Part 3
Habíamos salido del pueblo de la Concepción en medio de un diluvio relampagueante. De estas tormentas aparatosas no es conveniente hacer mucho caso en los países próximos a la zona tropical. En efecto, muy pronto nos vimos otra vez bajo un sol abrasador y un cielo brillante, con el espectáculo de una naturaleza recién lavada y rica en primores de color.
Para almorzar más a placer (galleta dura y cecina criolla) nos refugiamos en un bosque. Ya no se trataba de un simple grupo de árboles, como los que antes habíamos visto; aquello era la «selva», interminable y profunda, inexplorada y misteriosa; la selva virgen que avanzaba hacia el Paraguay y el Brasil, con sus tigres y sus sorpresas.
El mayoral del coche nos dijo:
--Ahí en el bosque hay un pueblo jesuítico; pueden verlo, porque está cerca.
--¿Un pueblo de las antiguas misiones jesuíticas?...
--Sí, señor. Por esa «picada» es el camino. Se llama Santa María Mártir.
Me apresuré a internarme en la selva por una «picada», o sea un camino abierto en la espesura. A los pocos minutos me hallé frente a una maravilla arqueológica, mudo de sorpresa, de admiración.
Oprimida y sofocada por la frondosidad del bosque, descubrí una plaza rectangular, grande como de cien metros de lado. Allí podía comprobarse la forma que adoptaban los misioneros para construir sus ciudades. En uno de los lienzos de la plaza levantaban la iglesia, el convento y el almacén; en los otros lados se hallaban las dependencias más importantes, las habitaciones de los jefes y de los caciques, y los talleres comunales, que surtían de cosas al «falansterio» místico y tributaban riquezas a la Compañía.
La plaza tenía un pórtico corrido, apto para guarecer a las gentes del sol o de las tormentas. Esta disposición de las poblaciones misioneras estaba a mis ojos claramente expuesta; las ruinas sufrieron poco, los hombres no se habían llevado los sillares para construir tapias ni chozas; la misma bravura del bosque defendía la muerta ciudad de la barbarie o inconsciencia humana.
Dos lienzos de la plaza conservábanse en pie, hasta la altura del primer piso; los pilares, cuadrados y de sencillos capiteles, permanecían erguidos aún. En el centro de la plaza asomaba la boca de un profundo pozo, que se comunicaba con un subterráneo cuya boca quedaba abierta en un muro lateral, de proporciones ciclópeas.
Dentro del muro ciclópeo, capaz de resistir la furia de un cañón, contemplé una especie de nicho, resto de capilla o de celda. Sobre un altar improvisado, una imagen de la Virgen mantenía aún en sus brazos al Niño, que la injuria del tiempo había maltratado, cortándole los brazos y las narices.
Después los macizos muros se desprendían de la plaza céntrica y alejábanse en varias direcciones, hasta perderse y desaparecer bruscamente, como indescifrables interrogaciones en el misterio de la selva. Nada tan extraño e imponente como aquellos muros decapitados, hechos de grandes sillares rojos, ocultos en la sombra de los inmensos árboles enlazados por las lianas. Una impresión del soñado Indostán se avivaba en mi mente, y me figuraba asistir al espectáculo de las raras arquitecturas místicas en los bosques del Ganges...
Cuando me alejaba, una cotorra pasó chillando sobre mi cabeza. El fruto de los naranjos comenzaba a sazonar. Eran unos naranjos silvestres, nobiliarios y perseverantes, hijos de aquellos otros que los misioneros importaron y cultivaron. Uno tras otro, los árboles de fruto de oro iban sucediéndose en el secreto de la selva, como tácitos transmisores de la tradición. Bajo la sombra de los naranjos, los cándidos indios guaraníes sesteaban después de la labor reglamentaria. Trabajaban para el común; nadie tenía propiedad individual; vivían acuartelados con una distribución inteligente y suave de todas sus horas. Dirigidos por los misioneros, gobernados por los caciques de su propia raza, tenían limpios trajes de algodón, impresionantes y poéticas fiestas religiosas, procesiones, luminarias, bailes y ceremonias, tan caras a la imaginación del indio.
El confín del mundo
En fin, nuestro pintoresco y laborioso viaje hubo de llegar a su término, y una tarde, efectivamente, penetramos en un pueblo que se llama, si no falla mi memoria, Itacaruaré. En aquel pueblo radicaban las extensas tierras cuya subasta íbamos nosotros a realizar.
Yo no he visto en toda mi vida un pueblo más extraño como el de Itacaruaré. Era pueblo, pero al mismo tiempo carecía de realidad. Existía de hecho, pero no de derecho... En suma, era un verdadero pueblo americano, ligeramente fantástico, algo cómico por su duplicidad de cosa efectiva y no existente, y sin embargo admirable como una concepción de Walt Whitman.
En la extensión inhabitada de la selva, gentes del Brasil y de la Argentina habían hecho su nido. Hoy era un italiano que, subiendo desde las provincias pobladas del Sur, estimaba bueno establecerse en aquel ángulo desierto del mundo; después era un sueco o un alemán, que abandonando los estados vecinos del Brasil tomaban posesión de un trozo de selva; o era un español, un sirio, un judío de la Besarabia, un ruso de Crimea, un croata, un francés, un irlandés los que llegaban a establecerse. Cuantos hombres de diverso origen vagan y pululan por aquellas naciones de inmigración, aportaban alguna representación al pueblo novato de Itacaruaré.
Como el territorio estaba abandonado y la selva era grande, cada nuevo colono escogía un pedazo de país, quemaba los árboles, y sobre la tierra virgen y fértil plantaba tabaco, arroz, legumbres. Si la tierra se fatigaba, no había más que incendiar un nuevo trozo de selva y plantar en terreno virgen, fecundo. En seguida acudieron algunos comerciantes. Los colonos, poco a poco, se asociaban más estrechamente, contrataban un maestro y una maestra, establecían un Ayuntamiento rudimentario y daban a su ciudad la consistencia de un organismo civilizado...
Yo me admiraba de ver aquel fenómeno de espontaneidad cívica, operado con gentes tan contrarias y diversas, en quienes no había nada de común, ni la religión, ni la raza, ni las tradiciones. Sólo les unía el destino, la identidad de intereses, y una aspiración de crearse una «estirpe». Aventureros de Europa, piedras rodantes, traqueteados en las aventuras y los fracasos, con las vidas truncadas, ¡ahora querían «construirse» su vida, fundar una casa, una familia, una propiedad, una patria!...
Pero entonces, cuando llegaban al triunfo de sus afanes, ¡he ahí que se entrometía la Ley! Ellos habían «creado» su propiedad, su casa, su campo, su huerto, su familia; pero en Buenos Aires, unos hombres severos oponían unos papeles sellados, en los que se decía que los campos de Itacaruaré no eran de sus pobladores, sino de otro señor...
Afortunadamente, este señor, propietario de derecho, iba dispuesto a la concordia y a ser generoso con aquellos bravos «pioneers».
Antes de llegar a la vista del pueblo, los colonos de Itacaruaré formaron una nutrida cabalgata y salieron a saludarnos al camino. Desde lejos comenzaron a disparar cohetes.
Nos recibieron a caballo en dos filas, muy galantemente, rodeando nuestro coche en actitud de respetuosa escolta. Venían todos armados con cuchillos y grandes revólveres, sin duda porque no pudieron todavía contratar algunos gendarmes. Cada uno era el guardia y el juez de sí mismo...
¡Ah! ¡Episodio romántico y novelesco, caído en mitad de mi vida como un premio a mis largas y fervorosas aspiraciones adolescentes! ¡Qué aroma de primitivismo, qué ráfaga de plena naturaleza llenó entonces mi alma, en aquel rincón del mundo donde confluía la selva virgen y la civilización naciente! ¡Qué ruda franqueza en las vidas de aquellos hombres, cuyo pasado estaría tal vez moteado de raras aventuras, de tragedias íntimas, quién sabe si de crímenes!...
Noviembre, 1909.
IV
LOS ANDES
El mundo muerto
Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los conquistadores.
Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro, lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo desvaídas.
Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.
¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas, donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos llamar naturales--Pirineo, Alpes, Cárpatos--la sensación es entusiasta, pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.
Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales: después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera, íntimamente trágico.
Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes terrenales.
Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero, y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se resuelve en náuseas y opresión de las sienes.
Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones, se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra imaginación.
Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un sueño quimérico soñado por un cadáver?...
Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser. Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición, escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio, soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes forma de cosa muerta.
¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura, obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.
¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual; la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.
¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos, por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco: se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un inmenso fósil!...
Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico, ¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos, malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.
Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también; quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.
El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes, que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces--¡oh pensamiento desolador!--no quedará ni un alma que pueda considerar la muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres estarán conversos en polvo!
Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla, el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación. ¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en silencio, en inanidad.
Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.
Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse, engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan, guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan yerta como lo son ahora esas montañas!
Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas, quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría perecido del todo.
«Refugio» de Puente del Inca, 1909.
El cóndor solitario
Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso, magnífico.
Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella las interpretaciones de los hombres?
¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...
Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que concitan odios.
¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!
Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne hedionda de los cadáveres.
¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...