Pago Chico

Part 9

Chapter 93,994 wordsPublic domain

Pero lo era, ¡y tanto! de no contentarse con el relato verbal y circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia, llenando las lagunas con lo que le inspiraban su lógica ó su imaginación, aguda y atrevida la una, viva y acalorada la otra. Así es que acogió con júbilo el pedido de informes que le hiciera un amigo suyo, periodista bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo la psicología de la política y la administración en la campaña provinciana.

En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y observaciones; luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre amainó, hasta enmudeció; pero, gracias á la insistencia con que lo espoleaba su amigo el periodista, nuestro hombre reanudó á ratos la chismografía postal con visos sociológicos, interesante para él, es cierto, pero,--como le costaba trabajo y dedicación,--menos grata que la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada muchas veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella posiblemente perjudicial en lo futuro.

El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar á la posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para que sacáramos de ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición de cerrar esos extractos con el áureo coronamiento de una síntesis por él escrita, basándose en tales estudios, y que podría titularse «Psicología de las autoridades de campaña».

Cumpliendo el pacto no sin restricciones por cierto, pues el hombre no debe nunca cumplir estrictamente su palabra en ciertas cosas, so pena de pasar por tonto, vamos á integrar este capítulo con párrafos de las que llamamos «memorias silvestrinas», tomados aquí y allí en sus sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística aludida, que, á publicarse entera, abrumaría de tedio á los lectores de mejor voluntad, no porque carezca de mérito--muy al contrario,--sino porque la gente no está hoy para teologías.

Éste sería el gran momento de entrar en materia y acabar de una vez con tan engorroso epítome; pero nos ocurre una observación: Hemos incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido á echar una ojeada á su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo retrato literario prosa destinada á que la salte sin piedad el lector, nos atuvimos hasta aquí á los hechos escuetos, sin describir cosas ni personas; pero es cierto también que aún á riesgo de tan dolorosa é inevitable indiferencia, debemos hacer ese honor al ilustre boticario, ubícuo en estas páginas como Dios en el universo.

Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire á Laucha, pero con más trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico. Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían á muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, negros también y muy brillantes, separados como por una tapia de albarda por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la cara angosta y chica. Si Laucha se parecía á un ratoncillo, Silvestre semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con voz un tanto aguda y chillona, é inflexiones no exentas de gracia. Era verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir (¡ay! solía mentir algunas veces) se expresaba con el calor contagioso de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los domingos y fiestas de guardar se empaquetaba en un jaquet color pizarra de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba indistintamente «mi leva» ó «mi funeraria», aludiendo con esto último al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que para otra clase de diversiones.

Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y aun los que no lo eran, iban gritándole en coro, por detrás:

--Don Silvestre ¿p'ande va la galera?

Ó le cantaban con el estribillo de un vals á la moda:

Tin tin, el de la galera, tin tin, el de la galera: tin tin, el de la galera, la galerita y el galerín.

--¡L'evita la caminata!--exclamaban luego, aludiendo á la lujosa prenda con un retruécano fácil y poco espiritual, por cierto, pero popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mira que te corre el chancho.»

Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y cuya letra se basaba en dos «calembourgs» orilleros:

--¡Ya que has venido p'a qué te vas! ¡Pagá la copa, después t'irás!

«Yaquí, paquete»--no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en Pago Chico...

Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba á la irrespetuosa y bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz é iba á repetir la broma con don Domingo Luna, ó con Machado, ó con Bermúdez, aferrarse á él entonces, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.

Agregaremos esto en secreto y bajo palabra de honor de que no será divulgado por quienes lo oigan: Silvestre no era farmacéutico ni nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que dan patente á la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que supiera más que cualquier infeliz sometido á los estudios regulares, la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por decir que sabía mucho menos, ó que no sabía nada. Pero su espíritu de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio á favor de nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llegar donde se quiera, siempre que se sepa dónde se quiere llegar. Y aunque Silvestre fuese tan abiertamente enemigo de la facultad, fuerza es confesar que nunca se atrevió á hacerle guerra declarada: así, evitando una posible clausura de la botica por su falta de título, pagaba á un farmacéutico residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin asomar nunca las narices en Pago Chico.

También, si el regente hubiese llegado á conocer el establecimiento á que prestaba su nombre, y por el que se responsabilizaba, pues en caso de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en viaje ocasional, es posible que hubiera retirado su garantía ó por lo menos pedido un fuerte aumento de gajes. Todo es cuestión de precio.

La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes redomas de agua colorada de verde y de rojo con anilina, y del pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador con la balancita de precisión guardada entre cristales,--más tenía de pocilga y almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba á la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples faenas de escudero de Silvestre, ó cuando no urgía la manipulación de ungüento de hidrargírio.

Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba á la habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club peculiar que no falta en pueblo alguno americano ó europeo, á juzgar por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en comedor, cómo éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra, parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, botines cubiertos de barro ó de moho, corbatas, ropas exteriores tiradas,--un cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco á poco... hasta en el Pago.

Podríamos seguir describiendo aquello. Más aún: podríamos describir uno por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de Pago Chico, sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, y lo podría suplir fácilmente la fantasía, cuando no que faltara el recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en el teatro de los sucesos. Pero «non est hic locus,» dirá el lector, agregando que por el hilo se saca el ovillo, y que conoce del sótano al desván las casas pagochiquenses así como de pies á cabeza las personas, pues nos ha prestado la colaboración inapreciable é insustituible de su atención sostenida y amistosa.

Siendo así, no nos resta sino pasar por alto miles de notas que harían de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante aún de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquél que declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos, pues, sin más tardanza, á los extractos anunciados del epistolario silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá á primera vista se refieren á muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un período de años:

* * * * *

«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más que una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano primitivo, escondido por mí arriba de uno de los armarios de la Municipalidad, en tiempos de la intendencia de don Ignacio.

Las otras tres se vendieron en un remate de ñanga-pichanga, con el pretexto de que eran innecesarias y había urgencia de arbitrar recursos para la Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas.

Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, á cinco mil pesos cada una y sin aflojar mosca, porque las pagaron con cuentas atrasadas, compradas por un pedazo de pan á varios infelices cansados de tramitar el cobro al cuete.

Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos á unos cuatro mil, y se embolsicaron una fortuna á vista y paciencia de todo el mundo.

¡Decíme si esto no es el callejón de Ibáñez!

Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados por la misma tijera, han hecho gastar á la Municipalidad más de cien mil nacionales en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena.» Comenzaron un pozo, le habrán echado tres ó cuatro carradas cuando mucho, y andan tan campantes.

¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza con los tres aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero está sin tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se hubiesen llevado los morlacos sin hacer la parada de trabajar.»

Son unos peines que ni caspa dejan, y lo único que me llama la atención es que no se roben las casas con gente y todo.

* * * * *

«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas, que ni mesas se instalaron en el atrio, ¡date cuenta!

Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos, el secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en casa de Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después á la capital.--Dicen que uno le dijo:

--¡No se apure tanto amigo! ¡Si las eleciones son el domingo que viene!...

Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió á consultarlo á Ferreiro que, á la noche, lo contaba en el club, riéndose á carcajadas.

Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da á Pago Chico una enorme importancia política.

Así se hace patria.»

* * * * *

«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta que en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dió orden de ir á votar con los carneros, diciéndole:

--Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque se han comprometido á cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y vos y los muchachos han votau con ellos, encomendate á la virgen y los santos, porque los arriamos á todos una noche, sin asco, y los metemos en la cafúa.

Yo le dije al Rengo que eso no le convenía á Barraba, porque perdería la coima, que le paga; pero él me contestó:

--¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían bailando no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como manda el comisario, y no andarse con vueltas, porque á lo mejor lo dejan á uno en camisa, y que vaya á quejarse al Papa!

¡El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray!

Decíme, hermano, si esto es páis ó qué.»

* * * * *

«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas, pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y á cada rato viene gente á la botica.

Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego del Mirador; pues también le cobra á Laucha, el de la pulpería de La Polvadera, al del reñidero de gallos, á otro que tiene un billar de choclón á media cuadra de la plaza, y como si esto no bastara, ¡es socio de la dueña de una casa pública, en la que ha hecho trabajar de albañiles y peones á vigilantes y presos!

¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar todo lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias á Barraba, el asilo de todos los cuatreros de la provincia que quieran trabajar con él en completa impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es el que capitanea la cuadrilla, esconde y negocia la hacienda robada.

Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados, que cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo macanudamente aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla, tapándole el tirador en que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan Moreira.

Tiene el rancho á dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un cañadón siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, ó más bien los ranchos, porque son varios, están en un albardón y atrás tienen un corral de palo á pique. Allí vive él y toda su familia, además de los cuatreros que lo ayudan.

Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa, que no se seca nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la hacienda robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar allí, porque el diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla, para que no se acierte con el paso.

De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen perdiz los padrillos de raza, los toros finos,--miles de pesos que van á parar al matadero, como cualquier vaquillona ó cualquier novillo criollo. Allí se «planchan» las marcas que, como sabés, es la operación de quemar medio cuarto trasero al pobre animal, ó se «agrandan» las mismas marcas, desfigurándolas con otros fierros. En fin, las picardías conocidas.

La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que si no no lo dejaría trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia, porque para eso es un bribón desorejau, y el que roba á otro ladrón tiene cien días de perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el comisario lo fiscaliza, es en una carnicería que han puesto en las afueras del pueblo para vender la carne robada. ¡Qué pensás de esto, ché!

Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué sé yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de los agentes y los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del servicio.

Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento que se anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran vender sino con la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no soltar sus realitos, hizo que hicieran fuego en la comisaría con las patas de unos catres.

¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo explicarás, pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el forraje de los caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el verdín del patio, hasta que se mueren de alegría.

¡Y cómo es de bruto! Figurate que á don Juan Dozo, municipal, le robaron el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia á Barraba, y los milicos y los oficiales se echaron á nadar, sin encontrar naturalmente ni la plata ni el ladrón.

Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va á consultar á una adivina que tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna venganza, le hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús.

Dozo le cuenta la cosa á Barraba y éste, sin más ni más, hace prender al peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría, comienza á ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Creés que es mentira? Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha hecho nada, porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel», como él mismo dice.

Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no vuelvan á suceder!

Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos actualmente: nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que yo sé son tremendas, pero ¡cómo serán las que no sé!

Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no encuentro otro remedio...»

* * * * *

«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si á la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro ha hecho venir del Sauce,--como si no bastara la policía--un gaucho matón y compadre llamado Camacho, á quien le dicen «Moraira», y que recorre las calles armado con un tremendo facón y un descomunal trabuco naranjero, que al propósito anda dejando ver debajo del poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas á la justicia, porque es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un cobarde cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos, meta un julepe á alguno.

Ha muerto á traición á tres ó cuatro, en estos últimos años, pero como nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen los que lo utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha dado hasta hoy, es el de hacerlo escaparse del partido en que «se desgració», recomendándolo como «hombre de acción» á las autoridades de cualquier otro.

Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero probablemente sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de intriga pero no de sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina, y te debo confesar que lo ha conseguido, porque este pueblo es muy mulita y no quiere estar á las duras sino á las maduras.

Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos, porque el tal Camacho ó Moraira es una verdadera calamidad, y todo el mundo lo acusa á él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no se fían de semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto lo tienen cerca, no sea cosa que caigan en la volteada, sin querer.

Anoche anduvo borracho á caerse, baladroneando y amenazando con matar y degollar; salió á la calle con el trabuco cargado hasta la boca y el gatillo alzado, preguntando á gritos dónde estaban esos «chivitos» de m., hijos de una tal por cual, y diciendo que salieran si eran c... para enseñarles quién es Moraira y quiénes son los del partido provincial. De seguro que mata á alguien, quizás á alguna mujer ó criatura, si el mismo Ferreiro no sale á buscarlo para llevárselo á dormir la mona.

Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole que todo estaba tranquilo, que habían triunfado, y que al día siguiente--por hoy--habría asado con cuero y era preciso madrugar.

--Mire, patroncito--le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la tranca,--lu haré' porq' usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en medio'e las guampas, p'a que otra vez no se metan á sonsos!... ¡Ah, hijos di una, no estar aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!...

Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo. La gente se asomó con miedo á las puertas y ventanas, llegaron algunos vigilantes, muy asustados y sin animarse á llegar hasta Camacho que se había caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado dormido inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran á la posada, cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá tuviera ganas pero no se atrevió, porque, como dicen, el miedo no es sonso ni junta rabia.

En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que va armar alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez perdonando vidas por el pueblo, y metiéndose á chupar en todas las trastiendas.

Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va á hacer que se mame como una cabra para que no pueda ir á la sesión municipal. Mirá si va y con la tranca descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!»

* * * * *

«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que les digamos «carneros», como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano, no puede pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para la gracia los más diablos del Club del Progreso, y después todos los provinciales ú oficialistas.

Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque _El Justiciero_ tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones, que como te imaginarás han sido lo más pacíficas, porque ni los escrutadores fueron al atrio... Pues Viera dijo en _La Pampa_ que ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palo y multas», que es lo único que dan nuestros municipales. Como lo escribía muy en serio, á Fernández, el director de _El Justiciero_, se le atravesó la cosa, y anduvo averiguando lo que significaban las palabritas que él interpretaba como «mucha paz». Nadie se lo supo decir á derechas, así es que se fué á preguntárselo al cura Papagna, que es como preguntármelo á mí.

--La pache de la multiúdine,--dicen que le contestó el cura al tun tun, pero dejándolo completamente tranquilo.

Viera y yo nos hemos reído á carcajadas de la cosa, aunque Viera sea siempre más serio que bragueta de provisor. Y, á propósito de Viera, el otro día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de _La Pampa_ en que se quejaba de que desde hace seis años no se publican los balances municipales.

--No los publican por honradez,--le dije.

--¡Cómo por honradez!--gritó furioso.

--¡Claro!--le retruqué.--¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no lo hacen es por honradez!

¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su pucho de vergüenza, y eso les pasa á los municipales. ¿No te parece?»