Part 12
De la parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de _La Pampa_ después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban unos pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios que, en vez de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto mismo era más nominal que positivo, pues como el diario, bamboleante en un principio, se sostenía á duras penas, los proveedores bonaerenses de papel, tinta, tipos y demás, tenían en cartera documentos á plazo fijo por un total bastante más crecido que el valor del terreno. Para _La Pampa_, más celosa que la misma balanza de precisión de Silvestre, la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier carga desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por falta de elementos.
Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó á cabo con éxito visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes propagandistas y comisionistas de _El Justiciero_, buscando avisos y subscripciones que muchos no les negaban por no incurrir en las iras celestiales. Pero, según lo ya dicho y como que el hilo se corta por lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la sacaban práctica, aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin graves temores para un futuro inmediato.
--¿Por qué no se subscribe al _Justiciero_? ¿Por qué no pone su avisito en _El Justiciero_?--era la frase intercalada de pronto y sin andarse con muchos rodeos en la conversación por los secuaces del escribano.
--Porque ya estoy suscrito á _La Pampa_ y tengo allí mi aviso.
--Póngalo también en _El Justiciero_, porque _hay_ interés en ayudarlo, y para un comerciante que vive de todo el mundo, como Vd., no conviene estar bien con unos y peor con _otros_ que valen más.
El comerciante trataba, á veces, de no dar su brazo á torcer, siguiendo con el aviso en _La Pampa_.
--Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y á gatas si puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.
--Bueno,--replicaba el comisionista de ocasión,--en ese caso, para no quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga tomar entre ojos.
Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder» forzosamente cedía, si no á la elocuencia de estas palabras, á las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y ó daba el aviso á _El Justiciero_ quitándoselo á _La Pampa_, ó se lo quitaba á ésta para no darselo á nadie. Lo mismo ó punto menos ocurría con las subscripciones...
El derrumbamiento del diario oficial se precipitaba estruendosamente sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto en práctica, observóse que no entraba un solo anuncio nuevo,--como es natural, dado el carácter de los anunciantes,--mientras seguían retirándose los viejos...
Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías, redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien las páginas de anuncios de _La Pampa_ podían llenarse bien ó mal con los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo, acudió solicitando un préstamo á la sucursal del Banco de la Provincia, aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por hambre. No se le dió ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad».
Aún no había hecho confidencias á nadie, limitándose á refunfuñar que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo, instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía.
El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la hipótesis era caso de pensar en desnudar á un santo desnudo para vestir á otro no más abrigado por cierto. Como aquel pesar y aquel temor de la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, sino que, en el momento psicológico de la expansión, abrióse al doctor Pérez y Cueto que acababa de llegar por casualidad á la imprenta, y que le escuchó con tristeza y á ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida por Ferreiro, Luna, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti.
--¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!...--exclamaba de tiempo en tiempo el doctor, interrumpiendo á Viera.
Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo volvía á interrumpir:
--¡Caramba, caramba, caramba!
Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado el tema, sino porque la fatiga le exigía reposo. El doctor Pérez y Cueto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego, irguiéndose, arribó á una conclusión:
--¡Hay que arreglar eso!--dijo.
Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa atención, repitió sentenciosamente:
--¡Hay que arreglar eso!
Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:
--¿Y cómo?--preguntó á su grande amigo.
--¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando á este desdichado pueblo y vejando á la gente de pro. ¡Á todos nos toca mantener bien alto la bandera enarbolada por _La Pampa_, y todos sabremos cumplir nuestro deber! ¡Tenga Vd. confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón para seguir luchando como bueno!
Estaba tan agitado y conmovido cual si acabase de hablar ante cien ó doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y á fe que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar, porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en gran nación, agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial; compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis cómo se agiganta...
--¿Con cuánto se remedia?--preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo á la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer tonterías, á lo humano, sin perder por eso su divino carácter.
Viera se lo dijo.
--Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con Vd., Pago Chico está en deuda con _La Pampa_, su único defensor, su postrer baluarte, y es preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio, pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de otras listas. En un par de días tendrá Vd. el doble de lo urgentemente necesario, y _La Pampa_ volverá á navegar viento en popa.
Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba triunfante en la redacción de _La Pampa_, gritando á voz en cuello:
--¡Aún hay pueblo en Pago Chico! ¡Aún hay pueblo en Pago Chico!
Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella época, y centenares de vecinos subscribieron con entusiasmo según sus fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento, hubiera pensado que aquélla era tela de ciudadanos, y que con elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de conocer el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia...
Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de _La Pampa_ resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el talero mismo. No hay quién la saque. Sería más capaz de bolearse que de dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil, de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo contaríamos. Gracias á que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser mentira sin cuasi en cualquier mundo á lo Pangloss...
Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que faltó fué el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con el cero de la entrega... He aquí los hechos:
La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente solo.
--¡Viera, hermano Viera!--exclamó el insigne boticario.--Te he juntado más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa; y si los querés te los traigo áura mismo.
--No hay apuro.
--Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Esto sí que es honroso. Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta á aflojar la mosca, por algo ha 'e ser. Tocarle el bolsillo es como andarle por las verijas á un animal cosquilloso. Así que, si querés, podés engréirte de lo que han hecho con vos.
--Sí, hermano--replicó Viera--me siento verdaderamente conmovido, y si no fuera por eso llegaría á ponerme orgulloso. ¡Ésas son cosas de que no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...
Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.
Silvestre le miraba. Al rato le preguntó:
--Pero, decíme, ¿La suscrición te alcanza para sacarte completamente del pantano, ó no?
--Es una ayuda muy grande.
--Eso ya sí. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos?
--Por el momento sí.
--¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verda? Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto se gasten esos nales volvés á enterrarte hasta el encuentro en el tembladeral, ¿no?
--Desgraciadamente.
--Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para pagar á todo el mundo y vivir sin arretrancas!; ó, de no, mucha plata para que el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más población y entonces se pueda sostener.--Porque supongo que, aunque los nuestros suban no sos de los que se han de prender á la ubre...
--Tenés razón, tenés razón en todo Silvestre...
--Bueno... entonces, esperá... dejáme á mí... Yo sé lo que hago, y has de ver cómo todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya verás ya verás...
Y se levantó en actitud de marcharse.
--¿Qué pensás hacer?
--No te quiero decir... Luego... Mañana.
Y se fué.
Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión ó de esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba, crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre lo enajenaron, entregándolo á una especie de pasajera megalomanía: era evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación, comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más ámplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que con menos sacrificio se arribaría á mucho mayor efecto si no se aguardaba cada vez, para echarle una manito, á que el carro estuviera encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al pueblo...
Fué á ver á la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de aprecio--gloriosas decía él--embriagaban su juventud, para hablar también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el fantasma de la miseria... Después, vuelto á su casa, aquella noche se durmió sonriendo á sus nuevos y quebradizos juguetes.
Cuando, á medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia. Viera lo miró sorprendido.
--¿Qué tenés?--exclamó.
Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, presentólo por el cabo al periodista y
--¡Tomá, matáme!--murmuró con voz reconcentrada.
--¿Qué tenés? ¿estás loco?
--¡Tomá, matáme, te digo! ¡Soy un canalla y un flojo, porque ya me debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matáme por favor!
Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que obedecía al propósito de salvar para siempre á su amigo. La noche antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de honor.»
El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreirse y decir filosóficamente:
--¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que... hay que desconfiarles mucho á esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar, y... ¡basta!
Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.
--¿Conque sabías?--acertó á balbucir.--¡Y me perdonás, hermano, todo el mal que t'hecho!...
Y reaccionando de pronto, rompió á llorar con grandes sollozos convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las rodillas trémulas.
...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa, tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor suyo, que perdonó á su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto aboga por él, porque es excepcional. Viera dió por recibida la suma con grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dió incremento á sus apuros.
--¿Dónde tira la plata ese loco?--se preguntaban haciéndose cruces los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable atolladero.
Pero como Silvestre no se apresuraba á explicarlo ni Viera había de hacerlo...
* * * * *
El lector querrá saber cómo justificamos la visible contradicción que se nota leyendo esta crónica, primero en las dos opuestas actitudes del pueblo pagochiquense, y después en los actos de Silvestre, censor implacable de lo malo y luego capaz de todo, hasta de un abuso de confianza. Pues muy sencillamente: no la justificamos porque no necesita justificación. Si la necesitara, diríamos en cuanto á lo primero que se trata de esos distintos estados de alma, del alma popular, que permiten y aun crean las fluctuaciones de opinión y acción observables que toda colectividad, y en cuanto á lo seguido que Silvestre, culpable, seguía siendo puro como lo creía Viera, pues si antes se dijo que el más justo peca siete veces, hoy puede afirmarse que el más sensato lleva un loco adentro.
Sólo que Silvestre (aquí inter nos) no era el más sensato...
EL DIABLO EN PAGO CHICO
Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han conocido, tenía en ese tiempo su rancho á algunas leguas de Pago Chico, sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua dirección, é iba lento, pobre y turbio, á echarse en el indigente caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó á río ni aun con aquel refuerzo, sino en época de grandes crecidas é inundaciones. Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos hijos Pancho y Joaquín, hombres ya, su hija Isabel, morenita feucha pero inteligente y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres habituales de la estanzuela.
Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de ovejas para el consumo, pues no era aficionado á esa clase de crianza.
El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que, voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil, aunque le sobrara campo llano en que correr y aunque no le importara un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos terrenos tendrían muy distinta configuración...
Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto, completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba reseca y triste, amarilla tirando á gris, alfombra polvorienta en que, como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un inmenso manto raído.
Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero en él flotaban grandes é invisibles masas de vapores dilatados por el calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera de dónde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.
No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos por el bochorno abrumador, todos durmieran en el «puesto» de Viacaba; los hombres bajo el alero que daba al este, ya sin sol, y las mujeres en el interior del rancho, cuya obscuridad ofrecía una momentánea sensación de frescura.
El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días á esas horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que los animales comenzaban á desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable epidemia... Los hombres dormidos respiraban sofocadamente, y gruesas gotas de sudor les brotaban de los poros, bruscas y cristalinas, para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos, hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes, pertinaces á pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo frente á la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un momento antes, echados á la sombra y con la lengua afuera imitaban jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.
Matilde, un peón santiagueño, enorme y mal encarado, á quien aquel nombre de mujer sentaba «como á un Cristo un par de pistolas,» se incorporó refunfuñando, levantóse perezosamente, y con paso tardo, á pesar del sol que rajaba la tierra, se encaminó á ver quién era el importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y sacudía cabeza, orejas y cola, espantando la nube de moscas que se le había echado encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó para informar á Viacaba.
--Es un «franchute» que píd'i'agua--dijo.--¿Le doy?
--¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí á la sombrita.
Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado, y Panchita é Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.
--Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio. Después tomará un matecito, si gusta... Y ¿cómo anda, amigo, con este solazo, que ni las víboras salen de las cuevas?
El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» á la madrugada siguiente.
Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo, como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza.
Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de la sombra dejóse estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y murmurando cumplidos á la amable «señoguita» y á la respetable «señoga».
Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje á que no estaba acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate á la joven. Ésta, al pasar para la cocina, con gran fragor de enaguas almidonadas, significó á Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la disgustaba, también á ella, el extranjero. La señora lo examinaba á hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada conversación.
Más de una hora duró la visita. Matilde dió, entretanto, de beber al tordillo, y le apretó la cincha, como si con ello apurara el momento de la separación.
Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca, lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan bajos, que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo...
--La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía--exclamó Viacaba con cierta satisfacción.