Part 14
Barrucchi, á quien la noche del incendio corrió á avisarse al Club que ardía la botica, se limitó á contestar tranquilamente, encogiéndose de hombros:
--¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...
El pobre Tartarín tuvo que ir á Argel por una copla; Barrucchi tuvo que irse de Pago Chico por una frase.
También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando á los vecinos:
--¡No lo muerdan, qu'es del barrio!
Los hombres también, y si no, véase en seguida como lo prueba, con elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.
ALTRUISMO
Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres ó cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban lentamente á la estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese objeto en el Club del Progreso, en el café y en la confitería de Cármine, y al acercarse la hora fueron destacándose poco á poco, para no llamar demasiado la atención ni dar pie á que los opositores hicieran alguna de las suyas.
Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el diputado Cisneros con la misión de reconstituir el comité, y era preciso hacerle una calurosa acogida á pesar de lo intempestivo de la hora. La estación estaba completamente á obscuras; sólo por la puerta de la habitación del jefe filtraba una raya de luz, y allá en el fondo el Buffet,--en funciones para las circunstancias,--abría sobre el andén desierto el abanico luminoso de su entrada. Allí fueron sentándose á medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano Ferreiro, el intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y varios otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito, ni aun don Máximo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de no tener que disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia. No hubo francachela; los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar con el mochuelo del coperío, aunque sólo hubiera en la estación una veintena de personas. Cada cual, si quería, «tomaba algo»... y pagaba.
La espera fué larga. El expreso se había retrasado en no sabemos qué estación y el jefe aún no tenía noticia de su llegada... Poco á poco, todos fueron á pasearse en la obscuridad del andén, luego instintivamente agrupáronse á la puerta del Buffet, y conversaban mirando inquietos al norte por descubrir entre las sombras el ojo encendido del tren en marcha.
--¿Á que no sabe abrir esta cajita?--dijo de pronto el escribano Ferreiro, presentando un objeto al Intendente Luna.
Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos asomaba un botón á modo de resorte; un juguete-chasco de lo más infantil, pues oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al curioso, con tanta mayor fuerza cuanto mayor había sido su confianza en sí mismo y el apretón consiguiente. Luna la tomó, la examinó deliberadamente, vió el resorte cuya evidencia debería haberlo hecho recelar sin embargo, y exclamó:
--¡Mire qué gracia!...
Soberbio fué el golpe de pulgar que dió al botón apenas había dicho estas palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema del dedo... Estuvo á punto de soltar uno de los ternos más sonoros de su colección; pero se contuvo á tiempo, y lejos de protestar, fingió seguir examinando la cajita.
--No doy ni mañana--dijo por fin.
--Aver emprieste compadre,--solicitó Barraba tendiendo la mano, con los ojos brillantes de curiosidad.
Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio que encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se interrumpieron.
Barraba cayó en la trampa, y á su grueso pulgar asomó una gotita de sangre como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir maniobrando con la cajita.
--¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas cosas!--exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.--¿No sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza?--Aver traiga p'acá.
Barraba no tuvo inconveniente...
Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito. Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre, con tal de que en seguida, se lo devoraran á los amigos y compañeros. «Si licet in parva...» como en el sorteo famoso de Matucana que, repitiendo en eso á Homero en la Ilíada, tuvo también su Tersites.
Y después de Machado, la cajita pasó á Bermúdez, á Carbonero, á los demás--hasta á don Máximo, que fué el último en pincharse.
Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son puestos á la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y trataría de explicarlo á los demás, por aquello de que «tout comprendre c'est tout pardonner».
Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema á los grandes modistos literarios. Ello vendrá.
Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa estación de Pago Chico--microcosmos sintetizado,--y entre aquel reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara á la altura de las circunstancias. El mismo don Máximo,--el último mono--se dirigió humildemente al escribano:
--¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?
--¿Para qué don Másimo?
--P'a mostrársela á Petrona, no más...
Su altruismo no le permitía gozar tan sólo de las delicias de la aguja, pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido á chasquearlo y se reían de él, como si fuese el único burlado.
Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y volverse hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma, con el tren aún en movimiento, comenzó á dirigirles la palabra:
«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo y vuestra abnegación. Siempre dispuestos á sacrificaros por el bien de los demás, á luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento ajeno, venís en horas de combate á retemplar mi espíritu, para el holocausto fraternal á que estoy dispuesto tanto como vosotros mismos».
Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo de pasarle la cajita sin faltarle á las debidas consideraciones. Pero no lo halló, por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea de embromar á la Petrona...
¡Y decir que la peregrinación de la cajita se repetía diariamente y en mayor escala en Pago Chico, y se repite en todas partes, cuando ya estamos á las puertas del siglo de oro de la solidaridad humana!...
LIBERTAD DE SUFRAGIO
Cierta noche, poco antes de unas elecciones, el Club del Progreso estaba muy concurrido y animado.
En las dos mesas de billar, la de carambola y la de casín, se hacían partidas de cuatro, con numerosa y dicharachera barra. Las mesitas de juego estaban rodeadas de aficionados al truco, al mús y al siete y medio, sin que en un extremo del salón faltaran los infalibles franceses, con el vice-cónsul Petitjean á la cabeza, engolfados en su sempiterna partida de «manille».
El grupo más interesante era, en la primera mesita del salón, frente á la puerta de la sala de billares, el que formaban el intendente Luna, presidente del Concejo, varios concejales y el diputado Cisneros, de visita en Pago Chico para preparar las susodichas elecciones. Entregábanse á un animado truco de seis, conversadísimo, cuyos lances eran á cada paso motivo de griterías, risotadas, palabrotas con pretensiones de chistes y vivos comentarios de los mirones que, en círculo al rededor, trataban más de hacerse ver por el diputado que de seguir los incidentes de la brava partida.
Junto á ellos, sentado en un sillón, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, acariciándose la bota, abrazándola casi, el comisario Barraba con el chambergo echado sobre las cejas y dejándole en sombra la mitad de la cara achinada, ancha y corta, de ralo y duro bigote negro, hablaba ora con los jugadores, ora con los mirones, lanzando frasecitas cortas y terminantes, como cuadra á tan omnímoda autoridad.
Descontentos no había en el club más que tres ó cuatro: Tortorano, Troncoso y Pedrín, á caza de noticias, cuya tibieza les permitía andar por donde se les diera la real gana.
Los tres se hallaban cerca de la mesa del intendente y el diputado, podían oir lo que en ella se decía, y hasta replicar de vez en cuando,--aunque con moderación naturalmente,--al comisario Barraba.
Alguien habló de las elecciones próximas y de las respectivas probabilidades de cada candidato.
--¡Qué eleciones ni qué eleciones!--exclamó Tortorano encogiéndose de hombros.--Nosotros nunca hemos tenido eleciones de veras, ¡y no las tendremos jamás!...
--La libertad de sufragio...--agregó Troncoso sarcásticamente.
Pero el comisario, echando hacia atrás la cabeza, tanto que casi dejaba ver el dedo de frente descubierto entre el chambergo y las cejas, lo interrumpió:
--¿Qué dice amigo? ¿Que no v'haber libertá?
--¡Vaya, comisario, nunca ha habido!--objetó Tortorano sonriendo.
--Sería una novedad muy grande,--afirmó Troncoso retorciéndose el bigote con aire convencido.
--¡Y s'imagina, entonces, que yo estoy aquí p'a quitarles la libertá á los ciudadanos! ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?...
El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa, levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el salón, como si los concurrentes se quedaran á la expectativa de un acontecimiento trascendental. Pedrín fué acercándose más al comisario...
--No digo eso,--murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose interiormente dónde iría á parar el hombre encargado en Pago Chico de asegurar el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la otra.
¿Se habría convertido de la noche á la mañana, después de tantas arbitrariedades y persecuciones?
--Yo tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más!
Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso á armar un cigarrillo negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de veras. Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una ingenuidad:
--Me alegro mucho de haberl' óido,--dijo.--Yo ya estaba por no ir á las eleciones. Pero desde que usté garante la libertá...
--¡¡La garanto, canejo!! ¡Ya lo creo que la garanto!
El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto á llamar al orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás autoridades estaban, al oir semejantes despropósitos, que no sabían lo que les pasaba.
--Pues si es así...--prosiguió Pedrín,--lo que es yo, el domingo no faltaré en el atrio p'a votar por don Vicente.
Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado, de un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dió tiempo para soltarse la bota. Y así en un pie:
--¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau!--gritó.--¿Qué es lo que dice, amiguito?
--Que ya que usté garante la eleción v'y á sufragar por los cívicos... nada más.
--¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Como de miarse en la cama!
--¿Pero no dice que habrá libertá de votar?
--Sí, para todos; ¡pero libertá, libertá de votar por el candidato del gobierno!...
Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares se exhaló del truco oficial.
Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca...
EPÍLOGO
Lector que, risueño ó adusto has recorrido con interés ó desgano, estas páginas aparentemente superficiales ¿sabes á qué espectáculo hemos asistido juntos sin saberlo? ¡Pues nada menos que á las primeras palpitaciones de una democracia en gestación y á los primeros desperezamientos de una gran ciudad en la cuna!... ¡Así, como lo oyes!
Ríete si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reirse de la verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc...
Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia sino el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto, van corridos desde los sucesos narrados en la crónica que cerramos provisionalmente con estas líneas. En ese lapso las cosas han cambiado, Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de población, con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias; su comercio gira millones, su industria crece y prospera, su fuerza vegetativa y progresiva es colosal; en política también se ha dado un largo paso hacia adelante, y aunque esté muy lejos aún el ideal, algo se ha ganado en cuanto al juego de las instituciones, y hasta parece haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los burdos medios de gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y ya se sabe que la hipocresía es tácito homenaje del vicio á la virtud.
Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que lleva nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese á los sucesivos descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste. Quien se detenga hoy en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, ó que lo pintamos en remotísimos tiempos,--allá en la edad de la piedra labrada ó del hueso roído--aunque su historia es casi una actualidad, algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno vetusta.
Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como se retiraba antiguamente la línea de fronteras,--he ahí todo. Y como, más por azar que por cálculo, hemos olvidado hasta ahora determinar la exacta ubicación del pueblo, puede el lector situarlo más al oeste del meridiano quinto ó más al sur del Río Negro, con cuya sencillísima operación tendrá á la minuta un verdadero «plato del día». Y ni aun es menester que vaya mentalmente tan lejos, pues rincones hay todavía, muy próximos á la misma capital, donde continúa á más y mejor cociéndose habas, en forma parecida por lo menos.
En fin, risueño ó adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras, para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica completa de la era inicial pagochiquense, sino como una simple colección de documentos que forman parte de ella--parte pequeña por lo demás,--y hecha voluntariamente al acaso, sin plan previo, para que de su misma aparente inconexión resulte, si lo puede por sí misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que aconsejan los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones ó ideas...
Quiere esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de documentos y notas atinentes á la vida política, intelectual, social, moral etc., de Pago Chico,--y en primísimo lugar cuanto á las damas y al amor, con sus enredadas marañas se refiere,--destinados á la polilla y el polvo del olvido, si la muestra presente no despierta el interés y la atención que nos atrevemos á esperar.
Haz, lector, una seña, y verás cómo nos apresuramos á convertir en Prólogo de otro volumen, este Epílogo que--en tal expectación--no relata sucintamente como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía literarias, qué «se ficieron» todos los personajes de la obra y los hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos alegraría, y no por el éxito que pudiera significar--créasenos aunque no parezca cierto,--sino porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más verdadera melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito de juventud,--toda ésa que se revive al relatar la que fué, ésa que á tantos ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, ésa que obligará á Silvestre á redactar in extenso sus memorias, en cuanto no tenga otra ficción de trabajo con qué entretener los nervios bailarines.
Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer un libro entretenido, lo echemos á perder ahora con una intolerable lata.