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Part 6

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Todos los mendigos, todos los discípulos de _Caco_, todos los vagos de la peor calaña que durante el día vagaban desperdigados por Sevilla, iban á recogerse al oscurecer en los antros de la _Morería_, donde se consideraban seguros de no caer en manos de la justicia.

Á principios de siglo tenían allí su albergue los servidores de José María y del _Rubio Espera_, los espías de los _Niños de Écija_ y los secuaces del _Pájaro Verde_, que tan sangrientos crímenes cometieron en los campos andaluces.

Por entonces el edificio de la antigua Fábrica de Tabacos fué destinado á cuartel de infantería, y esto dió origen á no pocas colisiones y alborotos entre los soldados y los paisanos en la triste época del gobierno absoluto.

Concluiremos estos apuntes sobre la _Morería_ diciendo que hacia el año 1840 se desalojaron las casas de aquel inmundo barrio, comenzando el derribo de todas ellas y construyéndose años más tarde en aquel lugar el paseo de Argüelles, uno de los más concurridos y animados de Sevilla.

XXV

LA VIRGEN DE TORRIJIANO

«Muriendo está Torrijiano, muriendo está en su prisión por el hambre, que es la pena que se ha impuesto en su furor.»

CANO Y CUETO.

El hecho de que vamos á ocuparnos ha llegado hasta nosotros descrito con ligeras variantes, aunque igual en el fondo, y para relatarlo hemos de procurar seguir la relación que corre como más auténtica.

Á principios del siglo XVI vivía en Sevilla, y en una modesta casa situada en la Resolana del barrio de la Macarena, el insigne escultor florentino Pedro Torrijiano, que tan perfectas y acabadas obras dejó en varios templos de nuestra capital.

Fué Torrijiano un distinguido discípulo del maestro Lorenzo de Médicis, y estando en el taller de éste con otros compañeros tuvo su famosa riña con Miguel Ángel, á quien de un golpe rompió parte de la ternilla de la nariz, dejando, para mientras viviese, señalado al autor del _Moisés_ y del _Juicio final_.

Huyó después de aquella riña Torrijiano de Italia, pasando á Inglaterra, donde vagó muchos años sin residencia fija y sufriendo no pocos disgustos y sinsabores, pues parece que el carácter del artista florentino era por demás violento, exagerado y nada simpático.

Á España llegó Torrijiano más tarde, atraído por las bellezas del suelo y por los elogios que de nuestra cultura intelectual de entonces había oído hacer, recorriendo algunas provincias y fijando su residencia en Granada, población entonces donde se encontraba lo más florido de la nobleza castellana.

Hizo Torrijiano algunas hermosas esculturas para los conventos que entonces se edificaban en la ciudad del Darro, y cuando su fama se iba extendiendo por aquel punto una agria disputa que, por motivos que ignoramos, tuvo con algunos señores de alta categoría le obligó á cerrar su taller y á salir precipitadamente de aquella hermosa ciudad tan cantada por las liras de nuestros poetas.

Entonces vino Torrijiano á Sevilla, ejecutando al poco tiempo de su llegada obras tan notables como los bajo-relieves de la portada del _Hospital de las Cinco Llagas_, según dice un autor, y el _San Jerónimo_ para el convento de Buenavista.

Algún tiempo después el poderoso Duque de Arcos encargó al florentino una escultura de barro que representase á la Virgen con el Niño Jesús en los brazos, escultura que había de ser colocada en el magnífico oratorio que en su palacio tenía el Duque.

Cuando la estatua fué concluída envió el linajudo noble á sus criados á casa de Torrijiano para que la recogiesen y al mismo tiempo entregaran al autor el precio de su trabajo en varios talegos de maravedises.

Al ver Torrijiano la forma en que se le hacía el pago de la obra, despertóse de súbito su cólera, deshaciéndose en denuestos contra el Duque, y llegó á tanto su enojo y su indignación, que allí mismo cogió la estatua, y arrojándola con violencia al suelo, la hizo trozos, diciendo á los criados del poderoso magnate que, pues recibía el dinero en tan pequeñas monedas, recibiese él también la estatua en pequeñas fracciones.

Este hecho produjo gran escándalo en Sevilla y alborotó á la gente devota, que lo calificó de terrible sacrilegio, haciendo que el Duque se querellase al tribunal de la Inquisición, el cual prendió á Torrijiano, acusándole de impío y hereje consumado.

Encerrado en una mazmorra del castillo de Triana pasó el escultor insigne muchos meses, falleciendo por último en el año de 1522 entre horribles torturas, pues se negó á comer el más corto alimento durante bastante número de días.

XXVI

LA CALLE DEL DIABLO

«Mientras la infelice muere diz que el viento repetía: Mal haya quien en promesas de hombre fia.»

_(Trova antigua.)_

Pocos tal vez al leer el título de estas líneas sabrán á qué calle nos referimos y dónde se encuentra situada una vía con nombre tan poco simpático.

Á fin de aclarar sus dudas, si es que las hay, diremos que el nombre de calle del Diablo corresponde á la que después llevó el de San Antonio y se encuentra en la parroquia de San Bartolomé.

Diósele el nombre de San Antonio porque en la fachada de una de sus casas existió hasta 1840, próximamente, un nicho en el que se veía una estatuita de barro representando al fraile penitente que con singular valor supo rechazar las tentaciones del demonio.

Junto á esta imagen ardían en otros tiempos dos farolillos de aceite, única luz que de noche alumbraba la vía que nos ocupa; y está probado que los piadosos vecinos de aquellos alrededores tenían gran devoción al santo, cuya colocación en aquel sitio debióse á un suceso extraordinario en el cual creían á piés juntillas nuestros abuelos, que por regla general tenían muy buenas creederas.

El caso fué el siguiente, poco más ó menos, según lo relata la tradición que hasta nosotros ha llegado. Durante los días de Carnaval del año 1548 varios jóvenes de relajada vida y de licenciosas costumbres que había en Sevilla cometieron muchos excesos y tropelías, sin que evitarlo pudieran, ni el celo de las autoridades ni el temor que entonces á todos inspiraba el tribunal de la Inquisición.

De aquellos mozos calaveras cuatro se distinguieron más que sus acompañantes por las locuras de sus actos y por el singular escándalo que promovieron.

No contentos de sus fechorías, después de haber alborotado grandemente por las calles, herido á tres sujetos, insultado á muchos y saqueado un bodegón, la noche del martes de Carnaval, cuando pasaban medio ebrios por el convento de Madre de Dios, hallaron á un viejo que acompañado de una joven venía, y les entraron ganas de darles una pesada broma.

Uno de los calaveras, sin andarse con más palabras, acercóse con resolución á la muchacha, y con gran presteza dióle un fuerte tirón del manto y estampó en sus mejillas un impuro y ruidoso beso.

Lleno de ira el anciano, iba á castigar el atrevimiento del mozo, cuando los otros le sujetaron por la espalda y, envolviéndole la cabeza en la capa que traía, lo arrastraron al callejón próximo, mientras la joven caía desmayada y era recogida por el calavera que le dió el beso.

Tétrico, oscuro y estrecho el callejón donde metieron al anciano, ofrecía el aspecto más á propósito para que en él se cometieran actos que la luz clara alumbra pocas veces. En brazos del galán llegó allí también la joven, cuyo rostro pálido por el desmayo excitó los deseos del calavera y púsole en situación harto difícil.

Rugía amarrado el viejo, á quien habían tendido en el suelo para que no pudiera defenderse, y en tanto aquellos perdidos rodearon á la muchacha, haciendo todos muchos elogios de su belleza y encantos, que pudieron apreciar merced á un débil rayo de luna que hasta el centro de la callejuela se deslizaba.

Varios de los mozos quisieron besar á la joven, pero vieron con sorpresa que el que primero lo había hecho opúsose á ello y con tono serio y enérgico díjoles que no consentiría que ninguno la tocase.

Surgió de aquí una disputa, que se fué agriando por momentos; cruzáronse palabras duras é insultos de ambas partes, salieron á relucir los aceros, y no tardó en empezar una reñida pelea, en la que el galán defensor de la beldad llevaba la peor parte, puesto que todos á él dirigían sus armas. Habilísimo sin duda era éste, cuando en pocos momentos logró, no sólo defenderse, sino herir á dos de los que le combatían, y desarmó al tercero, que dejó el campo y huyó de manera no muy airosa.

Cuando el mancebo se quedó solo con la dama sintió un rumor extraño cerca de él, y vió entre las sombras una figura siniestra que blandía en la mano un acero y se disponía á acometerle.

Los ojos del desconocido brillaban con luz fosforescente y en su rostro se dibujaba una mueca espantosa. El joven y la sombra entablaron una porfiada riña, en la que el primero fué herido de mortal estocada.

Al siguiente día fueron encontrados en la calleja el cuerpo de la muchacha y el de su padre, que presentaban profundas heridas. El del galán no pareció por parte alguna, y se cuenta que el diablo lo llevó consigo, y que éste no era otro que el desconocido que se le apareció en tan fea traza.

Para conmemorar este hecho, y espantar á Luzbel si en alguna ocasión le daban ganas de volver por allí, se colocó en la calleja la imagen de san Antonio que mencionamos más arriba.

XXVII

EL MAESTRO MALARA

«Aquí yace sin vida el cuerpo frío de Malara, que, roto el mortal nudo donde á Vandalia riega el grande río, voló al Cielo su espíritu desnudo.» HERRERA.

Lugar preferente ocupa en la larga lista de ilustres varones que florecieron en Sevilla durante el siglo XVI el sabio humanista D. Juan de Malara, cuyas numerosas obras han merecido el mayor elogio de la verdadera crítica desapasionada y justa, que examinando con detenimiento las producciones de cada autor, ni escatima los merecidos elogios, ni calla los defectos en que han incurrido.

Malara es una verdadera gloria de su patria, fué uno de los hombres más instruidos y sabios de su tiempo, y á él se debió en gran parte el alto grado de florecimiento á que llegaron las letras sevillanas en el siglo XVI.

Ajenos por completo á dar tinte pretensioso á estas líneas, para dedicar en ellas un recuerdo al autor de la _Filosofía vulgar_, nos limitaremos á trazar un breve resumen de su vida, apuntando de paso los principales trabajos en prosa y verso que legó á las futuras generaciones.

Sevilla fué la cuna del maestro Juan de Malara, y vino al mundo en 1527, ignorándose el día y mes de su nacimiento, aunque algunos autores los han señalado sin verdaderas pruebas.

La regular posición que sus padres disfrutaban hizo que Malara recibiese una instrucción bastante completa, siendo alumno del colegio de San Miguel, donde de muy antiguo existía una cátedra pública de Gramática y una escuela de primeras letras que el Cabildo Catedral á sus expensas sostenía.

Muertos los autores de su existencia, y siendo aún muy joven, se hizo Malara paje de dos señores principales á quienes unía estrecho parentesco con el Cardenal Loaísa, y estando en servicio de ellos hizo un viaje á Salamanca, de donde pasó á Alcalá de Henares, matriculándose en la famosa Universidad de este último punto, donde residió largo tiempo.

Terminados sus estudios, después de algunos años, en los cuales tuvo ocasión de tratar á muchos de los escritores más notables de entonces, volvió á Sevilla, donde fijó su residencia y donde contaba con muy buenos y leales amigos.

Una vez en nuestra ciudad, abrió Malara una clase de Gramática castellana, viéndose al poco tiempo con gran número de discípulos, que más tarde honraron al maestro y que acudieron á él atraidos por su saber é inteligencia, así como por el dulce y apacible carácter de que estaba dotado.

Casó Malara en 1564 con D.ª María Ojeda, y pasó la mayor parte de su existencia entregado á sus continuos trabajos, pero con el alma tranquila y desprovista de ambiciones locas, que tan infelices hacen á muchos hombres.

En 1568 publicó Malara su _Filosofía vulgar_, en la que reunió gran número de antiguos refranes, ilustrándolos muy discretamente con citas y anécdotas, que resultan en extremo curiosas y dan á conocer la vasta erudición y los profundos conocimientos que en diversas materias poseía.

Su última obra vió la luz en 1570, y lleva por título _Recibimiento que hizo la ciudad de Sevilla al rey D. Felipe II_ (libro reimpreso en Sevilla hace pocos años): según lo que de ella escriben varios biógrafos de Malara, puede decirse que, á más de su valor histórico y de las raras noticias y detalles que contiene, es digna de apreciarse por el estilo correcto y fácil que en ella campea.

Cuando más sosegados se deslizaban los días del sabio humanista; cuando era de todos los ingenios de Sevilla atendido, y respetado por todos sus discípulos; cuando su nombre había alcanzado una verdadera popularidad, y sus numerosas obras eran leídas con la mayor avidez, la muerte vino á destruir aquel poderoso ingenio, que falleció en 1571 á la edad de cuarenta y cuatro años.

Algunas de las obras que dejó escritas Malara se han perdido, tales como sus tragedias, citadas por Juan de la Cueva, y algunas traducciones latinas de varios fragmentos de la _Iliada_.

Cuatro poemas compuso el docto humanista, titulados: _Hércules_, _La Psiché_, _La muerte de Orfeo_ y el _Martirio de las Santas Justa y Rufina_; mas no fueron estos trabajos los que han hecho célebre ya su nombre, pues en opinión de los críticos Malara no fué versificador de gran lozanía ni de potente y variada inspiración.

Falleció el ilustre literato cuando las letras sevillanas llegaban á su mayor apogeo, y sus discípulos le lloraron, conservando vivo en sus corazones el recuerdo del maestro y las saludables enseñanzas que de él habían recibido.

XXVIII

LA ÚLTIMA PIEDRA DE LA CATEDRAL

«...Que se labre otra Iglesia, tal é tan buena, que no haya otra su igual...»

(_Acta del Cabildo de 8 de Julio de 1401._)

Los interesantes detalles que hemos encontrado respecto á la ceremonia que se verificó al colocar la última piedra de nuestra hermosa Basílica nos han de servir de asunto para llenar esta página; pero antes diremos algo sobre la construcción del templo admiración de propios, envidia de extraños, y cuyo actual estado es bien lamentable.

Según las noticias más verídicas, la primera misa celebrada en la Catedral, cuando aún tenía la forma de mezquita, se verificó el 22 de Diciembre de 1248, asistiendo á ella el conquistador Fernando III y todos los nobles personajes que le acompañaron en el cerco de la ciudad.

En el siguiente año comenzaron á construirse las capillas, siguiendo estas obras lentamente, hasta que, medio siglo después, como quiera que se notaran en el edificio señales bien claras de próxima ruina, el Cabildo acordó destruir la mezquita y edificar de nueva planta una basílica que causase asombro á cuantos la vieran. Dieron principio los trabajos de derribar la antigua fábrica de los árabes, y en 1403, según hemos visto escrito, se colocó la primera piedra del monumento que tantas riquezas atesora, poniéndose la última á los ciento tres años, ó sea en 10 de Octubre de 1506.

Día solemne fué éste para Sevilla, y sentimos mucho que las noticias de que disponemos no sean tan amplias como fueran nuestros deseos. El templo remataba entonces en un elevado cimborrio, que descansaba en los cuatro pilares del crucero, y allí colocóse la última piedra por el deán D. Fernando de la Torre, con el Duque de Medina-Sidonia y don Fadrique Enríquez.

En derredor del cimborrio se habían construído amplios andamiajes, y allí subieron todos los canónigos, el Asistente y otras autoridades civiles, y gran número de personas de la nobleza sevillana, á las cuales seguía infinidad de acólitos, pajes y músicos.

Á las doce quedó la piedra en el lugar que le correspondía, y acto seguido cantóse por cuantos allí estaban un solemne _Te-Deum_ con la fe y entusiasmo religioso de aquellos tiempos. Y en verdad que el acto que acababa de realizarse era para llenar de alegría á todos los amantes de la patria. La obra de tantos años estaba concluída; el deseo de varias generaciones se veía al fin realizado; y si desde aquel día la Religión católica contaba con un suntuoso templo para rendir culto á su Dios, el Arte contaba también desde entonces con una maravilla para rendir admiración al genio del hombre.

Después del _Te-Deum_ bajó la comitiva á la iglesia, donde había quedado el Arzobispo Deza, que por sus años no pudo subir al cimborrio, y pasando á la capilla de la Antigua, que se encontraba adornada con ricas telas y flores é iluminada con gran número de cirios y lámparas de plata, se dió principio á una misa cantada por el Arzobispo, que duró hasta el mediodía.

El pueblo de Sevilla presenció con el mayor júbilo la terminación de su Catedral, y aunque estaban preparados para aquel día fiestas y regocijos, éstos no llegaron á verificarse á causa de encontrarse de luto la nación por la muerte de Felipe I _el Hermoso_, que había fallecido en Burgos el 25 de Setiembre del mismo año 1506.

Hasta el siguiente no se abrió á los fieles el templo, celebrándose entonces otras funciones religiosas, acerca de las cuales existen particulares muy curiosos.

Como no es nuestro propósito hacer que este breve apunte resulte una descripción de la hermosa Basílica, terminaremos recomendando al lector cualquiera de los muchos trabajos que por hombres eminentes se han hecho sobre el famoso templo, y ¡ojalá éste sea terminado de nuevo antes que desaparezca la actual generación!

XXIX

EL DIVINO HERRERA

«Ese es ¡oh Dios! el sonoroso acento con que canta triunfal sublime Herrera.»

EL DUQUE DE FRÍAS.

Más que difícil, imposible es dar en estos breves apuntes un extracto de la vida y un juicio de las obras del insigne poeta fundador de la Escuela Sevillana, Fernando de Herrera, á quien sus contemporáneos llamaron el _Divino_, nombre que, según el gran Quintana, nadie mereció con más justicia que él.

Nuestra ciudad tuvo la honra de ser cuna de tan esclarecido ingenio, y según los datos más autorizados vino al mundo en 1534, siendo sus padres de posición harto modesta.

Dedicóse Herrera á los estudios de Teología, ordenándose de sacerdote cuando se encontraba en todo el apogeo de su lozana juventud. Disfrutó más tarde de un beneficio en la parroquia de San Andrés, y nunca quiso abandonar el estado humilde en que vivía, aunque sus muchos y buenos amigos hicieron, como dice Pacheco, «por acrecentalle en dignidad y hacienda.»

Murió Herrera en la capital de Andalucía el año 1597, y con él murió el poeta más notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra dió á las letras patrias.

Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras más delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados á aquella _Eliodora_, por quien sintió una pasión tan honda, tan verdadera y tan constante, que torturó siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que sólo están reservados á los que aman como debe amarse en la tierra.

Fué aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, según las más autorizadas noticias, la nobilísima señora D.ª Leonor de Milán, Condesa de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas letras, sostuvo no poca amistad con Herrera, á quien dió por algún tiempo entrada en su casa, distinguiéndole con marcadas deferencias.

Todas estas circunstancias, que hacían imposible que la pasión del vate sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron más y más, haciendo que dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su corazón.

La poesía más hermosa de Herrera, la que siempre es leída con deleite, y la que bastaría sólo á inmortalizar su nombre, fué la que compuso cuando murió la Condesa algunos años después, joven aún y adornada de todas sus poderosas gracias y atractivos.

El dolor, la pena y la más desconsolada amargura se desbordaron entonces en el corazón del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden ser leídas sin sentir tanta admiración como melancolía.

¿Quién no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe esto?

«Desconfío, aborrezco, amo, espero, y llega á tal extremo el desconcierto, que ya no sé si quiero ó si no quiero.

Testigo es de mis males el desierto, que me ve en su desnuda y roja arena tendido de dolor y casi muerto.

Cándida Luna, que con luz serena miras indiferente el llanto mío, ¿has visto de otro amante otra igual pena?»

De esta composición dice Fernandez-Espino que es «la más tierna, sincera y apasionada de cuantas existen en castellano»; y bien quisiéramos reproducirla entera aquí, para que nuestros lectores saboreasen otra vez las inimitables bellezas que encierra.

Gran mérito tiene la elegía dedicada á su amigo Juan de Malara, y no son ménos notables las odas á D. Juan de Austria y á la derrota del rey D. Sebastián en África.

Herrera fué hombre que poseía gran erudición y atesoraba muchos y diversos conocimientos en todos los ramos del saber. Enriqueció la lengua, aumentándole giros, epítetos y frases; cultivó la prosa en obras tan celebradas como la _Guerra de Chipre_, la _Vida de Tomás Moro_ y las _Anotaciones sobre Garcilaso_, y entre los muchos trabajos suyos que se han perdido figuraba una _Historia general del mundo, hasta la edad del emperador Carlos V_, que terminó en 1590, y que por desgracia no llegó á imprimirse.

El retrato más auténtico de Herrera es el que dibujó su íntimo amigo Pacheco en su célebre colección de varones ilustres, y por el cual están sacados los que existen en algunas bibliotecas y museos.

El nombre de Fernando de Herrera ha llegado hasta nosotros rodeado de esa aureola que envuelve á los genios, y será siempre admirado donde exista un amante de las letras; pero Sevilla, á quien tanta honra dió, aún no ha erigido á su memoria ni el más pequeño monumento ni la más modesta lápida.

XXX

LAS SOMBRAS DEL SUBTERRÁNEO

«Seres fantásticos que por las noches amedrentan al triste desvelado, y desaparecen con los primeros albores del nuevo día...»

FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

La calle Abades es de las más antiguas de nuestra ciudad, y en algunas de sus casas se encuentran unos profundos subterráneos, acerca de los cuales han escrito muy curiosas noticias Argote de Molina, Rodrigo Caro, González de León, Benavides y otros historiadores de Sevilla.

Tanta es la extensión de estos subterráneos, que algunas de sus ramificaciones, según dicen, se extienden á la calle Borceguinería y forman un complicado laberinto que es imposible conocer y estudiar con detenimiento.

Cuantos trabajos se han hecho á fin de reconocer aquellos lugares han dado escaso resultado; pues, sobre ser sumamente difícil penetrar en ellos, apenas si se puede permanecer allí por la atmósfera que se respira, por el frío, y por la infinidad de murciélagos que, al decir de un autor, vagan entre las oscuridades.

Según la opinión más recibida los tales subterráneos fueron descubiertos casualmente, estando practicándose unas obras en la casa del canónigo D. Juan de Falce en el año 1298; y aunque se ignora el en que se construyeran, se cree que los árabes los utilizaban para establecer la _Escuela de mágia diabólica_.

Desde tan remota fecha son conocidos aquellos antros, y el vulgo, siempre crédulo é inclinado á aumentar y dar tinte fantástico á las cosas, ha fraguado multitud de cuentos y leyendas sobre ellos.

Entre los muchos que suelen contarse ha llegado á nuestra noticia un suceso que, por tener algo de verdad en su fondo y ser poco conocido, lo creemos digno de figurar entre esta colección de apuntes.

En las habitaciones bajas de algunos edificios de calle Abades existen todavía unas pequeñas puertas (hoy tapiadas) que conducen por estrechas escalerillas á los misteriosos subterráneos, mirados siempre con miedo por las personas ignorantes y supersticiosas.