Paisajes Argentinos

Part 5

Chapter 53,993 wordsPublic domain

La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino, como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar. Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una vez ya no se levanta más.

Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del verso!

Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme, fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la angustia que nos invade ante el vacío.

Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura, el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable, siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad, le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la belleza moral de esa llanura inextinguible...

Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.

Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del interior de Francia.

Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos, de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes. Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable; los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente, en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.

Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más «fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva tropical.

Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.

Y entonces--aquí está el secreto que anunciaba--me asaltó una idea súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...

Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos. Convertirme en _chacarero_.

El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía amorosa que tiene por fin la concepción.

Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices. Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro. Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo. Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños, al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida. Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y después beber con ellos a su salud...

La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda. Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería en París o Viena.

Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.

¡Los campos de tal punto son inmejorables!--gritan los anuncios. ¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras tierras!...

Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia, ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte _chacarero_...

Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el agricultor a la americana que indudablemente había en mí.

VII

EL CANTO DE LA SEMILLA

Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora reposar...

Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle. Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas maternales.

Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado. Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos desinteresados.

Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres, millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las semillas!

Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado, donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del pensamiento humano. Somos humanas, humanas.

Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay! Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.

Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también. Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal, germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.

El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar, cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor, entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor. Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas, un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.

Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y magnífico--quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!

El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia. El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.

Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido. También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.

Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.

Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez hoy viven en germen...

Laborad, compañeras.

VIII

EL CANTO DEL EMIGRANTE

Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo limitado: vieja Europa, ¡adiós!

Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo imprevisto, y las locas sorpresas.

La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación. Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.

Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus frutos a cambio de tantos puñados de abono--ni uno menos--y a cambio de tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo. Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado. Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones. Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad de tendero.

Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas; esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los estimulantes.

Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud, no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía? Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria! Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora esclavizarnos con la nostalgia?

El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad. En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches estrelladas.

Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión, la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.

¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas. Que nos concedas la rica, la amada libertad.

Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.