Paisajes Argentinos

Part 7

Chapter 73,908 wordsPublic domain

Cada pueblo tiene su fisonomía; tienen también las planas de avisos de sus periódicos un tono diferenciado. ¿Para qué buscar los datos en las planas principales de las hojas cotidianas? La verdad y el rasgo característico suelen estar allí casi siempre velados o atenuados. La civilización, obligándonos al uso del guante, quiere también que enguantemos nuestras ideas y emociones. Se escribe discretamente, envolviendo en eufemismos los pensamientos, poniendo sordina a la indignación y evitando los grandes ademanes. En cambio, quién es capaz de contener las exclamaciones rudas y sinceras de los anuncios? Los artículos pasan por el tamiz del director o del propietario, mientras que los anuncios llegan directamente de la calle y pasan a la imprenta. Pagan religiosamente su inserción, y en tal sentido se sienten con el derecho de decir la verdad.

La grosería de lo demasiado sincero es una de sus peculiaridades. Están ahí todos los días, revueltos y amontonados, gesticuladores. Nos hacen muecas raras y altisonantes, para que nos fijemos en ellos. Como los sacamuelas de las plazas, como los apóstoles de las sesenta religiones que actúan dominicalmente en los jardines de Boston o de Cincinati, esos avisos cotidianos se esfuerzan por atraernos. Si uno grita, otro grita más fuerte. Recurren a todos los arbitrios de notoriedad, y emplean en ello un ingenio sutil y estrambótico. Nos ofrecen todo, nos regalan todas las delicias, con tal de que les hagamos caso. Brindan la salud, la fortuna, la felicidad... Pero tan grotescos y charlatanes como son, en los anuncios está la raíz psicológica de un pueblo.

Más adelante, cuando una sociedad venidera intente reconstruir la historia prolija de nuestra época atormentada, necesitará recurrir a planes de comprobación muy delicados, y apartar la hojarasca de los datos numerosos y confusos. Ningún dato mejor que los anuncios. Las sociedades futuras observarán, por ejemplo, que el mayor número de avisos está formado de dos temas: la oferta de específicos medicinales y la invitación de medios para adquirir fortuna. Con lo que deducirán que nuestra época padece dos enfermedades distintas y una dolencia verdadera: intemperancia.

He dicho antes que yo conocía previamente los rasgos argentinos por los avisos de sus periódicos. Me gustaba, efectivamente, hundirme en la lectura de sus numerosos anuncios, desentrañar su sentido, gozarme en su pintoresca confusión. No he sentido después una sensación tan plena de la inconsciente juventud argentina. Yo me entretenía en el juego raro de «perderme» entre las columnas y planas anunciadoras de los periódicos de Buenos Aires, analizar su alma, discernir sus rasgos originales.

«Se presta dinero sobre sueldos y alhajas», es el aviso que menudea en muchas capitales burocráticas de Europa. En Buenos Aires también abundan los avisos de préstamo. ¡Pero qué distintos! Leed uno: «Dinero disponible, _cualquier suma_, para hipotecas. Largos plazos y amortización a voluntad del tomador». Hay otro más expresivo todavía: «Cualquier suma disponible, desde 10,000 hasta 1.000,000 de pesos...». Aquí no se trata de mezquinas usuras sobre sueldos; no se transparenta aquí, detrás del aviso, una vida de estrechez y de mal disimulada tacañería. La usura, en este caso, toma un aspecto magnífico. En ese millón de pesos ofrecido hay una enorme ambición de dar, y otra enorme ambición de arriesgarse en estupendas aventuras. Pueblo que vive del crédito, gente que no sabe ahorrar ni contener sus prodigalidades y sus apetitos; pueblo que carece de dinero, posee, sin embargo, la audacia de entenderse por cifras de millones.

La virgen tierra inacabable aparece detrás de los avisos como un mágico telón de fondo. La locura de la tierra, la locura de las especulaciones bruscas, rápidas, ilógicas, es una característica del país, la que le da el tono principal, la que le hace aparecer como un gran tapete verde en donde todo es motivo de juego y de azar; las cosechas de trigo, los rebaños, los barcos llenos de maíz. «Compro cualquier extensión de tierra, pagando al contado,» dice un aviso gallardamente.

La grandeza territorial de un país no saben expresarla bien los mapas y las geografías. Tantos grados de latitud, tantos kilómetros cuadrados de superficie: todas esas cifras geográficas no aciertan a darnos una visión clara de la extensión. Los avisos saben medir mejor. «En Río Negro, vendo 5,000 hectáreas, y dos fracciones con 10,000 hectáreas más o menos.» Este _más_ o _menos_ es de una real e ingenua magnificencia. Acostumbrado a ver las parcelas de tierra perfectamente medidas hasta el centímetro, un europeo queda asombrado ante esas elásticas mediciones, ante ese _más_ o _menos_ que bien puede consistir en 100 ó 500 hectáreas. «Vendo cuatro leguas en el Neuquen.» He ahí cómo los avisos de los periódicos son los más justos y expresivos historiadores de la Argentina.

Hasta en la manera de pedir y ofrecer empleos resultan grandes psicólogos los avisos. No se solicita trabajo en forma humilde y pordiosera, como en los países muy trabajados por la concurrencia. Los avisos dicen simplemente: «Necesito obreros; tres pesos por día.» «Jardinero experimentado, se ofrece.» No hay aquí ninguna imposición por parte del amo ni ninguna mendicidad del lado del operario. Se transparenta la libertad de contratarse, el ir y venir de los hombres a lo largo de los oficios, hacia la meta hipotética de la fortuna.

Luego viene el capítulo numeroso de los avisos de subastas. A través de esos avisos está viendo el lector la trama nacional, el ambiente de aventura, de engaños y de audacias. Se ve pasar una multitud de agiotistas, especuladores, locos, ilusos y temerarios. Hallazgos inauditos, sorpresas fabulosas, negocios pingües realizados en un día. Terrenos que se compran por la mañana a diez, y por la noche se venden a cien. Acaso pérdidas bruscas y jugadas más que dudosas.

También nos enseñan los anuncios a conocer el espíritu nómada de estos países improvisados, repentistas, sin cimientos en la tradición. Basta fijarse en la sección de compras y ventas. Se venden las casas como pudieran venderse juguetes. Se venden las casas con sus muebles, con todos los objetos familiares. En las viejas sociedades está la familia como pegada a la tierra y a los objetos caros. Antes de desprenderse de un mueble, una familia europea echa mano de todos los recursos defensivos, porque el mueble conserva el roce y el baño de la tradición. En aquel sofá se sentaba el abuelo; aquel crucifijo oyó las oraciones de la madre; en aquel armario se guardaban los mantones bordados y los abanicos de nácar de la abuela. Tienen aquellos objetos aromas espirituales. Pero en Buenos Aires los muebles son cosas sin expresión: se compraron ayer todos juntos, y como hoy han pasado de moda, se venden todos en montón. Nada dicen a las sumidades del alma donde se esconden los recuerdos. Nacieron de la vanidad y la vanidad los enajena. Van, ruedan, como los hombres, como las familias, como todo el país...

La gente vive muy aprisa y está enferma; pero no quiere morirse. Para enfermedades indefinibles se inventan medicinas fantásticas. ¡Pobre humanidad civilizada! Compras muy cara tu civilización. Los avisos de los periódicos lo dicen: necesitas excitantes alcohólicos para multiplicar la actividad del trabajo o del placer, y te hacen falta tónicos reconstituyentes para no caer en la consunción.

La sociedad requiere el _whisky_, el vermut o el cognac para ofrecerle al organismo una amplificación enérgica. Es preciso comer mucho, creando una energía artificial que nos permita dilatarnos hasta todas las solicitaciones de la ambición y de la sensualidad. Para eso se inventan los aperitivos. Cuando éstos no bastan, se inventan las panaceas reconstituyentes, los tónicos salvadores. Pero las panaceas farmacéuticas no son más que livianos paliativos o donosas mentiras. Entonces sobreviene la neurastenia, el histerismo. Los avisos lo dicen: Las tres cuartas partes de los médicos que se anuncian en los periódicos son especialistas de enfermedades nerviosas.

¡Enloquecer! Este es el destino de las sociedades ambiciosas, activas, incontinentes. El progreso exige que vibremos como cuerdas tensas y que no hallemos jamás el reposo o el término a nuestros apetitos apasionados ¡Más, más! Este es el mandato imperativo. Un algo trágico surge del maremagnum de los avisos. Entre el júbilo de las ventas y de los millones ofrecidos, se levanta la hostil catadura del farmacéutico trayéndonos un frasco tonificante. Cansancio, agotamiento; he ahí el corolario de la vida moderna. Y una locura ascendente, devastadora, que alcanza a todos los seres humanos.

Esa tragedia moderna está hablando ahí, en las planas de los periódicos. No hay novela, no hay historia tan íntimamente veraz y emocionante como los avisos de un periódico. La humanidad aparece en ellos desnuda, con el más desconcertante impudor.

XI

LAS MANSIONES Y LOS HOMBRES IMAGINARIOS

¿Qué cosa es lo real? Por el supremo valor que le damos al dinero, nos inclinamos a respetar como la cosa más real y positiva, un Banco, por ejemplo. Sin embargo, en Buenos Aires he perdido yo el respeto que me merecían, como a todos los hombres pobres, los Bancos.

Junto a los Bancos de la City se reúne una multitud de escritorios y pequeñas oficinas, de distintos tamaños, de nacionalidades diversas. Al principio sentía yo un gran respeto por esas oficinas, adornadas con todo el lujo de rótulos dorados, extensos cristales, tableros con cifras y cotizaciones, ingentes armarios de hierro. También me causaban respeto una especie de antros, a cuya puerta veía clavadas muchas, infinitas placas de cobre con un nombre o una firma comercial. Miraba al pasar el fondo de aquellas habitaciones, y descubría allí dentro un algo misterioso, una suerte de esfuerzos heroicos en que estaban empeñadas gentes audaces y patrióticas. Pero también les he perdido el respeto a esos antros... Ahora los miro como lugares cómicos, pintorescos, nidos de aventuras novelables.

Son unos locales espaciosos, compuestos de un patio largo al que convergen numerosos cuartos y gabinetes; en los pisos altos se continúa la misma distribución de habitaciones autónomas. Cada gabinete ostenta un número, como las celdas de una cárcel o de un hospital; junto a la puerta, una placa de porcelana o de cobre indica el apellido del dueño. Estos dueños asumen las más variadas y antagónicas profesiones. Unos son abogados, otros ingenieros, contratistas, rematadores de tierras, registradores, notarios, agentes comerciales, representantes de compañías navieras, de compañías pobladoras, de compañías de seguros; otros negocios y profesiones suele haber que lindan con lo fantástico. Cualquier persona que tenga el propósito de especular, pone su placa a la puerta de un gabinete, planta una mesa y cuatro sillas, compra una máquina de escribir y se pone a operar. ¿Sobre qué opera? Sobre nada, sobre el vacío. Ya es una empresa de seguros, ya una sociedad de avisos, de colonización, de cualquier cosa. En muchos de estos gabinetes se sientan, es claro, verdaderos abogados, verdaderos comisionistas y evidentes sociedades de colonización y de seguros; pero quienes dan carácter a la cosa son los otros, los imaginarios, los increíbles e inauditos.

¿Qué habrá ahí dentro?--me preguntaba yo antes.--Hay hombres serios que trabajan y operan sobre realidades; pero una muchedumbre opera sobre sombras y palabras. Allí dentro no hay nada, o hay cosas de apariencia y de ilusión. Este, por ejemplo, tiene en su mesa o tiradas por los divanes, muestras de un alambre nuevo para cercar campos; el otro presenta unas espigas de trigo cosechadas en un campo «que se dice que se vende y es una pichincha»; otros no presentan ni eso, como no sea una placa con un nombre, que es un enigma.

Pero en ningún escritorio faltan planos y mapas de pueblos y territorios lejanos. Los terrenos aparecen cortados por líneas simétricas, en forma de parcelas cuadradas: son los terrenos, los eternos _terrenos_ que se ofrecen a la especulación, las fichas de este gran tapete verde de la república donde se juega a la compra y venta de fantasías.

Allí se fraguan negocios extraños. Pulula por allí una gitanería internacional, un picarismo cosmopolita, digno de la pluma de un Dickens. Nadie tiene allí punta ni asomo de idiota; todos son perfectamente linces, educados en la escuela de lo maravilloso. Se ve a un italiano asociarse con un andaluz, a un vasco con un ruso, a un inglés con un dálmata. Unos se engañan a otros, se echan la zancadilla, en un torneo de astucia. Esperan a los incautos y a los ilusos. Viajan en viajes repentinos y anónimos, para volver con informes y hallazgos recogidos tierra adentro. Tienden la red, como las arañas, y aguardan a la presa.

Allí se fabrican reputaciones sorprendentes. Los campos secos, con cuatro flacos novillos, pasan a convertirse en fértiles terrenos de pasturaje. Enseñan muestras de pasto, o plantas de lino y maíz de gran desarrollo. Con el dedo se recorren los mapas, hechos con la ciencia aduladora de los técnicos que están en el secreto del negocio; se miden en el mapa los terrenos y se ponderan sus perfecciones. Por aquí ha de pasar el ferrocarril; allá se ha de fundar una colonia agrícola; por aquel lado irá un canal de riego... Y las tierras se venden, se compran, sin que nadie las haya visto. En ellas no hay cultivo, ni rinden ninguna renta. No se compran por su valor esencial, sino por el valor que se supone han de alcanzar más tarde. Como todos tienen interés en sostener la farsa, la farsa sigue su curso. Ved un tapete inmenso, en cuya verde superficie se reflejan las ambiciones y fantasías de tanto soñador, de tanto aventurero.

Un ambiente así, tan recargado de especulaciones monetarias, ha tenido que producir muchas locuras. Uno de los locos más típicos, es el que llamo yo «creador de proyectos». Su locura no cae dentro de los límites del manicomio; no es un demente de clínica: es simplemente un maniático, como el enamorado, como el artista. Tiene la monomanía de los proyectos, tiene el ideal de la fortuna, así como para el enamorado y para el artista sus ideales se convierten en obsesión fija y constante.

El proyectista se levanta pensando en sus colosales negocios, y se duerme con sus sueños de fortuna; pero la fortuna no se le aparece en una forma material, sino fantástica e idealista. No quiere él la fortuna como los hombres prácticos, para conseguir cosas y satisfacciones reales: él desea la fortuna por la fortuna misma, ama el proyecto por el proyecto. Algo parecido a Don Quijote, el creador de proyectos se ha imaginado una Dulcinea, y por su bello amor vive, sueña, batalla, corre, habla.

Le veréis en cualquier punto del centro de la ciudad. Está en los cafés, en los «bars», en los pasillos de los teatros. Como si su excitación cerebral no fuera suficiente, aun la aumenta con los aperitivos y estimulantes. Bebe vermut, copa tras copa; bebe sucesivas tazas de espeso café; ingiere a borbotones la cerveza. Borracho por su monomanía, apenas se da cuenta de la embriaguez alcohólica. Los alcoholes no añaden locura a su borrachera idiosincrásica, permanente.

¡Oh soñador, soñador empedernido, soñador de fantasías metálicas! El oro de las libras esterlinas, la sedosidad de los billetes de banco, lo envuelven en continuas sinfonías ideales. Y marcha por la vida escuchando el sonoro retintín de las monedas, estimulado por su música interior, enloquecido por la sarcástica excitación de su demonio íntimo.

Un loco hace cien locos. El proyectista comunica a sus semejantes su locura, y allí donde va deja un rastro de utopías. Escoge por lo regular las naturalezas blandas y propicias, tal como los recién desembarcados. Entonces ocurre que el que llega, en cuanto pisa tierra, choca con el creador de proyectos, y el hombre se pierde irremediablemente. Desembarcar en América, en el país del oro, y tropezar con un hombre que baraja negocios, que hila y amontona proyectos, esto es tan terrible como caer por la boca de un abismo. Así se explica que las calles del centro estén pobladas por una muchedumbre rara, hiperbólica, febricitante, que manotea epilépticamente al conjuro de una idéntica locura. Todos hablan de proyectos enormes, de ganancias monstruosas. Sobre las mesas de los cafés, de pie ante el mostrador de un «bar», en mitad de la calle, los proyectistas gesticulan entusiasmados, o hablan muy bajito, misteriosamente, para que nadie les sorprenda la idea y les malogre el descomunal negocio.

Negocios descomunales, sí; negocios estupendos. Pensar en grandes destinos, o no pensar en nada. Unas veces se trata de crear una ciudad; otras veces el asunto consiste en regar un desierto y valorizar las tierras en proporciones de dos a mil; otras veces se habla de un invento prodigioso, o de una nueva forma de reclamo, o de sociedades anónimas con capitales inauditos. Las cifras más altas, los miles y millones de pesos, bailan una danza extraña dentro de esas imaginaciones espoleadas. Las demás cosas del mundo las encuentran insensibles; no salen nunca del riñón de la ciudad, y en esas calles apasionadas y ruidosas, ellos encuentran un placer morboso que los enajena. El estrépito de tranvías y carros, el vocear de los chicos, los tropezones, la continua alarma de la calle, todo eso los enardece.

Absortos en su ideal, temblando siempre ante la inminencia del éxito, su cerebro se convierte en una colmena de ilusiones. Dentro de sus almas hay fuegos fatuos, sombras siniestras, iluminaciones repentinas y maravillosas. Riman cantidades, como el poeta rima bellos adjetivos. Poetas del negocio, idealistas estrambóticos en un medio cartaginés, ellos vienen a ser las mariposas o la flor romántica del centro de la ciudad. Flores morbosas y enfermizas, caldeadas por la locura.

Hasta que caen lentamente en la indigencia, y se convierten en atorrantes. O una noche cualquiera, no pudiendo sus pobres cabezas resistir tan alta presión, revientan y se mueren.

XII

UNA FARMACIA EN LA CITY

La torre del vigía

¿Cuál es el punto más estratégico desde donde se puede vigilar mejor la miseria humana?

Una sala de juego, un confesionario, un cálido salón de baile son culminantes sitios de investigación, en donde el ojo despierto penetrará como una saeta en la psicología humana. Pero existe otro lugar ventajosamente colocado sobre el panorama del mundo, o sobre el escenario social, punto obligado adonde afluyen los dolores del hombre y en donde la humanidad se muestra sinceramente en toda su pobre miseria. Este lugar de transcendente observación se halla al alcance de cualquier espíritu curioso. Se trata simplemente de las farmacias.

El boticario es aquel para quien no existen secretos. El sabe qué pequeños, qué endebles y cuán cobardes somos. Situado en su mostrador, ningún esfuerzo necesita hacer para averiguar nuestras debilidades. Desde que el día amanece hasta que la noche se cierra, todos nosotros acudimos anhelantes donde él y le pedimos la salud, la providencial salud para nuestra gran cobardía y nuestro estupendo miedo de morir. Y todos nuestros vicios de lujuria, de glotonería, de sensualidad impenitente, el boticario los conoce. Con más sinceridad todavía que al confesor, le revelamos al boticario nuestras flaquezas. ¡Oh discreto y tácito farmacéutico, que sabe callar tan filosóficamente y que no guarda para nuestra miseria la menor sonrisa de desprecio!

Alguna vez me ha arrastrado a la botica un malsano instinto de curiosidad, y allí me he complacido en asistir al desarrollo y tránsito de los gestos, las palabras, los elocuentes detalles del público, que acude con sus recetas y con su zozobra. Pero las farmacias guardan entre sí una vasta relación de categorías. No todas son igualmente entretenidas e ilustradoras. La botica de los barrios pobres, por ejemplo, sólo nos muestra un lado de la humanidad; la pobreza, la vil pobreza. Y cuando la pobreza se junta con la enfermedad, entonces surge un espectáculo que nada tiene de tentador. Son otras las farmacias sugestivas. Las situadas en los barrios ricos, ¡éstas sí que ofrecen largo tema de experimentación! Además tienen de favorable su ausencia de tragedia. El elemento trágico de las boticas pobres se convierte en tragi-cómico allá en las boticas que abastecen a los ricos. Porque el rico es un ser que teme a la muerte con un temor ridículo. Tiene miedo hasta de la sospecha de morir. Su regalona sensualidad se crispa a la más pequeña amenaza del dolor. Un simple dolor de cabeza le obliga a poner en movimiento al médico, al boticario, a todas las gentes cercanas. Y tienen razón después de todo. La muerte, para quien sufre en vida el hambre, el frío, la servidumbre y el vilipendio, hasta puede resultar una puerta amable de huída, de liberación; pero aquel que todo lo posee, justo es que se disguste ante la idea de abandonar unas cosas y unos placeres que no serán fácilmente substituíbles en otro mundo hipotético. Por otra parte, el miserable siente al morir que tiene derecho a una compensación; ante cualquier posible tribunal de justicia, el pobre está en el caso de reclamar el pago de deudas atrasadas. Pero quien lo ha tenido y gozado todo, ése, aunque no lo declare, mantiene la sospecha de que un justo tribunal posterior le habría de cargar en cuenta las satisfacciones anteriores. Pero esto lo dijeron ya otros labios más competentes. «Antes entrará un camello por el agujero de una aguja», etc.

Todavía mejor que en las boticas de los barrios acaudalados, es situarse en aquellas otras del centro de la ciudad. Las boticas de la City son las más instructivas, las más profundas y complejas. Media hora de observación en una de ellas equivale a la lectura de un folletín. ¿No queréis entrar?...

He ahí una farmacia de la City. Por lo común es extranjera y tiene escritos en los paneles de su fachada ininteligibles rótulos alemanes, franceses o ingleses, quizá porque al vulgo de los dolientes les presta más confianza la farmacopea de los pueblos lejanos: no hay que olvidar que en todo enfermo habita un supersticioso. Recorred con la vista los anaqueles y los mostradores: están llenos de frascos, botellines, paquetes y envoltorios, cuyas leyendas nos hablan de específicos providenciales, omnipotentes, todopoderosos. El milagro está allí, el soñado milagro de los enfermos. Ninguna de esas panaceas duda o vacila; todas afirman categóricamente su virtud curadora. Son hoy lo que eran antes los visionarios, los profetas y los elegidos de Dios; curan los males misteriosos, reportan vigor a los decaídos, infunden fuerzas a los desalentados. Es una repetición, en fin, de las antiguas magias. Y es que el hombre, por más que se empeñe en disimularlo, sigue siendo el niño grande, adorador de la fábula.

Numerosos carteles cuelgan al azar de las estanterías, de las columnas y de las paredes. Asesorados por dibujos llamativos, esos cartelones anuncian las virtudes múltiples y terminantes de los específicos, de las aguas medicinales, de los ungüentos y de las hierbas. La ciencia aparece allí convertida en un sacamuelas de plaza pública. Y se ven firmas doctorales de médicos, que atestiguan formalmente la exactitud de cuanto prometen los específicos. Industria, comercio, reclamo, añagazas, grandes palabras, enormes afirmaciones, todo confundido con apotegmas universitarios y bañado con un lustre científico.

Es un gran observatorio, de seguro. No dudéis en aprovecharlo. Desde allí se abarca el núcleo temblante, frágil, representativo de la pobre humanidad. Fuera, por los cristales, se ve pasar el torbellino de la gente, esa multitud sui géneris que va y corre por el barrio de la City con un temblor de marea turbulenta. Loca y febril, vibrante, la multitud pasa en pos de sus gruesos ideales; el dinero, lo mismo que una estrella celeste, le guía a través de sus fracasos y dolores; la codicia le espolea, y un trabajo brutal, nunca satisfecho, le presta esa inquietud trascendental y única.