Pago Chico

Part 11

Chapter 113,782 wordsPublic domain

El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban á la cabeza don Domingo Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de talle corto y mucho vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de copa; don Pedro Machado, juez de paz, con indumentaria aproximada y oliendo á alcanfor y pimienta, como el intendente; el doctor Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto, con más aire de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años de Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de «guardia nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); á su lado quebrábase el comisario Barraba, de saco y botas altas bajo el pantalón, mirando á todas partes con ojos de mando y desafío; el recaudador de la contribución directa y el valuador, empleados provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás, y de á dos, los municipales, acaudillados por Ferreiro y muy compinches con Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de _La Pampa_, su escudero Ortega, el doctor Fillipini, Felipe Gómez, el tesorero municipal, todo el oficialismo, en fin, sin que faltara Benito, dragoneante de oficial de policía y revistando como agente... El cuerpo diplomático ó sea los vice-cónsules Grandinetti, Petitjean y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy grave, muy posesionado de su papel, infundiendo respeto á los mismos pilletes que, cuando estaba cada uno de ellos tras del respectivo mostrador lo trataban tan á la pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales, inspectores, comisario de tablada, inspector del riego--gran potencia--recaudador del impuesto de naipes y tabaco, pero nadie, nadie que no ocupara un puesto público rentado ó no, salvo uno que otro concesionario ó contratista enredado con fruto en los negociones municipales.

Tanto gritaba Viera en _La Pampa_ que ya el pueblo comenzaba á divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente, para no dar pie á las represalias. La oposición era placer no saboreado sino de corto tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían aún á derechas, cómo se hace, por qué se organiza, qué caminos debe seguir, ni á dónde conduce. Ya lo aprenderían á su costa y quizá en su beneficio...

Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los alumnos de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules de frío, niños y niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso, marchaban también de dos en dos, á las órdenes de sus maestros que, soberbios y fastidiados, maldecían de la fiesta y sus incomodidades, pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando á vista y paciencia del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución, si no con marcialidad, luciendo en sus ojos la esperanza de los dulces municipales--infinitamente más ricos que los caseros,--después de los discursos y los versos aburridores é interminables.

El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De profundis. Imposible es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita, simple galpón de dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha con cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron á la puerta, éstos sencillamente porque no cabían, aquéllos porque no cabían y también porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera representar á nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy ministro que se dijera de la corte celestial?...

Y entre tanto el bueno de Don Máximo, dale que le das á las bombas cuya larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para agazaparse en seguida y echar á correr casi en cuatro pies huyendo del mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol convertía en lentejuelas de oro...

En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban sus banderas de seda--orgullosos y fatigados los porta estandarte--y si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión.

Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto á la larga mesa del refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.

Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los niños preparados para declamar ó pronunciar discursos alusivos, ni las dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la intendenta á la cabeza.

El inacabable cotorreo que llenaba el salón, fué apagándose poco á poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba á ocurrir, y una voz infantil surgió de sobre el mar de cabezas como un grito subterráneo y prolongado. Decía versos.

Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre los apretones de aquella multitud. El hecho es que--enseñado por el maestro de primeras letras--se debatía virilmente y lograba hacer con gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando sin equivocarse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos:

Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres el blanco y el celeste de nuestro pabellón...

Nadie oyó ni entendió una palabra--salvo los muy próximos--pero ¡qué aplaudir aquél! Hubiera sido cosa de nunca acabar si una niñita vestida de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al pueblo soberano:

--Hoy es el grande, el inmenso aniversario...

Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por la maestra, interrumpióse roja de vergüenza y de temor, y con la voz húmeda de llanto, temblorosa y baja, repitió después de corregir el ademán:

--Hoy es el grande, el inmenso aniversario...

Y á medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea, como si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la intención que ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba acentuando sus palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin inflexiones, el rojo de la vergüenza era substituido por el carmín del entusiasmo, brillaban sus lindos ojitos negros y cuando al final dijo:

--¡Y juremos defender esta bandera!

Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado como un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción rompiendo al fin en aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en que á los diez años una futura patricia no puede jurar á sabiendas si será ó no defensora de enseña alguna.

Pero los pagochiquenses eran patriotas á su modo y por sugestión, mientras «no queman las papas», según Silvestre.

Terminados los aplausos, la niñita con la cara _colorada_ como si fuese una flor de seibo, gritó:--«¡Viva la Rep...!»

No se oyó más, porque don Máximo había creído oportuno el momento para regalar al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de tres bombas de estruendo.

Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta, una mujerona gorda y flácida, daba á cada uno su ración de dos pastelillos elásticos, que á pesar de su heroica resistencia al diente, pasaban en un abrir y cerrar de ojos á los infantiles estómagos. En otra jira dieron á cada cual un vasito de orchata, y siempre en fila, militarmente, comandados por maestros y maestras, los niños se retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose á las escuelas, punto de reunión y de licenciamiento.

Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el contrario, los cívicos padres de niños ó de niñas, permitieron gustosos que concurrieran á las escuelas, el Te Deum y hasta la Municipalidad. Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en una chacra de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la política fué generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo á pasar un buen rato, á reir, á cantar, á bromear, pero no á calentarse los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos sofocones.--Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo, el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz regocijada de la naturaleza despertábales el apetito y el buen humor.

El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de carne, bien á punto, más sabrosos para los catadores que el faisán trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de cáscara realmente carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo tesoro culinario criollo, cuyo solo recuerdo hace agua la boca á cualquier hijo del país. El moreno había estado «á la altura de sus antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados. Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto, hasta acabar todos gritando:

--¡Te has lucido, Urquiza!

El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia á quien sirvieran sus padres ó sus abuelos, no tuvo otra cosa que contestar que un clamoroso:

--¡Viva la patria!

El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó á bajar el sol, y los comensales, unos á caballo, otros en americana, algunos en tílbury, comenzaron á volverse á las casas,--como decían indicando el pueblo,--después de haber solemnizado con el estómago--como en la más refinada civilización,--el magno aniversario de la declaración de nuestra independencia.

Pero volvamos á los concurrentes de los salones municipales en el punto en que los dejamos, es decir á la salida de los niños.

Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores, con un ímpetu arrollador.

En un momento quedó el tendal de cadaveres, la mesa limpia de vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes sentidísimas palabras:

«Señogas y señogues:

¡Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vas, pog brindag en esta fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic!

«Señogues:

«¡Viv' la Fráns!

«¡Viv' la Republic' Aryantín!»

Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano, y Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento _zeneize_, el otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de _g_ con _j_ y _o_ con _u_, sabroso condimento regional de sus entusiastas palabras.

Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela, un memorable discurso:

«Venju--dicen que dijo--á tratar del retrocesu de Paju Chicu, este pueblo que antes fué jobernadu por los indius y que hoy sije en manus de la misma familia.»

Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que Silvestre propalaba la especie, alterando según las circunstancias el texto del discurso. Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo.

Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz alguno, así es que se dió por terminada esa parte de la función, la concurrencia salió de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que más le convino: éstos á sus casas, aquéllos á los volatines, los de más allá á la corrida de sortija, y los pilluelos al rompecabezas y el palo jabonado con premios.

Aquel día fué como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense, un día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y confundible con una comunión en un solo sentimiento...

Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado con la elocuencia de Pérez y Cueto, muy romántico, muy año 10, murmuró aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas:

--Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros y nos acariciaran desde allá arriba.

Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la lea sin reirse. Como cierre del capítulo se necesita otra cosa... otra cosa... Pero, si no se halla nada mejor, no lo cerraremos y en paz...

POESÍA

¡Poesía eres tú! _Bécquer_

La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos. Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una noche de ensueño, de ésas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el alma, sobreexitar los sentidos, encender la imaginación.

Y los peones de la estancia, tendidos en el pasto al amor de las estrellas, iluminados á veces por una ráfaga roja que relampagueaba de la cocina, fumaban y charlaban á media voz, con palabra perezosa, inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.

Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fué el obligado punto de arranque de la conversación.

--¡De qué dijunto será es'ánima!--exclamó el viejo don Marto, santiguándose una vez pasado el primer sobrecojimiento.

--¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy!--contestó medrosamente Jerónimo.

Don Marto rezongó una risita:

--¡De ande sacás!...--dijo.--Si aquí no hay ráys dende el año dies, cuando echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los ingleses... ¡Ráy! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no somos hijos del patrón... Será más bien de algún inocente.

Pancho, el aprendiz de payador, que andaba siempre á vueltas con la guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega, con el instinto del pájaro cantor que reclama á la compañera, querida en secreto,--Pancho, que vió aparecer en la puerta de la cocina la delgada silueta de Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo y cambiante del fogón, agregó melancólico y penetrado:

--¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se muere una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!...

Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero, escuchaba, invadida también por el avasallador hechizo de la noche y por el encanto de la palabra del payador. Como la compañera todavía indecisa del pájaro cantor, estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada ya, pero sin tender las alas todavía. Y Pancho continuó:

--Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero ésas son las de los dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida: los que se disgraciaron por casualidá, los que engañaron á un amigo p'a salvarse... ¡y tantos otros! Las que son malas de veras, las de los ladrones, los traidores y los cobardes... ¡ésas no tienen luz!

Don Marto asintió:

--Sí, ésas son las que le tiran á uno el poncho, de atrás, en las noches escuras, ó le mancan el mancarrón, ó le apedrean el rancho, ó le asustan l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente.

Juan, el resero nuevo, interpeló á su antecesor y maestro, aquel fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre dolorido:

--¿Y usté qué dice, don Braulio?

--¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!

--¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus dolamas y pita que te pita!

--Y qu'h'e hacer ni en qué m'h'e divertir, á mi edá y con mis achaques... Juntamente andaba pensando si lo dejarán pitar á uno después que cante p'al carnero...

Una risita de Pancho, y su contestación:

--¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada'e jueguitos que s'encienden y si apagan en el campo?... Ésos son los cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas ó los teros, dando güeltas y fumando...

--¡No digas!--exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.

--¡Si son _linternas_!--explicó don Marto, magistral.

--Luciérnegas querrá decir, don...--siguió Pancho, impertérrito.--Parecen bichitos, es verda; pero son los cigarros de las ánimas pitadoras.

--¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan?

--Sí, pitan... ¡Pero tienen frío y s'encierran en las casas á pitar al lau del jogón!...

--¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!...

--¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente! ¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?...

Hubo una pausa.

Entre amedrentado y risueño, don Braulio agregó en seguida:

--¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen?

--¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupau! Ellos quisieran hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar, y enlazar... Pero á veces no pueden porque tienen los güesos en la tierra... Pero saben venirse, p'a un si acaso... ¡Vamos á ver! ¿Á que ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío p'al veinticinco'e mayo y p'al nueve de julio?

--No mi hago cargo,--murmuró don Marto.

--Yo no sé--confesó otro.

--No caigo en cuenta,--declaró don Braulio.

Pancho, triunfante, explicó:

--Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la patria, sin que falten ni los mesmos muertos en los Andes, que son unas montañas altas así, ¡de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso, en cuantito tocan l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le corre á uno por el lomo.

--¡Ah, balaquiador lindo!--gritó don Marto, no sin admiración reprimida.

Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en labios de tal paisano, agregó:

--Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren todavía tiernecitas?

La réplica inmediata de Pancho:

--¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos con una frutita enterrada, igualita á un corazón, y como azúcar...

--¡Agarráte!... ¿Y las viejas?

--Güevos de gallo, que se prienden en los cercos ó se agarran á las barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... ¡más todavía!...

Por su irritabilidad de enfermo, á don Braulio se le ocurrió lanzarle un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y cantor:

--Y los payadores, decíme...

Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le dictara las palabras:

--Los payadores de láy, los payadores de veras, no mueren nunca, paisano, ni son ánimas en pena... ¡siguen cantando nomás, lo mesmo que Santos Vega!...

Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzó con ritmo marcado y sentimental. Á los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno á uno, fueron desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche. El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama, enervado por su mismo desgaste cerebral, fué Pancho.

Y al pasar junto á la puerta, ya tenebrosa, de la cocina, en medio de la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más intenso, más tibio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que murmuraba junto á su oído:

--¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?

Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que es todavía un recluta, abrazó con ímpetu á Petrona y

--¡Vos!--le besó en la boca.

SITIADO POR HAMBRE

--¡Hay que sitiarlo por hambre!--había exclamado Ferreiro aludiendo á Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor, como pudo verse en «Libertad de imprenta».

El plan era fácil de desarrollar y estaba á medias realizado por el oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba _La Pampa_, ni anunciaba en ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta cívica. No había más que seguir apretando el torniquete y aumentar el ya crecido número de los confabulados contra el periodista. De la tarea se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en candelero, dirigidos por el escribano que les hizo emprender una campaña individual activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido diplomático, sino de empeñosa protección á _El Justiciero_.

En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los periódicos son necesariamente escasos y más escasos aún los anunciadores, porque ¿á qué santo salir diciendo que en el almacén tal ó en la tienda cual, se venden éstos ó los otros artículos, cuando todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa de Fulano ó de Mengano está en la calle tal número tantos, cuando, hasta los perros la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un aviso en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo ostensiblemente, no por otro motivo ó propósito,--y más barato resulta no anunciar. Volviendo á los suscriptores, muchísimos no pagan, unos por ser muy amigos del propietario, otros por no serlo bastante,--de manera que no hay cosa tan precaria como la vida de una publicación de aldea, villa ó presunta ciudad, salvo cuando es afecta á los gobernantes, quienes la subvencionan, le dan edictos, licitaciones, etc., hacen subscribirse á sus allegados, subalternos, favorecidos ó postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable, porque nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto más tiene el diario oficialista, menos alcanza el diario opositor, puesto que el comercio no señala á la «réclame» sino una partida tan exigua como la destinada á limosnas--es decir, nada en absoluto ó nada relativamente--y los fondos no alcanzan para dividirlos en dos. Mientras uno mama, el otro llora.