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Part 8

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No prosperó mucho la congregación de Péssaro, según dice Bermejo en sus _Glorias religiosas_, aunque eran muy buenos los deseos de su fundador; y en 1601, habiéndose trasladado dicha hermandad á la capilla que ocupaba el Cristo aparecido en tiempos de D. Fernando III, se organizó la cofradía del Santo Entierro, que hizo su primera salida la tarde del Viernes Santo de 1602, que fué por cierto lluviosa en extremo y en extremo desagradable.

Desde el siguiente año fueron tantas las personas de posición que se interesaron por la nueva cofradía, que ésta llegó á su mayor apogeo, aventajando á cuantas hasta entonces hacían estación á la Catedral; y antes de morir el devoto alfarero Péssaro tuvo el gusto de ver en primera fila aquella congregación iniciada por él con tan modestos recursos y tan escasos medios.

Á fines del siglo XVII decayó un tanto la cofradía del Santo Entierro; pero recobró su antiguo esplendor en 1729 cuando el rey Felipe V se trasladó á Sevilla con la Corte, permaneciendo en nuestra capital cerca de cinco años.

No permiten las dimensiones de estos apuntes hacer detallada descripción de la manera con que en aquella época se presentaba al público la cofradía del Santo Entierro; pero bástenos con decir, para que el lector pueda formarse idea, que en ella figuraban las cruces de todas las parroquias, los frailes de todas las órdenes, el clero, las autoridades, y gran número de penitentes, músicos, soldados romanos, ángeles vestidos de caprichosos trajes, sibilas, coros, pobres de los asilos y numeroso acompañamiento de convidados.

En los comienzos de nuestro siglo la cofradía del Santo Entierro sufrió no pocas vicisitudes, que menciona González de León; la hermandad recorrió con sus imágenes varios templos, como San Pedro y San Juan de la Palma; los recursos de que disponía disminuyeron mucho, y cuando la invasión francesa puede decirse que quedó disuelta por completo, y sin duda no se hubiera vuelto á formar jamás si el Asistente Arjona no se encargara de ello, reconstruyendo los _pasos_ y organizando de nuevo la congregación, que volvió á presentarse en la calle en 1830 y en los años siguientes, hasta en 1842, con raras excepciones.

En 1850 hizo estación, llevando casi todos los _pasos_ de las demás cofradías, repitiéndose esto en otras ocasiones, y últimamente en 1889, después de cuya fecha no ha efectuado más su salida, á pesar de los buenos deseos de la hermandad y de los de muchos vecinos de Sevilla.

Gran número de pormenores y detalles dejamos de consignar respecto al Santo Entierro; pero á ello nos obligan las cortas dimensiones á que nos sujetamos en estas noticias.

XXXV

CERVANTES EN SEVILLA

«¿Pero por qué han de llorar los que nunca te leyeren ó que indiferentes fueren en libro tan ejemplar?»

E. SOJO.

El Príncipe de los ingenios españoles, cuyo nombre es la admiración de todos, durante su larga y agitada existencia residió más de doce años en nuestra ciudad, visitando la mayor parte de los pueblos de la provincia, teniendo ocasión de estudiar sus costumbres, caracteres y principales rasgos, como lo demostró luego en diversos pasajes de sus inmortales escritos.

Vino Cervantes á Andalucía poco antes del año 1588, cuando, después de haber compuesto sin resultados prácticos algunas obras para el teatro, solicitó y obtuvo un destino de Comisario de los proveedores de galeras D. Antonio de Guevara y don Pedro Insusa; y continuó en su empleo hasta el 1596, en que presentó con toda exactitud, según el erudito Navarrete, sus cuentas y las de los ayudantes que le acompañaban.

Empleóse también en otras comisiones; y como, á más de la anterior, obtuvo la de Recaudador de los tercios y alcabalas, que le dió Felipe II, y la persona á quien llevó ciertas cantidades recaudadas para que las llevase á la corte se fugó de España, hubo una serie de incidentes que sería prolijo contar, y que dieron por resultado la prisión de Cervantes en la Cárcel de Sevilla, donde algunos escritores suponen que dió comienzo al _Ingenioso Hidalgo_, sin que existan pruebas suficientes para creerlo así.

Salió Cervantes de la prisión en Diciembre de 1597, después de haber hecho al Rey presente, por documentos, su deseo de pasar á la corte, donde aclararía sus cuentas, y una vez en libertad ignóranse los sucesos que ocurrirían; pero es lo cierto que el autor insigne del _Quijote_ siguió viviendo en nuestra ciudad todo el año de 1598, en situación no muy desahogada por cierto.

Ocupóse luego en negocios y diligencias que le encomendaron D. Hernando de Toledo y algunas personas de posición, saliendo de Sevilla por último á fines de 1602, dirigiéndose á Valladolid, donde se encontraba su familia, aunque también suponen algunos biógrafos que se detuvo en la Mancha y en el pueblo de Argamasilla, en cuyo punto fué preso y encerrado en la casa del Alcalde Medrano.

Por los datos anteriores se ve el tiempo que Cervantes residió en nuestra capital, y las diversas ocupaciones que ejerció; mas como nada hemos dicho hasta ahora de sus trabajos literarios de entonces ni de algunas particularidades curiosas, vamos á hacerlo en el menor espacio posible.

En los ratos que le dejaban libres sus cuentas y enojosas comisiones Cervantes frecuentaba el trato de los muchos varones ilustres que vivían en Sevilla, y los cuales habían hecho que nuestra población fuese centro de cultura, ya que era emporio del comercio y riquezas del Nuevo Mundo.

El _divino_ Herrera, D. Juan de Jáuregui y el pintor Pacheco fueron grandes amigos de Cervantes, quien concurrió más de una vez á la famosa Academia de que en otro lugar nos ocuparemos, y en la que vinieron á juntarse hombres tan sabios y dotados de ingenio.

En Sevilla escribió Cervantes varias de sus novelas, entre las que se cuentan _Rinconete y Cortadillo_, _Coloquio de los perros_, _El celoso extremeño_, _La tía fingida_ y _El curioso impertinente_; aquí compuso la poesía que se premió en el certamen de Zaragoza cuando la canonización de S. Jacinto, el soneto á la muerte de Herrera y el conocidísimo al túmulo levantado en la Catedral para las honras de Felipe II; aquí recogió muchos apuntes, que utilizó más tarde, y entabló por último conocimiento con muchas personas que habían de servirle para tipos de sus admirables creaciones.

En el convento de Santa Paula de nuestra ciudad estuvo la hermosa Isabela de _La española inglesa_, y cuenta la tradición que Cervantes pasaba largos ratos en la torre de San Marcos, desde cuyo punto solía ver en el jardín del convento á la linda muchacha, cuya casa estaba frente á la puerta del Compás.

Para terminar, diremos que el Príncipe de nuestros ingenios solía pasear con frecuencia por los antiguos portales de la plaza de San Francisco, donde era muy conocido de todos los que á aquel punto céntrico de la ciudad concurrían.

Habitó, según parece, tres casas en Sevilla: una próxima á Santa Paula; otra en la calle Alfolí de la Sal, y la última en la feligresía de San Isidoro; siendo de lamentar que nadie se haya ocupado en hacer algunas averiguaciones para señalar cuáles fueron estos edificios, que merecían ser adornados con alguna lápida conmemorativa.

XXXVI

DON JUAN TENORIO

«Á quien quise provoqué, con quien quiso me batí, y nunca consideré que pudo matarme á mí aquel á quien yo maté.»

ZORRILLA.

En esta colección de apuntes sevillanos no podía faltar en modo alguno el popularísimo caballero, hijo de nuestra ciudad, sobre quien tanto se ha escrito y tanto se ha discutido.

Llega el mes de Noviembre con su Conmemoración de los difuntos, y al mismo tiempo aparece en la escena de nuestros teatros ese personaje esencialmente español, audaz hasta la temeridad, pendenciero por naturaleza, burlador de mujeres y lleno de vicios que tienen un sello especial de grandeza y de hidalguía.

La figura de Tenorio resucita todos los años al sonido de las campanas que doblan tristemente por los que fueron; y el pueblo, que durante el día visitó el campo-santo para llevar coronas y faroles á las tumbas del padre, de la esposa ó del hijo por siempre ausentes, acude en la noche al teatro, donde presencia una vez más la escandalosa escena de la hostería, el rapto de la ideal novicia, el convite interrumpido por la fatídica sombra de Ulloa, y la salvación del alma pecadora del protagonista.

Esto de que las costumbres hacen leyes probado se ve únicamente con las representaciones del _Tenorio_. Ley se ha hecho ponerlo en escena en los primeros días de Noviembre; y tan es así, que otro cualquier día del año nadie concurre al coliseo que anuncia en sus carteles la popular obra de Zorrilla.

Sólo parecen bien las arriesgadas aventuras del audaz sevillano en los momentos en que la Naturaleza, despojada de sus espléndidas galas, cual si se asociase al duelo de la humanidad, se prepara á recibir al anciano Invierno.

Y ahora preguntamos: ¿ese D. Juan Tenorio, tipo acabado del calavera de otros tiempos, conjunto de todas las maldades, alma indómita y corazón de fuego, ha vivido en el mundo real, ó es únicamente la creación de un poeta?

Hé aquí una duda difícil de aclarar. Los críticos no han podido averiguar aún la verdad en este punto, y el origen de D. Juan Tenorio es un misterio.

Cada escritor de los que tratan el asunto dice una cosa distinta; cada uno lo presenta de modo diferente, si bien están conformes en achacar al héroe todas las travesuras imaginables; pero la fuente primitiva, el cimiento sobre el que se han construído tantas obras, no se ha precisado de manera clara, terminante y que no ofrezca lugar á dudas.

Á _Tirso de Molina_ corresponde desde luego la gloria de haber sido el primer poeta que dió á conocer al D. Juan famoso. Cuantos después de Téllez le han tratado en leyendas, dramas y novelas, inspiráronse en lo que él dijo, y siguieron sus huellas más ó menos cerca ó con peor ó mejor acierto.

_El burlador de Sevilla_ dió origen á cuanto de este personaje escribieron Molière, Corneille, Dumas, Byron, Junqueiro y otros autores extranjeros y nacionales; ¿pero en qué tradición, en qué documento, en qué hecho se inspiró _Tirso de Molina_?

Aquí entran las opiniones particulares de los críticos, que, como casi siempre ocurre, son muy diversas, y no es cosa de reproducirlas ahora.

Dejo, pues, á un lado el origen de D. Juan Tenorio, para que otro con más instrucción y paciencia se dedique á ponerlo en claro; y para concluir dedicaré algunos párrafos á la obra del inmortal poeta, que, abrumado de años y de laureles, era hasta hace poco el único que nos quedaba de una época gloriosa para las letras españolas.

Cuando Zorrilla escribió su célebre drama estaba muy lejos de sospechar que iba á ser la más popular y aplaudida de sus obras. Él mismo, en sus _Recuerdos del tiempo viejo_, nos dice de qué manera tan curiosa comenzó el trabajo. Sin haber formado plan ni haber meditado el asunto, dejó correr la pluma, y fué llenando cuartillas y más cuartillas de versos, si á veces incorrectos, fáciles, inspirados y armoniosos; y tras una escena imaginó otra, y en corto número de días la obra quedó terminada, y se estrenó sin que su autor llegara á repasarla con algún detenimiento.

El éxito fué grande; el público de entonces aplaudió, como aplaude el de hoy y como aplaudirá el de mañana, porque las creaciones del genio siempre causan admiración, cualquiera que sean los gustos que priven y las escuelas que estén en moda.

Parecía casi olvidado el _Tenorio_ de Zorrilla algunos años después de su estreno. Lo puso en escena el actor D. Pedro Delgado, que se hallaba en todo el apogeo de sus facultades, y entonces se inició la costumbre de representarlo en los primeros días de Noviembre, y entonces se extendió por todas partes, y el propietario de la obra hizo una fortuna.

Zorrilla había vendido la propiedad, en cantidad no muy crecida por cierto, y nada percibió de lo mucho que produjo, cosa que el vate ha lamentado no pocas veces en diversas composiciones.

Hablar aquí del drama sería á mi juicio perder el tiempo, cuando no hay español que no le haya visto representar, ni persona medianamente ilustrada que no sepa sus versos de memoria. Nuestro propósito no ha sido otro sino que el nombre del legendario personaje sevillano figure en este libro, donde sólo se tratan cosas de Sevilla.

XXXVII

EL ANGOSTILLO DE SAN ANDRÉS

«Una calle estrecha y alta la calle del Ataúd, cual si de negro crespón lóbrego eterno capuz la vistieran...»

ESPRONCEDA.

Hoy no tiene esta vía nada de particular; es una de tantas calles estrechas é irregulares como en Sevilla existen, no muy limpia, y de poco tránsito: pero en otros tiempos, cuando el vulgo era más ignorante que ahora; cuando había aún quien creyese en brujas, duendes, fantasmas y toda esa caterva de seres extraordinarios; cuando las patrañas y absurdas consejas eran artículos de fe para el pueblo supersticioso, el Angostillo era sitio terrible, donde tenían lugar los sucesos más extraordinarios.

Era entonces el aspecto de esta estrecha y tortuosa calleja el más sombrío que puede imaginarse. Á un lado se alzaban los muros de la parroquia de San Andrés; al otro los altos paredones del hospital del Pozo Santo; había dos ó tres casas de miserable aspecto, viejas y ruinosas; á la desembocadura de la calle Cadenas se veía un edificio muy antiguo, que estaba siempre deshabitado desde que la Inquisición sorprendió en él una sociedad de molinistas; y para acabar de dar carácter á esta vía, se encontraba en ella un pesado retablo, donde existió un lienzo representando á la Concepción, ante el cual ardía de noche triste lamparilla de aceite, que lanzaba sobre la imagen sus menguados resplandores.

Mas no por haber allí un cuadro piadoso dejaban de vagar los diablos y duendes por el Angostillo; y tanta afición habían tomado al lugar, que ninguno les parecía tan á propósito para hacer sus sandeces y picardías.

¡Con cuánto terror contaban las viejas los sucesos del Angostillo! ¡Con qué miedo se oían los relatos de trágicas escenas allí ocurridas! ¡Con qué exageraciones y comentarios circulaban por toda la ciudad las hazañas que diariamente cometían las brujas y endemoniados!...

Paseaban durante la noche por la estrecha calleja pálidos espectros de ojos fosforescentes y largas túnicas, los cuales solían algunas veces asaltar al incauto transeunte, obligándolo á entregarles cuanto llevase encima, y dándole muerte si mostraba resistencia á ser despojado.

Vagaba también por el Angostillo el famoso duende _Martinito_, á quien nadie vió nunca, pero que todos hablaban de él ponderando su pequeñez excesiva y su travesura singular, que ejercitaba muy particularmente en engañar doncellas, á las cuales tenía encerradas en un palacio bajo tierra para irlas entregando según convenía á los caballeros enamorados y que le daban en cambio la salvación de sus almas.

Al pie del retablo que ya hemos citado verificábanse con frecuencia desafíos y riñas entre Maniferros y Repolidos, y muchas veces fueron de allí levantados por la mañana los cuerpos de no pocos infelices acribillados de estocadas.

En una de las casuchas del Angostillo veíanse entrar todos los domingos al toque de la _Queda_ varios embozados, los cuales permanecían en el edificio hasta sonar el _Alba_, hora en que volvían á salir con el mismo silencio; y aunque parte del vulgo se deshacía en conjeturas, jamás pudo averiguar con certeza cuál era el objeto que á aquella casa llevaba á los misteriosos embozados.

Un individuo, sin embargo, más curioso ó más atrevido, quiso enterarse de lo que tales reuniones querían decir, y cierta noche púsose en acecho, favorecido por las sombras, junto al umbral de la casucha, distinguiendo entre las tinieblas á los embozados que iban llegando cuando las campanas de la Catedral dieron la _Queda_.

Con el silencio de la noche, que era templada y hermosa, oyó al poco rato un ruido singular dentro del edificio, escuchando también débiles quejidos y sollozos entrecortados, que parecían de mujer; mas cuando estaba el curioso con toda atención, se vió rodeado sin saber cómo de un grupo de hombres, quienes sin proferir palabra alguna le amarraron, vendándole los ojos, y cargaron con él á cuestas.

Fué tal el terror que se apoderó entonces del infeliz, que perdió el conocimiento, y cuando volvió en sí hallóse tendido en el Campo de los Mártires y en el más completo estado de idiotismo, en el cual vivió hasta los últimos días de su existencia.

Hoy, que ya nadie teme al Angostillo, nos ha parecido oportuno dedicarle un recuerdo en esta colección de ligeros apuntes.

XXXVIII

LA ACADEMIA DE PACHECO

«Por tí, honor de Sevilla, el docto, el erudito, el virtuoso Pacheco, que con lápiz generoso guarda aquellos borrones que honraron las naciones.»

QUEVEDO.

Tanta fué la prosperidad y grandeza de Sevilla en el siglo XVI, que algunos historiadores la comparan con Atenas en tiempos de Pericles y con Roma en la época de Augusto.

Con verdad puede decirse que la capital andaluza era centro de cultura intelectual, pues en ella tenían residencia esclarecidos varones que lograron adquirir fama imperecedera como poetas, pintores, escultores, prosistas y guerreros.

Entre estos hombres, orgullo de la patria, vivía Francisco Pacheco, artista por naturaleza, alma noble y henchida de bellos sentimientos y espíritu muy aficionado al estudio de todos los ramos del saber y al cultivo de las Musas.

Nació Pacheco, según los datos más auténticos, en 1573, dedicándose desde muy joven á la pintura bajo la dirección de Luis Fernández, que por aquella época tenía su taller en nuestra ciudad. Los primeros lienzos de Pacheco se dieron al público en 1590. Siete años después pintó al temple uno de los trozos del soberbio catafalco levantado en la Catedral para los funerales de Felipe II, que inspiró al gran Cervantes el más popular de sus sonetos.

Trasladóse Pacheco á Madrid hacia el 1611, volviendo á la corte pasado algún tiempo, y en los meses de su residencia en la villa estudió con sumo detenimiento las obras del Greco, de Carducho y de Céspedes. Vuelto á Sevilla, comenzó á pintar numerosos cuadros para las iglesias y conventos, inaugurando de allí á poco su famosa Academia, á la que concurrieron los mayores ingenios que por entonces existían en España.

Estaba instalada esta Academia en la calle Armas, en un edificio cómodo y espacioso, donde también tenía su estudio Pacheco, y del cual salieron tan notables pintores como Alfonso Coello y el gran maestro Diego Velázquez.

No tardaron en hacerse célebres las tertulias de la Academia que tanta honra dió á las letras patrias, pues allí asistieron: el inspirado Arguijo, protector de los ingenios de su tiempo; el P. Juan de Pineda; el racionero Pablo de Céspedes, pintor famoso, arquitecto y poeta; Gutiérrez de Cetina, el autor de tiernísimos madrigales; el _divino_ Herrera, fundador de la Escuela Sevillana; Rioja, el cantor de las flores; el docto agustino Fr. Pedro de Valderrama; el maestro Francisco de Medina; el licenciado Cristóbal Mosquera, discípulo del ilustre Malara; el piadoso fraile Núñez Delgadillo; el malogrado doctor Gonzalo Sánchez Lucero; el inimitable poeta festivo Alcázar; Argote de Molina, cuyo nombre tanto se respeta hoy; el insigne pintor maese Pedro de Campaña; Rodrigo Caro; Miguel de Cervantes, y otros muchos varones ilustres que acudieron á aquel torneo de la inteligencia, donde se llevaron tantas cuestiones literarias y científicas, tantos pensamientos elevados y tan diversos y varios asuntos.

«Francisco Pacheco,--escribe el señor Asensio--al ver llegar á su reunión tantos varones notables, tuvo la feliz idea de irlos retratando unos después de otros, y la delicada atención de añadir á cada imagen un resumen ó elogio, en el que daba noticias de la vida y de las obras del personaje.»

Cultivó Pacheco, como ya hemos dicho, la poesía y la pintura, sobresaliendo en ambas cosas, pues su inteligencia privilegiada y su infatigable laboriosidad y amor al estudio se reunieron para dar vida á sus inmortales obras.

Entre las literarias se encuentran bellísimas poesías, doctas _disertaciones_ y un _Tratado del arte de la pintura_, que, según palabras de un eminente crítico, «excede en erudición histórica y en la seguridad de los consejos á cuanto en la materia se había escrito hasta aquella época.»

Entre sus lienzos más notables mencionaremos su _Juicio final_, sus pasajes de la _Historia de Ícaro_, _Dédalo_, su _San Miguel_, y los que existen en las iglesias de Brenes y Alcalá de Guadaira.

Falleció Pacheco en Sevilla el año 1654. Juan de la Cueva, Lope de Vega y otros de sus coetáneos le dedicaron sentidos elogios, y la posteridad, que le admira, rendirá siempre tributo á su genio y sabiduría.

XXXIX

EL SERMÓN DE LAS MANCEBÍAS

«¿... Qué te vale tu lindeza? ocasiones de tristeza: tu beldad y hermosura, para ser mal empleada: más te valiera ser fea...»

C. DE CASTILLEJO.

La calle de la Laguna, que por sus hermosos edificios, su esmerada limpieza y su rectitud y anchura es una de las mejores calles de nuestra ciudad, edificóse á mediados del siglo XVII en el lugar donde desde muy antiguo tuvieron sus viviendas las mozas del partido, que se hallaban entonces separadas del resto de la población en aquel barrio, conocido con el nombre de barrio de las Mancebías.

Formábanlo éste multitud de casuchas desiguales y de horrible aspecto, y para entrar en él había que traspasar un arquillo situado al final de la calle de Atocha.

En aquel barrio existía una laguna de pestilentes aguas, que allí afluían de diversos sitios, y á esto se debió que la calle tomase el nombre que aún lleva.

Muy crecido era á la verdad el número de las distraídas mozas que en las mancebías habitaban, y, á fin de tenerlas á raya, el Ayuntamiento costeaba un personal bastante numeroso que de continuo las vigilase y examinara, dando también con frecuencia sabias órdenes encaminadas á contener los excesos y abusos de aquellas mujeres que por tan malos caminos iban.

No satisfecho con esto, y á fin de atraer á las ninfas por la mejor senda, el Cabildo nombraba un alguacil que las llevaba los domingos á oir misa, haciéndolas confesar y comulgar en la iglesia de San Francisco cuando era llegado el tiempo de Cuaresma; y por si aún no era suficiente, todos los años se celebraba en la misma mancebía una función religiosa, acerca de la cual hemos leído detalles muy curiosos y que tal vez desconocerán nuestros lectores.

Celebrábase esta fiesta de las rameras el día 22 de Julio, revistiendo caracteres de grande solemnidad, á la que contribuía mucho el Ayuntamiento, y aun algunas personas ricas y devotas.

Alzábase en el centro de una calle de la Mancebía cierta cruz de hierro que descansaba en un ancho pedestal con gradas, y ante esta cruz colocábase un púlpito, desde el cual algún fraile anciano y que reuniese buenas dotes oratorias pronunciaba un larguísimo sermón dirigido á las _Aspasias_ y _Proserpinas_.

Éstas, á quienes se obligaba á abandonar sus tugurios, rodeaban al predicador guardando la mejor compostura que podían, y escuchando con el mayor silencio las palabras del fraile, empeñado en convencerlas de lo que las mozas no se querían convencer.

Á este sermón no faltaban nunca los señores del Cabildo municipal, y algunos caballeros de la nobleza, quienes solían colocarse en largos bancos que en lugar señalado se situaban.

Daba principio la fiesta religiosa al mediodía, y cuando el orador sagrado bajaba del púlpito, después de agotar todos sus razonamientos y amenazas con las ninfas, éstas oían una arenga de los individuos encargados de vigilarlas, y terminaba el acto con una detenida inspección del burdel y de sus moradoras.

«Pero no siempre--escribe el médico Pizarro en un curioso folleto--las predicaciones daban su fruto, pues algunos mal intencionados hallaban modo de turbarlas con escenas inconvenientes, ora ocultándose de antemano en la Mancebía, ora penetrando por un portillo que existía cerca de la laguna...»