Part 6
Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió la de mister Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto á coser la bata--que proyectaba lucir en la próxima función que á beneficio de la sociedad iba á dar en el circo la compañía acrobática, del celebérrimo Tomate IV--si hubiera podido apartar de la imaginación el recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se sentó y sin advertirlo, se puso á murmurar dicterias enardeciéndose cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.
--Aquí le manda esto el sastre,--díjole la chinita Petrona, cuando apenas había dado dos puntadas.
Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de la levita negra para el «Tedéum» del nueve.
--Á ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé!--exclamó misia Gertrudis, tomando el papel que Petrona le presentaba y devolviéndoselo acto continuo.--Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.
Pero en ese instante recordó la ofrenda de mister Kitcher, cuyo dinero tenía aún en el bolsillo, é iluminada por súbita inspiración--¡lo que puede la costumbre!--bolsiquió por la manera, asió el bolsón de terciopelo, é inmovilizó á la chinita que ya iba á salir, gritándole:
--Esperáte.
Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:
--No le digas nada. Tomá....
Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dió á Petrona que corrió á entregárselas al cobrador del sastre,--mientras la señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:
--¡Pícaras!--¡Sinvergüenzas!--sospechar de que robo, yo, ¡¡yo!! Quisiera que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas que harían...
Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y, paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteóse el vestido, á ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir socorriendo á pobres acreedores.
PONCHO DE VERANO
Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de hacienda, las cuatrerías más ó menos importantes, desde un animalito hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más en evidencia de unos y otros.
La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, el centro obligado de todo el comentario, ardoroso é indignado si los hay, pues ya no se trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de mala manera, el bolsillo de cada cual.
Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente á los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del mostrador, para ir á la trastienda á echar su cuarto á espadas con el fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.
--Á don Melitón le robaron anoche, de junto á las mismas casas, un padrillo fino, cortando tres alambrados.
--Á Méndez le llevaron una puntita de cincuenta ovejas lincon.
--Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la tropa que estaba preparando.
--El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, á hacer una recorrida...
Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros, guiños maliciosos y acusadores.
--Él mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla--murmuraba Silvestre, afectando frialdad.
--¡Hum!--apoyaba Viera, el director de _La Pampa_, meneando la cabeza con desaliento.--Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio que digamos...
--¡Él!--gritaba don Inacio, caudillo opositor... todavía.--Es un peine que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho se compró la casa en que vive; áura ha alquirido una quinta junto al arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco ó seis vigilantes que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!
Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera ó no pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier caso, con su tolerancia... «La corrupción del poder--como decía _La Pampa_--es tan contagiosa, que cuando invade á un cuerpo, no deja un solo miembro libre, y luego sigue trasmitiéndose al rededor, de tal manera, que todos vienen á quedar infestados, si se descuidan.»
--Así te diera yo á vos alguna coima, y veríamos--refunfuñaba el señor comisario, para sus grandes bigotes.
Entre tanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de punto. Ya no era únicamente _La Pampa_ la que revelaba y condenaba los robos de hacienda, pintando á Pago Chico como una cueva de ladrones; los periódicos de la capital, informados por parte interesada, comenzaron también á poner el grito en el cielo, espantados de que tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras el gobierno, llamado á velar por los intereses generales, se hacía el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en encubridor y fomentador de bandoleros.
Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y muda como una piedra, Barraba comenzó á sentir sus recelos...
--¡Hay que hacer algo!--se decía, multiplicando sus inútiles salidas en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos al verlo pasar...
--Sí,--peroraba don Ignacio una noche en la botica,--cuatrero es cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras estén en mi casa no, porque les parecería demasiada ruinda. El vecino roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, ó á gatas tienen ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca ó un lindo asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso» en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro ó cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta ó cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene p'al derecho á la marca y las señales con que se apropea de todo lo orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza á ser autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente, las demás autoridades...
--¡Pero esto es Sierra Morena!--clamó el doctor Pérez y Cueto, exagerando aún su acento español.--Y el gobierno de la provincia debería...
--Ya l'he dicho--interrumpió don Ignacio,--que el gobierno no tiene coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos son los que sostienen, junto con los vigilantes, á la autoridá del pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja vivir ¡es natural! En tiempo de eleción les hace dar plata, pero como no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan á robar otra vez...
Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo. De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las palabras:
--Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados á considerar suyo cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el respeto á la propiedad ni el amor al trabajo...
Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido bien, y el doctor Pérez y Cueto, dió las buenas noches y salió, para correr á repetírselas á Viera, deseoso de que no se perdiesen...
Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero, restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.
--¿Qué hay? ¿Qué hay?--le preguntaron en coro.
--¡Barraba ha salido con una partida, á recorrer!...--exclamó Tortorano.--Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto ó vivo!...
Todos se echaron á reir á carcajadas, festejando con chistes, dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...
Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...
Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías--¿y á quién tomar, en efecto, si no se tomaba á sí mismo?--después de haber pernoctado en una estancia lejana, Barraba vió un hombre que se movía á pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa, de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para reunírsele. ¡Su buena estrella!...
Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de cólera, mitad de alegría:
--¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...
El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero de vaca recién desollado: iba sin duda á esconderlo en alguna cueva de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente andar con aquella carga, á vista y paciencia de quien acertara á pasar por allí... Al oir el vozarrón del comisario que se le echaba encima á rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr á ocultarse entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil evolución.
--¡Ah, eras vos!--exclamó al ver enfrente á Segundo, pobre paisano viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida haciendo pequeños trabajos sueltos.--¿Con qu'eras vos, indino, canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!
Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo, descargóle una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el otro apenas atinaba á murmurar:
--Señor comisario... Señor comisario...
Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar» también, dando algunos lazazos al matrero tomado infragante. Pero Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».
Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices le brotaba un caño de sangre...
--¡Á ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles una buena leción! ¡Lleven el cuero también!--gritó el comisario.
Y apretando las piernas á su caballo enardecido por la brega, tomó á todo galope en dirección á Pago Chico, que no estaba lejos ya.
Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, balbucía:
--¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!...
El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volvióse por fin colérico:
--¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿Á qué andas robando animales?...
Segundo hizo un esfuerzo:
--¡Era la primera vez,--murmuró,--la primerita! Encontré esa vaquillona muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, por éstas...--y poniendo las manos en cruz, se las besaba...
--¡Ya t'endenderás con el juez!... ¡Lo qu'es á mí, maní... No me vengás con agachadas, ché!
El sol comenzaba materialmente á rajar la tierra cuando llegaron á la comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado de arena y quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor». Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.
--¡Ahí está el preso!--le anunció el asistente, cuadrándosele.
--¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la plaza hasta nueva orden!--gritó Barraba.
La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo aquella tierra plana é igual, desolada y estéril.
El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, á presenciar el cumplimiento de su orden.
El cuero, fresco y blando, fué desdoblado; con un cuchillo hízosele en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo... Segundo fué conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron á meter la cabeza por el boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, ajustándolos al cuerpo.
--¡Lindo poncho fresco... de verano!--exclamó Barraba, chanceándose alegre y amablemente.
Los que estaban en el patio,--y sobre todo el escribiente Benito aquél que «era más bruto que un par de botas»--festejaron el chiste del superior, riendo con más ó menos estrépito... según la jerarquía.
Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba á suceder. Por delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale á los pies; á ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de esclavina.
--¡Bueno, marche!--mandó el comisario.--¡Y con centinela de vista! ¡Que no se pare; y si se para, déle lazazo no más!
El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle, entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos, las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan extraño poncho, se apresuró á inquirir de qué se trataba. La noticia cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron á formarse grupos en las aceras con sombra, y á volar comentarios de unos á otros:
--Es Segundo.
--¡Pobre! ¿y qué ha hecho?
--Parece que lo han pillau robando animales...
--¿Él? ¡Bah! ¡no es capaz!
--¡Un viejo infeliz!
--¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!
Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza, y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión del globo aerostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito asoleado zurría un zumbido de colmena.
El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó detenerse una ó dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba á sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste, en efecto, secándose rápidamente con el sol,--harto rápidamente, pues para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro,--iba poco á poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta obligarlo á acortar el paso. Y su interminable viaje seguía, en medio de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que empezaba á indignarse y á dejar oir murmullos irritados... Ya se habían relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba, implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del triste torturado, haciéndole crujir los huesos.
--¡Basta! ¡Basta!--gritaron algunas voces.
--¡Basta! ¡Basta!--repetían algunas otras de vez en cuando.
El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, más caritativo y menos temeroso que los demás, le dió de beber. Al relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba á hacer la nueva guardia:
--¡Que nadie se acerque al preso!
Al martirio del cuero, que ya amenazaba desconyuntarlo, agregóse entonces la tortura de la sed...
Varias personas caracterizadas se presentaron á Barraba, pidiéndole que hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó á reir.
--¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... ¡de verano!... ¡Dejen, que así aprenderá á carnear ajeno!...
--Pero, señor comisario...--le suplicaron.
--¡Bueno! ¿y áura salimos con ésas?... ¿Y no andan ustedes mismos diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» á los cuatreros?...
--Segundo es un infeliz, y...
--¡No hay infeliz que valga!
--¡Y creemos que el juez!...
--¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han tomau, y qué se piensan?...
Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraban en las carnes. Había soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas para mantenerse en pie...
Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le llevó casi agonizante al hospital.
Barraba reía con los suyos en la oficina:
--¡Poncho de verano! ¡qué gracioso!... Miren qué poncho de verano...
* * * * *
Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en _El Justiciero_, periódico oficial de Pago Chico.
«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible y merecida lección que acaba de dar á los cuatreros hará que cesen para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente buena acción!».
* * * * *
Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la miseria y el señor comisario se compraba otra casa...
PARA BARRABASADAS...
¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y mientras en el Club los patricios hacen destapar mucho vino espumante y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'ho detto tante volte»... ó acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como martillazos secos, ó la algarabía de alguna disputa nacida entre oladas de carlón.
Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los llamadores, se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto que parecen legión cuando son apenas un puñado.
Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz,--sabiéndolo en el Club,--guarecidos tras de la tapia de un terreno baldio; aquéllos han atado un tarro de petróleo á la cola del perro de Silvestre, y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del pueblo, despertando á las supersticiosas comadres de los ranchos que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Grandenfant, la partera,--cuadro que representa una mujer de palo, vestida de hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de rosa,--y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber á quién debe tal bromazo.
Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido tirios y troyanos, á pesar de las terribles disensiones. Hay armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de presencia--muy campechano,--y codearse breves momentos con la oposición.
El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división estuvo á punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota mensual,--sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»,--y la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años anteriores...
Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.
En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago ó por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende con un vals saltado que pone en movimiento á los más jaranistas y bailarines. No hay mujeres, naturalmente.
--¡Pan con pan comida de bobos!--exclama con sarcasmo Viera, el director de _La Pampa_.
Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza con Silvestre, y es de ver á los dos, dando vueltas vertiginosas y llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el piano, los consocios mismos.
El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea el vals á destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman á la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos, con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado á otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y estupor, algún transeúnte retardado á quien sorprende aquella inusitada barahunda y que mañana desprestigiará á «todo lo mejor de Pago Chico», entregado así á la más escandalosa y abyecta orgía.
El de los brindis logra por fin hacerse escuchar, y apenas concluye sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohino, se desliza hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando ó echando los pulmones en alguna otra forma original.
En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía, produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna desgracia, algún cataclismo...
Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.
--¡Señor comisario!--dice el oficial en voz baja, acercándose á Barraba.--El río Chico está desbordandose y amenaza inundar el pueblo. ¿Qué se hace?