Part 7
Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:
--¡Arme el piquete! ¡Vaya á paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy en seguida!
El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las narices para no estallar en una carcajada.
--¡Revolución!
--¡Ataque á la comisaría!
--¡Invasión!
No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron á animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.
El boticario les dió la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...
Sólo al día siguiente, cuando se vió que el Chico no salía de madre ni pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido á la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.
El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue diciéndose en nuestra tierra:
--¡Para barrabasadas, Barraba!...
LOS PATOS
Era la tarde del 31 de Diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una importante casa de comercio--aquel españolito capaz y relativamente instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la susodicha ubicación--se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que cebaba Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.
Merced á su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo amigo del tenedor de libros, á quien había enseñado en pocas semanas á tomar mate--como se ha visto,--á jugar al truco y á opinar sobre política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español. El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había costado mayor esfuerzo...
Ruiz, á pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes y de su continente resuelto, no sabía andar á caballo ni conducir un carruaje--observación que no parece venir á cuento, pero que es imprescindible sin embargo,--de modo que, los domingos, cuando obtenía prestado el tílbury de su patrón veíase en la obligación de buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer invitación iba siempre enderezada á Silvestre, cuya obligada respuesta era:
--No puedo abandonar la botica ¡Como te suponés!...
Porque ya se trataban tú por tú,--ó tú por vos, para ser más exacto--á pesar de lo reciente de la relación.
Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba siempre merodeando por el barrio, á caza ó en difusión de noticias, aunque Rufo no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la voluntad negativa, Ruiz que se pasaba allí las largas horas en que el Mayor, el Diario y la Caja no reclamaban la esgrima de su pluma, permanecía un rato en silencio, ó hablando de cosas indiferentes, para terminar insinuando:
--Rufo, ¿no podría acompañarme?
--¡Como no! ¡Que vaya no más!
Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, dando vueltas y más vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las puertas, para salir entonces á dar largos paseos por las quintas sin árboles y las chacras sin sembrados.
Ahora bien, aquella tarde del 31 de Diciembre, y como le consta al lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el sempiterno lavado de frascos y botellas á gran fuerza de munición, Rufo acarreaba mate á la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano á mano.
--Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer?--preguntó de pronto el tenedor de libros.
--¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...
--Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo.
--Á cazar ¿qué?
--¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de pato para festejar el año nuevo?
--Sí, pero tenés que ir muy lejos...
--¡Quiá!
--No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto matrerazos y no se encuentran más que en los lagunones del Sauce y muy arriba del río Chico...
--¿Que no?... ¡Pues pululan!... Dejá que Rufo me acompañe, y en dos ó tres horas me comprometo á traerte un par de docenas... ¡Los comeremos mañana mismo!...
--¡Qué vas á tráer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...
Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando el mate:
--¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el tílbury?
Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:
--Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...
--¡No puede ser!--exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló á su sistema predilecto:--Te apuesto á que no tráis ni cinco en todo el día.
--¡Apostado! ¿Qué jugaremos?
--Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada ó menos de cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?
--¡Va apostado!
Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo el horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fué á buscar á Ruiz con el tílbury tirado por el moro.
El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su mano como petardos, á pesar de que el moro llevara un trote bastante ágil en el aire vivo de la mañana.
El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.
Salieron y ya á pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo--¡pim, pam; pim pam!--y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos los animales se dejaban acercar bien á tiro, casi sin moverse junto á la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta hostilidad, tendrían el vuelo bajito levantando el agua con las patas, como si navegaran á hélice, é iban á detenerse poco más lejos, de tal manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en dejarlos á tiro otra vez...
Y ¡pim, pam; pim pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago, amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury!
Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.
Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...
Cuando llegó á los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de los inocentes palmípedos.
--Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho veces!... Silvestre va á trinar.
Se detuvieron á la puerta misma de la botica, y Rufo comenzó á bajar del tílbury y á introducir en el despacho el producto de la milagrosa cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «aqua fontis y mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea, más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica al rededor de los patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse á la tienda para ver aquello...
En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida.
Una carcajada homérica sacudió de pies á cabeza á Silvestre, en cuanto se vió delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar tiempo á que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una flecha, atravesado la calle y entrado como un ventarrón en la imprenta de _La Pampa_, en cuyo interior siguieron estallando sus inextinguibles risotadas.
Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente á su botín cinegético.
Siguiendo á Silvestre, apareció Viera, director de _La Pampa_, y el administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido y el movimiento, hasta formar cola á la puerta.
Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose sólo para exclamar:
--¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que ha cazado Ruiz!...
Y el público le hacía coro, y allí en el patio el repique del almirez adquiría sonoridades de campana echada á vuelo.
Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo dejan meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin oyó la clave del enigma:
--¡Son gallaretas!
Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abrióse paso, trepó al tílbury y manejando por primera vez de su vida, puso al moro al trote largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo persiguió hasta volver una esquina...
Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó prudente reprender á Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era su amigo...
--¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?
--¡P'a que aprienda, pues!
--También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...
--¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau...? ¡Y lo qu'es áura, no se olvida ni á tiros!...
METAMORFOSIS
Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se dispuso á salir en busca de las noticias municipales y policiales, á pesar de la opinión del regente.
--¡No hay que descuidarse!--le había dicho éste--Manolito nos la ha jurado, y es capaz de cualquier barbaridad.
Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de estoque, y salió á las calles silenciosas de Pago Chico en plena siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de _El Justiciero_ una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la inclinación á darse lustre.
Llegado muy joven de la Coruña, D. Lucas no había sido siempre «periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida en una escuela de lugar, no le dió para tanto en los primeros años. Se estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando copas; luego ascendió á vendedor, y más tarde á habilitado; á los diez ó doce años de estar en la casa, ya era socio, á los quince pudo establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas» (el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la calle, y rodando, rodando, llegó por fin á Pago Chico, y encalló en la administración de _El Justiciero_.
En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no ya material y pecuniaria, sino social é intelectual, cosa que estimaba muchísimo más, aunque á veces lamentara á sus solas el sueldo escaso y tardo, y la brillante miseria.
Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.
Afable, atento, servicial, hasta servíl mientras fué dependiente, y aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio de grandeza, era familiar con aquellos magnates del pago que se lo permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia; autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso», como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, á juicio de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.
No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia, persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la vislumbraba, á veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!), á pesar de que _El Justiciero_ acabase de publicar la siguiente «feroz caída».
«_Escándalo._--El Moreirita M. P., que con sus calaveradas y fechorías ya tiene indignado á todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la gana. Sin embargo, no fué ni llevado á la comisaría siquiera, y nos extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer, todavía no lo haya metido á secar en un calabozo para que otra vez aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los demás muchachos del pueblo.»
No extrañará esta filípica del oficialista _Justiciero_, si se tiene en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban á necesitarlo para las elecciones. Y el suelto era justo, porque la tolerancia para los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza general, pues el rico é ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con la impunidad.
En cuanto á D. Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» D. Fulano, y dijo cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto ó noticia publicaba _El Justiciero_, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en su colaboración.
Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando se quedó frío, corrióle un cosquilleo de la nuca á los pies, y sólo merced á un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de _El Justiciero_ en la mano.
--¿Quién ha escrito esta noticia?--preguntó el jovenzuelo con voz reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo á su lado.
Un velo pasó por los ojos de D. Lucas; sintió que se le aflojaban las piernas, pero haciendo de tripas corazón:
--¡No sé!--contestó secamente.
--¡Qué no ha de saber!
--¡No sé!
--¡Usté no más será, gallego!
--Y si fuera...--acertó, lívido, á balbucir don Lucas.
--¡Ahora verá!
Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano á la cintura. Trémulo, D. Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle solitaria abrasada por el sol, un objeto, el hueco de una puerta en que parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación clara y seca, sintió un golpecito en el pecho, y al rodar por la acera, vió como en un escenario al bajarse rápidamente el telón, que Pérez corría con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.
...La grita de los periódicos--«la prensa local»,--y especialmente de _El Justiciero_, fué tan grande, que la policía se vió obligada á proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el jovenzuelo fué á dar á La Plata, con un sumario que parecía hecho por su mismo abogado defensor...
Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. _El Justiciero_ narraba extensamente los detalles del combate, en que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida al asesino que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos en aras del pueblo, de la ingratitud, que generalmente es la única corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba á la imprenta.
Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía recibir visitas--no muchas á la vez, ni demasiado charlatanas,--el pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de _El Justiciero_, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera faltaban damas,... como que un día se le apareció misia Gertrudis, la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de Beneficencia...
¡Cuánto incienso recibió D. Lucas, visitado, asistido, festejado, adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente á la categoría de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración respetuosa, prontos á venerarlo, á idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse á oponer un simple estoque á una arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la vida!... ¡Y todo por el pueblo!
--Ahora comprendo--pensaba D. Lucas,--cómo se repiten las hazañas peligrosas. ¡Se puede ser héroe!
Él lo era en su concepto. Lo fué algunos días en el de los pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando demasiado en cicatrizarse á causa de tantas emociones, dió tiempo para que el entusiasmo se enfriara poco á poco antes de que D. Lucas pudiera tenerse en pie. Cuando salió á la calle, su aventura era ya un hecho mítico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, nadie hacía alusión á él.
Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteósis había sido tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto de echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba á todos con soberanas sonrisas protectoras ó con gesto avinagrado y despreciativo, según qué fuera aquél en quien se dignaba detener la vista.
Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del valor ¡él!... Y se frotaba las manos y sonreía de regocijo, convencido de su gloria.
Desde entonces usó revólver á la cintura, no dejándolo sino bajo la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor á nada ni á nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director de _El Justiciero_. Tenía ademanes rotundos de caballero andante pronto á lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio exacerbado.
--Es siempre malo que á un sonso se le aparezca un dijunto--solían decir algunos más avisados, al ver pasear á Ortega con el sombrero en la nuca y haciendo molinetes con el bastón.
Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:
--Decile á un sonso que es guapo y lo verás matarse á golpes--uno de sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra cosa.
Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.
Ortega acostumbraba tomar el vermouth vespertino en la confitería de Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo americano White, famoso por su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini algunas veces, y otros amigos.
Un día que D. Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador Fernández se acercó á la mesa, trabando conversación de negocios con Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, pasaron á las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose de pie, alzó la mano como para dar una bofetada á su contrincante. White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho, asiendo á Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara Ortega...
Ver aquello, y sin detenerse á reflexionar ni qué era, ni de parte de quién estaban la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, fué todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un poco de humo, un hombre muerto, y el estupor pasó batiendo las alas, petrificando á los actores y espectadores de aquel drama que sólo había tenido desenlace, y que sería comedia á no mediar un cadaver.
Y cuando se vió solo en la oficina de la comisaría, preso, con un homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó á llorar como una criatura...
CON LA HORMA DEL ZAPATO
«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar á usted, por orden del señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda consideración, etc., etc.»
Llegó esta nota á manos del doctor Fillipini al día siguiente de la elección que consagró, por su consejo, municipal á Bermúdez.
--¡Mascalzone!--exclamó, pensando en su protegido de un minuto.