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Part 7

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Cierta casa que tenía su puerta y escalerilla en el rincón de una galería que daba al patio era habitada hacia los años de 1695 por un caballero burgalés, hombre rico, soltero y de buena presencia, que vivía con las mayores comodidades y servido por un solo criado, viejo y no muy avisado.

Este señor contaba con muy buenas relaciones en Sevilla, y, libre como era, gustaba de correr aventuras galantes, cuidando sin embargo de no dar ejemplo escandaloso ni lugar á que su nombre sirviese de pasto como el de otros á las hablillas y murmuraciones de los ociosos desocupados.

Solía recogerse tarde á su domicilio nuestro caballero burgalés, y, provisto de una llave, abría la puerta y penetraba en sus habitaciones, donde no tardaba en rendirse al sueño.

Una tranquila y calurosa noche de estío hubo de recogerse más temprano que de costumbre, y como por ser verano su dormitorio estaba en una sala baja próxima al patio, para llegar á él tuvo que pasar muy cerca de la puerta que al subterráneo daba, y que creyó verla sin alteración alguna.

Entróse luego el caballero en su lecho y quedó profundamente dormido, pensando quizá en sus pasadas aventuras ó en las que tenía proyectadas, y no bien había trascurrido media hora, cuando un ruido singular y extraño le hizo volver á la realidad y abrir los ojos.

Escuchó con atención, y entonces oyó claramente rumores intensos bajo el piso de su habitación y algunos golpes secos, desiguales y prolongados.

No era el burgalés hombre que se amedrentaba con niñerías; y ya iba á saltar del lecho para coger su espada, cuando por una ventana de la habitación, que se encontraba abierta, vió, merced á la luz de la luna, pasar una sombra, á la que siguieron otras y otras, que le parecieron de gigantesca altura y raro porte.

Pruebas suficientes había dado el caballero durante su vida de no ser cobarde; pero la aparición de aquellas sombras turbó su espíritu, quitóle toda energía y le hizo temblar de pavor.

Quiso bajar de la cama y no pudo, quiso gritar y la voz se ahogó en su garganta; subiendo de punto el terror al notar que los fantasmas entraban en el dormitorio y se agrupaban en un rincón murmurando algunas palabras ininteligibles.

Así pasaron algunos momentos, momentos terribles de agitación y zozobra para el rico caballero, que se creía cercado de asesinos ó de almas de otro mundo que venían á llevarlo sabe Dios á dónde.

El caballero hizo un esfuerzo supremo para dominar su espanto, y con voz que procuró serenar dijo:--¿Quién sois? ¿qué queréis?

Pero no bien había pronunciado estas palabras, las sombras salieron precipitadas de la habitación y caminaron hacia el patio, produciendo un ruido sordo y desigual.

Rápido salió el burgalés de su estancia tras los fantasmas, que creyó ver saltando por el patio y dirigirse luego hacia la galería donde la puertecilla del misterioso subterráneo estaba. Persiguiólos el caballero, ¡y cuál no sería su sorpresa al notar que el subterráneo estaba iluminado por dentro con una luz roja é intensa!...

El burgalés, presa de un terror profundo, no pudo seguir adelante, y cayó en tierra sin sentido y aterrado...

Allí lo encontró por la mañana el viejo criado que le servía, y súpose más tarde el origen de aquellas apariciones que turbaron su tranquilo sueño, y que no era otro que el siguiente, bien prosáico á la verdad: el subterráneo de la casa se comunicaba con un edificio próximo, y varios habitantes de él decidieron una noche llevar á cabo una excursión por las misteriosas bóvedas, viniendo á salir sin darse cuenta á la casa del caballero, dando lugar á la escena que acabamos de narrar.

XXXI

LA CASA DE LOS ALCÁZARES

«Las cosas que hizo este ilustre varón viven por mi diligencia; porque siempre que le visitaba escribía algo de lo que tenía guardado en el tesoro de su prodigiosa memoria.»

F. PACHECO.

Con el nombre de Alcázares existe una calle en Sevilla, llamada en lo antiguo _Ancha de San Pedro_, la cual es en su mayor parte recta, alegre y con buenos y cómodos edificios.

En esta calle existe una casa que nada de particular ofrece en su fachada, pero que es hermosa en su interior, y en ella nació en 1531 y vivió largos años el insigne poeta Baltasar de Alcázar.

La mencionada finca, ocupada hoy por la benéfica asociación de _Hermanas de los pobres_, perteneció desde el siglo XIV á la noble familia de Arias de Saavedra, siendo adquirida mucho tiempo después por el hidalgo D. Francisco Alcázar, que en unión de su esposa D.ª Leonor de Prado fundó un mayorazgo, que vino á disfrutar más tarde su hijo segundo D. Baltasar, gloria de las letras sevillanas.

El edificio pasó en 1790 á la propiedad del Marqués de Camponuevo, y á la muerte de éste al convento de Santa Teresa, siendo adquirido hacia la mitad del presente siglo por los señores Marqueses de San Gil.

Á pesar de las obras que en el interior de aquel local se han llevado á cabo en el transcurso de los tiempos, aún conserva un carácter marcadísimo de antigüedad, que fácilmente se echa de ver cuando se traspasan sus umbrales.

En los magníficos jardines de esta casa se conserva todavía un árbol llamado el _Mirto de Alcázar_, á cuya sombra es fama que se sentó á componer muchas de sus poesías el festivo autor de _La cena jocosa_.

Nació Alcázar, como ya dijimos, en 1531, siendo destinado por su padre al servicio de las armas, y adquiriendo fama de entendido y valeroso guerrero junto al insigne D. Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz, cuyos memorables hechos son orgullo de la patria.

Retirado de la milicia, y después de haberse encontrado en gloriosos combates, Alcázar volvió á Sevilla, y estableciendo aquí su residencia, contrajo matrimonio con una virtuosa dama muy elogiada por su hermosura.

Los poderosos Duques de Alcalá hicieron al poeta Alcaide Mayor de sus propiedades, dispensándole grandes favores y teniéndolo á su servicio durante cerca de veinte años.

En este largo período fué cuando Baltasar de Alcázar escribió casi todas sus composiciones, las cuales por desgracia aún no se han visto todas reunidas y coleccionadas con esmero, pues andan desparramadas en varios libros, sin que en ninguno pueda decirse que están completas.

Su poesía que más ha elogiado la crítica, y que es sin duda más popular que todas, es _La cena jocosa_, relación sencilla y espontánea, abundante en donaires y graciosas locuciones, que despierta el interés del lector y que puede servir como modelo de versificación natural y suelta.

La afición que Baltasar de Alcázar tuvo por las bellas letras no fué menos que la que sintió siempre por la música y la pintura; tocaba con suma habilidad varios instrumentos, y también dibujaba, animado por su excelente amigo Francisco Pacheco, quien le retrató en su célebre colección de varones ilustres.

Juan de la Cueva, Cervantes y el _divino_ Herrera tributaron no pocos elogios á Baltasar de Alcázar, que vivió siempre muy estimado de cuantos le trataron y lleno de consideraciones por sus envidiables cualidades.

Falleció el poeta en 1606, á la edad de setenta y seis años y en la misma casa donde vió la luz, dejando gratísima memoria en sus coetáneos y un nombre brillante é ilustre en las hispanas letras.

XXXII

UN PER-AFÁN DE RIVERA

«Corazón gastado, mofa de la mujer que corteja, y hoy, despreciándola, deja la que ayer se le rindió.»

ESPRONCEDA.

Al extremo Norte de la Alameda, y en una plaza que se llamó en lo antiguo _Plaza de la Cruz del Rodeo_, existe una capilla de humilde aspecto y fachada sencillísima, que se dedicó á la Virgen del Carmen, y fué levantada en memoria de un trágico suceso que vamos á recordar en estas líneas.

Los poderosos y linajudos Condes de la Torre tenían á principios del siglo XVI un hijo único, joven de apuesto continente y alegre carácter, que estaba llamado á heredar con los títulos nobilísimos de sus padres la cuantiosa fortuna que éstos poseían.

D. Per-Afán de Rivera, que así se llamaba el joven, aunque criado con toda severidad y recogimiento, cuando llegó á la mayor edad mostróse gran aficionado á correr aventuras y llevar aquella vida de peligros y diversiones que era peculiar á los _calaveras_ de su tiempo.

No carecía de gracia y desenvoltura el hijo de los Condes de la Torre, y gozaba de cierta fama de valiente y decidor, así como de galante con el sexo bello, al cual era en extremo aficionado.

Muchas fueron sus travesuras y conquistas, muchas también sus pendencias y acaloradas disputas, y no fueron menos los relucientes escudos que derrochó en pocos años.

Á semejanza del _Burlador de Sevilla_, D. Per-Afán de Rivera no distinguía clases en cuestiones de faldas, y lo mismo ponía los ojos en la casta doncella que seguida de la dueña rodrigona cruzaba la calle envuelta en tupido manto, que en la desgarrada moza del partido, de andar resuelto y de traje corto y descotado.

Requirió de amores D. Per-Afán á una muchacha de posición humilde, la cual, seducida por el marcial talante y distinguido porte del galanteador, cayó en la debilidad de enamorarse de él con tanto ahinco cual si no hubiese en el mundo otro hombre de sus prendas.

Holgóse mucho el joven aristócrata de haber despertado en la incauta niña pasión tan verdadera, y le hizo mil promesas y juramentos, que, aunque no pensó cumplir, acabaron de trastornar el seso de la muchacha, que creyó de buena fe cuanto su amante le decía.

Poca paciencia tenía D. Per-Afán, y no gustaba de perder el tiempo en sus conquistas, por lo cual no dejó pasar mucho sin que la niña cayese en sus redes; y si antes le había dado su alma, dióle entonces su cuerpo, que era lindo y lleno de encantos.

Duró hasta aquel día el amor que juró sentir el hijo de los Condes; y siguiendo su sistema, abandonó pronto á la muchacha, olvidándola también por otra y otras conquistas que entonces reclamaban su atención.

Pero la doncella burlada, que era huérfana y pobre, tenía un hermano, que al enterarse por pruebas inequívocas del lance, alborotó el barrio de la Feria, y se dispuso á tomar venganza, ayudado por otros individuos que también tenían odio profundo á D. Per-Afán por motivo de sus calaveradas.

Formóse, pues, una conjuración siniestra, y durante muchos días el mujeriego aristócrata fué perseguido y acechado con la mayor insistencia.

Había éste una noche de estío asistido con varios amigos y amigas á la casa de cierto _Monipodio_ que había en la plaza del Quemadero, y en hora avanzada salió á la calle solo, embozado en su capa y fiándolo todo, según costumbre, en su destreza en el manejo de la tizona. Pero al llegar á la _Cruz del Rodeo_ encontró unos vecinos que estaban tomando el fresco tranquilamente, y sin motivo alguno arremetió contra ellos, insultándolos y amenazándolos de palabras y obras.

Al poco rato saliéronle al paso dos hombres encubiertos por antifaces, los cuales dieron una palmada, y al sonido de ella un grupo numeroso apareció por una callejuela, rodeando al mancebo en actitud amenazadora.

Hizo éste por arrojar la capa, y, sacando el acero, acometió á los enmascarados; pero antes que pudiera herirlos, el grupo cayó sobre él, descargándole terribles golpes y llenándolo de heridas.

Entonces uno de los encubiertos (que no era otro que el hermano de la joven burlada) sacó una daga y clavóla iracundo en el pecho de D. Per-Afán de Rivera, que exhaló al instante su último suspiro.

Cuando se divulgó por la ciudad la noticia de este trágico suceso causó honda sensación en todas las personas que conocían al infeliz, y los poderosos Condes, cuyo dolor puede imaginarse, costearon en el mismo sitio que murió su hijo la ermita dedicada á la Virgen del Carmen que existe aún en nuestros días.

Los pacíficos vecinos, á los cuales se atribuyó la muerte del joven caballero, fueron más tarde condenados á severas penas por la justicia, mientras el verdadero matador quedó en las sombras del misterio.

XXXIII

LA VELADA DE SAN JUAN

«Muy linda y elegante debía estar, cuando toda la nobleza sevillana concurría á ella, y sólo á ella porque no había otro paseo.»

EL DUQUE DE RIVAS.

Feliz ocurrencia, sin duda, fué aquella que tuvo el buen asistente D. Francisco Zapata, Conde de Barajas, cuando por los años 1574 mandó construir la Alameda de Hércules, paseo el más antiguo de la ciudad, convirtiendo en agradable sitio de solaz y honesto esparcimiento el lugar donde antes se formaba un ancho pantano al que afluían las aguas sucias y corrompidas de toda la población.

Terminó su obra el Asistente elevando el piso, colocando asientos de piedra, fuentes elegantes, y ocho hileras de árboles que prestaban dulce y grata sombra, sirviendo al mismo tiempo para recreo de la vista y saneamiento del aire. Mas pareciéndole quizá que aún no estaba completo su trabajo, mandó trasladar allí dos soberbias columnas desenterradas de los barrios altos de la ciudad, donde se cree que existió un suntuoso templo consagrado á _Hércules_.

Ambas columnas, sostenidas por anchos pedestales, y sobre las que se ostentan dos estatuas, han sido descritas multitud de veces, y á ellas dedicó uno de sus más bellísimos artículos el insigne Duque de Rivas, que tanto cariño profesaba á nuestra capital, cuyas tradiciones cantó más de una vez en poesías inmortales.

Es opinión de muchos historiadores que en remotos tiempos penetraba un ramal del Guadalquivir por el lugar donde se levantó la puerta de la Barqueta, y que este ramal seguía por donde hoy existe la Alameda, atravesando la ciudad y saliendo cerca de la puerta de Jerez. No sabemos qué habrá de verdad en esto; mas sí puede asegurarse que á fines del siglo XV el lugar donde se encuentra la Alameda era un pantano, como hemos dicho, en extremo perjudicial para la salud por el total abandono en que se encontraba.

La Alameda de _Hércules_ fué desde su fundación el paseo predilecto de los sevillanos, y á él concurrían los domingos serenos del invierno y las frescas tardes de primavera y estío las damas más lujosas, ricamente ataviadas, los caballeros más encumbrados y linajudos, los más ricos mercaderes y los jóvenes más apuestos y arrogantes.

Allí se juntaban muchas veces los doctos varones que formaban las ilustres academias de Pacheco y Malara; allí D.ª Feliciana de Enríquez y la Duquesa de Gelves concurrían en elegantes literas, rodeadas de entusiastas y aduladores mancebos; Medinilla y Per-Afán de Rivera sostuvieron reñidas batallas con Maniferros y Repolidos; el _divino_ Herrera lloró tristemente los desdenes de su amada _Eliodora_; Rinconete y Cortadillo practicaron allí innumerables obras de caridad con bolsas ajenas; los señores inquisidores y asistentes pasearon embebidos en reposada plática; más de una casta y púdica doncella, aprovechando ligero descuido de su indispensable dueña rodrigona, deslizó perfumado y tierno billete en manos de rendido y discreto _barbilindo_; y allí, en fin, desde los comienzos del reinado de Felipe IV, se comenzaron á celebrar las famosas veladas en las noches de S. Juan y S. Pedro.

La época en que estas fiestas alcanzaron mayor esplendor, si hemos de creer á los fieles y puntuales cronistas, fué en los últimos años del pasado siglo y primeros del presente, cuando la aristocracia y el pueblo español, lejos de sospechar las próximas desgracias que amenazaban á la patria, entregábanse con más calor que nunca á las diversiones y regocijos, mientras el Príncipe de la Paz manejaba á su capricho los negocios del reino.

Volvamos los ojos hacia aquella época, y veamos la velada de San Juan tal como se celebraba á fines del siglo XVII, por ejemplo, cuando la riqueza y prosperidad de Sevilla aventajaban á las de muchas importantes ciudades de la Península.

Por entonces se habían llevado á cabo algunas reformas en el paseo, aumentando sus fuentes, añadiéndole nuevas calles de árboles y elevando al extremo Norte otras dos columnas más pequeñas, de escaso mérito, las cuales constan de ocho pedazos cada una y rematan en dos menguados leones con los escudos de España.

Era de ver por las noches en aquella época el aspecto que presentaban los alrededores de la Alameda.

En la antigua calle Pellejería, desde el convento de San Pedro Alcántara y hasta la del Barco, se alzaban entonces multitud de puestos y barracas en los que _trianeros_ y _ferianos_ vendían muñecos de barro y estampas religiosas, piñones y avellanas, alfajores de almendras y merenguillos de color. En la esquina de la calle Puerco, y frente la cruz del _Paraíso_, se situaban las buñolerías, donde las gitanas de la Cava Vieja, á la luz del tradicional candil y envueltas en espesas nubes de humo, fabricaban los dorados buñuelos para los mozos de _rumbo_ y las mozas de _empuje_: allá cerca del convento de Belén se instalaban las casetas del siempre aporreado _don Cristóbal_, con su inseparable _D.ª Rosita_; y bajo los álamos blancos, los cipreses y los naranjos del arrecife formaban coro los vecinos del barrio, y al són de la guitarra y las castañuelas bailaban las majas y los majos el _Olé_, el _Polvillo_, los _Panaderos_ ó cualquiera otro de los bailes populares más en boga por aquella época. Entre la doble fila de árboles de la calle central de la Alameda se veían colocadas largas hileras de vasillos de colores; junto á los _Hércules_ se elevaban graciosos arcos de follaje, costeados por la hermandad de la _Cruz del Rodeo_; lucían los puestos de agua farolillos de papel y macetas de olorosa albahaca; en los dilatados asientos de piedra se formaban animadas tertulias, y la concurrencia apiñada y numerosa bullía alegre y regocijada, produciendo multitud de ruidos imposibles de calificar.

Sobre este animado cuadro lucía un cielo transparente y magnífico poblado de millares de estrellas, y en el cual se destacaba la blanca Luna, el astro de tristeza eterna y de eterna melancolía, que, deslizando sus rayos por entre el ramaje, iba á veces á sorprender un coloquio amoroso, y, con él, el secreto de dos almas jóvenes, apasionadas y soñadoras.

Era la noche de S. Juan noche de jolgorio, que solían pasarse en claro muchas personas, y era la Alameda de _Hércules_ el sitio donde se juntaban y confundían la multitud de personajes que formaban la sociedad de nuestros abuelos, y que, como ellos, para no volver, han desaparecido.

Aquí la bella _macarena_, llevando airoso traje de medio-paso, peineta de carey y monillo de hombreras, desafiaba arrogante las miradas de los _lechuguinos_ y los piropos de los _manolos_; allí el almibarado _boqui-rubio_, vestido según el último figurín de la moda francesa, chaleco de tisú, frac de raso y botas á lo _bombé_, dirigía su _impertinente_ á los grupos de encopetadas _damiselas_; allá el _chispero_ de tez morena y patillas cortas, camisa de chorrera, sombrero de queso y chupetín de _sarasa_ bromeaba y reía con los compadres y padrinos; allí la interesante _petimetra_, con su rica falda cubierta de encajes, su talle alto con mangas de farolón y sus dos moños de colonia sobre el exagerado tupé, sostenía chispeante y animada conversación entre caballeros de empolvados peluquines y casacas bordadas; y lo mismo el discreto y ladino abate de rostro malicioso y correctos modales que el grave corregidor cachazudo y templado, lo mismo el orondo fraile de la Trinidad ó la Merced que el militar aventurero, el mercader de la calle Génova que el comerciante de la plaza, todo el pueblo de Sevilla, en fin, y todas las clases de la sociedad acudían gustosas á prestar animación y brillo á la tradicional velada.

Las casas del barrio de la Alameda eran la noche de S. Juan puntos de reuniones y alegres tertulias. En el ancho patio adornado de flores y lleno de luces se alojaba el elemento joven, encontrando ocasión de hacer gala de sus gracias y encantos _ellas_, y _ellos_ de su galantería y donaire.

Había entonces una costumbre, que fué decayendo poco á poco, hasta concluir á fines del segundo tercio del siglo. Las muchachas casaderas se colocaban en las rejas al oscurecer, y desde allí solían llamar con el nombre de _Juan_ á cuantos transeuntes les parecían á propósito; y cuando ellos se acercaban á las ventanas amables y sonrientes, se entablaban amenos diálogos, que concluían por lo general con dirigirse el transeunte á la confitería más próxima y volver cargado de enorme papelón de dulces, que repartía entre las niñas más lindas y que más le agradaban.

¡Á cuántas chistosas escenas daba margen esta costumbre! ¡Cuánto ingenio y agudeza, se derrochaban en aquellas conversaciones! ¡y cuántos noviajos y bodas se fraguaban en aquellas noches tan suspiradas por las jóvenes en estado de merecer!

En aquella bendita época los mancebos eran sin duda más crédulos que hoy, y por eso eran engañados más fácilmente por el sexo femenino, que en todos los tiempos sólo ha tratado de _seducir y perder á los hombres_, como dijo un santo padre, que debió ser persona experimentada y conocedor práctico de tan sutiles materias.

XXXIV

EL SANTO ENTIERRO

«Mucho, á la verdad, podía decirse de esta Hermandad, si minuciosamente hubieran de consignarse las particularidades, pormenores y variaciones de su procesión de Semana Santa en todo tiempo.»

J. BERMEJO.

Algunos años hace ya que la famosa cofradía del Santo Entierro no aparece en la lista de las muchas hermandades de luz y vela que durante la semana de Pasión recorren con sus imágenes las calles de nuestra ciudad.

La historia y vicisitudes por que ha pasado dicha cofradía no dejan de ser curiosas; y por si algunos de nuestros lectores tienen interés en conocerlas, vamos á relatarlas en las menores líneas posibles, si bien otros lo han hecho con más extensión.

El nombre de la hermandad es el de _Santo Entierro y María Santísima de Villaviciosa_; saca tres _pasos_ de regular mérito, en el primero de los cuales se ve una alegoría de la muerte, en el segundo una estatua yacente de Jesús, y en el último aparece la Virgen con S. Juan y las tres Marías.

La escultura del segundo _paso_ es una de las mejores obras de Martínez Montañés, y fué construída en sustitución de otra antiquísima que dió origen á la fundación de la hermandad.

La tal fundación se debe á un caso por demás raro, ocurrido en Triana, y que las tradiciones refieren de este modo:

Había, pocos años después de conquistada Sevilla, en una casa de dicho barrio una vieja enferma que desde largo tiempo sufría una parálisis que la tenía postrada en el lecho, donde de continuo pasaba las horas muertas rezando y pidiendo á todos los santos que la llevaran de este mundo, puesto que sus graves dolencias no tenían cura. Cierto día, cuando más tranquila hallábase la anciana embebida en sus cuotidianas oraciones, vió con el mayor asombro hundirse gran parte del muro de la habitación, apareciendo ante sus ojos una imagen de Jesús tendido y amortajado. Á pesar de la parálisis, la vieja saltó del lecho ligera como una garza, y salió á la calle dando voces y poniendo en movimiento á todo el barrio, cuyos vecinos acudieron al lugar del suceso, quedándose con la boca abierta, no sólo por la aparición de la imagen, sinó por la cura milagrosa de la desahuciada vieja.

Tal caso llegó á noticias de D. Fernando III, quien ordenó se construyera una capilla en las afueras de la Puerta Real para la estatua aparecida y se fundase una hermandad que hiciese procesión todos los años.

Llevóse á cabo todo conforme lo dispuso el Monarca, transcurriendo algunos siglos sin que la piadosa congregación sufriese alteraciones que hayan pasado á la historia: pero allá por los años de 1587 un alfarero muy hábil é inteligente en su arte, natural de Génova y vecino de Triana, llamado Tomás Péssaro, movido por su devoción, estableció una hermandad en el hospital de Villaviciosa, situado en la calle Colcheros, para rendir culto á la imagen que allí se conservaba con dicho nombre, y la cual era una escultura de mediano valor artístico.