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Part 5

Chapter 53,923 wordsPublic domain

Aburrido éste, y no pudiendo apenas tenerse en pie, efecto del mucho mosto que se había echado al coleto, á falta de otro lugar más á propósito donde pasar el resto de la noche, que era fría y desagradable, metióse en un gran horno que en el muro exterior había, y que por la mañana solía encender la vieja para que fuesen á cocer el pan los vecinos, que por tal servicio pagábanle algunos maravedises, cuya cantidad no precisa la tradición.

No bien entró el zafio en el horno, acometióle un profundo sueño, quedando tan dormido, que después de salir el sol continuaba roncando sobre los ladrillos cual pudiera hacerlo en una cama de blandas plumas.

Y sucedió después, que llegada la hora en que la horrible bruja solía encender el fuego, cuando estaba aventando los secos troncos, oyó gritos pidiendo socorro, y al conocer por la voz que quien los daba no era otro sino su propio hijo, desesperada de no poder salvarle, y después de inútiles esfuerzos, cayó al suelo de rodillas, con las manos cruzadas y rezando á toda prisa cuantas oraciones le vinieron á la memoria.

Acudieron algunas personas al lugar del suceso, sin que ninguna pudiera contener las llamas, que rápidamente habían adquirido las mayores proporciones, haciendo ver á los que quisieron verlo que aquello no era otra cosa que un providencial castigo á las impiedades del hijo y á las hechicerías de la madre.

Pero hé aquí que cuando más apurada era la situación, cuando nadie podía acercarse al horno por la intensidad del fuego, que amenazaba destruir el edificio, acertó á pasar la calle un fraile de la orden de San Francisco, llamado Fr. Diego de Alcalá, varón muy respetado del vulgo y á quien se le atribuían algunos milagros.

Comprendió el regular que aquella desgracia podía arreglarse, y compadecido de los lamentos de la vieja y de los ayes del zafio, corrió con premura á rezar un par de Salves á la Virgen de la Antigua, y lo mismo fué hacerlo al llegar á la Catedral, se apagaron las llamas instantáneamente, saliendo en seguida el muchacho del horno sin la más leve quemadura.

Ante el milagro, la anciana abandonó sus brevajes, sus filtros y sus brujerías, haciéndose ferviente devota, y el mozo tomó la buena senda, llegando á ser con el tiempo prior de un convento de franciscanos en Granada.

Esta es la tradición que dió origen á que la calle que tiene hoy el nombre ilustre de Argote de Molina se llamase durante muchísimos años calle del _Horno de las brujas_; si bien no me es desconocido el origen que otros autores le atribuyen con buenas pruebas, asegurando que allí vivieron dos hermanas que tenían un horno donde fabricaban tortas al estilo del pueblo de Brujas.

XX

LA INQUISICIÓN

«Y pudo ya mi vista descubrir más claramente la profundidad donde la inefable justicia ministra de Dios Supremo castiga á los falsificadores.»

DANTE.

Cuando el pontífice Sixto IV, á petición de los reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, instituyó la Inquisición para combatir los herejes en los reinos de España, no tardó Sevilla en tener su Tribunal de la Fe, como una de las ciudades más importantes de la Península.

En tiempos de D. Fernando III construyóse un castillo donde hoy se encuentra la plaza de Abastos de Triana, y en este edificio se estableció en 1481 el Tribunal de la Inquisición, llevando á cabo en él no pocas reformas para el objeto á que se destinaba.

Entonces se le hicieron multitud de calabozos, salas de tormentos con todos los útiles necesarios, capilla, salón de consejo y cuantas dependencias eran ocupadas por los familiares, carceleros y demás individuos que se dedicaban á la persecución de los impíos, asalariados por los inquisidores.

El aspecto que ofrecía el castillo, según se ve en antiguas estampas, no podía ser más tétrico; sus altos muros, de negruzca piedra, eran lisos y sin adorno alguno; sus cinco torres almenadas presentaban pequeñas ventanas, cubiertas de espesos hierros; su puerta principal era sólida y severa en demasía, y sobre ella se colocó una lápida en conmemoración del establecimiento del Tribunal.

Los inquisidores, que entonces se hallaban en todo el apogeo de su fuerza, no debieron perder el tiempo en bagatelas; pues consta por una inscripción hecha por los mismos que desde el citado año de 1481, hasta fines del 1524, quemaron en la hoguera á mil herejes y convirtieron á veinte mil.

En el invierno de 1626 una avenida del Guadalquivir inundó el castillo inquisitorial, obligando á los que le habitaban á trasladarse á un edificio situado en la calle Real de San Marcos, lo que se verificó con gran aparato.

La nueva casa que durante trece años ocupó el Tribunal de la Fe era la misma que habitó D.ª Estrella de Tavera, la heroína de la famosísima comedia de Lope de Vega, cuyos amores con Sancho Ortiz dieron tanto que hablar por mediar en ellos el rey D. Sancho IV.

Á principios de 1639 concluyéronse las obras de reparación en el castillo de Triana, y éste volvió á ser ocupado por los inquisidores.

Cerca de dos siglos permaneció todavía la Inquisición en el castillo de Triana; pero como éste, á pesar de las obras en él practicadas, no ofrecía grandes seguridades á causa de la mucha antigüedad de su construcción, fué preciso abandonarlo, y en Noviembre de 1785 trasladóse el Tribunal á un palacio que había sido colegio de jesuítas hasta la expulsión de la Orden en 1767.

Estaba este edificio al final de la Alameda, y ocupaba gran parte de las calles Hombre de Piedra y Becas, siendo bastante amplio y capaz para tener encerrados más de doscientos presos. Gracias á que por entonces el Tribunal hacía pocas víctimas, contentándose con quemar en efigie á los reos ó tenerlos encerrados en inmundos calabozos.

El año 1805 se celebró el último auto de fe, siendo entregado el delincuente á la justicia ordinaria, que lo condenó á presidio; y en 1810, al ser invadida Sevilla por las tropas de Napoleón, se extinguió el Tribunal, que ya daba pocas señales de vida.

Cuando la reacción absolutista de 1814 la Inquisición se organizó de nuevo en el mismo edificio de la Alameda; pero entonces, aunque contaba con el apoyo de muchos, ni era temida, ni hacía nada que respondiese á los fines para que se creó.

Disolvióse para siempre el Tribunal en 1820, y el local que ocupaba se destinó á cuartel de infantería, destruyéndose casi por completo el 13 de Junio de 1823, cuando estalló el depósito de pólvora que en él existía, causando grandes destrozos y matando á gran número de los que formaban las hordas absolutistas que en aquel memorable día cometieron tantos excesos en nuestra ciudad.

Del último edificio ocupado por el Santo Tribunal sólo quedan hoy restos muy incompletos, pues los distintos usos á que ha sido destinado durante largos años han hecho que no se pueda formar exacta idea de lo que fué en no lejanos tiempos.

XXI

LA MISA DE LOS NAVEGANTES

«En tanto el gran Magallanes áncoras levar ordena, y á su voz vibrante y firme se da la armada á la vela. Ya, cual cisnes, se deslizan las gallardas carabelas del padre Betis undoso por la corriente serena...»

LAMARQUE DE NOVOA.

En aquel tiempo en que España era la más poderosa nación del mundo y jamás en sus dominios se ponía el sol llegóse á la Corte del emperador Cárlos V un navegante cuyo nombre solo causa admiración y respeto á la posteridad.

Nos referimos al portugués Hernando de Magallanes, bravo guerrero, viajero infatigable, y vencedor en África y en la India, que después de haber servido al rey D. Manuel, partió para nuestra patria, donde fué acogida y puesta en práctica aquella gigantesca empresa de dar la vuelta al mundo, cosa que hasta entonces nadie se había atrevido á llevar á cabo.

Sevilla, cuya prosperidad y florecimiento eran entonces grandísimos, fué el lugar donde preparóse la expedición, que salió del puerto el miércoles 10 de Agosto del año 1519, y en las primeras horas de su mañana.

Pero antes de partir los valientes que en aquellas cinco carabelas iban á realizar tan peligroso y memorable viaje, asistieron á una ceremonia religiosa que, por ser quizá de pocos conocida, vamos á relatarla conforme á los datos que hemos conseguido adquirir.

El día 6 de Agosto una multitud inmensa rodeaba el convento de Santa María de la Victoria, situado en Triana, donde poco antes se habían establecido los frailes de la orden de San Francisco de Paula. La iglesia se veía llena de gran número de fieles, y por todas partes se notaba que alguna importante ceremonia iba á tener lugar en ella.

Y así era en efecto: después de una solemne misa, el Asistente de la ciudad iba á hacer entrega á Hernando de Magallanes del pendón de S. M. que llevaría consigo en la arriesgada empresa, cuyos preparativos estaban del todo terminados.

Serían las nueve de la mañana cuando el navegante portugués llegó al templo, seguido de los capitanes, oficiales y demás gente de tropa que se había reunido, y algunos momentos después entró el grave asistente D. Sancho Martínez de Leiva, acompañado de los señores del Cabildo, en unión de los cuales colocóse en un lugar preferente que cerca del altar mayor se le tenía dispuesto. Acto seguido subieron los sacerdotes las gradas del ara y comenzó la misa cantada, que escuchó el numeroso concurso de fieles con la devoción y respeto de aquellos tiempos.

Hermoso golpe de vista el que la iglesia presentaba. Magallanes y sus compañeros, vestidos con ricos trajes militares y armados de todas armas, se hallaban sentados en largas tribunas á la izquierda de la Epístola; frente los caballeros y nobles señores del Cabildo; ante el altar, lleno de luces y de flores, los sacerdotes con sus ricas capas de tisú y primorosos bordados de oro; en el resto del templo la multitud apiñada, que guardaba profundo silencio; en el coro los regulares, que entonaban por lo bajo sus eternos rezos; y para embellecer aquel cuadro, los rayos del sol de estío, que, penetrando por las pintadas vidrieras, iban á deshacerse en los dorados retablos ó en el rojo terciopelo que cubría los muros.

Concluida la misa, levantóse el Asistente, y con toda la seriedad del caso puso en manos del navegante portugués el pendón real. Magallanes entonces avanzó algunos pasos hasta colocarse en lugar donde todos pudieran verle, y una vez allí, desnudó su acero, y mostrando el pendón, pronunció con palabras claras y reposado tono el juramento de fidelidad al Monarca á nombre de quien había de tomar posesión de las tierras que en el viaje descubriera.

Acto seguido, escribe un historiador que «por su orden de categorías en la armada prestaron juramento á Magallanes los capitanes y oficiales que á partir se disponían, ofreciéndole además, bajo el propio empeño, de seguir los rumbos y derrotas que el Capitán general les mandase, obedeciéndole en todo como si al mismo Rey en persona sirviesen.»

Largo rato duró aquella escena, y cuando fué concluída, con igual parsimonia que había entrado salió el Asistente Leiva, seguido del Cabildo, y el navegante con sus soldados, que eran objeto de gran curiosidad por parte de los vecinos de Triana, quienes apenas podían comprender la magnitud de aquella expedición que estaba preparada.

Según dijimos más arriba, los cinco barcos se dieron á la vela el día 10 de Agosto de 1519; el estrecho fué descubierto por Magallanes á mediados de 1520, y el 27 de Abril del siguiente año falleció el ilustre hijo de Villa de Sabrosa en un reñido combate que con los indios sostuvo.

El 27 de Setiembre de 1522 regresaron á Sanlúcar las carabelas, mandadas por Sebastián del Cano, y se dice, aunque lo tenemos por verdad muy dudosa, que una de estas naves permaneció casi destrozada en el muelle de los Remedios hasta los comienzos del pasado siglo.

XXII

EL ALMA EN PENA

«Densa niebla cubre el cielo, y de espíritus se puebla vagarosos...»

ESPRONCEDA.

Entre la multitud de leyendas, cuentos y tradiciones que han llegado hasta nuestros días acerca de las calles y edificios más ó menos notables de la capital de Andalucía, hay algunas casi ignoradas de la mayor parte de las gentes, y las cuales conviene dar á luz, á fin de que no se olviden del todo ni por completo se pierdan; que cuando algún curioso las saca de nuevo á plaza ataviadas con apropiado ropaje, seguramente son del agrado del público.

Tal ocurre quizá con el suceso que vamos á relatar en las presentes líneas, que bien pudiera servir de asunto para una novela si cayese en manos de quien, con alguna fantasía y conocimiento de la época en que tuvo lugar, supiera aderezarlo y ofrecerlo como merece.

Larga es la fecha en que ocurrió el caso; mas no por esto debe dudarse de él, pues existen autores que con toda formalidad lo relatan como verídico, y hasta hace próximamente medio siglo se conservó en la calle del Caño, situada en la collación de Santa Lucía, la casa donde vivió el principal personaje de este hecho.

Gobernaba España la católica majestad de don Felipe II, y á principios de 1566 habitaba una modesta finca de la citada calle Caño cierta mujer pobre y anciana, viuda de un soldado muerto en Portugal, que tenía una hija, á lo sumo de catorce primaveras, de tan lindo rostro y singular donaire, que á pesar de su pobreza era objeto de ciertas preferencias por parte de los vecinos, y solicitada por más de un amador, codicioso de los favores de tan bella criatura.

Conociendo esto la vieja, ejercía de continuo gran vigilancia sobre su pimpollo; que si al morir el soldado no dejó un escudo, dejó en cambio á su esposa un buen concepto del honor, para que éste no se empañase ni perdiera.

Difícil nos sería describir las perfecciones de la joven, que se llamaba Costanza, pues la tradición sólo dice que era hermosa, y añade que también era muy recatada y honesta, y que cuantos mozos le hacían cerco se veían obligados á renunciar á sus pretensiones.

Hubo uno, sin embargo, que supo proceder con más habilidad y maña, y haciéndose oir de Costanza, requirióla de amores con tanta fortuna, que la incauta niña tomóle singular afición y dió en celebrar con él nocturnas y solitarias entrevistas, que cuando la madre dormía se llevaron á cabo.

Pasaron así algunos meses, y cuando más felices parecían los novios, la honesta y recatada doncella, que tan prendada había estado, tomó de pronto invencible antipatía á su galán, y decidió romper con él á todo trance.

El mozo, que debía estar ya entonces muy enamorado, y que seguramente era poco conocedor de las veleidades y mudanzas del sexo femenino, hizo cuanto pudo por volver á atraerse el cariño de Costanza, pero todo resultó inútil; y harto de aguantar desdenes, convencido de que nada podía conseguir, desistió de sus proyectos con gran pesar y profunda pena.

Tan á pechos tomó el hombre aquella mala acción, que viniéronle terribles melancolías y esquivó el trato de las gentes, desapareciendo por fin de Sevilla sin que se supiera á dónde había marchado.

Costanza, que tan honesta y recatada fué siempre, según la tradición, sintió bien poca cosa la ausencia del amante, y apenas habían pasado algunos meses admitió el cariño que otro le ofrecía, guiado de intenciones no muy sanas y laudables.

Un amigo del desdeñado amador dijo que éste había muerto entonces; y aunque Costanza lo supo, ni se apenó por ello ni mostró sentimiento alguno, distraída como estaba con su nuevo galán.

Poco después de haber empezado la niña sus nuevas relaciones comenzó á susurrarse entre los vecinos de la collación de Santa Lucía que por la calle del Caño y sus alrededores había aparecido un fantasma de los que en aquella época eran tan frecuentes; pero algunos vecinos que parecían estar mejor informados aseguraron que se trataba de _un alma en pena_ que venía á este mundo para arreglar algún asuntillo que dejó pendiente.

Hiciéronse cruces al conocer la noticia, y más se asombraron los ignorantes cuando supieron que desde la media noche hasta la hora del alba en la calle Caño oíanse de tiempo en tiempo lamentos ininteligibles, arrastres de cadenas y otros cuantos sonidos que demostraban la presencia _del alma en pena_.

Cuando esto llegó á oído de la madre de Costanza no fué la última en amedrentarse, cuidando mucho de cerrar por las noches las puertas de su casa con llaves, cerrojos y trancas, y rezar, á más del Rosario, antes de acostarse otras muchas oraciones propias para alejar las _almas en pena_ que vienen á molestar el sueño del vecindario.

Crecía entre tanto el pavor á medida que trascurrían las noches, y así pasaron algunos meses, al cabo de los cuales una mañana los transeuntes y los habitantes de la calle del Caño se veían formando grupo frente á la casa de Costanza y entretenidos en sabrosos diálogos.

Avisóse á la justicia y se presentaron los alguaciles, que penetraron en el edificio, encontrando á la vieja dando lastimeros gritos y llorando á lágrima viva como suele decirse.

Interrogada por los golillas, manifestó que su hija había desaparecido sin saber por dónde, y que no había dejado huella alguna en su escapatoria...

Pasado algún tiempo se supo, no sabemos por quién, que Costanza había sido arrebatada de su casa por el _alma en pena_, y que ésta no era otra que la de su desdeñado amador.

XXIII

LA CAPILLA DE LOS REYES

«Anhelaba el Cabildo ofrecer al poderoso Monarca de ambos mundos una obra digna de su grandeza, y para alcanzarlo pensó abrir una especie de liza entre los más célebres artistas de aquel tiempo.»

J. AMADOR DE LOS RÍOS.

Entre las muchas bellezas dignas de ser admiradas que encuentra el que visita la Catedral de Sevilla, llama notablemente su atención la Capilla de los Reyes, cuyos planos fueron debidos al maestro Martín Gainza, dando comienzo su construcción en 1550.

Veinticinco años duraron los trabajos de esta suntuosa Capilla, en la que siguieron los arquitectos Fernán Ruiz y Pedro Díaz Palacios, y que fué terminada en 1575 por Juan de Maeda, que ejecutó algunas obras de importancia en los templos de nuestra capital.

Pertenece su arquitectura al estilo greco-romano; tiene, en opinión de los inteligentes críticos, poca elegancia, demasiados adornos, y está dividida en siete espacios por ocho pilastras con capiteles esmeradamente acabados.

En el centro de esta Capilla suntuosa, y sobre una elevada gradería, se encuentra el altar, obra de Luis Ortiz, donde está colocada una escultura de madera, de autor desconocido, que representa á la Virgen con el Niño sobre la falda, el cual está vestido con traje del siglo pasado: esto es, casaca, pantalón corto y medias de seda.

La imagen, que por su carácter parece del siglo XIII, según los historiadores, fué regalada al monarca Fernando III por su primo el rey de Francia Luis IX, y acerca de ella corren las más curiosas tradiciones.

Está la imagen sentada en rico sillón, que ostenta primorosas labores y adornos de plata: sale en procesión todos los años el día 15 de Agosto, recorriendo las calles que rodean á la Catedral, y tienen los vecinos de Sevilla gran devoción por ella.

Al pié del ara donde está la Virgen existe la rica urna de plata que guarda desde 1729 los restos de D. Fernando III, primer rey de Castilla y Aragón y conquistador de Andalucía, que falleció en esta ciudad el día 30 de Mayo de 1252, y á quien el papa Clemente X declaró santo en 1671, celebrándose con tal motivo suntuosas fiestas en Sevilla, describiendo las cuales hemos leído varias curiosísimas relaciones escritas en aquella época.

Bajo las magníficas bóvedas de la capilla de los Reyes duermen el sueño eterno D. Alfonso _el Sabio_, muerto en 1284, á los treinta y dos años de su reinado; D. Pedro I, _el Justiciero_, monarca cantado tantas veces por los poetas, y cuyos huesos se trasladaron desde Madrid en 1877; su legítima esposa D.ª María Padilla, que al ocurrir su muerte en 1354 fué sepultada en el monasterio de Santa Clara de Astudillo; D.ª Beatriz, primera mujer de D. Fernando, y los infantes D. Pedro, D. Fadrique, D. Juan y D. Alonso.

Un personaje ilustre en la historia moderna de España descansa allí también junto á los reyes y príncipes: el sabio Conde de Floridablanca, Ministro de Carlos III y Presidente de la Junta Suprema de Gobierno cuando invadieron las tropas francesas nuestro territorio. Floridablanca murió el día 30 de Diciembre de 1808, celebrándose sus exequias con todos los honores que correspondían al elevado cargo que entonces desempeñaba.

La reja de la capilla de los Reyes es una verdadera obra de arte, concluída en 1775, cuya descripción sería por demás prolija: sus columnas, sus complicadas labores y las figuras de gran tamaño colocadas en su remate son dignas del mayor elogio.

En la Capilla se conservan multitud de joyas históricas de alto precio, entre las que no dejaremos de citar en estos breves apuntes la bandera y una espada de D. Fernando III, la magnífica corona regalada por D.ª Beatriz y los riquísimos trajes bordados de oro y pedrería que viste la antigua imagen de la Virgen de los Reyes.

El día de S. Clemente, aniversario de la conquista de Sevilla, y el 30 de Mayo, se descubre la urna donde yace el rey Fernando III, pudiendo ver el público tras aquellos cristales los restos del poderoso monarca victorioso en tantas batallas y terror de las huestes agarenas.

La capilla de los Reyes ha sido visitada por cuantos monarcas han venido á Sevilla, y en ella se da continuo y muy esplendoroso culto.

XXIV

LA MORERÍA

«Sitios peligrosos eran aquéllos, donde no era fácil llegar sin exposición de graves riesgos.»

L. M.

En uno de los puntos hoy de más tránsito de la capital existió hasta la tercera década del presente siglo un famoso barrio, llamado de la _Morería_ porque es fama que al ser reconquistada Sevilla por D. Fernando III en él se juntaron las familias moras que quedaron viviendo en la ciudad.

Este barrio estaba formado por un laberinto de encrucijadas y callejuelas de feísimas y miserables casuchas, bajo cuyos techos se albergaban gentes de reputaciones dudosas y de las más extrañas cataduras.

Allí se escondían las echadoras de cartas, las viejas que confeccionaban filtros y bebedizos, los valentones que siempre tenían cuentas pendientes con la justicia, y todos esos tipos que tan admirablemente retrató la pluma del gran Cervantes al ocuparse del antiguo pueblo bajo de Sevilla.

Ninguna persona de mediana posición se determinaba á pasar por las calles de dicho barrio sin estar expuesta á sufrir más de un percance, pues los moradores de aquellos tugurios tenían formada una especie de asociación tenebrosa, que se asemejaba algo á la célebre _Corte de los Milagros_.

De noche las calles de la _Morería_ presentaban un sombrío aspecto; y cuando alguna vez la ronda cruzaba en silencio por aquellos lugares, se veía sorprendida á lo mejor por una lluvia de piedras que, sin saber de dónde venían, obligaban á los corchetes á ponerse en precipitada fuga.

Para que todo contribuyera á hacer inexpugnable aquel barrio, se levantaban á su alrededor los espaciosos conventos del Buen Suceso y los Descalzos, la iglesia de San Pedro y la primitiva Fábrica de Tabacos, que fué construída en el siglo XVI.

Estos amplios edificios, con sus altos paredones y su macizo aspecto, parecían defender la _Morería_, donde nunca fué posible hacer cumplir las ordenanzas municipales, y donde los habitantes vivían en una salvaje independencia.

Muchas eran las tabernas que en el barrio de que nos ocupamos existían, y no eran menos los garitos y casas _non sanctas_ donde Celestinas, Aspasias y Proserpinas se entregaban con entera libertad á sus execrables comercios.

El Ayuntamiento dió en distintas épocas varias órdenes á fin de que se hicieran algunas requisas por la _Morería_ con frecuencia; pero estas órdenes no pudieron cumplirse á causa del riesgo que corrían cuantos eran enviados á aquella visita de inspección.