Pago Chico

Part 8

Chapter 83,803 wordsPublic domain

Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario de la Intendencia, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la «consumación» y pidió «otra vuelta».

--Dígame, Bustos,--preguntó por fin;--¿por qué me destituye don Domingo?

--¡Hombre, no sé!--contestó el otro, paladeando su anís, y no por sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.

Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una parodia de la fabulilla de Samaniego:

Dijo Ferreiro á Bustos después de olerlo: --Tu cabeza es hermosa pero sin seso. ¡Como éste hay muchos que, aunque parecen hombres sólo son... Bustos!

--No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fué,--insistió Fillipini, en su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el ovillo.--¿No le habló nadie?

--Nadie.

--¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?

--Sí, mientras estaban votando...

--¿Y nadie había ido á verlo?

--Nadie más que Gino, el pión de Cármine.

--¿Y á qué iba Gino?

--Á nada. Le llevaba un papelito.

Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió á entrar por otra puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vió á Gino, hecho una pringue, como que era el lavaplatos--el platero, según los chistosos pagochiquenses,--de la confitería de Cármine.

--¿Quién te dió el papelito que le llevaste al intendente el domingo?--preguntóle en italiano.

--Il signor notario,--contestó Gino, mirando á su egregio compatriota con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de costumbre.

Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del Progreso.

Allí se sentó, poniéndose á sacar un solitario, indiferente y tranquilo en apariencia, pero sin que nada escapara á sus ojos avizores. Ni aun cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca, impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero á poco abandonó el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano á mano con Ferreiro.

Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia sin aludir al suceso de que eran primeros actores; pero Fillipini no tardó en lanzarse á la carga:

--¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...

--¡No diga! ¿De veras?

--Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso no puede quedar así...

--¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?

--¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.

--Diga, pues, doctor; que, si yo puedo...

Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando á Ferreiro bien en los ojos, dijo con buen humor:

--¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán á defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre como yo.

Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta desfachatez, y pensando:

--¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!

Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:

--¿Y por qué cree que Carbonero y yo, lo hemos de defender?

El médico se echó á reir con aparente franqueza, y:

--Porque ustedes son demasiado inteligentes para no hacerlo,--contestó.--Y demasiado amigos míos,--agregó inmediatamente, dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.

--Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...

--¡Señor Ferreiro!--dijo entre carcajadas Fillipini.--Si yo no lo conociese tanto, lo que me dice sería como para hacerme creer que usted ha «mojado» en esta barbaridad...

--¡Yooo!

--¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo hubiera impedido, á saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada, después que le di el modo de hacerse municipal...

--¡Y por qué se lo dió!--interrumpió violentamente Ferreiro.

--¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche!--murmuró Fillipini con mucha socarronería.

Hizo una pausa, sonriente é insinuante, para continuar después:

--Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara á otro... con la administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que nombrar á otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.

--¿Y de ahí?...

--¿Á quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y Cueto...

--¿Y eso?

--Que nombrarlo á Pérez y Cueto sería como meter las narices de toda la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas de cama... contar lo que pasa con los cadaveres que se quedan allí días y días, y lo que hace la enfermera que se va á dormir todas las noches en su casa, y el ecónomo que poco á poco se va llevando cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque no todo puede marchar á la perfección en un pueblo tan pobre como éste, y tan atrasado... Además que la gente que va á curarse allí es de poca importancia y no le interesa á nadie: extranjeros, personas de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni meterse á redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque están ciegos como topos. Las chicas se les van, y las grandes se les escapan...

Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, como si se tratara de intereses ajenos, el escribano observaba con desconfianza á Fillipini, diciéndole para su capote:

--El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos va á salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son malas consejeras.

--Pero, por sonsos que sean--continuó muy lentamente Fillipini,--por sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el camino; y entonces no habrá quién los ataje... ¡Chica farra se armaría si lo nombraran á Pérez y Cueto!...

--También es posible no nombrar á nadie. El hospital no necesita...

--¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! Ma! por poco que sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va y no irá nunca... Yo preferiría que nombraran á otro si no quisieran reponerme á mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme separado...

No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras ellas hirviesen amenazas tan terribles cuanto evidentes.

--Lo que se había pensado,--dijo sin embargo Ferreiro,--era no nombrar á nadie.

--Ma! y cómo dijo que no sabía nada?--preguntó con fingida candidez Fillipini.

--Digo... se había pensado... así en el aire... para el caso de que se produjera una vacante...

--Capisco...

Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito á Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:

--¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos forzó la mano sin necesidad?...

--Questo é un altro paio di maniche!--repitió el doctor.--Se lo vuelvo á decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos cosas: de que Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y de que yo puedo serle muy útil ó muy perjudicial, después. Era preciso que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan amigos como antes ó más amigos que nunca, mejor dicho!

--Bueno... veré... pensaré.

--¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haya ninguna arbitrariedad en mi favor.

--¡Qué gringo éste!--murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido y malhumorado.--Es como la garúa finita, que lo cala á uno hasta los huesos. Y se va á salir con la suya, no más,--agregó palmeándole el hombro.

--Piénselo, piénselo y no se apure,--dijo el otro.--Para todo hay tiempo, y á la corta ó á la larga usté se convencerá de que yo soy un buen amigo.

--Y yo también, doctor.

Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, murmuraba sin embargo:

--¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...

Sin perder tiempo volvió á la confitería de Cármine, donde había un grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de las mesas, los otros de pie junto al mostrador. Silvestre, que peroraba entre ellos, se acercó á Fillipini, como era, en parte, el deseo de éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido con algún enemigo de la situación,--Viera, si fuese posible, y lo sería, pues se hallaba presente también.

--¡Hola, doctor!--dijo Silvestre aproximándose, con la confianza que se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto punto las relaciones de médico ó farmacéutico.--Me alegro de verlo por acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?

--¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.

--Gracias,--y se sentó.--Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau el empleo del hospital ¿es cierto?

--Sí.

--¿Y por qué?

--Oh, ésas son cosas, cosas...

--¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza. ¡Largue el rollo!

--¡Ma! Usted ya sabe cómo anda el hospital...

É hizo un cuadro, muy pálido en verdad, de aquel desquicio harto conocido por Silvestre, quien sin embargo, se hacía de nuevas al oir tales cosas de tales labios. Y terminó:

--Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste...

--¿Lo han destituido?

--Eso es.

--¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?

--De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.

--¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!

--Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza al intendente, y éste, para tenerlo contento me ha sacrificado, cuando ya me había prometido arreglar el hospital.

--¡Bermúdez! tan bruto y tan...

--Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto... Pero todo esto tiene que saberse...

--¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga á Viera? Él ya tiene la noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?

--Llámelo, es mejor.

--¡Viera! ¡eh, _Pampa_! una palabrita.

Viera se acercó, sentóse á la mesa, oyó lo que el doctor quiso contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en amistosa charla. Á la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine bajó las luces para ahorrar petróleo.

Fillipini, muy tranquilo, se quedó en su casa aquella noche, aguardando el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar. Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fué pedir los diarios que el sirviente le llevó á la cama.

Comenzó por la gaceta oficial, _El Justiciero_.--De su exoneración ni una palabra, del hospital menos. Pero ¡oh detalle significativo! en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez, y en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y Ferreiro, ¡nada menos!

--É fatto!--murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el periódico para tomar _La Pampa_.

Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando á... Bermúdez, por la destitución de Fillipini!; de Fillipini que--según el artículo,--era lo mejor ó lo menos malo del oficialismo, un hombre así, un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera política, como lo había previsto _La Pampa_, y si lo dejaban iba á ser como un caballo metido en un almacén de loza... «El grrran consejero de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda á este gaznápiro»,--terminaba diciendo el artículo.--La alusión á Ferreiro era visible, pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la hubiera hecho con más tino...

En toda esta andanza el único que rabió fué Bermúdez, quien se atrevió á encararse con Fillipini, para darle un sofión. El italiano se le rió en la cara:

--¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya «amico Bermúdese» y vuelva por otra.

Ferreiro no aludió nunca á la escaramuza aquélla, pero desde entonces tuvo siempre muy en cuenta á Fillipini, que, como es lógico, siguió de segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.

* * * * *

EL DESQUITE DE DON IGNACIO

La historia del gobierno de don Ignacio, llegado por maquiavélica combinación política á Intendente Municipal de Pago Chico, sería tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana éste! ¡duró mes y medio!

Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando en su persona á la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él: á cada instante se le ofrecía un negocito, una coima ó se le hacía «mojar» en algún abuso más ó menos disimulado. En los primeros días don Innacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en el mejor de los mundos...

Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le dijo las verdades en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó en _La Pampa_, varios cáusticos de ésos que levantan ampolla. Don Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las cuartas.

Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias á la buena voluntad del farmacéutico.

--¿Cuándo podrá ser honrado don Ignacio?--se preguntaba generalmente, como chiste de moda.

--¡Cuando la rana críe pelos!--replicaba alguno.--¡Ya le ha tomado el gustito!

Los principistas, entre tanto, trataban de demostrar que el extravío de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos, aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas apenas se había metido en harina.

--Así son todos,--predicaban.--¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas, en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!

Ferreiro, al aconsejar á los delegados oficialistas de la capital, primero que hicieran municipal á don Ignacio y después que le dieran la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente, porque, como él solía decir á sus íntimos:

--¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén por el mango no hay quién se le resista.

Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba á don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que, al caer, no arrastrara consigo á uno siquiera de los instrumentos que le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas.

La oportuna renuncia del comisario de tablada,--provocada por Ferreiro bajo promesa solemne de reposición é indemnización satisfactoria,--permitió á don Ignacio reemplazarlo con un hombre de su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más, cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del contribuyente.

Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los copartidarios del intendente, á quienes todo aquello olía á chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había sido trigo limpio, comenzó en paz á ejercer sus funciones de comisario de tablada, coimeando y robando á gusto, y con prisa, como parte de «esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo»,--como decía _El Justiciero_.

No costó mucho á Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios. Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña, acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la mar...

Á todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos invertidos en la campaña opositora, y á cualquier lado que mirara no veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada intervenida por el tesorero municipal, aquél de la larga fama, dirigió los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el hijo pródigo.

Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y desprestigiar la majada entera. En _La Pampa_, Viera le dijo sin piedad:

--El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer. Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.

El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.

Silvestre, menos cruel, lo fué mucho más en realidad, desahuciándolo en esta forma:

--¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'l lau del miedo! ¡Métase en un zapato y tápese con otro!...

Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con la cabeza inclinada ora á la derecha ora á la izquierda, de tal modo que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo:

--¡Ande vas conmigo á cuestas!...

Estuvo á punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias á su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar á nadie ni engañarse á sí propio, siquiera. Aguardabalo el ostracismo que la patria ingrata reserva á sus grandes hombres... Al día siguiente renunció.

_La Pampa_ de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la negación de todo valor cívico, la confesión de una falta absoluta de conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio, como hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y excomulgado á tiempo á la pobre oveja descarriada, que sólo merecía desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada, que nunca debió abandonar.

El artículo de _El Justiciero_, inspirado por Ferreiro, era mucho menos contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.

«Se ahorra muchos disgustos--decía,--y permite á Pago Chico volver á la marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar á cada momento graves incidentes y dolorosas complicaciones.»

Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer orden para el gobierno, recibía cada mes cuatro ó cinco expedientes de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el asunto una montaña de tierra.

Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:

--Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio. Pero, tengo curiosida... ¿alcanzó á desquitarse del todo?

El otro estuvo á punto de morderlo, y lo hubiera hecho á no ponerse Silvestre á buen recaudo, gritándole:

--¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con vida!...

LAS MEMORIAS DE SILVESTRE

Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado á ser un grande hombre en cualquier otro medio, con sólo algunas variantes en el carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente se malgastaba en fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico; no hacía síntesis sino en la farmacia, manipulando substancias químicas y sin saberlo siquiera. En la política y en la sociedad limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis, cuando falta la generalización, no conduce á las grandes acciones, ni aun á la acción, lo que quiere decir que no modela grandes hombres.

Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido ó favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los centros importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad cualquiera las entidades complementarias, que la convierten de la noche á la mañana en personalidad, ó cuando menos en individualidad. De otra manera en cada país no habría sino un número irrisorio por lo exiguo, de personajes dirigentes.

Lo serían, sólo, aquéllos que de veras tienen temple para serlo.

Sin embargo, Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez, Viera, don Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al diputado Cisneros, pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño, deidad invisible é intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba desde su nebuloso Sinaí algún nuevo mandamiento de su decálogo con extrambotes ó añadiduras.

Silvestre no era grande hombre... Entendamonos. No lo era para Pago Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo es y lo será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos conocidos y desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría el conocimiento que, posteriormente y gracias á la indiscreción de un amigo común, hemos tenido de su obra magna: sus memorias políticas.

Hablemos claro.

No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por día en un cuaderno, con los ojos puestos en la posteridad y para uso y experiencia de las generaciones por venir, los acontecimientos á que asistía ó en que actuaba, el retrato físico y psicológico de sus contemporaneos, la filosofía que se desprende de los sucesos, las pasiones, las cosas y los seres. Á ser capaz, sería grande hombre para alguien más que nosotros.