Part 2
Pero a la vez que estas cosas hablan a la imaginación de las viejas ciudades españolas, otras cosas nos sugieren imágenes contrarias, de un fuerte aire americano. Entrando en Córdoba es cuando el viajero llega a entender lo que era una ciudad prócer en tiempos de absoluto criollismo. La banda de la Argentina que da sobre el mar y sobre el ancho río, va perdiendo, o ha perdido completamente su aspecto criollo: entre los inmigrantes, los almacenes, los remates, los arados ingleses y las copias de París, le han quitado a esa banda su barniz tradicional. Pero en Córdoba hay civilización, hay trabajo, hay negocios, y sin embargo conserva su tono tradicional. Se parece a esas personas próceres, de largo abolengo, de fortuna pingüe y heredada, que saben recibir las modas recientes, pero sin renunciar a sus maneras y costumbres señoriales.
Algo hay, sin duda, en el ambiente de Córdoba, algo que no se puede tocar ni apenas definir, y que para ser expresado se requiere emplear la palabra difícil, la palabra muy pocas veces lícita: la palabra señorial. ¿Qué es lo señorial? Ahí está un nombre de veras difícil. El vulgo, y también el que no es vulgo, quiere aplicar ese nombre a cosas y personas que maldito de Dios si lo merecen. Señorial no es lo que tiene riquezas, como el vulgo supone; muchas personas ricas andan por el mundo que no han tenido el menor contacto con lo señorial. Lo fastuoso tampoco es señorial. Se pueden tener muchos trajes, muchos palacios, muchos troncos de caballos ingleses, mucha vajilla de plata, mucha prodigalidad, y sin embargo se puede no ser señorial. Lo señorial quiere decir noble, y esto de noble es un compuesto de cultura, de inteligencia, de arte, de cortesía, de bondad, de discreción, de medida, de caballerosidad, de buen gusto, de calma, de saber limitarse, de huir de la exageración como del diablo, de no entregarse a la última moda puerilmente, de apartarse de lo «snob» y de conservar siempre los prestigios de su personalidad... Me atreveré a afirmar que todos esos atributos los posee la ciudad de Córdoba.
Es claro que para muchos espíritus descuidados Córdoba parece un tanto rancia; tiene un sabor provinciano, y esto hace torcer el gesto a los cosmopolitas. Pero es menester inclinarse con respeto ante las ciudades que no quieren sumirse en el todo igualatorio; ante los pueblos que creen en la historia, en la personalidad nacional, en los prestigios heredados y transmisibles. Por mi parte, no niego que me infunden gran consideración el árbol que sobresale en el bosque, el arbusto lindo o feo, que rompe la monotonía de un sembrado, el hombre que se atreve a llevar un sombrero distinto a los demás, o simplemente el que tiene más estatura, es más pequeño o tiene la calva más exagerada que los otros. Ser distinto, en estos tiempos en que los sastres, las ordenanzas municipales y los hoteleros se empeñan en hacernos simétricos, denota valor y fe, y ambas virtudes son de las más altas de cuantas se ofrecen a nuestra consideración.
Un ejemplo de esa discreción noble, señorial, lo tenemos en la universidad, tres veces gloriosa. La universidad de Córdoba cuenta su vida por siglos; en sus aulas han enseñado los primeros profesores del virreinato y de la república; en esas mismas aulas han estudiado los obispos, los generales, los magistrados, los presidentes, los escritores de más lustre de la nación. La vida intelectual de la Argentina, en lo que ésta tiene de abolenga y de histórica, puede decirse que ha nacido en los bancos de la universidad cordobesa. Otra ciudad menos discreta hubiese dado a su universidad un aspecto ampuloso, soberbiamente monumental; hubiera puesto una fachada rimbombante, con muchas columnas, estatuas e inscripciones, y una suerte de molduras hechas de cemento habrían dejado pasmado al pobre transeúnte. En Córdoba no sucede así. La universidad de Córdoba, sin embargo de su prestigio, ofrece una apariencia modesta. Es preciso ir a buscarla, y buscarla bien en el recodo de una calle apartada, para dar con ella. Nada de fachadas rimbombantes. Un frente de estilo clásico, una puerta mediana, un vestíbulo pequeño, y eso es todo. En el centro el patio ofrece un aspecto conventual, con su claustro de columnas de medio punto. Un jardincillo llena el patio con sus verdores amables. Las aulas se abren sobre el corredor del claustro, y en aquellas aulas, sobre bancos de pino, se sientan los estudiantes. Se comprende que todo está igual, desde muy antiguo. La universidad no ha querido abandonarse a las locuras de la ostentación moderna. Piensa que la inteligencia no necesita de mucho lujo para desenvolverse, y que Sócrates conversaba con sus discípulos en mitad de la calle o a la sombra de los plátanos clásicos.
La simpatía es un sentimiento inefable. Nos es una cosa simpática, y el por qué no sabemos decirlo muchas veces. De la ciudad de Córdoba guardaré siempre un recuerdo amable. Una visita rápida, que duró dos días, no sirve, es claro, para penetrar en el fondo de un pueblo; pero yo prefiero atenerme a mi impresión fugaz, ya que ella es propicia. La plaza central, tan bella y limpia; las calles bien cuidadas; las casas discretas y elegantes; la distinción de todo, lo mismo de las piedras que de las personas. Y el recato y silencio de las vías adyacentes, aquellas encantadoras calles por donde no se ve transitar muchedumbres afanosas; allí donde el reposo es tan completo que se oye distintamente la voz de un piano interior, las risas de unas muchachas invisibles, hasta el crujir de las hojas de los naranjos y de las adelfas que asoman por encima de las tapias.
De noche la ciudad se envuelve en calma y en silencio. A la hora en que el último color del día se amortigua, cuando la luz de los luceros llena de poesía el espacio, el aire de Córdoba tiene una transparencia, una suave frescura, una sonoridad indecible. El rumor de las calles no viene a turbar esa calma con su estúpido ruido. Es hora en que las personas caminan sin prisa, con ademán negligente y desinteresado. Entonces la ciudad entera parece sumida en descanso y en amabilidad. El aire se hace sonoro. Las mujeres salen al balcón y sus voces animan la calle, como un sonido que viniera de atrás, de un tiempo en que no existían ni ferrocarriles ni periódicos. Y el aire de fin de verano se embalsama con olor de hierbas campestres. Hay, en fin, tiempo y espacio para mirar al cielo y para ocuparse en un trabajo tan divino como es el de contar las estrellas del cielo. El alma se abandona a las ideas semisueños. El alma descansa.
Febrero, 1911
III
VIAJE A LAS MISIONES JESUÍTICAS
Paisaje civilizado
Era una brillante mañana de primavera cuando emprendí aquella expedición hacia los países remotos e inhabitados del interior de América (como un conquistador que hubo de llegar demasiado tarde).
Alma de explorador, fantasía de viajero, yo, que a los quince años soñaba con descubrir un nuevo Amazonas, ahora podía por último lanzarme a la aventura de la América florida, selvática y prodigiosa. No dudé en aceptar la generosa invitación de mi amigo el señor Errecaborde, que se dirigía al pueblo de San Javier con propósito de subastar unas cuantas leguas de tierra. Y en compañía de dos distinguidos «rematadores», provistos de maletas, armas y provisiones, todos juntos y en buena disposición de ánimo emprendimos la marcha hacia el territorio de las Misiones.
Plana y verde, sembrada de quintas y de «chacras», la fértil llanura de Buenos Aires tendía al paso del tren su opulencia agricultora. Aquel país monótono y civilizado no era todavía el mundo salvaje y novelesco que mi imaginación deseaba. Pero más allá del pueblo de Zárate comenzó la decoración a complicarse. El tren se trasladó todo entero a un «ferry boat» que lenta y suavemente nos puso en la otra margen del río Paraná... Y mientras cruzaba las aguas parduscas y tranquilas del ancho río, mis ojos pudieron admirar los primeros signos del paisaje indiano; ceibas de encarnada flor, bosques de caña «tacuara», y unas palmeras a lo lejos, flotando sobre las malezas de los campos anegadizos.
Empieza el exotismo
Salió el tren del «ferry boat» y recuperó el dominio de los carriles. Y se lanzó a la carrera por las soledades de la provincia de Entre Ríos, patria de hombres valientes, hábiles en el manejo de la lanza y del cuchillo cuando las «montoneras» y las guerras civiles conmovían continuamente el territorio del Plata. Cruzábamos un paisaje denso y austero, solitario y noble, que por estar moteado de pequeñas y onduladas lomas, por la vastedad religiosa y por los grupos de árboles parecidos a encinas, me recordaba mucho el grave paisaje castellano.
Vino la noche, divinamente sembrada de estrellas, y el aire, al paso del tren, nos traía vagos presagios del Trópico. A veces, en la pausa de una estación, veíamos volar las mágicas luminarias de las luciérnagas. Perfumes dulces y pesados, de magnolias y jazmines, llegaban a nosotros desde el fondo de la llanura como ingenuas tentaciones voluptuosas. La gente caminaba sin prisa. Los pueblos aparecían inmensamente distanciados. De los chozos o «ranchos» del camino surgían mujeres de piel cobriza y muelles ademanes. Los hombres, a caballo, portaban sobre los riñones, cruzado en bandolera el largo y puntiagudo «facón» de los famosos «gauchos»... ¡Hallábame, pues, en la verdadera América de mis sueños!
En el pueblo de Santo Tomé acabó la primera etapa de nuestro viaje. Hasta entonces pudimos beneficiarnos de las comodidades y delicias de la civilización: vagón corrido, restaurant, cama. Desde ahora empezaba la lucha con lo desconocido y con lo indisciplinado. Ibamos a usar todos los medios imaginables de locomoción, y tendríamos que someternos a la cocina fantástica de las posadas, donde quiméricos cocineros italianos nos servirían manjares incomestibles. Y dormiríamos, claro es, en la vecindad de toda suerte de insectos. Para estas contingencias del porvenir decidimos reposar y abastecernos en el pueblo de Santo Tomé.
Es un pueblo amable, bastante crecido y de contornos deliciosos. Su nombre de santo antiguo indica desde luego que fué creado por los Jesuítas. En efecto, desde Santo Tomé, hacia las espesuras del Brasil y el Paraguay, entre los grandes ríos Uruguay y Paraná, extendíanse las célebres Misiones Jesuíticas, ese noble intento de una república cristiano-comunista que dió lugar a tantas leyendas y a tan contradictorios comentarios.
En Santo Tomé viví dos días; no podré contar en mi vida muchos días que sean más serenos. Una suavidad del aire, un perfume de jazmines, el panorama del caudaloso río, y una paz de lentitud y de pereza en las gentes... En Santo Tomé parece que las cosas esperan a alguien. Esta espera es la misma que la del rebaño que perdiera su pastor. Los pueblos misioneros tenían en los jesuítas su pastor. Estos eran el cerebro, la conciencia y la voluntad, la providencia que evita el dolor y el cálculo que previene; los sencillos indios no necesitaban pensar ni agitarse, ni desear siquiera. Sobre sus vírgenes y sumisas naturalezas en que faltaba principalmente la voluntad, ¡con qué alegría y entusiasmo ensayaron los hijos de Loyola su programa cristiano-social!
Armados de revólver...
En fin, partimos de Santo Tomé en un tren explorador que marchaba con un cargamento de obreros hasta el límite de la línea. Nos acomodamos en un furgón sin techumbre, y en esta poco sibarítica forma hicimos un recorrido de tres horas. La línea del ferrocarril terminaba en seco en mitad de una llanura desierta y rasa. Descendimos a tierra, y con nosotros bajaron los obreros.
Acababan de llegar de Europa. Eran inmigrantes novicios, reclutados en todos los rincones de España, de Italia, de Turquía y de Rusia. Venían deshechos, sucios, hambrientos. Al saltar a tierra formaron en grupos, y los capataces los escogían, los distribuían de aquí para allá. En seguida pusiéronse a encender fuego. Prepararon el «mate» y lo sorbían a grandes tragos, mojando en la caliente infusión la dura galleta.
Nosotros teníamos apercibida una «galera», regularmente desvencijada. Nos instalamos allí, y a un trallazo del mayoral las mulas arrancaron a correr por el infame camino polvoriento. Eran cuatro mulas en las varas; otras dos iban delanteras; y a la cabeza de la tropilla, jinete en un caballejo, marchaba un muchacho con su rebenque.
El mayoral llevaba un cuchillo enorme cruzado a la cintura; el que hacía de jefe o intendente de la galera mostraba un buen revólver bajo el chaleco. Entrábamos, pues, en una comarca semidesierta, fronteriza al Brasil y al Uruguay, nido de contrabandistas y desterrados... Mis compañeros de viaje buscaron en sus maletas y sacaron sendos revólveres, que prendieron de sus cinturas. Yo no tenía armas. Esta ausencia de previsión marcial me avergonzó bastante y me dejó en situación de manifiesta inferioridad.
Entonces, viendo mi actitud humillada e indefensa, alguien me alargó un revólver que sobraba. Como el revólver era de grueso calibre y yo carecía de cinto y de funda, me ví perplejo ante aquella arma, que no sabía en donde aposentar. Opté por guardarla en el bolsillo de la chaqueta.
--¡Qué hace usted, señor! Con los tumbos que da el coche, ¿no imagina usted que se dispare y se hiera, o nos hiera a nosotros?
En resolución, tuve que entregar el revólver a quien me lo quiso prestar. Y puesto que tan mala maña demostraba yo para el manejo de las armas, decidimos que mi persona era inútil en cuanto a las contingencias de asaltos, sorpresas y bandidajes, y que mis compañeros asumían la responsabilidad de defenderme.
En seguida nos lanzamos por el camino polvoriento, que, a causa de ser muy roja la tierra de Misiones, semejaba una herida palpitante y sanguinolenta en mitad de las hinchadas colinas.
Un camposanto en el desierto
Marchábamos en la galera desvencijada por aquel camino infernal, y sin embargo del fatigoso viaje iba yo bastante alegre; porque sin mucho esfuerzo imaginativo podía considerarme entonces como un explorador de antaño o como un personaje de Julio Verne.
Sentía la extraña y directa impresión de haber retrocedido muchos años en la cuenta del tiempo. Todo a mi alrededor hablaba de cosas remotas y antiguas, desde el arcaico tintineo de las muías hasta la soledad primitiva y salvaje del campo. A veces el mayoral cruzaba con el zagalillo algunas palabras en idioma «guaraní», o animaba a las bestias con gritos de raro y gutural acento: «¡Oh, oh! ¡Perico!...», y las mulillas trotaban valientemente haciendo crujir al coche a cada arrancada.
En la ondulada llanura que cruzábamos no se distinguían ni pueblos, ni «estancias» ni campos de cultivo. De tarde en tarde descubríamos un seto artificial, un «alambrado», y aquel cerco, símbolo de propiedad, era el único vestigio de civilización. Algún «rancho», mísera cabaña perdida en la vastedad, nos advertía que por alguna parte existiera gente humana. Las enigmáticas lechuzas de circulares ojos fijos, posadas en las puntas de los postes solitarios, miraban el paso de la galera con una hierática o supersticiosa obstinación. Y las bandadas de cuervos volaban lentamente sobre los descampados.
Caía el sol de plano sobre la tierra, donde un manto de hierba escuálida se requemaba bajo la brasa del cielo. Las nubes se abombaban en el horizonte y hacían magníficas combinaciones de grandes masas de rosa y blanco. El paisaje, ondulado y liso, semejaba un mar de olas pacíficas; sólo en las encañadas y cortaduras crecían bellos grupos de árboles, vírgenes y sin dueño, que daban fresca sombra a regocijantes y encantadores arroyos. Fuera de estos bosquecillos, la tierra ofrecía un ardiente color encarnado, como regada con sangre.
Recuerdo ahora mismo la tristísima impresión que me produjo, a lo largo de la marcha, ver de pronto surgir en aquel desierto un rudimentario camposanto. Eran unos palos irregulares y mal reunidos, que a cierta distancia aparentaban formas de un culto idolátrico, y que, aproximándonos, vimos que eran efectivamente toscas cruces. Para resguardar a los muertos de las reses vagabundas, alguien había cercado con alambre de púas el santo lugar. Una cruz, menos tosca y más grande que las demás, hacía allí el efecto de un pastor, o era como un espectro macabro y piadoso que vigilaba la inseguridad y el misterio del horizonte. Un cementerio nos entristece siempre y nos perturba. ¡Pero aquel pobre camposanto en el desierto, tan abandonado de los vivos y tan sin contacto con la vida! ¡Aquellos pobres muertos sin nombre, indefensos en la soledad, temerosos en la misma muerte, abrasados por el sol tórrido!...
Un pueblo de polacos
Más adelante empezamos a descubrir frecuentes cabañas y pequeños cultivos de maíz. Por último avistamos algunos edificios de canto y cal y pabellones de madera. Estábamos en una colonia de polacos, llamada Apóstoles.
De estas poblaciones exóticas e intrusas existen bastantes en la Argentina. Suelen formarse con rusos, judíos, polacos, galenses, y en la inmensidad del territorio viven una vida poco próspera, estacionaria por lo general, puesto que se componen de gentes ignorantes y de mezquinos labriegos. La colonia que nosotros acabábamos de descubrir se componía de polacos de la Galitzia austriaca, polacos rusos y rutenos. Eran bastante numerosos. Cultivaban sus campos de maíz y de trigo y pastoreaban algunas reses vacunas. Los de religión ortodoxa tenían su «pope», y los católicos habían traído también su sacerdote de lengua polaca. Un intendente o administrador dirigía la colonia y velaba por el orden. Era de Varsovia; un hombre joven, rubio, de rostro fino y soñador y mirada inteligente.
Los pobres polacos, nacidos en la servidumbre y la ignorancia, venían, pues, a substituir a los indios en la tierra de Misiones. Tenían éstos, como los antiguos indígenas, una especie de fatalismo perezoso y conformista y una inhabilidad para vivir sin la ayuda del jefe y del pastor. Traían también la honda religiosidad de los indios. En los cruces de los senderos, en las lindes de los sembrados, constantemente veíamos grandes cruces votivas y protectoras. En ellas había a veces inscripciones. Pedimos que nos tradujeran una de aquellas leyendas, y decía: «¡Señor Dios, dadme este año una buena cosecha de maíz!...»
Nos albergamos en una mísera posada, donde en desvencijados catres pudimos dormir a la noche. Y tan pronto el día alumbraba, encomendándonos a nuestros ángeles familiares, volvimos a ir dentro de la galera por el camino de la soledad.
Y cuando la mañana se hizo más calurosa, tropezamos con un arroyo bastante ancho que carecía de puente y hubo necesidad de atravesar haciendo raras gimnasias. Allí contemplé por vez primera un vehículo muy americano, muy curioso y que, usual y único antes de la importación del ferrocarril, ha quedado hoy constreñido a las comarcas más desviadas del país.
Se trataba de una «carreta». Antiguamente hacían esas «carretas» el camino de las Pampas y eran a modo de caravanas rodantes que en viajes lentos, peligrosos, largos de muchos meses, conducían mercaderías y personas desde los Andes hasta el litoral del Plata. La carreta que yo veía era grande, con un tosco armazón de madera y enormes ruedas pesadas. Un techo de paja cubría el armatoste, dándole aspecto de cabaña verdadera, rodante y vagabunda. Una familia brasileña viajaba en el carro. Tres parejas de bueyes lo arrastraban, obedeciendo al aguijón de un muchachuelo que trotaba y se revolvía constantemente, jinete en un potro.
Como los nómadas de la prehistoria, como los personajes de una novela, marchando lentamente por un país suave, cruzando selvas y ríos, durmiendo bajo las estrelladas y cálidas noches... ¡confieso que sentí un poco de envidia por los viajeros de aquella cabaña rodadora!
Tuve que resignarme a montar en la galera, que nuevamente nos llevó dando tumbos por un camino cada vez más impracticable. Y así dimos vista al pueblo de Concepción de la Sierra, precisamente la víspera de la festividad de la Concepción.
Misticismo eslavo
Tan trabajado me sentía por el penoso viaje, el polvo y el calor tórrido, que me tendí a dormir en la posada una siesta profunda, como de piedra. Apenas concluí de cenar, otra vez busqué la cama y me hundí en un sueño profundo. Pero al alba me despertaron unos cohetes y un campaneo estrepitoso. ¡Bien! El pueblo se disponía a celebrar la fiesta de su Patrona, la Virgen de la Concepción.
Salí pronto a la plaza, y frente a la iglesia hube de tentarme el cuerpo para convencerme de que no dormía, de que, en efecto, yo estaba en un pueblo de la América meridional.
Todos los polacos del contorno habían acudido al pueblo de Concepción de la Sierra. Llegaban en sus largos carros típicos, vistiendo a usanza de su país; ellos con trajes gruesos y obscuros y botas altas, los bigotes lacios y la melena hasta el hombro; las mujeres con una falda de color, chaleco liso y camisa de mangas amplias. Los cuerpos toscos, las caras feas y juanetudas, y un olor a grasa y sudor rancio... Pero su impresionante misticismo les disculpaba de todas las imperfecciones físicas.
Al entrar en el templo, las mujeres se arrojaban de bruces y besaban el polvo. Próximos al altar veíanse cuatro hombres, especie de acólitos encargados de corear las palabras litúrgicas del cura celebrante. Cantaban, pero con una voz tan triste, tan perfectamente triste, que producía angustia. La misma rudeza de las voces aumentaba la sugestión del canto y lo hacía más sincero y hondo. Parecía un eco que llegase de la estepa remota, helada, infinita, o un lamento trascendental y místico que interpretase el doloroso anhelo de la melancólica raza eslava...
Salí de la iglesia con un hipo de dolor, y busqué en el aire encendido y brillante una compensación aliviadora. Los zorzales, en los patios sombrosos, modulaban sus ternezas amatorias; y los jazmines llenaban con su perfume voluptuoso el ambiente quieto y cálido.
Pero un campaneo desenfrenado rompe a sonar; todo el pueblo acude a la plaza. Está saliendo la procesión por la puerta de la iglesia. Tiene esta procesión un sabor raro, original, maravilloso. El ambiente es luminoso y tropical, mientras que los personajes vienen ataviados a la usanza rusa; y de esta unión estrambótica surge el efecto más inverosímil.
No traen más imagen que la de la Virgen; toda está rodeada de flores. El honor de escoltar a la Virgen se lo han adjudicado las mujeres del pueblo, y algunos paisanos del contorno, con sus bombachas nuevas y la gran espuela calada, se reservan el derecho de llevar las andas. Los polacos, privados de todo honor, se resignan a escoltar la imagen, humildemente. No pueden ellos cargar las andas ni tocar la imagen; pero como perros fieles, como rendidos siervos, rodean el objeto amado y lo miran con ávidos ojos. Descubiertos como van, el sol misionero les hiere en los cráneos y hace rebrillar sus cabelleras rubias, aceitosas. Y se achicharran dentro de sus capotes de paño grueso. Las mujeres tiran y arrastran a sus pequeñuelos. Los más ancianos siguen al cortejo montados en sus carros. Van cantando.
Cantan una triste, una desgarradora melopea. El canto se extiende por la plaza y llena el pueblo entero. Parece una voz antigua y remota que viene a saludar a un amigo. Al conjuro de aquel canto religioso, yo no sé qué raras interpretaciones se entremezclan en mi espíritu. Me figuro que las voces cristianas de los polacos llaman a las almas de los indios que allí residieron un día y que dispersó la fatalidad. En aquella misma plaza de Concepción de la Sierra, dos siglos antes habían pasado los indios guaraníes, rodeando la imagen de la Virgen. Un jesuíta, revestido de su pompa eclesiástica, los dirigía, dándoles la pauta del canto. Los indios fueron aventados, y ahora, pasados los siglos, otros hombres indefensos forman en rebaño y piden a Dios, con místicos clamores, la firmeza y la felicidad que sus pobres almas inseguras no saben procurarse en los azares y las luchas de la vida...
Ruinas en la selva