Part 10
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«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio en seguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber hecho una obra maestra,--como que la manda á _La Nación_ de Buenos Aires, nada menos, contando con que se la publicará en sitio preferente (¡agarrá ese trompo en l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta que resultó un verdadero velorio. Pero ya te darás cuenta por lo que dice el artículo, que es el siguiente con título y todo:
«CORRESPONDENCIA DE PAGO CHICO
«Señor Administrador de _La Nación_:--Se celebraron aquí el día de Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas del Santo Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su fundación.
«Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus-Cristi el 14.
«Ha sido todo un acontecimiento.
«Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando con la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas visualidades.
«Nuestro Pirotécnico, D. Ludovico Pituelli, demostró como siempre gran ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos aplausos.
«La función religiosa ó sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus frondosos árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso que en esta clase de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios las hermanas de la Inmaculada Concepción.
«El Reverendo padre Papagna como buen orador sagrado, tomó á su cargo el panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la armoniosa banda de música dirigida por el maestro Castellone y que lo más que impresiona al público es: que está tocada por siete legítimos hermanos; quizás será la única en el mundo; dicha banda amenizó la fiesta con perfección; se debe su presencia á la buena voluntad del diputado Sr. Cisneros, quien la pagó de su bolsillo. La policía muy correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo entusiasmado con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y el tronar de las bombas.
«Por la noche grandes bailes en la casa de los Srs. Gancedo Tortorano y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tersícore, concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino.
Saluda al Sr. administrador _Cirilo Gómez_.»
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«¡Á este Dr. Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha, el matón Camacho, traído por Ferreiro, y de que hasta ahora no nos hemos podido librar, le dió tal garrotazo á Lobera que por poco lo desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo de la cancha.
Lobera está malamente herido, y quién sabe si no espicha, pero para que Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.
Y lo más lindo es que mientras Moraira, ó sea Camacho, anda suelto y compadreando como de costumbre, á Lobera me lo tienen preso en un cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del garrotazo.
Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿á qué santo si nadie le lleva el apunte?
Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y á este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»
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«¡Decíme si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia! Hacía una punta de meses que mandabamos nota sobre nota al comité central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera, por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí ó de allí.
--¡Andá ver!--le contestaba yo.--Es que no saben qué decirnos, ni tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo á la gente, comprar armas por un si acaso, ayudar á tu diario que pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los suecos para no tener que mandar fondos desde allí.
Él no me quería creer, pero anoche vino furioso á la botica. ¡Por fin había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinas qué! Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos sin la más ligera modificación, «porque de eso dependen los altos intereses patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta hoy.»
--¿Qué vamos á contestar?--le dije á Viera.
--No sé,--me contestó;--lo que sé es que me dan mucha rabia.
--Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y que aunque nos dejaran no votaríamos sino por una lista hecha después de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca del candelero.
--Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se han encargado ya de interpretar nuestra opinión,--me observó Viera.
--Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara,--le dije,--vamos á estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el día de las elecciones les mandas un telegrama diciendo que el comisario Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo á los atrios, como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y los otros, nunca daremos pie con bola.
No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y se las dije á Viera, te las digo á vos por lo que puedan valer.»
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Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso es darselo á estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio que resta á los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de las autoridades de campaña», desarrollada por el periodista amigo de Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran tan mal con este trabajillo.»
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«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por una parte y el hombre ilustrado por otra--la absoluta mayoría y la absoluta minoría,--han cedido sus puestos á nuevos elementos que, no teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse, combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados inevitablemente á desaparecer. Son individualidades de transición, que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más ó menos artificiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la relativa perfección á que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»
Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso saltamos, sin más, á párrafos de corte no tan científico, pero en cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:
«Esos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia, semejantes á las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles se destacan rudamente sobre el cielo, pero que ni siquiera aparecían en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran--esos dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que se derriten fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión á Silvestre es evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:
«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas á las autoridades y sus satélites...»
Nuestro autor entra en materia algo más abajo:
«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de un partido, podrían ser transplantados á cuarenta ó cien leguas de su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio desconocido sin que ni en el primer momento se notará el cambio. Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas ó de harnero para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores ó cómplices de sí mismos, según el caso.
«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario de la casa de juego, diez, veinte más. Éste es el «partido oficial» entero, ó la sociedad comercial é industrial completa. Ahí está la oligarquía que á veces tiene un jefe visible--el senador ó uno de los diputados de la sección electoral--última forma del caudillo--que nunca está seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista entre sus miembros algún férreo é inconfesable lazo de unión.
«Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo obscuro punto de partida. Tal andaba de _chiripá_ y con la pata en el suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fué agente de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero ó como empresario de timbas amparadas por la autoridad, ó tuvo casa de prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...
--¿Por qué no entregan ustedes las situaciones de campaña á hombres menos desprestigiados?--preguntábase á un gobernante...
--Porque los buenos no se venden ni sirven para instrumentos,--contestó.
«Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca á una raza determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se halla siempre la mezcla, á la que sin duda impidió dar benéficos resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.
«Cuando se apalea ó se maltrata á algún enemigo de la autoridad, inútil es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y desconocida, ó un grupo de emponchados irresponsables.
«No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles, en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto bajo el peso del partido oficial que llegó á temerlos. Por eso cuando se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado á la actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los bancos, ó la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches de egido, ó los legajos polvorientos de los juzgados del crimen... Ahí está el secreto...
«En cuanto á la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban _mañas libres_. La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna ¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando. En un principio se preocupaban de llevar alguna gente á las elecciones para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige tiempo y gastos, lo fueron reduciendo á su menor expresión: el piquete de policía armado á rémington frente al atrio, y en el portal de la iglesia los escrutadores copiando los registros.
«Llegóse una vez hasta á cerrar las puertas, para que algún votante intruso no fuera á interrumpir á los que copiaban nombres... mil cuatrocientos nombres de conciudadanos votando unánimes y entusiastas por los candidatos oficiales.
«Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para gobernar la comuna, se jugaba á las cuatro esquinas con los puestos públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado presidente del concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara ningún elemento nuevo. Tanta era esa escasez de hombres que en otros partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por regla general, diputados-intendentes.»
Lo que podría faltar en este cuadro está ampliamente suplido en el resto del volumen, ó lo suplirá más ampliamente aún el talento del lector. Cerremos pues aquí las Memorias silvestrinas y su periodístico y á la verdad algo frío comentario, que tan ventajosamente hubiera sustituido alguna de las «agachadas» del farmacéutico.
FIESTAS PATRIAS
--¡Tatachin, chin, chin! ¡Tatachin, chin, chin!
--Shuitzssss... pum!
Y vuelta á empezar.
Uno que otro pilluelo desarrapado seguía á la charanga y á don Máximo, el viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos docenas de bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún cañonazos.
Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la pasiva condición de postes, á la puerta del antiguo fuerte que, adobe por adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal.
Era el amanecer de un día patrio.
Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados al oir los estampidos y la música marcial, á puro bombo y platillos, creyendo que por lo menos, la grave cuestión política había sublevado al pueblo en masa, y que los Krupps estaban haciendo estragos y sembrando de cadaveres el pueblo.
Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico, sentía del uno al otro extremo y sobre todo en su corazón--el pueblo propiamente dicho--los estremecimientos precursores de la honda y trascendental agitación que había de perturbarlo durante tanto tiempo, dando socorrido tema á los historiadores futuros.
«La grave cuestión política» no está puesta, pues, á humo de pajas, ni era ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las descargas sin malicia de don Máximo.
--¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es el nueve.
Y dandose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus temores de guerra y exterminio.
Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, á pesar del intenso frío, para preparar los trajecitos de los _escueleros_, que debían ir en corporación á la iglesia y luego á la Municipalidad á pronunciar discursos, á decir versos patrióticos, y sobre todo á comer masitas de la confitería de Cármine, hechas con sebo de la riñonada tan útiles para Pérez y Cueto, Carbonero y Fillipini, y para el pobre Silvestre.
Después de dar diana á las autoridades y al cuerpo diplomático,--los vice-cónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean--quienes por excepción no hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la charanga y las bombas volvieron á su punto de partida, al pie del cono truncado, obelisco de la plaza pública; rasgó el cielo blanqueado por la luz del alba, el humillo de dos bombas lanzada una tras otra y que estallaron allá arriba, formando una aureola como de copos de nieve; el astro rey saltó al oriente, al imperioso mandato dorando la cima de la pirámide y el techo de las casas, y en el aire tenue y frío vibraron las notas solemnes de la introducción del Himno que ni los mismos asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban á sí mismos _bandidos_, haciendo un juego de palabras no desprovisto de base sólida, lograban echar á perder para nuestra eterna sugestividad. Los pilluelos corrían y gritaban, entretanto, alrededor del portero que se aprestaba á disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de veintiún cañonazos), y en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba de vez en cuando, al trote de su caballo, y con el repique de los panes sacudidos dentro, el carrito negro de algún panadero, á caza de puertas abiertas...
Terminó el himno, los músicos se fueron á su casa, el pueblo entró lentamente en el movimiento habitual, esperando el medio día con su procesión infantil á la municipalidad, sus _versadas_ en el salón alfombrado exprofeso, sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan hecho por Cármine como las masas, con algún sucedáneo del sebo--y el rompecabezas, y la corrida de sortija, y el palo jabonado, y quizá--si quisieran trabajar gratis en la plaza--los volatines, que en aquella época hacían las delicias de la población en una gran carpa de lona.
Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor cuantía, salieron cada cual por su lado á dar alboradas á las personas de viso, á las puertas de su casa, con la esperanza generalmente fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita ó la chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche.
El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros. ¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro Urquiza, payador ó mandadero según las circunstancias, cantara á la puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de guitarra.
¡Qué bello día de primavera! ¡Qué panorama consolador!
Se quedó sin centavos, á pesar de la ardiente fantasía que primaveraba el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía paradero de caravanas en un arenal.
Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían estarse quietos y á los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de disfrazar el vestido del 25 de Mayo, obra que les había absorbido toda la semana.
Sólo cuatro ó cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo,) estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera.
La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con grabados. _La Pampa_, el diario popular, cuyo programa era la redención de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecha por un litógrafo de último orden, é impresa en Buenos Aires sobre papel de oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y ámplias ropas de hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque, sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez--que en tiempo de los indios tuvo hilos para manejarla á capricho y estafarlos á gusto y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una bestia apocalíptica, erizadas de púas en el cogote, y de ojos casi más grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y en el aire, bailaban cuadrillas unos doce ó catorce muñecos, que según por el texto del diario se supo, quería representar á los próceres de la patria.
La alegoría, (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba esta leyenda.
Y Á SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN
El Dr. Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera, Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la palabra «león», y puso debajo «ratón».
--¡Qué león, ni qué león!--exclamó.--¡Cuando mucho habrán vencido á un ratón!
--No hable mal d'España--le dijo con sorna Silvestre.--¡No es tan ratón, doctor!
--¡Vaya Vd. al caramba!--gritó Pérez y Cueto, saliendo de allí como una bomba para evitar un desagrado.
Viera se limitó á lamentar que su alegoría pudiera prestarse para interpretaciones belicosas ó hirientes. Ni se le habrá pasado por la imaginación que aquello pudiera suceder.
Entre tanto _El Justiciero_, el organito de Luna, como le solían llamar, era todavía más patriota que _La Pampa_, pues publicaba también litografiado é impreso en papel de oficio--un gran retrato del gobernador de la provincia, orlado de roble y laurel, modesta y conmovedora manera de honrar el día glorioso y quedar bien con el patrón al mismo tiempo.
En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasóse la mañana entera y verdadera.
Á las doce volvió á oírse por esas calles el aullido de la banda de Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba él mismo) había raprodiado para aquella circunstancia solemne; rimbombaron en la desnuda plaza--tenía eco,--los cohetes de don Máximo, muy estirado, enorgullecidísimo de sus altas funciones, y la gente fué introduciéndose por grupos en la iglesia, casa del Señor y más inmediata y exclusivamente, del cura Papagna.