Paisajes Argentinos

Part 6

Chapter 63,797 wordsPublic domain

Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.

Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa, fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.

¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros, riquezas increíbles, rebaños.

Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin fin...

El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores. Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos, compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!

Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos. Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su entusiasmo y su optimismo.

Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de fuerza, de pensamiento y de idealismo!

IX

ASPECTOS DE BUENOS AIRES

Carencia de viejos

Deseo hacer partícipe al lector de una de mis habituales preocupaciones: ¿Dónde están los viejos porteños? ¿Hay ancianos en Buenos Aires? Y si existen viejecitos en esta turbulenta ciudad, ¿en qué rincones misteriosos se ocultan?

El interés de algunas ciudades estriba nada más que en el número y la exhibición de sus ancianos. Los viejecitos de esas ciudades, generalmente tranquilas, suelen tener sus plazas y paseos exclusivos, adonde acuden los días de buen sol, si es invierno, o en las mañanas frescas del estío. Se les ve también en las puertas de las casas, mirando beatíficamente el transcurso de las cosas callejeras, o formando grupos en los bancos de los paseos, para comentar los sucesos de hace medio siglo.

Estos viejos acartonados no existen en Buenos Aires. Naturalmente que sería demasiada exigencia pedir que en el vértigo de la City se pasearan con su pasito breve los sobrevivientes del tiempo de Rosas. Las ciudades agitadas suelen excluir de su centro vital a todas las personas débiles; pero en los remansos tranquilos, en los paseos centrales de París, por ejemplo, es frecuente encontrar a los pulcros ancianos de vestimenta anticuada y con la roseta, a veces, de una honorable condecoración.

Yo he indagado en los paseos de Buenos Aires, y no he visto en ellos más que niños, transeúntes melancólicos y atorrantes. ¿Es que no hay viejos en Buenos Aires? Acaso no existan, en efecto, o cuando menos no forman multitud. Desde luego puede asegurarse que no existe esa clase de ancianos vegetativos, ambulantes, acartonados, de aquellos que parecen conservarse por virtud de un ambiente particular.

A muchos podrá parecerles este dato desconsolador. Pero si miramos al fondo del problema, fácil nos será advertir que la vejez acartonada, la vejez estacionaria y vegetativa, no siempre señala un grado distinguido de vitalidad. Al contrario, los casos de vejez excesiva son patrimonio de los países estacionarios, en que la existencia carece de energía y de ardor. Los viejos centenarios, según dicen las estadísticas, están en mayor número en los pueblos pobres y poco fecundos. Allí se llega a la longevidad por ausencia de gasto: es un efecto de economía que entra de lleno en la sordidez. A fuerza de escatimar la acción, la vida se prolonga; pero esa clase de vida, si vida puede llamársele, no merece ser envidiada.

Mientras que en los pueblos activos, el hombre vive plenamente, sin reservarse; se abandona al remolino del azar, y pone todo su tesoro vital en la contienda. No se resguarda sórdidamente. Sus nervios, sus músculos, sus órganos fundamentales, su cerebro, su imaginación, todo lo lanza a la vida. Cincuenta años de brega significan una larga historia de emociones. Vive, pero vive plenamente, con todo su ser, robustamente, intensamente. Negocia su existencia a un plazo corto; cuando el plazo ha vencido, sus órganos están destrozados. La muerte, inexorable cobrador, llega a hacer efectiva la letra. Y todo acaba. Y otro acude en seguida a ocupar el puesto...

Faltan gatos

Otra particularidad muy curiosa de Buenos Aires, es que mantiene muy pocos gatos. Si se pudiera hacer una estadística de tales mamíferos, quedaríamos sorprendidos ante la cortedad de las cifras.

En muchos países se considera al gato como una entidad adherente, indispensable, necesaria a la familia. El gato viene a ser así algo como el fogón, como el lecho, como la cuna, como la olla. Una familia sin gato, en esos pueblos a que me refiero, equivale a una familia trunca e incompleta. Cuando la familia cambia de lugar, el gato sigue el éxodo fielmente. Si la familia es pobre y ha sido desahuciada, el gato, sobre el ajuar miserable, aguanta estoicamente el revés de la fortuna. Y el gato se encarga de soportar el irascible humor de la familia, cuando la familia sufre, o recibe los mimos suaves cuando la familia goza. Unas veces puntapiés, otras veces sobaduras tiernas en el lomo, el gato lo soporta y lo acepta todo, con aquella cauta filosofía que tanto le distingue. Y se le ve en lo alto de los muebles, limpio y sedoso, adornado el cuello con una cinta roja; o junto al fogón mugriento, al calor de las brasas familiares. Algunas madres frustradas adoptan al gato como a hijo, prodigándole las más dulces afecciones. Y por la noche, sobre todo en las noches de luna invernal, los tejados suelen convertirse en escenarios de amorosas tragedias; los mahidos de los gatos llenan con su música supersticiosa la calma nocturna.

En Buenos Aires se ven muy pocos gatos. Hay numerosas familias que desconocen al gato, que no lo han tenido nunca en sus casas. Esto parecería absurdo a muchas personas de otros países. ¿Por qué se ven pocos gatos en Buenos Aires? Es que les falta ternura a las familias porteñas? O es que no existen ratones?

La explicación de este fenómeno debe de estar en una de las principales características bonaerenses, o sea en la accidentalidad y nomadismo de los hogares. Las familias se organizan demasiado bruscamente: en tal caso, muchas cosas del hogar necesitan padecer el defecto de la improvisación. Dos extranjeros, llegados de opuestas zonas, se encuentran, se aman, contraen matrimonio. Son dos «déracinés», como dicen los franceses. Al unirse, cada uno de los cónyuges hace omisión de sus hábitos tradicionales. Recuerdan que en su casa de la patria remota había un retrato del abuelo, unas cortinas que bordó la madre en su mocedad, un sofá donde murió el padre, un gato viejo y maniático... Pero todo esto ha quedado allá lejos, interrumpido, roto, sin continuidad, como un primer tomo de una novela. Al formar familia, instintivamente enuncian el propósito de «empezar de nuevo». Empiezan, efectivamente, una vida, una cuenta nueva. Todo en ellos es nuevo, sin tradición y sin compromisos anteriores. Compran los muebles, los utensilios juntos, de una vez. No heredan nada de nadie. El hogar es un conglomerado de cosas anónimas adquiridas en los bazares. ¿Cómo podrían acordarse del gato? El gato presupone historia y tradición familiares. No habiendo historia ni compromisos con los manes de los antepasados, el gato no tiene razón de ser ni de existir. Es verdad que caza ratones, y esa utilidad de sus garras podría sincerar su existencia; pero la química con sus polvos venenosos, la ferretería con sus cepos automáticos, superan a las uñas gatunas. La permanencia del gato no se debe a la utilidad. El gato, en la familia civilizada, tiene un sentido más íntimo, más filosófico, y de esencia más oculta.

Los escaparates

Pocas ciudades aventajan a Buenos Aires en el lujo de sus comercios. Es un lujo imaginario muchas veces, un derroche de luz y de maniquíes, una fantasía de exhibiciones. Los escaparates porteños resultan una verdadera fiesta de adornos, de prodigalidad, y con frecuencia también de buen gusto.

Pero los escaparates, como todas las cosas, hasta las más vulgares, tienen su psicología particular. Repasando uno a uno los escaparates bonaerenses, es posible averiguar los vicios, las características morales, las pasiones de los habitantes. Observad, verbigracia, los comercios destinados a vender objetos comestibles, y descubriréis una nota original del carácter argentino: su escasa glotonería. Pero observad inmediatamente los escaparates de las tiendas de lujo, y conoceréis el prurito de ostentación que ocupa el mayor espacio del alma argentina.

Los escaparates de los almacenes y reposterías no están en Buenos Aires a la altura de su prestigio. Hay muchos bares, restaurantes, confiterías; pero esa profusión de lugares donde se come y bebe no significa, a lo más, otra cosa que abundancia de dinero. Falta, en cambio, el esmero de las muestras, falta la tentación de las golosinas expuestas con ánimo de sobornar la gula del transeúnte. Esto indica que el argentino no es glotón. Mejor dicho, no es vicioso del comer. Sus antepasados, agarrándose al churrasco, al mate y a la galleta dura, soportaban las empresas heroicas de la llanura. El puchero, que aun se mantiene en vigor dentro de respetables familias, habla mejor que nada, con su simplismo culinario, de la sobriedad platense.

Pero los escaparates de las tiendas de modas, adornos, bisutería, están hablando por su parte de la condición exhibitoria y fastuosa que llena el alma de los argentinos, así como de los seudoargentinos. Los comerciantes lo saben muy bien; las vitrinas de sus tiendas relumbran ante la mirada de las pobres mujeres fascinadas, y ante el ojo codicioso de los hombres. Gustan el charol, la seda, los encajes, las colas, las joyas, las plumas. Todo lo que concierne a la vanidad.

El horror a lo antiguo

Las casas viejas de Buenos Aires se van. Quedan muy pocas, y las pocas que quedan desaparecen con singular rapidez.

La muerte de las cosas familiares origina en todas partes un sentimiento de melancolía; cuando esas cosas, además de familiares, tienen un valor artístico, todavía la melancolía es mucho más acentuada y universal. Pero en Buenos Aires, por no se sabe qué fenómeno de psicología, todo eso no levanta la menor emoción. Caen las casas, se derriba lo viejo, huye lo familiar y lo histórico, y el alma pública sigue tan fría, como si esos objetos no la afectasen en nada. Se diría que la ciudad está poblada toda ella por gentes nuevas y adventicias, para quienes lo de ayer carece de sentido. Sus almas se diría que no guardan contacto ni continuidad con las almas antepasadas. Se diría una ciudad sin historia, sobre todo sin abolengo, cuya tradición comienza desde ayer mismo, todavía más: desde hoy...

Lo característico de Buenos Aires, y también de la vasta región que sigue sus inspiraciones, es una especie de horror hacia lo viejo. Repugnancia por la pátina,--he ahí lo que singulariza a la moderna sociedad argentina. Las casas todas son nuevas; cuando la pesadumbre de diez, veinte años, empieza a barnizarlas con el matiz inapreciable del tiempo, entonces se las derriba y se construye otras nuevecitas y flamantes. Los muebles tienen que ser nuevos también, para que los salones de una casa ofrezcan el aspecto de haber sido amueblados el día anterior por la tarde. Nada de antigüedad.

Los países europeos sienten gusto de estimar las cosas, no por su novedad, sino por sus anos; aquellas gentes entienden que una familia será tanto más noble, cuanto más generaciones pueda contar, y que los muebles, las casas, las joyas y los trajes ganan en nobleza con el tiempo. Se piensa allí que lo noble no es lo de hoy, porque toda nobleza heráldica o intelectual, necesita ser contrastada y discernida por los años, por los siglos. Se piensa allí además que la pátina es el secreto de la estética, puesto que un hermoso palacio recién construído, con sus piedras blancas y virginales, está recordando con exceso al albañil y al maestro cantero; parece haber salido de un taller, limpio, brillante, con la firma del arquitecto bien visible y las huellas de las manos del herrero en las verjas del parque. Mientras que, al contrario, un simple torreón viejo devorado por la yedra, ofrece, gracias a su adusta vejez y a su anónima factura, un efecto extraño de belleza. Es como si el torreón ese hubiera surgido hecho de la misma tierra, o como si toda una época, toda una civilización, hubiesen tomado parte en su obra. Del mismo modo se entiende, en esos países europeos, que el mármol, el marfil y el bronce ganan con el tiempo, así como las buenas y legítimas joyas, y que careciendo de pátina, el cristo de marfil y la estatuita de bronce, recuerdan demasiado al bazar de «objetos artísticos» en donde fueron comprados.

En los objetos del culto cristiano se advierte el mismo afán de pulcritud, la misma tendencia hacia lo bonito de los criollos. Los extranjeros que llegan de países seculares quedan sorprendidos ante el efecto, casi negativo, que ocasionan esos templos barnizados, desprovistos de penumbra y de ha grave austeridad que debe tener una casa de oración. Una catedral gótica, con sus sepulcros de mármol mohoso, sus altares un poco descoloridos y sus imágenes algo desportilladas, sería recibida en Buenos Aires con un mohín de repugnancia. Inmediatamente abrirían ventanas en los muros, para que las naves sombrías adquirieran luz, y los santos y los altares, las piedras consumidas por el roce de los siglos, todo eso que habla al espíritu religioso de una manera tan profunda, sería reformado, pulido, barnizado, puesto a tono con la general corrección mundana.

Tampoco se muestra la gente muy apegada a desempolvar recuerdos históricos de larga fecha. Todo cuanto se refiere a un siglo pertenece a la «edad antigua». La historia propiamente dicha comienza en la revolución de 1810; lo anterior a esa fecha corresponde a la prehistoria. Se sospecha que antes de ese año culminante de la revolución hubo hombres, quizá comerciantes, acaso artesanos: pero todo aparece borroso y vago, como podría aparecer a los ojos de un francés la vida de los galos prelatinos. No se quiere ahondar demasiado en los prolegómenos de la nacionalidad. En rigor, aquellos siglos preliminares en que se formaban la raza y el carácter merecen poca simpatía; es como si se tratara de cosas y personas extrañas, sin contacto con las cosas y personas actuales. Y, sin embargo, los pueblos tienen mucha semejanza con los vinos. Los buenos cosecheros preparan en un principio sus cubas, maceran los caldos, hasta que el recipiente se empapa y satura de esa que, castizamente, se llama «solera». Aunque el vino primitivo vaya enajenándose, las nuevas aportaciones se saturan del sabor originario, gracias a la poderosa virtud de la solera, y las nuevas cosechas, en infinitos años, conservan siempre el sabor y el tono de la elaboración primera. Los pueblos, asimismo, por muchas importaciones y renovaciones que sufran, guardan siempre la modalidad, enérgica, definitiva, que adquirieron en su formación. Por eso, con todas las aportaciones exóticas y multiformes que caen diariamente en la Argentina, la modalidad auténtica, la que se formó en los primeros tiempos de la colonia, se mantiene viva siempre.

Pero el tiempo pasará, y todo lo que ahora es heteróclito y renovado irá consolidándose. Las fortunas se harán cada vez más tradicionales. Las familias contarán entonces con un abolengo de varias generaciones. Y nacerá, si no ha nacido ya en pequeña escala y tímidamente, el amor y el culto por los antepasados.

Cuando llegue ese momento, los argentinos lamentarán la irrespetuosa manía de destrucción de sus antepasados. Modestas, frágiles y sencillas como eran, sin embargo, aquellas mansiones viejas habían guardado el aliento de los abuelos, en su ámbito se desenvolvieron las vidas antepasadas, y de ellas surgió el molde de la nacionalidad.

La marea humana

Todos sabemos que una ciudad guarda mucho parecido con el cuerpo humano: tiene un órgano vital, de donde fluye y se esparce la energía dinámica. El corazón es la urna que contiene el tesoro bullente de la vida humana; las ciudades poseen también su corazón.

El palpitante corazón de Buenos Aires se llama la City. Suprimid ese barrio vital, y la población no tendrá ninguna razón de ser; paralizad el movimiento febril de la City, y la ciudad habrá quedado inmóvil, yerta, como un hombre presa de un síncope.

Una de las cualidades de Buenos Aires que merece mayor aprecio, es su franqueza. Buenos Aires no engaña a nadie. Al extranjero que desembarca en los muelles, le ofrece como primer espectáculo el de la City, con sus bancos y oficinas de negocio. Hace, como si dijéramos, sonar un saquito de monedas al oído del inmigrante, para convencerle desde luego que en esa tierra de promisión no encontrará más que tópicos monetarios.

Otras poblaciones suelen ser hipócritas o convencionales. Presentan al viajero las severas fachadas de sus Universidades, liceos y pinacotecas, con la intención de aparentar una vida de divagaciones mentales. Pero Buenos Aires, mucho más sincero, pone en primer lugar sus Bancos y oficinas mercantiles. Así logra encadenar al hombre ambicioso, inyectándole desde el momento que desembarca el virus de la codicia. Una codicia franca y leal, libre de simulaciones.

La City propiamente dicha es pequeña: comprende cuando más una superficie de un kilómetro cuadrado. En ese espacio de terreno tan corto se encuentra lo más vigoroso y potente de la ciudad: los Bancos, la Bolsa, las agencias de navegación, los grandes remates, las oficinas de tierras y de seguros. Lo más vivo, todo cuanto significa fuerza financiera, está comprendido en esas calles privilegiadas.

Pero la City, a pesar de ser el corazón de la metrópoli, tiene aspectos tan distintos, que parece una ciudad extraña, un pueblo extranjero incrustado en la urbe criolla. El americanismo novelesco evoca en la imaginación formas ligeras e indolentes, colores claros y pintorescos. La City no es americana en ese sentido. Es de un americanismo yanqui; negra, fea y agria. La angostura de sus calles hace que los tranvías, los carruajes y las personas vayan disputando entre sí y eludiéndose a trompicones. Uno piensa con terror que camina por la calle de milagro, y se llega a creer firmemente en una providencia vigilante.

Y el ruido. No se parece al ruido disciplinado de algunas avenidas europeas, donde el paso simétrico de cuatro filas de vehículos recuerda a un ejército en marcha, a un torrente majestuoso. En la angostura de la City bonaerense, el ruido es desordenado, agudo, irritante. Los tranvías, rozando las aceras, arrojan al oído del transeunte sus latidos metálicos que crispan; los carros se enredan; riñen los conductores, se apostrofan y amenazan con los puños cerrados. Los nervios vibran. Y pasan rápidos los caminantes, empujándose, pisándose, obsesos en su única y común preocupación.

Sin embargo de su fealdad y su acritud, ¡qué emocionante es la City! Nada hay en Buenos Aires que me produzca una impresión tan enérgica, como un paseo por ese barrio cartaginés. Siento en sus calles como la brutal caricia de una ráfaga huracanada. Me acuerdo del Océano, de la tempestad, de los precipicios torrenciales, de todas las cosas primitivas y fuertes que acatan el imperio de la fatalidad. En esas calles tumultuosas recibo un aliento de sana y trascendental barbarie. Me olvido de las exquisiteces decadentistas, de las neurosis afeminadas, de los remudamientos intelectuales. La muchedumbre me rodea, me traga, y yo me veo arrastrado como por un torrente. Olvido y disculpo los encontronazos de los hombres, los atropellos de los carruajes; sobre mi naturaleza de hombre de gabinete, aquella marea oceánica ensaya sus golpes y ultrajes más imponentes.

Bárbaro y violento, todo aquello tiene para mí un sabor nuevo, extraño, excitante. Las caras rojas de los negociantes, la falta de educación y compostura, los ademanes bruscos, eso apenas roza mi sensibilidad. Todo lo brutal que allí reside, yo lo disculpo. La ola total me agarra, me lleva, me infunde vigor, como un gran trago de _whisky_. Siento que me asalta entonces la borrachera de aquella multitud encandilada, y el entusiasmo del ambiente se me introduce en la tímida alma intelectual...

X

PSICOLOGÍA DE LOS ANUNCIOS

Antes de visitar la República Argentina conocía yo varias de sus intimidades. La lección previa me la habían dado sus periódicos, grandes como océanos. Pero no aprendí a conocer esas interioridades en las columnas periodísticas, en sus artículos políticos ni en sus reseñas sociales o policíacas. Mi curiosidad bebía en unas fuentes humildes y despreciadas: en las planas de anuncios.