Paisajes Argentinos

Part 9

Chapter 92,907 wordsPublic domain

Entonces, cuando la luna navega por lo más alto del cielo y el silencio envuelve al barrio linajudo, uno quisiera poseer alguna virtud maravillosa de las leyendas; ser, verbigracia, como un «diablo cojuelo», capaz de destapar las techumbres de los palacios y sorprender el sueño de los salones, de las joyas, de las personas. Cruzar los corredores entapizados, oír el tic-tac de los relojes, y percibir y entender los latidos de las almas. Descifrar el sueño del señor que ha lanzado sobre un tapete verde una fortuna; interpretar el sueño de las damas, entretejido de cintas de cotillón y flirteos trascendentales; leer la última página del libro, que ha quedado abierto sobre el sofá; leer asimismo la última frase de la carta íntima, o la última nota del piano confidente. Y oír las palabras sin sonidos que se dicen las sedas y las plumas, la conversación imperceptible de los brillantes y las perlas, los cuchicheos y las risas de los pendientes, los collares, las pulseras. Todo ese mundo reservado; todas esas joyas y sedas que viven en contacto con las carnes rosadas; que se recuestan sobre el seno, en la parte del corazón; que aprietan los pulsos de las muñecas; que rodean las gargantas y oprimen las sienes; todas esas cosas calladas y leales que conocen los secretos del pulso y del corazón, que saben todos los matices de la emoción, que asisten a los más disimulados temblores de sus bellas dueñas; ese mundo tácito de cosas sabias e íntimas está ahí, sobre las consolas y mesillas, y uno siente la ambición de oírle hablar a ese mundo hermético, que lo sabe todo, y que sabe callarlo todo también.

Los teatros cierran sus puertas en el centro, en el corazón de la ciudad. Es aquella parte de la población que se destina a los gozadores impenitentes, llena de cafés y de bares, de farándula y de mujeres empolvadas. Cuando el resto de la ciudad se hunde en su sueño pesado, en esas pocas calles se mantiene aún la supremacía del vicio despierto, de la alegría repintada, de una alegría que tiene precio y que se cotiza brutalmente a la luz de los grandes focos eléctricos. Allí acuden las almas insaciables, queriendo prolongar la ilusión del día. Allí se congrega ese mundo difuso, heterogéneo, cosmopolita, como en los remansos de los grandes ríos se amontonan los restos de tantas correntadas. Ingleses de afilado perfil, alemanes de caras apopléticas, italianos gesticulantes, criollos irónicos, suizos borrosos y vulgares, algún yanqui ciclópeo, y después los tipos indefinidos, indescifrables, con rasgos tenebrosos y cataduras frías, siniestras.

Toda esa multitud se aglomera, oscila, habla, ronda en un pequeño espacio, como si todos los que la componen fuesen amigos. Nada, sin embargo, hay de común entre ellos, como no sea la unánime sed de placeres. Han trabajado durante el día afanosamente, sumando cifras, combinando negocios, moviendo los resortes de la vida económica del país. Al llegar la noche se sienten vacíos. Quieren lanzarse a quiméricas dichas, por esa ilusión romántica de que ningún hombre se ve libre. Se sienten vacíos. Vacíos de ternura familiar, de ideales domésticos, de ambiciones puras o espirituales. Su ideal de trabajo y de fortuna, su lucha por la conquista del triunfo financiero no les llena el alma lo suficiente. Al cerrar sus libros de cuentas, al cerrar sus oficinas, les queda un enorme vacío en el alma. Entonces acuden al teatro, al restaurant, al _whisky_, a la cerveza, a la dama de mejillas repintadas. Pasan las horas, se suceden los espectáculos y su vacío continúa sin llenarse. Más allá de la media noche, todos andan rodando, codeándose, con un no sé qué de angustia en las miradas. Algunos están ebrios y esos son los más dichosos--tan dichosos como los que duermen.--Y entonces, en plena calle, comienza la impudorosa cotización del placer femenino. Pasan las féminas carnosas, grandes hembras rubias arrancadas de las aldeas austriacas, polacas o rumanas. Se van por parejas. Otros se alejan solos, cansados.

Los violines, mientras tanto, dejan oír sus gemidos en el fondo de los cafés. Más de una vez he penetrado yo a beber cosas que no me apetecían, por escuchar las voces inactuales de esas orquestas asalariadas que se obstinan en prodigar sus sartas de ensueños ideales ante gentes distraídas y sordas. Cuando un café, pasada la media noche, está lleno de un público glotón o gesticulante, uno está seguro de que la música de esa orquesta se le reserva a él solo, como un regalo gratuito y sorprendente. Nadie hace caso de las lamentaciones del violoncelo; el violín primero ensaya en vano sus apasionadas frases; el tecleo elegante del piano no encuentra, de seguro, quien le atienda. Y, sin embargo, aquellos músicos obsesos, aquellos buenos padres de familia, que han dejado su hogar caliente y los hijitos durmiendo, todo lo olvidan ante la divina seducción de su arte amado, y tocan ardorosa, honradamente, como si, en efecto, les escuchase un auditorio atento. Pero nadie les hace caso.

Entonces es agradable entrar y encender un cigarro. Envuelto en la atmósfera de humo, en medio de aquella claridad fascinante de las cien bombillas eléctricas, apartando, con un esfuerzo de la imaginación, la realidad modesta de aquellos hombres que beben y gesticulan, uno puede entonces figurarse muy bien que la orquesta ha sido traída para él, y que los acordes de Beethoven o de Wagner se le dedican a él exclusivamente. Y puede uno soñar con las cosas eternas, puras, lejanas; con el cielo crepuscular de otoño, con un paisaje de primavera en la montaña, con el mar y los bosques...

Los violines, por último, interrumpen sus gemidos. Aquel trozo de la ciudad, de grandes focos eléctricos, de alcohol y de mejillas empolvadas, concluye por dormirse también. Canta un gallo imprevistamente. Una carreta madrugadora, cargada de verduras, pasa hacia el mercado...

XV

LA NOCHE DEL SÁBADO

Ya no existen brujas; sobre el prado maldito ya no aguarda el macho velludo y libidinoso la ofrenda de sus devotas nocturnas. Pero la noche del sábado conserva aún no se sabe qué olor de aventura y de tragedia. Modernamente, en nuestra edad metálica, económica y social, esa noche representa el fin de la etapa jornalera. Es la noche en que el jornal danza su baile tentador dentro del bolsillo proletario. La noche en que los apetitos, sofocados durante seis días, despiertan imperiosamente. Noche de vino y de francachela, de vómitos y de puñetazos, de cantos obscenos y de puñaladas en la penumbra.

El arrabal, en esa noche, se despereza torpemente. Pero hay otro síntoma de estremecimiento sabático en el centro de la ciudad, mucho más sugerente y representativo que el arrabalesco.

Tiene Buenos Aires una encrucijada nocturna, donde se aglomera, como milagrosamente, todo el vicio, todo el ocio, toda la incertidumbre internacional. En el espacio de cuatro o seis manzanas se reúne un número increíble de bares y restaurantes, de cafés y de tabernas, de teatrillos, de cinematógrafos. Todo ese mundo vicioso, alegre, pintarrajeado, que huele a alcohol y perfumes afrodisíacos, toda esa turbia ola de placer nocturno halla en la noche del sábado su expresión suprema de brillo y de grandeza. ¡Cómo no ha de existir grandeza en esa suma de la vida moderna y en ese espumante delirio de la inmensa ciudad que quiere, después de trabajar, morder la torpe fruta de los placeres monetizados!

Pero esa faz de la metrópoli tiene dos muecas distintas, como el rostro de un cómico hábil. Durante el día, las calles en cuestión toman un aspecto honorable, normal y sensato. Abren los comercios sus escaparates, donde se exponen cosas correctas y sin malicia alguna; transita la gente habitual; pasan las buenas madres y las honestas hijas; nadie se atrevería a suponer ningún ardid ni un doble fondo cualquiera en tan correcto sitio. Los cafés y bares, las tabernas y los tugurios parecen esfumarse a la luz meridiana. Están allí, sin embargo; pero cautamente se ocultan, se callan, procuran pasar inadvertidos.

Llega la noche y la escena cambia de tono asombrosamente. Entonces la decoración, las bambalinas y los personajes diurnos se desvanecen, y entran en acción otros telones, otros actores. Los comercios honorables han cerrado sus puertas. Y, como ciertos animalejos que reviven y fosforean al amparo de la sombra, así también los bares y los chamizos, los cafés y los escaparates pantagruelescos alcanzan, con la noche, un brillo y una existencia sorprendentes. Parece aquello un efecto de birlibirloque, el juego de un escamoteador. Las gentes son otras, las palabras distintas, las pasiones completamente opuestas. Y entonces queda uno asombrado ante la prodigiosa floración de tanto lugar alegre. Los bares y los cafés se suceden en forma continua. Casi no queda espacio para los otros comercios normales. ¿Cómo ha podido suceder?... Pero Buenos Aires es fecundo en esta clase de sorpresas y mutaciones.

La gente circula entretanto. Sale de un teatro para meterse en un café; sale de un café para reunirse en el fondo de otro. Beben, comen, vuelven a beber. Trasiegan los líquidos frescos o ardientes. Cerveza a grandes tragos, _whisky_ a pequeños sorbos. La soda burbujea en los vasos, hace cosquillas en la garganta. A veces estalla el estampido de un corcho de champaña. Otras veces, cuando el vértigo culmina, los licores de alta graduación ya no se ingieren a sorbitos, sino a grandes e imprudentes tragos. Y esa gente, como si padeciera del mal de San Vito, no se resigna a estacionarse en un lugar; sale, entra, torna a salir en un peregrinaje de copas recientes y ampliamente vaciadas. Y por entre la gente pasan los cocheros, ofreciendo el maternal refugio de las victorias para los derrotados en la porfía. Y pasan del mismo modo las mujeres imprecisas, con sus ojos arbitrariamente agrandados, con sus palideces o carmines de engaño o tentación.

¿Quién podría discernir y catalogar esa muchedumbre? En ella existe de todo, como en un pedazo escogido de la humanidad. Están allí el burgués y el estudiante, el empleado y el cultivador de tierra adentro. Están asimismo los patoteros, los calaveras, los compadres, los buscavidas, los vagabundos, los pilletes, los rateros, los mendigos. Se oye hablar en infinitos idiomas. Allí se confunde el alemán de rostro encarnado con el inglés de perfil anguloso y pipa, oliendo a higos macerados. El capitán del barco que entró en el puerto por la mañana, y el estanciero de la pampa remota que vino a negociar, y que por la noche enlazó una buena comida de las ocho con una cuchipanda de las doce. Y pasan semblantes siniestros, rápidos, que dejan en nuestro corazón una sospecha supersticiosa, como si se nos anunciara la posibilidad de un asesinato. Bajo las chaquetas, ciertamente, reposan, bien ocultos y bien dispuestos, los negros revólveres.

Toda esa gente busca en la noche el premio a los afanes del día. Gente, en su mayoría, de inmigración: horteras, empleados de las compañías ferroviarias, oficinistas o buscadores de negocios. Mezclados con ellos bullen los muchachotes alegres, los hijos de familia que saben tirar tan puerilmente aquellos sesudos pesos que el padre reunió con tanta asiduidad. Pero los laboriosos están en mayor número. Son esos que han pasado el día sumando cifras, distribuyendo lotes o negociando con minas lejanas y con especulaciones seductoras. Han ganado un sueldo y quieren una compensación de placer. No se resignan a depositar la cabeza sobre la almohada sin haber tenido antes un relampagueo de ilusión. En las mesas de los cafés, en la atmósfera grasienta de los restaurantes, echan a volar su fantasía entre vaguedades beodas, fumando, riendo, atisbando las carnes rosadas de las mujeres funambulescas.

Ved ahí una síntesis de la civilización, el coronamiento del trabajo. La civilización pide voluntades enérgicas y consecuentes, soldados de férrea disciplina que trabajen sumisamente, sin preguntar las causas ni los fines, tal como el buen soldado no pregunta jamás las causas ni los fines de la guerra, sino que marcha al combate con estoica docilidad. Los fines de la civilización, ¿quién los conoce? Los mismos generales ignoran su interpretación. Un Rothschild o un Morgan, ellos mismos, son capitanes que accionan mecánicamente, a impulso de un fatalismo inexplicable, conducidos a la lucha monetaria por un deber indiscernible. ¿Quién conoce, entonces, los hilos y los motivos de la civilización?... Tanto valdría preguntar por el secreto de esa máxima energía cósmica que sabemos que acciona, pero que no sabemos por qué ni para qué.

Y esos soldados de la civilización que esgrimen plumas o rimeros de cifras, piden, en las horas de asueto, un buen botín de sensualidades. Se atracan, en efecto, con grosera glotonería, y a la mañana vuelven a su puesto. Hasta que un día caen. Otro ocupa su lugar entretanto. Y continúa la marcha ascendente de la humanidad, cada vez más rica en máquinas, en millones, en fuerza, pero también más rica en misterios cada vez.

La noche del sábado tiene en esas encrucijadas del centro de Buenos Aires una vehemencia sin igual. Es incomparable, porque se resuelve en un espacio tan corto, en tanta angostura y con elementos tan dispares. Están muy juntos todos, y sin embargo no hay entre ellos ningún lazo de solidaridad. Extraños unos con otros, de idioma desigual, casi hostiles, sólo los une el propósito inicial de sus vidas: la ambición siempre, y en la hora nocturna la sensualidad. Asoman la mirada por los cafés y ven el espectáculo humoso, confuso, de allá dentro. Mujeres y hombres se barajan sobre las copas de licor. Las orquestas ríen, los violines aguzan sus notas vibrantes, los violoncelos lanzan su queja estéril, los pianos teclean con presunción aristocrática. Y, frenéticos, dando grandes voces, los lustradores de botas gesticulan a la puerta de sus establecimientos. Y es un cómico cuadro el que ofrecen aquellos hombres presurosos, aquellos lustradores vertiginosos, charolando los botines de numerosos caballeros, como para una gran fiesta principesca que promete empezar en seguida. No empieza nada, sin embargo... Todo acaba después, entre bascas de vino y de tedio.

Fango quizá, tal vez grosería, vicio. Pero la noche del sábado significa una piadosa válvula a los afanes de la semana, una pobre compensación a tanta disciplina y asiduidad. El aquelarre de otrora se ha convertido en esta fiesta legal, sancionada por los vigilantes que montan la guardia, impasibles en la esquina, y alumbrada por las bombas eléctricas. Ya no vienen las brujas a caballo sobre sus escobas; el diablo no espera ya en forma de macho cabrío. Este es un aquelarre civilizado, menos tenebroso y obscuro que el anterior, que tiene también su diablo... «¡Vade retro!». Pero hasta el diablo se ha empequeñecido y familiarizado en este siglo de las cooperativas y del sufragio universal.

Y aquí termina mi impresión de la urbe tentacular, del caótico Buenos Aires, del núcleo dinámico más grande de Sur América. ¡Joven y ya inmensa ciudad, como una fuerza de la Naturaleza que obedece a impulsos fatales y cuyos fines y aspiraciones sería inútil querer explicar ni reducir a concepto!

ÍNDICE

_Páginas_

I.--En el río Uruguay 7

II.--La Docta Córdoba 25

III.--Viaje a las Misiones Jesuíticas 37

IV.--Los Andes 64

V.--Aspectos de Montevideo 87

VI.--La tentación agraria 103

VII.--El canto de la semilla 115

VIII.--El canto del emigrante 123

IX.--Aspectos de Buenos Aires 133

X.--Psicología de los anuncios 153

XI.--Las mansiones y los hombres imaginarios 163

XII.--Una farmacia en la City 173

XIII.--Escenas marineras 185

XIV.--Buenos Aires nocturno 195

XV.--La noche del sábado 211

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GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona

LA AFIRMACIÓN ESPAÑOLA

Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos

por JOSÉ M.ª SALAVERRÍA

Un volumen de 170 páginas, de 20 × 13 centímetros.

EXTRACTO DEL ÍNDICE

La afirmación como deber.--El tono negativo.--El tono despectivo.--España frente a Europa.--La generación del 98.--La España negra.--La superstición de Europa.--La negación sistemática.--Hacia otras ideas.--Los negadores: intelectuales separatistas y republicanos.--Justificación del optimismo.--De la relatividad.--El tono moral.--España y América.--La voluntad afirmativa.--Gimnasia contra los lugares comunes.--Fuenterrabía.--El oro, la dinámica y la hora más propicia.

EL LIBRO DE LAS TIERRAS VÍRGENES

por RUDYARD KIPLING

Traducción directa del inglés por RAMÓN D. PERÉS

Un lujoso volumen de 504 págs., de 20 × 13 cms., con ilustraciones de JOSÉ TRIADÓ.

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«La grandiosa poesía del mundo natural, pocas veces ha sido interpretada por un hombre de modo tan elevado y profundo como por Kipling.»--RAFAEL ALTAMIRA.

«Kipling es uno de los escritores más originales de estos tiempos y su obra considerabilísima y variada... El inmenso éxito de estos relatos débese, sin duda, a su originalidad...»--LA LECTURA.

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GUSTAVO GILI, Editor: Universidad, 45: Barcelona

COLECCIÓN SELECTA INTERNACIONAL

_VOLÚMENES PUBLICADOS_

PABLO BOURGET.--=El sentido de la muerte.= Novela.

» » --=Lazarina.= Novela.

RAMÓN D. PERÉS.--=La madre tierra.= Poema.

JEROME K. JEROME.--=Las divagaciones de un haragán.= =Libro para los días de asueto y de pereza.=

ENRIQUE BORDEAUX.--=El ídolo roto.= =La casa maldita.= =La muchacha de los pájaros.= =La visionaria.= =Novelas.=

A. DE CHATEAUBRIANT.--=El señor de Lourdines.= =Novela.=

A. RUIZ PABLO.--=Las metamorfosis de un erudito.= =Novela.=

RENATO BAZIN.--=El ánade azul.= Novela.

» » --=La alquería de Champdolent.= Novela.

J. ORTEGA MUNILLA.--=La Señorita de la Cisniega.= Novela.

H. G. WELLS.--=Bealby.= Novela.

OTRAS PUBLICACIONES

R. H. BENSON.--=El amo del mundo.= Novela.

» » » --=Alba triunfante.= Novela.

» » » --=La tragedia de la Reina.= Novela.

ENRIQUE TOMASICH.--=Agua pasada.= Narraciones.

RUDYARD KIPLING.--=El libro de las tierras vírgenes.=

ENRIQUE BORDEAUX.--=Noviazgo de prueba.= Novela.