Pago Chico

Part 5

Chapter 53,766 wordsPublic domain

--No,--contestó simplemente Viera.

--¡Pero hombre! ¡si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta ¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos á buscar al escribano para que la redate inmediatamente.

--¡Y de qué nos va á servir eso, si no hay justicia, si la protesta y nada todo es uno!--exclamó Silvestre.--Acuerdesé, don Inacio, de todas las que hemos hecho hasta hoy, y digamé cuál es la que no ha ido á parar á la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la eleción. No hay remedio, no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar á toda la canalla de los faroles, porque á ésos hay que matarlos ó dejarlos.

--Nunca está de más la protesta,--insistió don Ignacio.--Quién sabe qué vueltas van á dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.

--Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente ignominiosa de su historia,--apoyó el doctor Pérez y Cueto.

Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, D. Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro ó cinco más salieron para ir á buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los amos del poder, y sólo comenzó á escribir el documento cuando vió que los electores burlados comenzaban á irritarse, y que, por huir de un peligro futuro, iba á caer en uno inminente y contundente... Aún puede verse,--si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada mano no lo destruyó en La Plata, donde fué á golpear las puertas de la sorda justicia,--que está escrito con mano temblorosa, lleno también de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando el grande, el inmenso respeto del tabelión hacia las autoridades constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo cuando el desorden podía envolver y arrastrar á su dignísima persona...

Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las listas de padrón y se ponía en las actas.

Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario Barraba estratégicamente dispuestas frente á la iglesia, y por los correligionarios armados á rémington acantonados en los altos de la confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que tuvieron por seguro que no se presentarían ni siquiera los fiscales cívicos, y que el resultado de los ataques á los electores de la campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo á la tarea, copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de Ferreiro, es decir, alternando entre una y otra lista de las dos oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos D. Domingo Luna y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre pagochiquense.

No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero consideró que era mejor no provocar una disidencia en circunstancias tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias á su misma inutilidad personal: lo llevaría de las narices á donde quisiera.

En el comicio reinaba pues la calma más absoluta, y los pocos votantes que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose,--el disfraz solía consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más,--y volver diez minutos más tarde á votar otra vez como si fueran otros ciudadanos en procura de genuína representación.

--¡No sé p'a qué hacen incomodar á esa gente!--exclamó de pronto uno de los escrutadores.--Además de incomodarse ellos nos incomodan á nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho viejo del padrón, sin tanta historia.

--Tiene razón, amigo,--exclamó Ferreiro,--tiene mucha razón. Voy á dar orden de que no vengan más.

Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha á modo de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero ó de quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar.

El almuerzo les fué llevado de la fonda, pues el comité, descontando ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa confeccionada con grasa de vaca.

Por la tarde, á la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente á la puerta comenzó á funcionar el infaltable mortero municipal dirigido por D. Máximo en persona, estallaron las bombas de estruendo en el aire caldeado por un día bochornoso de sol, y los paisanos desarrapados, llevados de todas partes para las elecciones, formaron un grupo, abigarrado y maloliente, que con la banda de Castellone á la cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido provincial y mueras á los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible triunfo del oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de los cuatro locos que se arrogaban la representación política de ese mismo pueblo, unánime como tabla, sin embargo, para hacer creer á los inexpertos que de veras había una oposición en Pago Chico, donde á lo único que las personas sensatas hacían la guerra, era á los perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían trastornarlo todo, por aquello de que á río revuelto ganancia de pescadores...

Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando al pasar de improperios á todos cuantos habían intentado sacudir el yugo.

Viera, entre tanto, sentado á la puerta de su casa, oía todo aquel innoble regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada tensión nerviosa de aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del necesario para realizar alguna obra hercúlea, como la higienización de las caballerías de Augías, por ejemplo... Confusas imágenes, vagos sueños de evangelización y sacrificio cruzaban por su mente, sentía un nudo en la garganta, una opresión en el pecho, é incapaz de sintetizar después del análisis, de obrar basándose en la triste experiencia, sólo acertaba á balbucir:

--¡Será posible! ¡Será posible!

Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será posible! era protesta, programa y credo,--lo más puro, y por lo mismo lo más inmaterial, imponderable, sublime...

Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba impreciso. No podía resolverse á nada. No sabía. Entonces, en pleno reino de lo abstracto, sólo atinó á buscar su abstracción espiritual y sentimental más alta:

Se fué á ver á su novia.

LADRILLO DE MÁQUINA

La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una especulación en tierras, bastante grande en relación á la importancia del pueblo.

La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó á la mitad de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos comenzaron á andar á caballo ó á esconderse como los peludos.

Pero, antes de esta semi-catástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta sin diez ó doce remates de solares, quintas y chacras, y un terreno cualquiera solía tener en un solo mes cuatro ó cinco propietarios sucesivos, dejando apreciable ganancia á todos los vendedores.

Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.

Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de «sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.

Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al fondo de la verídica historia que narramos.

Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal aplicado[2] y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, quedaba á veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el «sobrante».

Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelemos á las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta y siete y media varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:

37½ 37½ 37½ 37½ A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=150 varas

Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 varas,--equivocados al situarse los puntos A y B,--era forzoso que entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de pudor administrativo) entre solar y solar.

37½ 37½ 37½ 37½ A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=165 varas

Las quince varas de diferencia--sobrante--eran adjudicadas al precio primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente--á la persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban á peso de oro, un terreno que habían pagado ya, pero cuyo exceso de superficie no ignoraban probablemente: á un engaño hay otro engaño, á un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.

Este error topográfico, provocaba el inverso, que otro línea explicará, sin más vueltas:

37½ 37½ 37½ 37½ A ━━━━━━━━━━━━ B=112.50 varas

En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera ó pudiese forjarse un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba (naturalmente si era situacionista porque la reclamación no «cuajaba» de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir las varas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez ó veinte veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron por este sistema! y si Ferreiro llegó á diputado fué sólo á costa de muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí, indicar á otros ó repartir entre los «personajes» que le interesaban ó podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas «comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales, de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente su propina.

Esto hubiera bastado á cualquier gobierno aprovechador.

Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo resolvieron un buen día dedicarse también á la industria y establecer una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados estupendos.--Asistamos á la reunión en que quedaron sentadas las bases de la empresa.

Celébrase ésta en casa del juez de Paz D. Pedro Machado, con asistencia del intendente Municipal D. Domingo Luna, del comisario Barraba, del doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías habían de conducirlo más tarde á ser todo un personaje provincial y hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de que «todo se andará si el palito no se quiebra».

Es de noche. Ronco son hace del mar la resaca...

Una chinita desarrapada, ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa del comedor, como adorno característico, se alza un porrón de ginebra rodeado de copas.

Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia lo lucrativo que á su parecer resultará el negocio, las ventajas que reportará á los asociados, las grandes cantidades de ladrillo que se podrán producir y vender...

--Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och'hornos en el pueblo y nos van á hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...

Largo rato se debatió la cuestión, entróles miedo á los presuntos fabricantes, y ya iban á abandonar la empresa por demasiado aleatoria, cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte en la discusión, electrizó de nuevo á sus socios y discípulos de siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:

--¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder trabajar?--preguntó á don Domingo Luna, el más interiorizado en el asunto.

--Seis meses.

--¿Y para que venga la maquinaria de Europa?

--Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.

--Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...

Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros y exclamaciones de satisfacción. Á nadie se le ocurrió objetar que aquello podría ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó á Ferreiro en el hombro. Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y levantando la cabeza sonriente, y D. Domingo hizo un movimiento tan brusco é intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la china cebadora.

El plan de Ferreiro era muy sencillo:

Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un principio, y como los improvisados «ingenieros»--ni agrimensores siquiera,--municipales habían hecho las calles en forma de dientes de sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano de la futura ciudad.

Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábríca; los horneros, presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían á producir «ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina», demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.

Y así se hizo, como se dijo.

Los horneros fueron emigrando poco á poco; la maquinaria llegó; la fabricación inicióse con un resultado desastroso, porque nadie entendía aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; (la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América ú otro país bárbaro); gritó _La Pampa_; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él enviando anónimos al gobernador y á los periódicos de la capital... Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires, comenzaron á levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos, como diciendo «compradme», Ferreiro se encaró cierto día con «el digno y progresista intendente de Pago Chico», según _El Justiciero_.

--¡Hombre, don Domingo! ¡Se me acaba de ocurrir una cosa!

--¡Vamos á ver qué se le ocurre!--exclamó Luna.--Estoy á su servicio.

--Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.

--¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?

--¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero, ando un poco necesitado de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de comprar, y naturalmente, ¡no voy á vender las acciones á algún extraño que vaya á meter las narices en nuestros asuntos!...

--¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?

--Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se las doy por lo que me costaron.

--¡Arreglao!--exclamó el otro muy satisfecho.

Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad anónima de los ladrillos de máquina.

Véase ahora la tontería de Ferreiro:

Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces más que su valor fiduciario, y D. Domingo Luna, hecho un puerco espín, exclamaba:

--¡Á este Ferreiro no hay por donde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... ¡Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! ¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no á mañas libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que díbamos á hacer!...

Una vez se atrevió á increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:

--Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.

--Pero, yo soy su amigo, don...

--En la especulación, lo mismo que en el juego no hay amigos, sino enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al fin y al cabo, y aquí estoy yo para hacer que se desquite. Compre certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de pocos meses habrá duplicado ó triplicado el capital.

Y fué, en efecto, un gran negocio para D. Domingo, quien perdonó gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los malhadados ladrillos de máquina...

NOTAS:

[2] Véase «El juez de paz», pág. 51.

BENEFICENCIA PAGOCHIQUENSE

De las dos sociedades de beneficencia formadas por señoras que había en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era la sociedad «Damas de Beneficencia», naturalmente ultra católica y archiaristocrática, como se puede--¡y vaya si se puede!--serlo en Pago Chico.

Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» según dijo _La Pampa_, y la verdad es que en un principio hicieron gran acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no sin acierto entre pobres de veras, sin distinción de nacionalidades, religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero, prefiriendo sin embargo, socorrer á los indigentes con alimentos y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías, boticas,--todas de masones comprometidos á hacer una importante rebaja. La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía, pero no á las viudas, ni á los huérfanos, ni á los pobres, ni á los inválidos y enfermos, sino á su digna presidenta misia Gertrudis, la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse á sí misma, no ayudando á los demás, con los recursos que le llovían de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.

Tendrían ó no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, viviría ó no viviría misia Gertrudis de lo que se daba--con bastante generosidad--para los pobres; esquilmaría ó no esquilmaría el óbolo común; el hecho es que estrenaba anualmente dos ó tres vestidos de seda que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia á la comisaría, á la valuadora, á la misma intendenta; que de cuando en cuando, compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos en los almuerzos que ella y el tesorero daban á sus amigos, enemigos más bien.

Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fué creciendo, fué creciendo» y no tardó mucho en llegar á los propios oídos de la mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y traer chismes y habladurías. Doña Dolores, enemiga á muerte de misia Gertrudis la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.

Un día, pues, no resistió al deseo imperioso de contar á la interesada cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces á gritos.

--Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una lección.

Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con dicterios dirigidos indistintamente á todos los notables de Pago Chico. La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia--cuya sola enunciación la hacía estremecer--y declaraba á voz en cuello que lo único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se la hacía víctima inmaculada y dolorosa.

--¡Calumniarme á mí, á mí!... ¡Á ver si hay una sola de esas hijas de una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! ¡Que vengan, que vengan á esaminar mis libros!...

Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que nunca se habría atrevido á presentar, ni á esas ni á otras damas cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario, de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite, de petróleo que debía á los pobres. É imaginábase que entre ellos se erguía la figura odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por hacer daño á la iglesia y á los católicos y á Dios mismo, llevaba sus libros peor escritos sí, pero con arreglo á la verdad.

Una mañana mister Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar á su verdadero destino.