Paisajes Argentinos

Part 8

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Emana de esa multitud un aura de fuerza; las mismas casas obscuras y pesadas sugieren ideas de un vigor incontrastable. Todo lo que vive y transita por allí habla de fuerza y poderío. Los bancos llenos de dinero--suprema significación de potencia--y los restaurantes suculentos, así como las oficinas en donde se consagran los grandes negocios, todo eso aporta a la imaginación sugericiones poderosas. Son, indudablemente, cosas densas y firmes, cosas y muchedumbres vigorosas, formidables. Sin embargo, en la botica está el secreto; allí se nos revela el doble fondo, el reverso, la clave.

Esos mismos hombres de aspecto y ademanes fortalecidos entran en la botica y piden humildemente un tónico. ¡Una panacea, por Dios, que nos ayude a soportar la carga increíble de la vida! Ya está, pues, el secreto revelado, la mentira deshecha. Por debajo de la aparente fuerza, la humanidad transeúnte arrastra sus vísceras doloridas y rotas. Del torbellino pujante que pasa, van desprendiéndose los individuos, entran en las farmacias y piden el elíxir que ha de proporcionarles vigor para seguir andando, para continuar la lucha. La ciencia les da su calor como la mano maternal que enjuga la frente sudorosa del guerrero. Y luego, otra vez a las filas. Otra vez y siempre, ¡hasta la definitiva etapa final!

El arsénico, el yodo, el mercurio, la quina. Todas las substancias revividoras se ponen a contribución. Olores acres y exóticos, gustos ásperos, matices de color indiscernibles. Los organismos, al recibir la inyección de esas substancias misteriosas, perciben como una sensación de júbilo material, a la manera que el cansado corcel brinca y se enardece cuando el acicate del impaciente amo le espolea. Brincan los organismos, se llenan de un imprevisto vigor, y la carrera adquiere una súbita celeridad. ¡Adelante, siempre adelante!

Se le pide también al alcohol su virtud acicateante. Junto a las farmacias, los bares y los cafés, los puestos de comida y las cervecerías llaman la atención de los luchadores. ¡Entrad y reconfortaos! Y entran a montones, turbulentamente, en solicitud de una multi-nutrición. Comen glotonamente a dos carrillos, se hartan de jamón y huevos y manteca, la carne roja les chorrea grasa por los labios. Es preciso compensar con una sobrealimentación las pérdidas cuantiosas y diarias. Para poder alcanzar a tantos negocios, para tener asidos los vértices de tantas combinaciones codiciosas, hace falta exaltar la personalidad y hacer que un solo individuo posea la aptitud de diez o veinte.

Devoran, tragan, beben copiosos vasos de licor cálido. El apetito lánguido y perezoso requiere también la espuela del aperitivo. La musa demoníaca del alcohol vuela sobre las frentes y ayuda a que enloquezcan más aún, mucho más todavía. Todos vibrantes, tensos, como pugilistas en el estadio. Comiendo, bebiendo, gesticulando. Rojas las caras, brillantes los ojos. Y andar, andar sin freno, de una a otra idea, de este a aquel proyecto. Sumar cifras, levantar montañas de ideales. Manipular los billetes de banco con mano nerviosa. Sentir la infernal y sublime embriaguez de gastar dinero. Ver cómo van y vienen las monedas, al compás de un ritmo de locura. Oír la voz de las brujas que gritan en el alma, como en el alma de Macbeth: «Tú serás rey: tú serás rico»...

Mientras tanto el boticario combina sus drogas.

En los momentos de tregua, cuando nuestro espíritu se abisma en su soledad, acude a nosotros la revelación intrínseca y luminosa de los pasmosos engaños en que vivimos. Durante esas paradas que hacemos al margen del camino, llega a nuestra imaginación la síntesis final de las cosas, y vemos que, verbigracia, todo esto que tanto nos enajena, termina estúpidamente en un hueco de cuatro palmos abierto en la tierra. El boticario y el enterrador son aquellos amigos adversos que no se fatigan de aguardarnos, porque saben que no podemos faltar a la cita. Entonces nos entra una gran desgana, y como los cenobitas quisiéramos renunciar a toda lucha, ya que todo acaba tan simplemente, tan brevemente.

Pero quieren los hados que cerremos los oídos a la seducción ultra epicúrea del renunciamiento místico. Y otra vez, pasado aquel momento de alucinación intelectual, el hombre vuelve al torbellino. Nadie se libra de esos instantes lúcidos en que la vida se muestra en toda su integridad. Todos vuelven a incorporarse a la marea, aceptando como una solución la locura de este tráfago inverosímil, sin objeto, sin finalidad ni explicación. ¿Adonde se va? Nadie lo sabe. El mundo lo ignora. Se ha inventado una palabra vaga: progreso. Pero lo cierto es que el mundo, la sociedad, todos nosotros, obedecemos a esa ley de movimiento que se llama vida, de cuya ley ninguno podrá evadirse, tanto la planta como el hombre. Y la vida insaciable, al igual que los niños, pide siempre más.

Vivir más, con la mayor extensión e intensidad posibles. Más... Boticario, ¿qué haces que no mezclas más aprisa tus mágicas drogas?

XIII

ESCENAS MARINERAS

Los grandes puertos son sugestivos y amenos como una novela. En un barco anclado hay siempre un mundo de imaginaciones, de posibilidades y de heroicas inminencias. Pero el puerto de Buenos Aires es una novela mucho más complicada y entretenida que las otras. Le conceden interés dramático y pintoresco, no sólo los barcos y las mercaderías exóticas, sino además los hombres.

Los hombres que desembarcan en muchedumbre, y que traen en sus rostros el gesto emocionado, estupefacto, de los descubridores. Como Colón en otro tiempo se abalanzó a la proa de su nave y quedó ensimismado ante la tierra soñada y al fin descubierta, los inmigrantes también corren a la punta del barco y miran, con un silencio trascendental, aparecer en el horizonte las cúpulas de Buenos Aires. Y más allá de las cúpulas ven lo ignoto, lo misterioso de un porvenir que tanto tiempo se complacieron en soñar.

Ir errante por los muelles del puerto; he ahí un placer de nómada y de visionario. Muchas veces me he complacido yo en evadirme de las cárceles cotidianas, salir de la cuadrangular población y perderme a lo largo de las dársenas. Confundirme con la multitud de los estibadores y gabarreros, y sentirme pequeño, ignorado, insignificante, allí donde las grúas rechinan con tanta fuerza y las sirenas de los vapores lanzan sus alaridos tan gigantescos. Polvo, ruido, aglomeración.

Todo tiene allí una energía descomunal. Las cosas son fuertes, enormes, fatales. Los mismos hombres sugieren una impresión de fuerza poco habitual. Lobos de mar, gavieros hirsutos, pilotos de andar zambo y ojos grises, encalmados como un mediodía oceánico, pero que al mandar en la maniobra se enardecen, chispean como un acero vibrante. Y la diversidad de lenguas, la multiplicación de los tipos, cobrizos unos, otros negros, rubios otros. Todos mezclados en el puerto, como en una resurrección del mito de Babel.

Aquí reposan los grandes y lujosos transatlánticos, con su turba de camareros y marmitones, con sus oficiales galoneados. En otra dársena, los chatos y ciclópeos buques de carga arrojan a tierra su varia mercancía. Más allá están los vapores carboneros, con el pabellón británico sobre el tope. Luego vienen los buques fluviales, largos, llenos de ventanillas circulares, cómodos como un vagón de ferrocarril, los suaves buques que se deslizan por la plateada anchura de los ríos y que se sumen en la tórrida magnificencia del lejano Paraguay. Después las dársenas se acaban y comienza la sinuosa y pintoresca región del Riachuelo, atiborrado de bergantines, lleno de marineros tartajeantes, con denso olor a brea, con un aire como de folletín romántico. Y entre las dársenas y los pesados buques un enjambre de bateles, de gabarras, de remolcadores, una actividad de hormiguero, una confusión clamorosa, animada, tonificante.

Y los ruidos. ¡Qué significación de colosal energía tienen los ruidos de un puerto! Las máquinas chirrían y crujen; los vagones ruedan sordamente; los cajones de mercancías caen con golpes agrios o rotundos. Se escuchan los gritos de los capitanes que dirigen la maniobra. Un buque se desprende del muelle, suelta las amarras, parte. ¡Quién sabe a qué bellos países partirá!...

Un buque es un monstruo hecho para lanzarse corriendo sobre las libres olas. Dentro de las dársenas se mueve torpemente, marcha ciego, conducido y guiado por los rechonchos remolcadores. La menor negligencia puede hacerle chocar contra los malecones y abrirse en dos pedazos. Por eso el capitán grita con gritos de ira y alarma. Los marineros, injuriados por la voz del capitán, corren sobre cubierta, escalan veloces los mástiles, hacen vibrar las maquinillas auxiliares. Y el buque, lentamente, va salvando los obstáculos, pasa de una dársena a otra, gana por fin la boca del puerto, aprieta los resortes de la hélice, se lanza corriendo en busca de la alta mar hermosa. Entonces su sirena vomita un alarido de triunfo, de gloria, de libertad.

Y entonces, ¡con qué envidia sigue al barco valiente nuestra alma viajera! Viajar, soltar las amarras, irse. Irse a cualquier parte; ir por el placer de ir. Desprenderse de los muelles, desamarrarse de lo cotidiano y convencional. Huir de lo habitual. Huir de la muerte, en suma, porque todo lo que se inmoviliza se muere. Porque la muerte no es más que un detenimiento. Y porque la vida es sólo un viaje. ¡Viajar, vivir!...

Para un artista o un soñador, los buques modernos no tienen todavía suficiente encanto. En cambio los barcos de vela traen a la fantasía un torbellino de recuerdos, sugericiones de aquellos siglos en que había negreros, piratas y abordajes imprevistos. Por eso me gusta a mí alejarme de las dársenas donde atracan los grandes buques de vapor y zambullirme en los recodos pintorescos del Riachuelo, en los muelles destinados a las fragatas, a las bellas corbetas, a las lindas goletas, frágiles, graciosas y femeninas.

Pero en los días de labor aquellos muelles están sacudidos por la fiebre del trabajo, y el encanto es menor. De los ventrudos barcos sacan montones de madera, adoquines, fardos y barriles químicos. En las tardes del domingo es cuando los muelles esos adquieren su mayor curiosidad. Entonces las grúas descansan, los carreros no alteran con sus voces maldicientes la paz del lugar, y los barcos veleros semejan viejos lobos de mar que reposan y sueñan una suerte de sueños colosales y exóticos. Las finas arboladuras se lanzan al espacio, como queriendo extraviarse en la pureza gris del cielo invernizo. Y las proas, tan parecidas al semblante de un hombre, miran con sus ojos pacíficos la turbia quietud de las aguas dormidas. Todo es pensativo y ensoñador en esos barcos arcaicos, en esas naves de leyenda que la civilización ha condenado a morir.

Los marineros, como las naves, reposan también, sumidos en su nostalgia. De bruces sobre la borda miran la tierra, las casas, los escasos transeúntes; pero aunque miran no ven; sus almas andan lejos, en el confín del mundo, en los puertos natales. Cabezas rubias de noruego, ojos glaucos de inglés, melenas rizosas de italiano. Unos fuman su pipa beatíficamente, sin un guiño ni la menor muestra de emoción; otros pasean en silencio con las manos hundidas en los profundos bolsillos del pantalón. Alguno de ellos, tal vez de vuelta de la taberna, rezonga y balbucea como un animal aturdido, y marcha a ocultarse en su camarote.

La atmósfera, que recuerda al cristal, tiene la rigidez tenue de las finas cosas quebradizas. Se teme que cualquier choque brusco, o cualquier agrio sonido, fueran a romper el cristal finísimo, imponderable, de la atmósfera. Sólo caben allí los sonidos tenues y a la sordina. Por eso es grato oír en esas horas inefables la voz gangosa y apagada de los acordeones marineros. A veces suena un acordeón dentro de un barco, y no se sabe dónde está el músico; parece que es el barco quien canta, con aquella voz gangosa que rememora al órgano, o mejor todavía a los armoniums místicos de las pequeñas capillas privadas. Pero no, es un marinero de grandes barbas rubias, o un grumete lampiño. El músico busca un lugar propicio en el seno del barco. Y son cantatas populares de los _fiord_ noruegos, o de los lagos suecos, o de las estepas moscovitas... Todo ello envuelto en olor de brea, ese olor que es el alma de los barcos y el acicate más vivo para una imaginación viajera.

Cosmopolita, confuso, formidable y sugeridor, ¡oh gran puerto colmado de ilusiones!, tú eres un mundo mucho más grave y trascendental que el de las vanas y cuadrangulares calles ciudadanas. Energía, fuerza, civilización. Tabernas genovesas del barrio de la Boca; ciclópeos almacenes del paseo de Colón; fonduchos del paseo de Julio donde humean las fritangas más inverosímiles. Letreros en inglés, en francés, en italiano, en turco, en ruso. Olor a polenta y a macarrones, a _whisky_ y a caviar, a puchero y a sopas picantes. Grandes pizarras con sus inscripciones trazadas en blanco: «se desean braceros para un ferrocarril de Tucumán». Hombres lentos y ociosos que pasean con sus botas altas, sus ponchos al brazo, sus chambergos deformados, buscando donde contratar sus músculos para no se sabe qué raras o remotas labores. Locomotoras que gritan imperiosamente arrastrando trenes enormes. El transatlántico que parte, los pañuelos de despedida, el llanto de los que se quedan en el muelle, el humo solemne y triunfal de las chimeneas en marcha. ¡Adiós, adiós!...

Todo esto, que es imprevisto, lejano, accidental, enérgico, forzudo y aéreo; todo esto que es viaje, azar, y que huele intensamente a aventura, es lo que hace a un puerto profundamente emocionante como la más loca novela.

XIV

BUENOS AIRES NOCTURNO

Como la muerte sigue a la vida, el reposo es la playa donde viene a perecer la soberbia del trabajo. Todos tenemos que pagarle tributo al descanso. Los hombres, las aves del cielo, las hojas de los árboles. Hasta el viento y la mar mitigan su violencia llegando a la noche. La noche es la tregua, la pausa grave en esa batalla sin fin que empeñaron los elementos desde que hay vida en el Cosmos.

¿Habéis puesto el oído alguna vez sobre el gran corazón de una ciudad dormida? Bajo la paz nocturna, una ciudad parece un monstruo descomunal que pone el ritmo de su pecho al compás del latido de la naturaleza. Ninguna sensación es comparable a la que se percibe de noche, muy dentro de la noche, en las calles dormidas de una ciudad. Hay entonces en el aire no se sabe qué presagios, qué inminencias o qué supersticiosas revelaciones. El monstruo está dormido, y toda la tragedia que se reconcentra en su interior, entonces, a la hora central de la noche se revela a nuestra alma absorta. Lo más intenso que ha creado el hombre es la ciudad; la ciudad es la suma de toda la ambición, de toda la fiebre y de toda la maldad que vive en el espíritu del hombre. Viendo una ciudad dormida, es como si asistiéramos al entreacto de una tragedia. Nuestra alma tiembla de emoción al recordar las peripecias dolorosas del día que pasó, y se estremece ante la seguridad de los episodios del día siguiente. Cada día es un acto trágico; la noche es una pausa, y el espacio es el telón siniestro moteado de brillantes.

Pero no duermen del mismo modo todas las ciudades. Los pueblos frívolos desconocen el sueño rotundo y terminante; hasta muy cerca del alba hay en ellos un rastro de vida, alguna orquesta pertinaz, algunos viciosos rezagados. En cambio, los pueblos que trabajan intensamente duermen de una manera definitiva, casi brutal. Una aldea de labradores duerme al compás de la naturaleza; ni siquiera parpadea una luz en sus casas; la aldea se acuesta en el seno del campo, hasta confundirse con la misma tierra. Las ciudades comerciales y laboriosas duermen del mismo modo rotundo.

Ningún hombre se escapa de tener una o varias manías. Las manías son las que nos diferencian a los unos de los otros, como los rasgos físicos, como los lunares o el dibujo de la nariz, como el color del pelo o de los ojos. Una de mis manías consiste en pasear a grandes pasos por las calles de una ciudad dormida. Encuentro un encanto extraño en sumergirme dentro del vacío de la noche. Se me figura que la ciudad está ausente, que los hombres se han ido, y que sólo queda allí, bajo las sombras, el esqueleto. Se me figura también que la ciudad es un documento histórico, un algo muerto que se puede interpretar fantásticamente, al arbitrio de la imaginación. El día tiene demasiados afanes; de día nos arrastra la zozobra de la lucha, y somos nosotros mismos, aunque a nuestro pesar, actores en el drama ciudadano. Pero de noche somos espectadores. Podemos ver el panorama de la ciudad muerta, levantarla en alas de nuestro ensueño, manosearla con nuestra imaginación. Entonces la ciudad es nuestra, mientras que durante el día somos nosotros de ella.

Buenos Aires duerme. Llega un momento de la noche en que la gran ciudad, unánime, se queda inmóvil. Millón y medio de almas se han dormido; miles de máquinas, cientos de grúas, infinidad de hornos, se han paralizado; y han quedado en suspenso infinitos negocios, combinaciones arriesgadas, proyectos temerarios. Los libros del Debe y el Haber están cerrados; las plumas descansan al borde los tinteros; las sumas quedaron interrumpidas; los fajos de billetes, a medio contar, aguardan al día próximo. El hilo de la vida se ha cortado. Como el sueño llega al niño y le cierra los ojos imperativamente, así ha llegado para la ciudad: igual que un niño, la ciudad ha cerrado los ojos, y tan rápidamente vino el sueño, que los juguetes quedaron entre las manos apretadas... Pero la ciudad es un niño sin candor, y sus juguetes son demasiado dramáticos. Dinero: con un juguete que se llama «dinero», las bromas y los juegos acaban en sangre, en lágrimas, en dolor.

Buenos Aires tiene el sueño terminante y definitivo, como todas las poblaciones laboriosas. Tal vez en algunas de sus calles se prolonguen la luz y la vida hasta muy cerca del alba; acaso un coche, una pareja de paseantes rezagados, rompan con su ruido el silencio de la ciudad. Pero son rumores parciales y leves, casi vergonzantes. Hasta parece que ese coche tardío, esos dos amigos que pasan hablando bajo, hacen resaltar el silencio total. A media noche, Buenos Aires es una población muerta, silenciosa, inmóvil. Tiene un sueño de labrador cansado, el sueño característico de los seres que se mueven mucho durante el día.

Y en esa hora central de la noche, es un espectáculo incitante pasear por aquellos lugares que absorben la vida y el movimiento en las horas diurnas. Las calles laboriosas, las más pobladas y comerciales, son las que duermen con mayor intensidad. En el barrio de las oficinas y de los bancos hay tal silencio, tal soledad de noche, que el ánimo se encoge de cierto temor supersticioso. Caminando de noche por esas calles, se siente la impresión de cruzar un cementerio. La soledad se mete dentro del alma, el silencio se apodera de la mente; cae el silencio sobre uno como algo denso, como algo misterioso y cabalístico. Las pisadas propias resuenan huecamente. La sombra personal, persigue al cuerpo, le acompaña de lado, se antepone, según la posición de los mecheros de gas. Esa misma sombra de uno toma apariencia viva, supersticiosa e insinuante. Y cuanto más rotunda es la inmovilidad de las cosas, más sugestiones se desprenden de ellas. Las cosas, en fin, hablan entonces con palabras segundas. Esas cosas tienen de día un lenguaje material y grosero, el lenguaje de la realidad; pero de noche adoptan un lenguaje interior, un segundo lenguaje, hijo de esa segunda vida que tienen las cosas, lo mismo que los hombres. Porque las cosas sueñan también. Si es cierto que duermen, ¿cómo podían no soñar?

¿Y cuáles serán los sueños de ese barrio comercial, corazón de Buenos Aires, pila cargada de electricidad? Alguna noche he querido yo descifrar esos sueños, y la vanidad de mi fantasía ha creído interpretarlos. Pero nuestra fantasía, seguramente, tiene sus límites, y ciertos sueños son inasequibles a la interpretación. El barrio duerme, el barrio de los negocios sueña. Está tendido a la margen del puerto, cerca de las vías del mar, por donde llegan los buques y las gentes y las mercaderías; la sábana negra de la noche lo cubre piadosamente. Ahí está el barrio codicioso, el barrio inquieto y vivaz, el barrio dramático, el más dramático de toda la ciudad. En sus casas no hay apenas mercancías; sólo hay tinteros, libros rayados, aparatos telefónicos, grandes cajas de acero. Los fardos y los cajones, las cosas reales y tangibles, las cosas de comer y de arder, están en otras calles. Sin embargo, ese barrio es el núcleo de la ciudad, el cerebro metálico que rige las operaciones de la inmensa urbe. Ahí están los bancos que conceden créditos, las oficinas que contratan, los remates que valorizan las propiedades, las agencias europeas, la Bolsa. Ahí están también los aventureros, los ambiciosos impacientes, los jugadores de fortunas, los manipuladores de empresas, tal vez los piratas urbanos que acechan víctimas desde el fondo de sus oficinas.

Ahora, cuando llega la hora central de la noche, el barrio entero se acuesta a dormir. Tiene un sueño capital, pesado. Recupera las fuerzas, para emprender la campaña del siguiente día. Mientras tanto, sueña... ¿Pero no sueña acaso también de día? Los negocios, el comprar y vender, el traspasarse las fortunas, el amontonar cifras, ¿es algo más que un sueño? Todos esos hombres que viven como a impulso de una corriente eléctrica, ¿qué son, sino soñadores? ¿Es verdad que viven despiertos? ¿Puede titularse vida real a ese ir y venir, a esa fiebre de todas las horas, a ese comer de prisa, a ese beber apresurado, a ese contar y recontar cantidades, a esa inquietud de monigotes movidos por hilos invisibles? Todo eso es un sueño muy grande, y también muy humorístico.

Allá cerca duerme el puerto. Los grandes buques duermen a lo largo de los malecones. Los transatlánticos que cruzaron el peligro del Océano; los vapores chatos que trajeron las mercancías desde las antípodas; los barcos de vela, venidos desde los hielos del remoto septentrión; todos duermen, fatigados. Las grúas de los muelles descansan. Los gabarrones, negros y forzudos, están durmiendo como estúpidas bestias de carga. La brisa del estuario orea los vientres y los lomos de esos monstruos marítimos. Y del horizonte, como una faz despavorida, la luna emerge despacio, amarilla y tácita.

A la luz de la luna es grato contemplar la ciudad inmóvil. Tiene la luna una eterna facultad de engaño, de manera que las cosas más torpes se espiritualizan al beso de su luz. La luna se complace en poetizar una tapia ruinosa, y de cualquier torre vulgar hace un poema místico. Las calles prosaicas de Buenos Aires se afinan y ennoblecen con esa luz fraudulenta de la luna.

El barrio de los ricos, por ejemplo, adquiere a la luz de la luna una suave espiritualidad.

El mismo río, mirado desde la boca de una calle del norte, se muestra argentado, poético, lleno de romanticismo; recuerda los lagos y los mares que los pintores escenógrafos ponen como decoración de las óperas antiguas. Y los palacios de ese barrio del norte, bajo la sugestión arbitraria de la luna, toman un carácter de cosa vieja, realmente aristocrática. Adquieren pátina, apariencia de vejez y de nobleza. El ánimo se olvida de que los palacios han sido construídos antes de ayer, por arquitectos anónimos, sobre planos de construcciones exóticas. Los palacios se ilustran y avejentan a la luz de la luna; las torres de pizarra simulan ser, en efecto, torres de mansiones feudales. Se piensa en damas nobiliarias, en pajes rubios y en señores de horca y cuchillo. Y así logran las familias recientes, que tienen por abolengo un honrado comerciante o un pacífico ganadero, igualarse a las nobles estirpes de las aristocracias europeas.