Pago Chico

Part 3

Chapter 33,815 wordsPublic domain

Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, dos hombres á caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se dirigieron á la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de intransitabilidad.

Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos personajes de novela caballeresca, y llegaron á la puerta de la comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el mejor caballo,--y en quien el lector perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra á su asistente--trepó á la acera sin desmontar, dió tres fuertes golpes en el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...

Y esperó.

Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y refunfuñando un terno volvió á golpear con mayor violencia.

Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se notaba movimiento alguno.

Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo cada una de ellas con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin allá á las cansadas entreabrióse la puerta, vióse por la rendija la llama vacilante de una vela de sebo, y á su luz un ente andrajoso y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.

--¿Está el comisario?--preguntó el inspector bronco y amenazante.

El otro, humilde, tartamudeando, contestó:

--No, señor.

--¿Y el oficial?

--Tampoco, señor.

El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco para atrás, y ordenó, perentoriamente:

--¡Llame al cabo de cuarto!

--¡No... no... no hay señor!

--De modo que no hay nadie aquí, ¿no?

--Sí se... señor... Yo.

--¿Y usted es agente?

--No, señor... yo... yo soy preso.

Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que temblaba de pies á cabeza.

--¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?

--Sí se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la esquina bo... borracho, ¡sí se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.

Una hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó á dar simples explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el hecho de que su sistema no sufrió modificación, y de que el preso-portero y protector de agentes descarriados, siguió largos meses desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.

NOTAS:

[1] Ver «El casamiento de Laucha».

EL CAUDILLO

Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las autoridades lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre descontento, tenía puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus empresas políticas, le daba á defender sus intereses. Sin D. Ignacio, Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él, siquiera se ejercía el derecho del pataleo.

No era D. Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido si se comienza por descontentar á los partidarios? Pero apuntaba... Su viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta:

PESOS

Prestado al gordo, que está sin trabajo 5'00 Á Juan para la copa 0'20 Un letrero y una bandera para el comité 15'50 Á la china Dominga para que haga venir á sus hijas á la inscripción 25'00 Una docena de bombas 6'00

Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa suma,--cuatro ó cinco mil pesos--y no examinaba su cuaderno sin lanzar un suspiro y sumirse en profunda meditación.

--¿Quién pagará estas misas?--se decía.

Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para terminar diciendo:

--Yo soy el pavo de la boda.

Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:

--El que quiera pescao, que se moje... el que le dije.

Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las municipalidades de campaña.

Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne circunstancia, puesto que el teatro--un galpón de zinc--pertenecía á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni alquilarlo á sus enemigos de causa.

Llegado el día, D. Ignacio,--que había contratado la banda á su costa, hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de estruendo--esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante sus tres años de caudillaje.

Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:

«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»

Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin logró dominar el bullicio, gritando:

--¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!

--¡¡Vivaaa!!

--¡Abajo los espoliadores del pueblo!

--¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el patriota!

¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio! ¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del vencimiento.

--¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?--preguntábale por la noche Silvestre.

--¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos!

Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...

Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros, clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, exclamó:

--Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.

D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de ira.

--¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.

Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la guitarra--estaban en la botica--y cantaba acompañándose con grandes golpes de uña en las seis cuerdas:

Y ásime... gustáun... tirano c'abra labocay... ¡no grite!

El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle proposiciones. Pero Silvestre--la oposición dentro de la oposición--estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que se hubiera iniciado.

Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo escribió en _La Pampa_. Inútilmente, porque el meeting había dado el mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...

Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad, que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus partidarios del día anterior.

Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los delegados de la capital--no era la primera zorra que desollaban éstos--lo designaron para intendente.

--En una semana se habrá desmonetizado,--decían aquellos profundos políticos.

Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».

--¿No le parece una barbaridá, Paisano--así le llamaban--que hayan hecho intendente á don Inacio?

El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla:

--¡Dejenló pastiar qu'engorde!

Y, en efecto, D. Ignacio comenzó á engordar en la Intendencia, haciendo en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba á su alcance.

Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión de fe á los pueblos en general y al de Pago Chico en particular.

--Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!

Don Ignacio lo miró de hito en hito:

--¿Y qu'estoy haciendo, vamos á ver?

--¿Quiere que le diga? ¿quiere que le diga? ¡No me busque la lengua, canejo!

--Decí, decí no más.

--¡Está robando como los otros!

El caudillo estuvo á punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente:

--¿Y á mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...

Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno, exclamó como quien esboza un sublime programa:

--¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...

EL JUEZ DE PAZ

También Pago Chico tenía juez de paz.

Éste era entonces, y desde años hacía, D. Pedro Machado, enriquecido en el comercio con los indios, y á quien la política había llamado tarde y mal.

--¡Á la vejez viruela!--decía Silvestre.

Y, en efecto, para desaguisados el juez aquél, famoso en su partido y en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo contar porque pasa de castaño obscuro.

Ello es, que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de muy malas pulgas que consideraba á su hija como una máquina de lavar, acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta á sus órdenes por la divina providencia.

Demás está decir que se opuso á los amores de Petrona y Eusebio, como quien se opone á que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un día con él sin que nadie supiera adónde.

Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y pataletas...

El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran conocedora de males y remedios, le dió unos mates de cepa caballo...

Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de los consejos más ó menos viables.

--¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es de lái háe golver!

--¡Usebio es un buen gaucho y no la v'á dejar!--observaba un consejero del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.

Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni tener paciencia.

Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven acabábanse la holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de costumbre...

--¡No! ¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar!--Y se desataba en dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera condensado y quintaesenciado en su interior.

--¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar á la autoridá!...

Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que comience á desaparecer su fe en esa providencia chingada.

Fué, pues, misia Clara á quejarse á D. Pedro Machado.

Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas y dos sillones, uno para el juez, otro para el secretario; todo eso era el Juzgado de Paz de Pago Chico, y la sala del trono de D. Pedro Machado.

Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil apostado junto á la puerta sólo dejaba pasar á los querellantes, á medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.

--¡Hoy he estado evacuando todo el día!--solía exclamar el funcionario cuando abundaban las causas.

Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fué larga, pues todo Pago Chico estaba en pleito ó buscaba la ocasión de estarlo. D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa.

--Á ver, vos, ¿qué querés?

--Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace dos meses que...

--¡Bueno!... Andá decíle que te pague, que digo YO... Y si no te paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un tramposo...

El hombre se fué medianamente satisfecho, dando paso á otros pleitistas cuyo litigio era más complicado.

--Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera con la que está edificando el señor, la Municipalidad me dió una línea sobre la calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos perpendiculares sobre esa línea. Pero ahora resulta que el agrimensor municipal no supo darme la línea y que la pared medianera, como ya digo, se entra en el fondo, en el terreno del señor, que me reclama las varas que le faltan. Yo, á mi vez, y antes de contestar á esa demanda, vengo á demandar á la Municipalidad por daños y perjuicios, porque me dió la línea causante de todo...

Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpióle de pronto interpelando á la parte contraria:

--¿Y usté qué dice?

--¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad.

--Demandar á la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?...

--Señor, yo... demando á...

--¡Calláte! ¡Y vayan los dos á ver si se arreglan, y pronto... que si no les atraco una multa!

La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos á los anteriores, hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta significación que iba furioso contra _La Pampa_, el diario opositor, salido aquellos días de toda mesura. El diario publicaba un violento artículo contra él, Felipe Gómez, y lo trataba poco menos que de ladrón.

--Hola, Gómez, ¿y qué lo trai por acá?

--Vengo á acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!

Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por las indignadas interjecciones de D. Pedro Machado.

--¡Á hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va á pasar! ¡Es malo tentar al diablo!...

Y dirigiéndose al secretario:

--Estendé un' orden de prisión contra Viera...

--Vaya tranquilo nomás, Gómez, que aquí las va á pagar todas juntas.

Se fué Gómez á anunciar á sus amigos que había sonado la hora de la venganza; pero el secretario no extendió la orden de la prisión.

--Sabe D. Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de imprenta, y que no podemos dar curso á la acusación de Gómez...

--¿No?

--¡No, señor! Tiene que ir á La Plata.

Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección; y para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:

--¡También vos! ¿por qué no me decís?...

Por fin tocó el turno á misia Clara, que entre gimoteos y suspiros contó cómo Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que tuviera á mano.

--¿Cuántos años tiene la muchacha?

--Diciocho, D. Pedro.

--Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.

La vieja volvió á gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.

--Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le perdono con tal de que no lo vea más á Usebio, que es de lo más canalla!...

Don Pedro permaneció impasible, armando un negro con el papel entre el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano izquierda con las yemas de la derecha.

--¡Amparemé, señor!--insistió la vieja.--¡Haga que güelva m'hija!... ¡Ó, de no, atraquelé una multa á ese bandido!

--P'a eso no hay multas... Si juera uso de armas,--replicó sarcásticamente D. Pedro.

La otra cambió de baterías.

--¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy tan vieja y tan pobre!...

--¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y es natural.

Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa reprimida á duras penas.

--¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro?--clamó misia Clara, desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que nunca.

El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después sentenció con calma:

--¿Yo? Que sigan no más, que sigan...

LA ELECCIÓN MUNICIPAL

Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el diario oficial, _El Justiciero_, la siguiente inesperada noticia:

OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES

«Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales: Don Domingo Luna Don Juan Dozo Don José Bermúdez Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, cuenta con numerosos miembros, y aunque formado á última hora, puede disputar el triunfo á los demás partidos, con bastantes probabilidades de éxito. En cuanto á los cívicos, demás parece repetir que tendrán que comer cola.»

¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el diario con el dedo, exclamó gozoso:

--¿No ves, china, como todavía me necesitan, como todavía tengo quien me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá la lista! Aquí estoy con Luna y Dozo, ¡y _El Justiciero_ dice que muy bien podemos triunfar!

--Alguna picardía de Ferreiro. Lo mejor será que no te metás,--replicó Jerónima, siempre desconfiada.--Cuando menos te quieren sacar unos pesos, pa'l asao con cuero y la pionada...

--¡Vos siempre agarrás pa'l lao del miedo!--replicó Bermúdez que se echó inmediatamente á la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.

Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.

Bermúdez, sin plan, iba palpitante, envanecido con su prestigio, ya innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él iría directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien que no fuera su mujer, tan suspicaz y desconfiada que jamás creía las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su digna esposa á compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo menudo que sus amigos se habían arrepentido,--como no podían menos de hacer,--de haberlo dejado á un lado, cuando tantos y tan importantes servicios prestara á la causa común.

El doctor lo miraba á ratos y á ratos bajaba los ojos, disimulando una risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:

--Ma é per il cuochente! Ma, non vede qu'é per il cuochente?

El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció, y sin haber comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando:

--¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?

Fillipini, tomándole un botón de la levita,--para la circunstancia Bermúdez había creído conveniente salir de levita,--y jugando con él, le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua ítalo-criolla, impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos, sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere.

Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas,--Luna en este caso,--sería electo sin discusión, por pocos votos que obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa, cuya misión terminaría casi antes de haber empezado.

--¡Hijos de una gran!...

--¡Eh! ¿qué quiere? Fatta la legge, fatto l'inganno!