Part 1
PAISAJES ARGENTINOS
_OBRAS DEL AUTOR_
=El perro negro.= (Ensayos)
=Vieja España.= (Impresión de Castilla, con un prólogo de Pérez Galdós)
=Nicéforo el bueno.= (Novela)
=La Virgen de Aranzazu.= (Novela)
=Tierra Argentina.= (Viajes)
=La sombra de Loyola.= (Ensayos)
=A lo lejos.= (Ensayos)
=Cuadros europeos.= (Viajes)
=Espíritu ambulante.= (Ensayos)
=La afirmación española.= (Estudios sobre el pesimismo español y los nuevos tiempos)
=El muchacho español.=
=El poema de la Pampa.= (Martín Fierro y el criollismo español)
_JOSÉ Mª. SALAVERRÍA_
PAISAJES ARGENTINOS
[colfón]
GUSTAVO GILI, EDITOR UNIVERSIDAD, 45: BARCELONA MCMXVIII
ES PROPIEDAD
TIPOGRAFÍA LA ACADÉMICA
_Este libro, que la amistad del editor don Gustavo Gili me ha instigado a publicar, está formado de partes variadas en las que alternan recuerdos de viajes por los sitios más pintorescos y grandiosos de la Argentina, y sensaciones e ideas de aquel Buenos Aires donde he pasado tres años bien curiosos de mi vida._
_El Sr. Gili, como creador que ha sido de la Cámara del Libro Español, sustenta el principio ético-editorial de una verdadera comunión de intereses hispanoamericanos, y piensa que todo editor tiene el deber de ensayar la publicación de libros americanistas en España, y dar a conocer en la Península las cosas e ideas americanas._
_Algunas páginas de esta obra fueron escritas antes de que la guerra arrojase su crisis y sus agobios sobre tantos países del mundo._
_Tal vez la exaltación arrogante y un poco excesiva de los pueblos del Plata se haya contenido algo a causa de la crisis universal, lo que haría aparecer a ciertos pasajes del libro como no reflejando fielmente los caracteres de aquella vida. Pero cualquier crisis es pasajera en el Plata, y lo permanente y característico es el tono peculiar de vida que estas páginas intentan reflejar._
_A los amigos de allá, a la nación Argentina siempre recordada, va dedicado el libro como una ofrenda._
I
EN EL RÍO URUGUAY
La belleza de navegar
Uno de los más grandes tormentos que pueden asaltarle al hombre es la necesidad de permanecer inmóvil en un sitio. El hombre sedentario es como un árbol o como un pilar clavado en tierra. Por el contrario, ¡qué bello es viajar! El mundo es ancho, es hermoso, está lleno de curiosidades; el mundo, además, lo hicieron indudablemente para que el hombre lo recorriera. ¡Ya nos quedará tiempo después, cuando la hora amarga llegue, de permanecer inmóviles, bien inmóviles y resignados, debajo de una losa de piedra!
Es bello viajar; pero todavía es más deseable el navegar. La navegación conserva aún el picor sugestivo de las antiguas emociones errantes, y aunque no vayamos ahora, como en los tiempos de Ulises, ni tan siquiera como en los de Colón, embarcados en alígeras carabelas por los remotos mares desconocidos, sin embargo, al pisar la cubierta de un barco de vapor, sentimos un cosquilleo particular en el alma. El mar se mantiene siempre en su puesto arrogante. ¡El mar sigue siendo una cosa seria! Por eso la navegación nos reserva aún un especial encanto: el encanto del peligro.
La grandeza del río
He hablado del mar con alguna precipitación. Porque, en realidad, las aguas que surca este barco no son salobres, ni verdes, ni azules. Esto no es el mar, seguramente; no es más que el río de la Plata, con sus aguas dulces, turbias, lisas y superficiales. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo, el río de la Plata puede suplantar al Océano: un Océano canicular, ecuatorial, de calma chicha.
Por otra parte, esas aguas que miradas de cerca se nos representan de un color tan sucio, contempladas desde lejos recuerdan bastante bien la lontananza atlántica. El Río de la Plata debe mirarse a conveniente distancia, como las pinturas escenográficas: entonces se da un efecto muy aceptable de alta mar azul.
Tampoco hay que mirar muy prolijamente el vapor. Ya se sabe que es un buque limitado, de ruedas y de falsa quilla; pero cerrando los ojos a ciertos detalles, el viajero puede lograr una perfecta ilusión de buque transatlántico. Hasta nos apoya la aparición en medio de la inmensa agua, de una costa remota, una isla, una playa. Es como cuando se navega en la mar abierta y súbitamente surge el encanto de la costa deseada.
Sólo que aquí, en nuestro caso, la costa se complica con exceso. No es una costa la que aparece, sino dos. Y estas dos costas van estrechándose, poco a poco, hasta formar dos riberas fluviales. Sí: estamos en un río. La ilusión del mar se desvanece del todo y nos resignamos a la idea de que navegamos por un río.
Este es el río Uruguay. El vapor de ruedas lo enfila con entusiasmo, corriente arriba, a toda marcha. ¡Ancho, soberbio, generoso río de aguas calmas! Es el gemelo del Paraná: los dos hermanos vienen a verter sus caudales inmensos en la majestad del Plata. Ayer mismo, en sus márgenes selváticas tendía el indio su arco, amenazando al cauteloso tigre; hoy, en su lugar, el caballero pastor acosa a las reses pacíficas; mañana se levantarán ciudades populosas e innumerables. Porque nada es tan propicio a la civilización como un río caudaloso. Las grandes civilizaciones han nacido al favor de las corrientes fluviales, como la babilónica, la egipcia, la brahmánica. Y un gran río suele ser siempre el compañero de una gran ciudad. Nadie se explicaría la magnificencia de Menfis o de Tebas sin el Nilo opulento, ni concebimos la existencia de Babilonia sin el riego bienhechor del Eufrates. Hasta tal punto, que casi hallamos cuerda la célebre frase gedeónica: «Bendigamos a la providencia que hizo pasar un gran río junto a cada gran ciudad.»
Las islas
En algunos momentos de esta navegación encantada yo desearía suplicarle al capitán del barco: Señor, vire un poco hacia tierra; déjeme desembarcar y siga después adelante.
Me asalta este deseo cuando surge ante los ojos, en el centro del ancho río, una isla poblada de maleza. Disculpadme: siento un infantil sentimentalismo al ver las frondosas islas de los ríos americanos. Se opera en mí, en tal momento, una regresión inevitable, un salto atrás, una vuelta hacia los días crédulos de la infancia. Viendo las islas de los ríos argentinos me achico, me empequeñezco, me convierto en un muchachito quimérico. Y el estado de mi espíritu entonces es el mismo que cuando tenía diez años.
Me veo sentado ante una mesa, con las piernas colgando y el ceño fruncido al imperio de una reconcentrada atención. Tengo un libro en la mano. Es cualquiera de los mágicos libros que escribió aquel bondadoso hombre llamado Julio Verne, el escritor que más ha espoleado las imaginaciones infantiles. Sí; al descubrir las islas frondosas, surgiendo de las plateadas aguas del gran río, yo no soy el hombre actual, de bigote lacio y frente científica; soy, al revés, un muchacho crédulo que lee una novela de Julio Verne.
Y una vez más, como en los años antiguos, se me despierta la ambición de echar pie a tierra, tomar posesión de una de estas islas y hacer vida robinsoniana. Antiguamente, cuando me dormía sobre las páginas del libro estimado, soñaba que era un navegante, un descubridor... ¿Existe entre los niños americanos la obsesión de los descubrimientos? Tal vez no; ésta debe de ser una manía europea, un atavismo de las razas anteriores, aquellas que se lanzaron en un momento dado a descubrir islas y continentes por todo el mundo, cuando los mares parecían abrirse en una fantástica cosecha de archipiélagos perfumados.
Hoy también, igual que en los años mozos, delante de una isla me siento descubridor y conquistador. Quisiera desembarcar, y vivir allí novelescamente. Construir una choza. Subir a la copa de los árboles para recoger los frutos exóticos. Cobijarme a la sombra de una palmera. Cazar aves de plumas repintadas. Buscar al tigre entre la maleza y matarlo de un certero tiro. Pescar peces policromos. Oír la voz musical de los pájaros. Asistir a la gloriosa asunción de la luna sobre los bosques. Y emocionarme con los peligros, sorpresas y épicos trabajos de la naturaleza virgen...
Pero el vapor pasa de largo, y las islas, una a una, van quedándose atrás. En ellas podría un hombre vivir una vida libre, sencilla e intensa a la vez, lejos de las leyes y pragmáticas de la sociedad, solo ante la naturaleza, dueño de su destino, feliz y rico en su pobreza aparente, con abundancia de peces, pájaros, aire, sol, claros paisajes. Pero las islas pasan y yo no me atrevo a desembarcar. Me ha estropeado la civilización.
Las goletas
De repente, en un recodo del río, se descubre una goleta sin velas, atracada a la costa. ¿Qué hace ahí esa goleta? La costa es desierta, y está poblada de bosque; el barquito se arrima a la arboleda, como si quisiera cubrirse y esconderse.
¿Qué hace ahí ese barco? No hay muelle, ni puerto, ni pueblo, ni siquiera una mala casucha. El lugar no puede ser más desolado. Y otra vez entra en acción la fantasía novelesca. Ahora son las novelas de Mayne Reid las que reviven en la memoria. Y reanudo en seguida las lecturas de los diez años, tremendas lecturas en que un barco filibustero se arrimaba a las costas tropicales, o subía por la corriente del Missisipí, del Orinoco, y los piratas, al abrigo de la selva, sorprendían un poblado, se llevaban cautivas las mujeres, se reembarcaban y huían por los vericuetos inexplorados de los archipiélagos...
La calma tórrida del mediodía
En la hora central del día, el río se convierte en una lámina de plata. No se mueve ni un pliegue de aire. La atmósfera duerme su siesta.
Si no fuera por la máquina del buque, el silencio sería total. El buque, sin embargo, no cesa: las dos ruedas potentes arañan el agua, la sacuden, y el río se riza con olas oblicuas, largas, como las varillas simétricas de un abanico.
Duermen los bosques de la orilla, duerme el aire, todo está inmóvil. Bajo la pereza del mediodía, el barco resbala sobre el río. Y allá lejos, en lo alto de las colinas, las palmeras aisladas, derechas, quietas, aparentan la suma expresión de la molicie, con sus palmas curvadas hacia el suelo, indolentemente. Entre dos palmeras, ¡qué bien se tendería una hamaca, y se dormiría allí, al arrullo de los moscardones sonsoneantes!
Todo está hablando alrededor de cosas lejanas, de vidas diferentes, de primitivismo. Unas pocas horas han bastado para alejarnos enormemente de la civilización y del europeísmo. Lo que nos rodea tiene sabor americano, pero de americanismo legendario. Parece que nos separan miles de leguas de las ciudades, y que Buenos Aires se ha retirado muy lejos, pero muy lejos.
De tal modo, que el ánimo está preparado para todo fenómeno fantástico. Si nos dijeran que un tigre ha rugido entre los cañares de la orilla, lo consideraríamos muy natural; tampoco nos extrañaría ver avanzar una banda de indios armados con agudas lanzas. Encontraríamos perfectamente lógico que un barco pirata nos embistiese de proa, y que nos lanzara dos cañonazos detonantes.
Hasta que el sol, inclinándose al horizonte, modera su fuerza, ilumina las cosas de costado y hace desaparecer la modorra y la tensión de la fantasía. Entonces la luz se vuelve dorada, las sombras se alargan y acentúan. El río adquiere matices variados. Llega la hora de la dulzura y la melancolía, el antecrepúsculo de oro. Si el barco se aproxima a las márgenes, pueden distinguirse los detalles de las arboledas, los trenzados impenetrables de las lianas y la amorosa paz de algunas ensenadas.
Los arroyos
Muchas veces tienen los fenómenos sencillos la virtud de despertar en nuestra mente complicados pensamientos. Que un arroyo desemboque en un río, es un acto perfectamente natural; nada tiene de extraordinario, en efecto. No obstante, la conjunción de un arroyo en un ancho río me sugiere siempre una grave curiosidad.
Si vemos caer un arroyo en un río, desde la parte de tierra, la cosa no nos merece mayor atención; pero visto el fenómeno desde la parte del río, cobra un valor simbólico muy grande. Yo veo desembocar los arroyos en el río, y ¿podrá creérseme?: en aquel momento se me figura que estoy al otro lado de la vida, más allá de la barrera de la muerte. En fin: los arroyos confluentes se me representan como vidas que concluyen.
El final de una existencia, indudablemente, no es más que eso: un acto de caer, de rendirse, de sumirse en la extensión anuladora de las grandes aguas. El arroyo es una vida. Su historia está repetida desde el principio del mundo y se repetirá hasta la extinción del mundo. Como una vida, nada más. Nacer de una fuente matriz, saltar y jugar entre las peñas, borbotar entre los guijarrillos, correr por entre márgenes floridas, ensancharse en el valle, ir majestuosamente por el llano: y al final, caer humildemente en el gran río de aguas numerosas, anuladoras. Anularse, morir.
Los arroyos, como las vidas, ofrecen rasgos característicos en su momento terminal. Hay arroyos trágicos, como hay vidas de tragedia. Los que caen al mar o al río caudaloso desde una altura, en forma de cascada, son arroyos dramáticos, inquietos y violentos, que corresponden a las vidas trágicas de un César, de un Borgia o de un Cromwell. Otros arroyos vierten sus aguas finales con una serena resignación; su muerte es filosófica y austera como la de un Sócrates, o también como la de una persona buena que ha cumplido honestamente su misión en el mundo y entra con grave sencillez en la muerte.
De esta última clase son los arroyos que confluyen en el río Uruguay, arroyos tranquilos y mansos, que salen de la espesura, abren un hueco en la maleza y entran en el río sin protestas, sin resistirse ni espumajear: como verdaderos seres filosóficos.
¡Oh arroyos simbólicos y representativos! Seáis vosotros el alto ejemplo que me inspire a mí la manera de pasar, noble y decorosamente, el umbral de aquella última hora definitiva.
Los hombres a caballo
A medida que el vapor avanza, la costa se hace más abrupta. En algunos sitios se descubren imponentes acantilados, cortados con tajo brusco sobre el agua. El terreno es más alto, más ondulado. Se entra en la región de las pequeñas colinas, más bien de los collados, o empleando el vocablo territorial: cuchillas.
En lo alto de estas cuchillas se eleva de tarde en tarde alguna casa, alguna choza misérrima: no es raro divisar también la blancura confortable de una estancia. Otras veces, la cumbre de estas cuchillas está tomada por algún rebaño de novillos, quienes comen mansamente su hierba providencial sin dignarse volver la mirada hacia el barco que pasa.
Pero en ocasiones suele ser un hombre el que ocupa la eminencia de esas colinas. Un hombre montado en su caballo. Un hombre que se para en seco, enhiesto sobre su montura, vueltos los ojos hacia la embarcación que sube río arriba. Y ese hombre ahí parado, no sé por qué, se me figura que vierte una mirada de antipatía hacia el rugiente barco.
Su destino es uno, y el del barco es otro. El hombre ése representa el pasado, mientras que el barco de vapor representa lo evolutivo, lo revolucionario y transformador. Ese hombre sintetiza la vida fácil, libre y romántica de la tradición pastoril. Cabalgar desde que apunta el día, recorrer las praderas pobladas de copiosos rebaños, comer la carne sobre la hoguera que sirvió de fogón y de abrigo, dormir bajo el manto constelado; no inquietarse por el porvenir, sino esperar que el mismo destino provea a nuestras necesidades; amar, cantar melancólicamente; reñir y guerrear si es preciso, y terminar de una recta puñalada al corazón, en una noche de contraria suerte.
El vapor significa lo opuesto. El vapor sube por la corriente arriba, paralelo al ferrocarril, llevando arados, ladrillos, alambres cercadores. Representa el sedentarismo, la agricultura, la economía, la organización municipal, la fundación de bancos, la población numerosa, la tierra acotada, la supresión de aquella vida libre, deliciosamente anárquica, generosamente sobria, de los confusos tiempos pastoriles.
El hombre ese que se detiene sobre la montura de su caballo, en lo alto de la cuchilla, siente que cada vapor que remonta el río es un nuevo asalto a la tradición. Y lo mira pasar seriamente, llena el alma de tristeza y de odio.
El hombre y el vapor son enemigos por necesidad, opuestos entre sí, mutuamente incomprensibles. El hombre a caballo no comprende la prisa, ni el entusiasmo codicioso que lleva el vapor, porque él aprecia mucho más el sangrante churrasco devorado en la rasa llanura, que los suculentos manjares comidos en cerradas habitaciones. No concibe que un hombre construya su casa con ladrillos sobrepuestos y bien ensamblados, cuando unas tablas o unos adobes recubiertos de hierba seca, bastan para cobijarle. Y entiende que todo lo demás sirve solamente de nudo y de cadena. Ciertamente: cada nueva comodidad, cada seguridad nueva que nos presta la civilización, es una nueva hipoteca que le hacemos a la libertad personal.
Pero de los dos adversarios, el vapor es el más poderoso. El saldrá vencedor. Y las orillas del río se cubrirán de pueblos, de casas, de alquerías. La belleza salvaje y solitaria de ahora, se cambiará por otra hermosura distinta. Las aguas mansas del río reflejarán árboles civilizados, recortados, obedientes, en lugar de las malezas insubordinadas de ahora. Los ranchos misérrimos habrán de convertirse en casitas pintadas, coquetonas. A la soledad majestuosa de las llanuras, seguirán los campos labrados, cercados por setos florecidos. Niños que van a la escuela en tropel; golpes de martillo; silbar de locomotoras; los carros henchidos de frutas sazonadas; cantos y alborozo de las vendimias.
Si una poesía decrece, otra renacerá. La naturaleza no renuncia jamás a su dominio estético, y sabe siempre ser noble, lo mismo en la grandeza de las selvas vírgenes, que en los trabajos de los valles cultivados, de las ciudades atareadas...
El sol se ha puesto. Tímidamente asoman, una a una, las estrellas. El río se vuelve negro: sobre la sombra de sus aguas, un lucero pone su blanco punto ideal. La noche es muda, como un silencio estupefacto. En medio de este silencio, el buque, un poco pedante, persiste en su ritmo bronco: bum, burrum, bum.
Octubre, 1912.
II
LA DOCTA CÓRDOBA
Cuando el tren camina con más entusiasmo, a la dorada luz del sol matutino, el viajero queda perplejo al ver que la llanura inmensa, la abrumadora llanura argentina, se deprime bruscamente, como por efecto de un encantamiento. Allá en el fondo de la depresión, una multitud de casitas y ranchos sobresalen entre las arboledas. El paisaje ha tomado repentinamente un aire rudo y enérgico. La monotonía de la llanura, la suavidad de las líneas prolongadas hasta lo infinito, se traducen en unos desniveles y bancales poblados de matas, bosques y zarzas. Una población extraurbana, numerosa y típica, bulle por aquel paisaje intempestivo. Las casitas de adobe, los ranchos de paja, asoman entre las tunas. Y las gentes, con su color moreno y su aire netamente criollo, evocan en la imaginación un mundo muy apartado del Buenos Aires europeo y descolorido. Un poco más adelante, en el fondo de la depresión, ocupando el lugar estratégico del valle, aparece Córdoba.
Primero no se ven más que torres, sobresaliendo del semioculto caserío. Y esas torres distintas, extemporáneas dentro de la igualdad pampeana, son para el viajero una nota llena de simpatía, algo como un hallazgo providencial. Porque el viajero, si es de índole un poco artística, ama precisamente aquellas cosas que se apartan de lo común, y sobre todo las cosas que tienen fuerza evocativa. ¿Y puede haber algo tan evocador, como un ejército de torres levantándose sobre una ciudad histórica? En cada torre hay un mundo de recuerdos, de creencias, de controversias o de fanatismo: pocas cosas existen en el mundo, efectivamente, que sugieran tal suma de ideas y contrastes como unas torres levantándose sobre una ciudad. Y como la ciudad de Córdoba aparece a la vista del espectador tan erizada de torres ingentes, uno se imagina bien pronto la profundidad histórica que ha de existir en ese pueblo interior, colocado en el mismo centro del antiguo virreinato.
Los pueblos se dividen, como las personas, en dos categorías: hay la categoría de las ciudades vulgares, y la de las ciudades típicas, entonadas, de sabor propio. En seguida que el viajero penetra por las calles de Córdoba, comprende que se encuentra en una ciudad personal y de pronunciado carácter.
Mientras camino por las calles, nada me impide suponer que voy vagando por una de aquellas ciudades históricas del mediodía de España. La multitud de iglesias, las tapias discretas de los conventos, la paz de las calles silenciosas, el misterio de los muros viejos, por encima de los cuales asoma un árbol florido; y en el fondo de esas calles vacías, silenciosas, limpias, alguna ventana aislada, con su reja artística, y colgando de los hierros de la reja una flor... Todo esto es bien europeo, bien antiguo, y sobre todo bien español. Hasta las personas eclesiásticas adoptan un aspecto raro. Los sacerdotes no visten como los atildados abates de Buenos Aires, no llevan el redingot ajustado, el sombrerillo de ala plana y breve, el bastón en la mano; este aire de mundanidad no lo desean los sacerdotes de Córdoba. Ellos no tratan de disimular su estado, como si se avergonzaran de vestir trajes demasiado sombríos y demasiado anacrónicos, entre las gentes despreocupadas del cosmopolitismo. Por el contrario, los sacerdotes de Córdoba se mantienen fieles a la sotana, y al manteo amplio, y al sombrero ampuloso, el clásico sombrero de «teja». Se ven también frailes de distintas órdenes, unos con hábito pardo, otros con hábito blanco, y algunos con los dos colores, pardo y blanco. Y pasan gravemente por las calles, sin timidez, sin miedo a la ironía del descreído cosmopolitismo; antes más bien con el gesto y la compostura del que se siente dentro de su legítimo feudo. Y se ven además muchas, numerosas mujeres que visten hábitos diversos, incomprensibles para el profano. Las hay vestidas de color marrón; otras visten de blanco, con manto a la cabeza color azul; otras combinan el blanco con el negro; y otras, en fin, sobre el traje rosa ponen su manto azul celeste. El viajero queda asombrado, perplejo, ante la variedad colorista de los hábitos femeninos de Córdoba. He ahí una ciudad que posee en alto grado el instinto del color, tan negado a muchos pintores.
¿Y las campanas? Desde que abandoné las costas de Europa no había yo escuchado el son de las campanas. En Europa suenan mucho los bronces místicos. Nuestro oído se halla como viciado por ese son un poco lúgubre, pero también recordatorio de muchas escenas infantiles. Yo notaba en mí cierto vacío. Pero en Córdoba he vuelto a saturarme de ese son familiar. Las campanas de Córdoba suenan numerosas, porfiadas, a todas horas. Vienen las campanadas de cerca, de lejos, de todos los lados. La campana de la catedral, principalmente, suena de un modo grave y religioso; es un son venerable, no exento de soberbia; suena con la autoridad de algo que se siente legítimo, necesario, inseparable de la tradición de la ciudad. Cuando la campana suena, de los pliegues y dibujos churriguerescos que coronan la gran cúpula central surge una bandada de palomas; las pobres palomas eclesiásticas no han podido habituarse al tono solemne de la campana; el misticismo de las blancas palomas cree que existe mayor dulzura religiosa en el éter azul, que en la voz triste del bronce; y mientras la iglesia, para comunicarse con Dios, usa la voz de la campana, las palomas levantan el vuelo, ascienden por el aire nítido, y es como si quisieran abismarse en el azul firmamento, regazo inmenso de Dios.