Part 4
Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus odios, de sus enormes anhelos...
Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.
Bebe el último rayo de luz solar.
Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.
Puente del Inca, 1909.
Los Andes a la luz de la luna
Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño, una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve, resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los cadáveres deben de sentir un silencio como éste.
La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres, tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio materno.
Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de importarle los días al infinito?
En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están, pensando en la vida de los países llanos y sociables.
La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como cernida.
Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades suntuarias que acompañan al joven cadáver.
¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes, tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la Tierra.
Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando, accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.
Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas. ¡Suprema estupidez!
Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras. Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra, a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera de nosotros sin esas mentiras!
Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de inmortalidad.
Puente del Inca, 1909.
V
ASPECTOS DE MONTEVIDEO
Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol naciente, surge Montevideo.
El silencio
Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,--ésa es al menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,--parece que la ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los más activos colaboradores del obrero intelectual.
Las plazas filosóficas
En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales poetas y pensadores.
La naturaleza
Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente, estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel paseo una encantadora negligencia.
¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera, sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse, sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento artificial y en la barbarie del primitivismo.
Las playas
Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud, playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.
Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos, los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes, los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con su luz y su fuego ese cuadro de _kermesse_, y la gente va y viene, mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de tocarse, mirarse, formar montón.
El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas, por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla, y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa misma isla cuatro personalidades vigorosas--César Borgia, Pizarro, Bismarck, Chamberlain--y al instante se despedazarían entre sí, o cada uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado, construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y parlamentos.
Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes», ¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido formar esta civilización...
Las solteronas
En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta, en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos, forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma, constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.
Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas, más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.
Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar el derecho al amor y a la maternidad.
Marzo, 1912.
VI
LA TENTACIÓN AGRARIA
Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en el fondo de un vagón...
Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el arado.