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Part 4

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El año 1626 desbordóse el Guadalquivir, inundando casi toda la población, y sus aguas llegaron hasta la Cárcel, produciendo grandes destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apatía y el poco interés que demostró el Concejo.

Cuando la peste _levantina_ se introdujo en Sevilla en 1649, se dió el caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Cárcel, quedando abandonada durante los meses que duró la cruel y asoladora epidemia.

El terremoto de 1765 derribó un gran trozo de la prisión, grieteando sus muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto caserón.

El año cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Cárcel; mas á pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de continuo una catástrofe.

Desde la invasión francesa el edificio empeoró bastante, y por el 1830 la prisión se hallaba sin agua, los encierros sin ventilación, las rejas casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los techos hacían más horrible y angustiosa la situación de los desgraciados que estaban allí enterrados en vida.

Durante cerca de cinco siglos que permaneció en pie la _Cárcel Real_ ¡cuántos infelices no perderían allí la existencia! ¡cuántos delitos no se cometerían dentro de aquellos muros! ¡cuántos inocentes no pagarían allí culpas ajenas!...

Por la puerta del edificio que daba á la plaza de San Francisco salían las víctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle Sierpes entraban confundidos, más de una vez, los criminales más feroces y los inocentes á quienes se condenaba por el menor motivo.

El Municipio adquirió en 1836 el exconvento del Pópulo, y allí se trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando poco después el derribo de la _Cárcel Real_, á la que nos ha parecido oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.

XV

LA SUSONA

«...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio profundo.»

BÉCQUER.

El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas, tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no volver nunca.

Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta nosotros la tradición.

Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos, compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de ella.

Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y enterarse de los fines principales para que había sido creado.

Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la provincia.

En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban, pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con más energía.

Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca en boca corrían á diario.

Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la _Susona_, moza como de veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil apostura, que solían todos darle el nombre de _la fermosa fembra_.

Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas, pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.

La _Susona_ se había convertido en cristiana sin que su padre lo supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.

Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva, cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.

El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado, entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á continuas meditaciones y prácticas sagradas.

Pero aún sigue la historia de la _famosa fembra_, la cual sin duda no nació para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el claustro se escapó de él y unióse á su antiguo amante, del cual tuvo tres hijos.

Harto sin duda el caballero de los cariños y zalamerías de la hebrea, la abandonó más tarde, y ella entonces, conservando aún fresca su hermosura y vivos en el pecho sus deseos, entregóse á otro y otros galanes, viniendo por último á ser amante de un especiero, según dice la tradición, y llevando hasta el fin de sus días una existencia licenciosa y prostituída.

Murió la _Susona_ en medio de la mayor miseria y en una casucha de la antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas ligerezas, antes de morir dejó dicho que su calavera se guardase en un muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumpliéndose su última voluntad, colocóse en un pequeño hueco de la fachada el cráneo de la hebrea, que permaneció largos años en aquel sitio.

XVI

EL CONDE NEGRO

«Negro tan estimado y de buen concepto, que comúnmente le llamaban _El Conde Negro_, y fué mayoral y juez entre ellos...»

GONZÁLEZ DE LEÓN.

Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que allí tuvo su residencia á fines del siglo XV.

Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban los principales señores, y á esto se debía el que se encontrasen en nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres é hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire libre, según sus usos y costumbres eran.

No se molestaba aquí á los negros como en otras poblaciones sucedía; antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y otros personajes de influencia y categoría.

Solían casi siempre los negros corresponder á los favores y mercedes que les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes Católicos en 1475 á un individuo de la misma raza, que es de quien voy á ocuparme.

Fué éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado carácter, de edad madura, y que había seguido á la Corte en gloriosas jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de 1475 le decían:

«Por los buenos é leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos mayoral é juez de todos los negros é loros libres ó captivos que están ó son captivos é horros en la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla é en todo su Arzobispado, é que no puedan facer ni fagan los dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcáis de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos hubiese, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para ello, ó quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que deben tener, é nos somos informados que sois de linaje noble entre los dichos negros.»

Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el título del _Conde Negro_, pues así fué conocido.

No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula dedicaban los Reyes Católicos á Juan de Valladolid, pues éste, obrando con singular astucia, y ajustándose á la más puntual justicia, desempeñó su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas dotes que poseía.

Pocas son las noticias biográficas que del _Conde Negro_ se han conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.

Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde á la señalada más tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del famoso Mayoral de los negros.

En este edificio tenía el honorario _Conde_ su tribunal, ante el que concurrían á diario multitud de negros y negras á ventilar sus cuestiones y á resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía dirigir una larga arenga á los que litigaban; condenando luego allí mismo á aquellos que lo merecían.

Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca de las gentes, las cuales suelen atribuirlos á otros personajes que nada tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de los bailes, de los coros, de las máscaras ó de la diversión que se estuviera celebrando.

Célebre fué Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en otros siglos á la Macarena, á la Costanilla y á la Morería.

XVII

LA CRUZ DEL CAMPO

«Si al cazador ó al labriego por esta Cruz preguntares, te harán en frases vulgares pintoresca narración.»

LAMARQUE DE NOVOA.

Como á media legua de Sevilla, en el camino que conduce á Alcalá de Guadaira, existe un monumento que fué mandado construir hacia el año de 1482 por el entonces asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, noble y esforzado caballero, cuyas heróicas hazañas en la guerra de Granada le dieron gran renombre entre las huestes cristianas.

Los Reyes Católicos D. Fernando y D.ª Isabel, teniendo en cuenta los graves desperfectos que la acción del tiempo había obrado en el acueducto romano conocido vulgarmente por el nombre de _Caños de Carmona_, mandaron hacer en ellos importantes reparos por inteligentes alarifes y bajo la detenida inspección del Asistente Merlo.

Para conmemorar la terminación de los trabajos realizados en el acueducto erigióse á la terminación del barrio de la Calzada una Cruz, á la que hemos de dedicar hoy las presentes líneas.

Forman el monumento cuatro sólidos pilares de más de trece metros de altura, sosteniendo elegantes arcos de estilo ojival, y coronan la obra una fila de moriscas almenas y una cúpula de regular elevación. Sobre una gradería de ladrillos existe en el interior del monumento la Cruz de mármol, en la que están grabadas las imágenes de Jesús y la Virgen de los Dolores.

En el friso interior que rodea los cuatro arcos puede leerse la siguiente inscripción, que fué restaurada hace poco tiempo con gran esmero.

«Esta Cruz é obra mandó facer é acabar el mucho honrado é noble caballero Diego de Merlo, Guarda mayor del Rey é Reina nuestros señores, del su Consejo é su Asistente de esta ciudad de Sevilla é su tierra, é Alcaide de los sus Alcázares é Atarazanas de ella; la cual se acabó á primer día del año del Nacimiento de nuestro Salvador Jesucristo de mil é cuatrocientos é ochenta é dos años, reinando en Castilla los muy ilustres y serenísimos y siempre augustos Rey é Reina nuestros señores D. Fernando é D.ª Isabel.»

En la Cruz del Campo terminaba la estación de la _Vía Sacra_ que comenzaba á la puerta del magnífico palacio de D. Fadrique Enríquez de Ribera, Marqués de Tarifa, llamado _Casa de Pilatos_.

Construyó esta _Vía Sacra_ el dicho Marqués de Tarifa á su regreso del viaje que en 1521 hizo á Jerusalén; y cuenta la tradición que eran tan numerosas las personas que asistían durante los viernes de Cuaresma á rezar ante las cruces de la estación, y á propinarse sendos disciplinazos, que muchas veces llegaban los primeros devotos á la Calzada cuando los últimos aún no habían salido del palacio.

La costumbre de recorrer esta estación fué decayendo poco á poco; y aunque las cruces permanecían en medio del camino, eran pocos los que ante ellas rezaban y tenían la devoción de azotarse las carnes.

Á mediados del siglo XVIII empezaron á concurrir muchas gentes á los alrededores del monumento levantado por D. Diego Merlo; pero ya no era con fines tan santos, pues iban á celebrar alegres giras y campestres bailes, en los cuales corría con abundancia el vino y se promovían á menudo escándalos y riñas, que terminaban de manera bien lamentable.

En el presente siglo se han llevado á cabo algunas obras en la _Cruz del Campo_; pero la más notable es la que se verificó en 1882. Entonces se restauró el monumento, y actualmente se encuentra en el mejor estado de conservación, habiéndose colocado en derredor una sencilla verja para evitar que el público suba á las gradas que se alzan en el centro de los cuatro pilares.

Desde la _Cruz del Campo_ se divisa un hermoso panorama, que difícilmente resistiríamos á describir; gran parte de la ciudad se presenta á nuestros ojos, y sobre aquella multitud apiñada de azoteas, tejados torres y campanarios se alza la _Giralda_, el más preciado de nuestros monumentos históricos.

En los alrededores de la _Cruz del Campo_ han tenido lugar algunos sucesos curiosos de nuestra historia moderna, entre los que sólo recordaremos los recibimientos hechos por el Cabildo de Sevilla, al rey José en 1810, y á Fernando VII en el memorable año de 1823.

XVIII

COLÓN EN SEVILLA

«Es América... sí, logré mi intento, grita el piloto audaz, y en voz sonora exclaman cielo, tierra y mar profundo. ¡Viva Colón, descubridor de un mundo!»

EL DUQUE DE RIVAS.

La capital de Andalucía es una de las poblaciones que con más razón está en el deber de honrar la memoria del insigne navegante que, oscuro y pobre, llegó á España para llevar á cabo uno de los hechos más grandiosos que la historia de la humanidad en sus anales registra.

Cuatrocientos años se han cumplido del descubrimiento del Nuevo Mundo; y si todos los pueblos celebraron festejos para solemnizar dignamente esta fecha inolvidable, ¿cómo había de permanecer Sevilla indiferente en tal ocasión, si ella albergó en su recinto al genovés ilustre, alentó el gigantesco proyecto, construyó la escuadra para el segundo viaje, fué el centro para el arreglo de los negocios de Indias, y guardó durante largos años en el monasterio de Las Cuevas los restos de Colón y de su hijo don Diego?

Probado está por los eruditos é historiadores que el gran descubridor llegó á España á principios del año 1484, siendo nuestra ciudad uno de los primeros puntos que visitó antes de celebrar su famosa entrevista con el Prior de la Rábida, puesto que ésta se verificó en los últimos días de Agosto de 1491.

Buscó Colón en Sevilla apoyo para el proyecto que iba á presentar á los Reyes Católicos, y no tardó en encontrar favorable acogida entre varios sevillanos de alta posición, y entre los muchos mercaderes italianos que aquí desde largo tiempo había establecidos.

Vivía por entonces en la ciudad andaluza un florentino llamado Juan Berardi, dueño de una importante casa de comercio, que trabó en poco tiempo estrecha amistad con Cristóbal Colón, llegando á ser su «amigo y confidente», según palabras del sabio Navarrete en el tomo tercero de la _Colección de documentos inéditos_.

Estaba Berardi muy bien relacionado con personas de influencia y prestigio, y al oir de los labios de Colón el grandioso pensamiento, explicado con aquella fe y entusiasmo propios de su genio, tomó cariño á tan elevada idea y trató de poner á su compatriota en relaciones con algunos personajes de importancia y valimiento que entonces residían en Sevilla, «predilecta mansión--como dice Rodríguez Pinilla--de los más grandes magnates de la nobleza y de la Corte.»

Presentóse el genovés al poderoso Duque de Medina-Sidonia, quien, después de escucharle, le ofreció su valioso apoyo, cosa que no llegó á cumplir en manera alguna, pues parece que un sacerdote, que en la casa ducal gozaba de mucha consideración, persuadió al dueño á que dejase de prestar oídos á pensamiento tan loco y fuera de razón como lo era aquel del navegante aventurero.

Decidióse Juan Berardi por hacer cuanto le fuese posible en beneficio de su compatriota, con Scandiano Oliveri y otros florentinos que se encontraban en Sevilla, los cuales recomendaron á Colón á don Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli, uno de los mayores potentados de la nobleza de Castilla, que sostenía una escuadrilla en el Mediterráneo y el Atlántico.

Entusiasmóse Medinaceli con el atrevido proyecto, y mantuvo á Colón en su casa largo tiempo, como asegura el mismo Duque en la carta que en 1493 envió al Cardenal Mendoza. Además quiso llevar á cabo la gigantesca empresa, y ofreció al genovés cuatro carabelas, para que en ellas saliese del Puerto de Santa María á _buscar el camino de las Indias_.

Pero, según escribe el padre Las Casas, enterada la reina Isabel de los propósitos del Duque por Alonso de Quintanilla, dirigió una importante carta ordenando «que cesase el negocio, porque quería ella misma seguirlo á sus expensas.»

Había hecho Colón presente á Medinaceli que iba á dirigirse á Francia, esperando encontrar favorable acogida en la Corte de Luis XI; pero á tanto llegaron las buenas promesas del Duque, que lo hizo desistir del viaje, enviándolo á Córdoba, en cuyo punto, y por mediación de Quintanilla y Mendoza, celebró la primera entrevista con los Monarcas en el mes de Enero del año 1486.

Partió el genovés de Sevilla, y no volvió á esta ciudad hasta después del descubrimiento, siendo recibido con grandes muestras de consideración y aprecio por todos en general, y muy particularmente por aquellos que fueron sus amigos cuando pobre y sin recursos llegó de Portugal.

En Sevilla permaneció Colón desde el mes de Junio hasta fines de Agosto del 1493, organizando la escuadra para el segundo viaje, que partió de la bahía gaditana el 5 de Setiembre, y que estaba compuesta de catorce carabelas y tres carracas, siendo tantos los que acudieron á Sevilla para embarcarse, que muchos quedaron en tierra sin poder formar parte de la expedición.

Entre los que marcharon con el Almirante figuraban Ojeda y Juan de la Cosa, Margarite, Aguado, Díaz de Pisa, Boil, y el docto cuanto modesto fray Antonio de Marchena, amigo inseparable del descubridor del Nuevo Mundo.

La capital de Andalucía volvió á ver á Colón á fines del año 1499, pero en situación bien lamentable por cierto; acababa de desembarcar en Cádiz cargado de cadenas por órden del iracundo Bobadilla y se dirigía á Granada, donde los Reyes le recibieron, no con tanta satisfacción como en Barcelona, pero sí compadecidos de su triste suerte.

Hiciéronse también en Sevilla los preparativos para el cuarto viaje en el otoño del 1501; costando gran trabajo equipar la flota, que al fin estuvo dispuesta y salió de Cádiz el 13 de Enero del año siguiente.

Presentóse por última vez el Almirante en nuestra ciudad en Noviembre de 1504, después de su larga y penosa expedición, enfermo, achacoso y con el corazón oprimido y apenada el alma por las ingratitudes de que á cada paso era víctima.

En Sevilla pasó todo el invierno escribiendo cartas al Rey para que le prestase auxilios, de los que estaba tan necesitado, sin recibir del Monarca providencia alguna; y en la primavera siguiente marchó á Segovia, donde á la sazón se hallaba la Corte, que miró con desdén á Colón, quien, pasando luego á Valladolid, murió abandonado y solo el 20 de Mayo de 1506, á la edad de sesenta años y á los dieciséis de haber llevado á cabo su prodigioso descubrimiento.

XIX

EL HORNO DE LAS BRUJAS

«Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?»

SHAKESPEARE.

La calle que hoy tiene el nombre del eximio poeta y sabio genealogista D. Gonzalo Argote de Molina era en lo antiguo una de las calles más irregulares de la población, en la que existieron, entre algunos buenos edificios, varias casuchas que servían de guarida á gente de fama nada envidiable y de costumbres no muy dignas de imitarse.

Cuenta la tradición que en una de estas casuchas, la más sucia y abandonada de todas, habitaba á fines del siglo XV cierta anciana á quien tenía el vulgo por mujer sobrenatural y extraordinaria, con sus puntos y ribetes de hechicería.

Era la vieja de miserable aspecto y de horrible catadura, muy dada á la confección de filtros y brevajes, echadora de cartas, adivina de lo porvenir y muy amiga de todas las hembras de su calaña, con quienes solía reunirse por las noches, entregándose á ceremonias misteriosas que daban mucho que hablar á los vecinos del barrio.

Tenía la bruja un hijo, sabe Dios de quién, mocetón zafio y descreído, espadachín y pendenciero, que le ayudaba en sus ridículas faenas, y el cual promovía con frecuencia grandes escándalos siempre que al amanecer llegaba á acostarse, acompañado de mujerzuelas y gente de la heria, entre quienes pasaba una vida ociosa y degradada.

Sucedió una noche, que llegando solo por casualidad y embriagado á su casucha, halló la puerta tan cerrada que por más golpes que dió en ella no consiguió que le abriesen, pues la madre y las demás brujas que con ella estaban entonces en un sótano, embebidas con sus prácticas de hechicería, ni oyeron los aldabonazos ni los gritos y juramentos del mocetón.