociedad la intención de ella de la de los individuos que la componen, y decimos, como aquel inglés, «la cabilda, mala; la canóniga, buena»? Y con la nación inglesa constantemente hacemos la misma distinción: decimos que los ingleses suelen ser hombres generosos, caritativos, rectos en su proceder, mientras Inglaterra es la más egoísta y pérfida de las naciones. Pero aún hay más; esta conciencia individual que en nosotros observamos, y de la cual estamos tan ufanos, acaso sea, en último término, también una conciencia colectiva; porque así como nuestro cuerpo se halla compuesto por innumerables células, que todas tienen su voluntad y su iniciativa, así nuestro espíritu puede haberse formado por la agregación de muchos espíritus. La experiencia parece que nos lo está diciendo. En el carácter de cada hombre se hallan unidos los rasgos del carácter de sus abuelos; en los instantes sucesivos de su vida parece que todos ellos van asomando la cabeza uno en pos de otro. Cada ser, según su importancia, tendrá una conciencia más o menos vasta. No negamos que una sociedad tiene su conciencia, que una nación la posee, pero nos irrita que se diga lo mismo de un planeta. Figurémonos que un ser inmensamente mayor que nuestra Tierra la haya venido observando desde que se desprendió del Sol en estado gaseoso, y la siga observando hasta que perezca, bien por virtud de una catástrofe, o porque la vida desaparezca de ella, y su materia, por incesante radiación, se pierda en el éter. Figurémonos que este ser guarda la misma relación con nosotros que un naturalista con un pequeño y efímero animal. Cuando nuestro planeta hubiera desaparecido, este ser, este gran naturalista, ¿no guardaría de él un recuerdo claro y preciso, como el pequeño naturalista lo guarda del pequeño animal? ¿No podría definir su carácter, sus tendencias, el lugar que ocupa en el escalafón de los seres, su grado de espiritualidad, sus cualidades y sus deficiencias? Las conciencias de los seres que existen dentro de nosotros forman nuestra conciencia, nuestras conciencias forman la conciencia de nuestra raza, las conciencias de nuestras razas forman la del planeta, las de los planetas forman la del sistema solar..., y así sucesivamente hasta llegar a la conciencia absoluta, que no puede ser otra que la del gran Universo. La constitución de este Universo es idéntica en toda su extensión. Así como en nosotros, no sólo cada sensación, sino cada conciencia de una sensación contribuye a formar una mayor conciencia que llamamos _yo_, así nuestras conciencias individuales contribuyen a formar la conciencia de nuestro país, la de nuestra raza, la de nuestro planeta.

--¿De modo que usted cree en el Absoluto de la filosofía alemana?

--Sí; yo creo en un absoluto, pero en un absoluto que pueda mascarse--repuso riendo--; no en un absoluto sobre el cual no se pueda hincar el diente. Es decir, que en materia de absolutos prefiero el sólido al gaseoso, y estoy más por el género inglés que por el alemán. Hago una excepción en favor de Fechner. Por lo menos, el absoluto ángel o animal de este filósofo tiene órganos, que somos todos los seres vivos, y siente y actúa por medio de ellos, mientras el otro, encerrado en sí mismo, como el _Atman_ de los indios, deja transcurrir la eternidad pensando: «¡Si yo fuese varios!» Yo creo que el absoluto debe ser algo más rico, más sustancioso que esa abstracción indigente que nos ofrece, por lo común, el monismo idealista.

--Y dígame usted, doctor: ¿cómo estas experiencias psicológicas que residen en el interior de cada hombre se combinan para formar la experiencia psicológica de ese Absoluto?

Mediavilla soltó una carcajada.

--Veo, amigo Jiménez, que no se anda usted por las ramas, y que de golpe se lanza usted sobre la raíz del tronco... Confieso que eso no es tan claro como fuera de desear. La filosofía de lo absoluto explica la relación de nuestros espíritus con el espíritu eterno afirmando que nuestras experiencias psicológicas se combinan libremente y se separan de igual modo, guardando intacta su identidad. El Absoluto, dicen, crea el mundo por un acto de conocimiento indiviso y eterno. Existir es, pues, ser tales como él nos piensa. Nuestra existencia real es ésta; pero fuera de ella hay otra aparente, por la cual cada uno de nosotros aparece a sí mismo como distinto de los otros. Mas la creencia en esta vida aparente significa ignorancia: nosotros, en el fondo real de nuestro ser, formamos uno con el Absoluto, somos sus partes orgánicas, y no existimos sino en tanto que nos hallamos implicados en su ser. Los filósofos de lo Absoluto comparan esta ignorancia que nos aisla los unos de los otros, a la que un individuo experimenta sobre muchas de sus sensaciones que pasan para él inadvertidas por falta de atención. Estas sensaciones inadvertidas son con relación a nuestro espíritu individual lo que nuestros espíritus individuales son con relación al espíritu absoluto. También comparan nuestras existencias a las sílabas, a las palabras y a las proposiciones, que forman una frase gramatical cuyo verdadero sentido sólo comprende el que las pronuncia. Unos no son más que sílabas en la boca de Dios, otros, palabras, y otros, en fin, proposiciones; pero todos formamos parte del pensamiento eterno... Vea usted cómo pudiera explicarse igualmente la conciencia del planeta que habitamos con relación a nuestras conciencias individuales.

--Pero, doctor, si, como usted me acaba de decir, el Absoluto nos crea por un acto de conocimiento, y no tenemos otra existencia que la que nos comunica este acto, ¿cómo podemos existir de otro modo que como él nos conoce? Existir, en el caso presente, vale tanto como ser conocido. Ahora bien, nosotros nos conocemos de otro modo que como nos conoce el Absoluto, puesto que nos conocemos distintos, aislados... Luego existimos de otro modo. Me habla usted de sílabas y palabras cuyo sentido sólo conoce la persona que las pronuncia. Pero las sílabas y las palabras no se conocen a sí mismas como nosotros. Nosotros, que somos sus partes integrantes, nos hallamos agitados siempre por dudas, por inquietudes e ignorancias, y, sin embargo, él posee en toda la eternidad la ciencia y la calma. El Dios del cristianismo crea los seres proyectándolos fuera de sí, dotándoles de una substancia: por tanto, tienen existencia propia. Pero si estos seres sólo son objeto del pensamiento, sólo son reales para el espíritu que los piensa y en la manera que él los piensa, ¿cómo es posible que puedan vivir y pensar de otro modo que como él los piensa? «Es como si los personajes de una novela--dice un filósofo moderno--saliesen de las páginas del libro y se pusieran a caminar por el mundo y a vivir por su propia cuenta, fuera de la imaginación del autor.»

--Ya le he confesado a usted que el asunto no está claro, y que la solución del problema ofrece más de una dificultad. Sin embargo, estas dificultades no destruyen mi convicción de que debe ser así. Yo no puedo comprender ahora cómo sea posible que lo que es realmente uno sea efectivamente tantas cosas. Porque si nuestros espíritus finitos formasen, por ejemplo, mil millones de hechos, el ser omnisciente formaría con ellos un universo constituído por mil millones de hechos más uno. O hay que admitir un agente distinto de unificación, es decir, un Dios personal, lo cual para mí es absurdo. Pero debe ser así, lo repito. Si hallamos que una cosa debe ser necesaria, y es posible, no cabe duda que existe. El Absoluto, el gran Todo debe resolver estas dificultades que se nos presentan por vías secretas que le son peculiares y que nosotros no somos capaces de adivinar, ni aun de tratar de adivinar.

--¿Sabe usted, doctor, que no deja de ser cómoda esa manera de resolver los problemas? ¡Y luego se burlan ustedes de Bossuet porque, hablando de la predestinación, se contentaba con tener asidos los dos cabos, uno el de la libertad del hombre, otro el de la omnisciencia de Dios, sin saber dónde y cómo estaban unidos!

En aquel momento oímos no muy lejos el toque áspero de una corneta. Nos volvimos a la vez, y vimos a un guarda que nos invitaba a volver a la senda de donde, distraídos, sin duda, nos habíamos salido.

--¡La trompeta del juicio final!--exclamó Mediavilla riendo.

--Cuando suene de verdad esa trompeta--repuse yo bromeando también--, llegará el momento de que resolvamos de una vez estos problemas que tanto nos atormentan.

Mediavilla se puso serio, y dijo después de una larga pausa:

--Tengo la desgracia de no creer en otra vida.

--Pues yo tengo la felicidad de no creer en ésta.

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MERCI, MONSIEUR

No es bueno que el hombre esté solo. DIOS.

Cuando un hombre habita en un pueblo de provincia y no tiene hijos y goza de algunos medios de fortuna, si hay Exposición Universal en París, ¿qué remedio le queda más que ir?

--¿Supongo, Jiménez, que dará usted una vuelta por la Exposición?

--¿Estará usted preparando la maleta, de seguro?

--¡Qué feliz es usted, don Angel!

--¿Qué me traerá usted de la Exposición, don Angel!

No pude resistir más, y me metí en el tren, y me planté en París. Yo no tenía deseo alguno de visitar la Exposición; las artes industriales no ejercen sobre mí gran influencia. Menos lo tenía aún de que me encajasen en un sexto piso, dentro de un cuarto con vistas a la bóveda celeste, chiquito, bajito de techo, calentito.

Así fué, no obstante, y afirmo, con la mano puesta sobre el corazón, que hubiera preferido la habitación amplia de mi casa que da sobre el jardín, mis siestas sobre el viejo sofá y mi chocolate elaborado a brazo con cacao superior.

Pero el hombre se debe a sus conciudadanos, y los míos me han exigido éste y otros sacrificios. Todos los días bajaba de aquel nido encumbrado a la llanura para trasladarme a la Exposición; ocho o diez kilómetros, que recorría unas veces a pie, otras en ómnibus.

Uno por uno iba inspeccionando todos aquellos pabellones que no despertaban en mí el menor interés. Una sala llenita, hasta el techo de botas de montar, luego otra de cables enrollados, en seguida otra de faroles de coche, y así sucesivamente.

Religiosamente las iba visitando, pues comprendía que ese era mi deber. ¿Cómo presentarme en el pueblo sin poder afirmar que había visto la instalación de frenos automáticos, o la de sopas italianas, etc., etc.?

El tedio se iba apoderando de mi corazón. Cuando, al llegar la noche, subía a mi cuarto y me dejaba caer rendido en la cama, sólo Dios sabe qué ideas negras cruzaban por mi cerebro. La existencia, vista al través de aquellas enormes instalaciones de abonos minerales o de ladrillos refractarios, me parecía, como a Schopenhauer, un monstruoso error de la Voluntad.

El viento que soplaba en mi sotabanco hacía aún más horrible mi situación. Toda la noche le oía zumbar, amenazando destruir los frágiles tabiques y lanzarme al espacio.

Por fin, cierta mañana, al despertarme, un instinto feroz de rebelión se apoderó de todo mi ser. Lancé un juramento terrible y exclamé en voz alta: «¡Hoy no he de ver ni los cables, ni los frenos, ni las sopas italianas, así me...!»

¡Silencio! El hombre dice a veces cosas muy feas cuando está solo y desesperado.

Me vestí y me acicalé lenta, muy lentamente, con esa rabia concentrada del hombre que quiere persuadirse a sí mismo de que es dueño y señor de su voluntad.