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Part 2

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Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas, demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.

Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.

El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna de algunas personas.

Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.

Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando más embebido estaba sintió de pronto abrirse la puerta de la estancia, penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candilón, lanzóse sobre el cristiano, y, echándole las manos al cuello, dióle allí mismo muerte en pocos minutos. Después Hach-Elarbi escondió en una cueva el cadáver, recogió el dinero y guardó el tesoro en el rincón más apartado de la casa.

Largo tiempo permaneció este crimen oculto, descubriéndose años después por una rara casualidad que la tradición no nos cuenta.

Sábese sí que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneció cerrada durante algunos años, y que en el mes de Febrero del año 1250 Hach-Elarbi sufrió la última pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada en una de las paredes exteriores del edificio.

IV

LA TORRE DE DON FADRIQUE

«Aún permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del palacio que para sí construyó el Infante de este nombre...»

P. MADRAZO.

En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se encuentra aún en el mejor estado de conservación.

«Su planta--escribe un distinguido autor contemporáneo--es rectangular y consta de tres cuerpos, empleándose la piedra en algunas partes y lo restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada curiosa archivolta de estilo románico con arcos semicirculares y columnillas, sobre la cual existe una inscripción; en el segundo cuerpo rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus frentes hay elegantes ventanas del mismo carácter románico, y en el último, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de aquéllas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los ángulos debió tener gárgolas para desagüe, de las que sólo resta una.»

Esta Torre, según los datos más auténticos, fué mandada construir el año 1253 por el infante don Fadrique, que allí tuvo su palacio, edificado en los terrenos que le cedió su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo el reparto de la ciudad después de la conquista.

Llamóse en un principio _La Torre encantada_, no sabemos por qué, pues aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.

Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro, existe una lápida negra con varios adornos y la siguiente inscripción, que traducida del latín dice así, según la copia que sacó Peraza:

«_Esta Torre es obra ó edificio del magnífico Infante Federico, que fué hijo amado de su madre la Reina D.ª Beatriz: débese dar alabanza al maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en la era de mil é doscientos noventa, que es en el año de mil é doscientos cincuenta y tres años._»

Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de Andalucía, Luis de Peraza, que floreció en los comienzos del siglo XVI, escribía lo siguiente en su obra, aún inédita, titulada _Antiquísimo origen de la ciudad de Sevilla_, etc. «Estando un lienzo de aquel compás (el de Santa Clara) caído, yo entré... y subí á la Torre y vi en ella tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habiéndolas paseado y mirado muy bien, me volví á salir.» Sin embargo de lo que dice Peraza, añadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y sólo tienen en las partes superiores de los ángulos unas robustas nervaduras.

D. Fadrique murió en Burgos en 1276 y fué uno de los más poderosos enemigos que tuvo su hermano D. Alonso _el Sabio_, el que mandó quitarle la vida, confiscándole sus estados, por tomar parte muy señalada en la revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por González de Lara, Díaz de Haro y Fernández de Castro.

El infante D. Fadrique fué hermano también del primer arzobispo que tuvo Sevilla después de la conquista, hijo de D. Fernando III, que á pesar de su estado casó con la hija del Rey de Daria, pasando á vivir á extranjeros países.

Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron donados por Sancho el _Bravo_ á las monjas clarisas, que allí levantaron el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gótico, se conservan entre otras bellezas artísticas muy buenas esculturas de Martínez Montañés y de Alonso Cano.

La torre de D. Fadrique tiene un carácter tan marcado de las antiguas edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destácase airosa sobre el trasparente cielo, acuden á la imaginación los recuerdos de aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y heróicas, embellecidos por la poesía y el arte.

Esta Torre es uno de los más antiguos monumentos de Sevilla, y puede darnos una idea de lo que sería aquel soberbio palacio donde residió el turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron según afirman puntuales cronistas.

Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su nombre por el hermano de D. Pedro el _Justiciero_; y aunque este error ha sido aclarado por muchos escritores, aún hay quien lo sustente, demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra patria.

V

LA IGLESIA DE SANTA ANA

«Éste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su seno bastantes producciones de mérito.»

J. AMADOR DE LOS RÍOS.

Si notable es este templo por las joyas artísticas que encierra, su historia no deja de ser curiosa, y vamos á referirla á los que la ignoren, haciendo mención también de las principales imágenes y pinturas que allí se guardan.

Remóntase la fundación de la iglesia de Santa Ana á los tiempos de D. Alfonso el _Sabio_, el cual se encontraba en nuestra población en 1280 disponiendo sus tropas para empezar la campaña contra los moros de Granada.

Cuando iba á marchar sintióse el Rey molestado por un fuerte dolor en el ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le aplicaban los físicos, creció más cada día, causando grandes molestias al paciente.

Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no había remedio alguno para su mal, se encomendó á todos los santos, y muy particularmente á Santa Ana, por quien siempre tuvo no poca devoción, prometiéndole que si curaba levantaría en su honor un templo de hermosa fábrica y de constante y fervoroso culto.

Oyó la Santa la súplica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta la tradición que á poco el ojo empezó á dar señales de mejoría, quedando tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los físicos.

Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el _Sabio_ hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si habían sido hechas á los santos, apenas se vió restablecido manifestó sus deseos de erigir la iglesia conforme lo tenía pensado.

Por entonces los vecinos de Triana, que no tenían más templos que una capilla dedicada á San Jorge, pidieron al Rey que construyera una iglesia, cosa que les hacía gran falta, y el Rey, que andaba sin saber dónde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los trianeros, y cumplió su promesa, mandando empezar las obras del templo dedicado á Santa Ana á fines del ya citado año de 1280.

El monarca _Sabio_, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho González y Fr. Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construcción de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla éste costeó varios retablos é hizo que se terminasen por completo las obras, ampliándolas y embelleciéndolas.

En los comienzos del siglo XV se renovó el edificio, que había sufrido bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocándose por esta época los bellos azulejos esmaltados que aún se conservan.

Entre otras reformas llevadas á cabo por los años de 1548 se construyó el altar mayor, cuyas pinturas son debidas á _Pedro de Campaña_, que también ejecutó otras obras en varias capillas, donde existen cuadros muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernández, Varela, Frutet, Goltzus, Tomás Martínez, Roelas y Sánchez de Castro.

Hacia el 1755 se renovó el templo de Santa Ana casi por completo, modificándose muchos de sus retablos, añadiéndole algunas imágenes y quitándole algunos nichos y trozos de labores que, según dicen, afeaban las paredes del interior.

Entre las esculturas de mérito que han existido en Santa Ana merecen citarse: un Cristo llamado del _Buen viaje_, una Santa Cecilia, un San Miguel, y una Concepción que pertenecía á la antigua hermandad de este nombre.

En la sacristía se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor, que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mérito artístico que encierran.

La iglesia de Santa Ana sufrió algunos desperfectos cuando la invasión francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy estimables, que fueron destruídos por los invasores.

Las muchas lápidas que en las paredes y en el suelo del templo se encuentran todavía dan á entender que allí se enterraron personas ilustres, como González del Real y sus deudos, la familia de don Lope Sánchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la hermandad de la Concepción que ya hemos citado.

Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada por don Alonso X el _Sabio_. La fachada es de gran extensión; los muros son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones; tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisándose desde ella un hermoso panorama, que renunciamos á describir.

VI

LA GIRALDA

«Torre excelsa, magnífica Giralda, que al cielo alzando la orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de aéreas nubes mágica guirnalda...»

L. S. HUIDOBRO.

Fama universal goza este soberbio monumento, admiración de cuantos visitan á Sevilla; y aunque su historia no es á la verdad desconocida, ni sobre ella podemos añadir ningún dato ó noticia nueva, creemos que resultarían incompletos estos apuntes si no dedicásemos algunas líneas á tan magnífica y celebrada Torre.

La _Giralda_ es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano: apenas hay poeta español que no le haya dedicado una frase ó una alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas líneas sobre el lienzo ó sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que á nuestra ciudad visitan deja de subir á ella para contemplar el soberbio panorama que ante los ojos se extiende.

Sevilla tiene en la _Giralda_ su nota más característica: los lienzos, acuarelas, grabados y fotografías que representan esta Torre circulan por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente alegría en su alma y satisfacción imposible de contener.

¡Cuan magnífica y esbelta es nuestra _Giralda_!... la mole de ladrillos se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto fantástico; en los días hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no puede ser más agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se alegra y el sonido de aquellos metales alegra también el espíritu de los sevillanos.

Según algunos la _Giralda_ fué mandada construir para observatorio astronómico, y según otros sólo servía para alminar de la mezquita. Decretóse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fué continuada bajo el mando de Yakub, y se terminó en 1196 bajo la dirección del arquitecto moro Hever, según es tradicional.

La _Giralda_ estuvo expuesta á ser derribada cuando se ajustaban las condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D. Alfonso, según dicen antiguos autores, esto no llegó á verificarse.

Entonces la Torre sólo tenía 250 pies de altura, «un antepecho de almenas dentelladas--escribe Gestoso--coronaba la parte en que al presente están las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo rectangular, cuyo remate lo componían cuatro enormes globos ó manzanas de metal ó bronce», las cuales se describen de este modo en la _Crónica_ del Rey _Sabio_:

«Á la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan grande obra, é tan grandes, que no se podrían hacer otras tales. La de somo es la más pequeña de todas, é luego la segunda que so ella es mayor empués; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor, é de tan grande é extraña obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de canales, é ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos comunales.»

En 1396 estas bolas cayeron á impulso de un fuerte vendaval ó de un temblor de tierra, según hemos leído, y muchos años después, en 1568, siendo arzobispo D. Cristóbal Valdés, se construyó el segundo cuerpo de la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocándose la estatua de la Fe llamada el _Giraldillo_, que se debió al escultor y fundidor Bartolomé Morel, quien dió principio á su obra en 1566.

Está probado que el primer reloj que se conoció en España lo tuvo esta Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qué papel leímos que, habiéndose descompuesto la máquina, permaneció parado cerca de dos años, pues fué necesario traer de Ginebra un inteligente mecánico que supiese arreglarlo.

El reloj que hoy existe es una magnífica obra, concluída en los comienzos del siglo XVIII por el fraile José Cordero, de la orden de San Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400 á presencia del monarca D. Enrique el _Doliente_.

No creemos necesario hacer aquí una descripción del interior y exterior de la _Giralda_: ¿para qué? se han hecho tantas por tantos autores, que casi tendríamos que seguirlos con sus mismas palabras.

Sólo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa Torre en 1888 ésta quedó en el mejor estado de conservación, para bien de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiración de propios y extraños.

VII

RECUERDOS DEL REY DON PEDRO

«Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la crítica formando reñidísimo torneo, es porque fué su persona tan grande, que quiso el Cielo que el que vivió siempre en guerra moviera á discordia muerto.»

M. CANO Y CUETO.

La memoria del Monarca justiciero está tan unida á las historias y tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sería no dedicar en estos apuntes un recuerdo al rey más popular de España, y que más han calumniado los cronistas é historiadores, presentándolo como un monstruo sediento de víctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos errores.

La pasión ha conducido la pluma de los escritores á los más lamentables extravíos al ocuparse del reinado de D. Pedro, á quien son menos los que con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribuído patrañas absurdas y cuentos ridículos, haciéndose eco de los que corrían en boca del ignorante vulgo.

Pero la verdadera crítica, investigando con incansable actividad, ha arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando que el Monarca á quien se llama _Cruel_ merecía el calificativo de _Justiciero_, como así lo entendió Felipe II.

D. Pedro dejó en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las cuales existirán siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las generaciones.

¡Cuántos edificios, cuántas calles, cuántos lugares nos traen aquí á la memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor y valiente, á quien sólo pudieron vencer sus enemigos por la traición más alevosa!

El Alcázar, esa joya de la arquitectura mudéjar, fué reconstruido por él en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos puntos de España objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en los trabajos á los más reputados artífices.

En el regio edificio existe aún la cámara particular que ocupó D. Pedro; allí puede verse el patio donde cayó herido al golpe de las mazas el maestre D. Fadrique; allí están los amenos jardines por los que tantas veces paseó D.ª María de Padilla; allí está la magnífica portada cuyos dibujos é inscripciones dirigió el mismo Rey, y allí, en fin, existen próximos los sombríos y tortuosos callejones por donde él salía de noche á vigilar la población y á sorprender las tenebrosas reuniones de sus enemigos.

En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asomó su luz á la ventana una noche que el Monarca había tenido pendencia con un desconocido, reconociéndole por el ruido de las choquezuelas, suceso que por ser de todos sabido no relataremos, limitándonos á decir que el busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se colocó el año 1600, sustituyendo á la cabeza toscamente labrada en barro que el Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la riña.

Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judío Leví, y en la que permaneció D.ª Aldonza Coronel mientras sostuvo sus amorosas relaciones con D. Pedro.

Éste reedificó á sus expensas cuatro templos, que fueron el de San Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que solía presenciar muy á menudo en compañía de sus cortesanos.

En el convento de Santa Inés yace enterrada la esposa de D. Juan de la Cerda, D.ª María Coronel, á quien D. Pedro requirió de amores con tanta insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible á los halagos del joven Monarca, se retiró á la ermita de San Blas y luego á dicho convento, que fundó, y en donde, viéndose aún perseguida por su galanteador, no encontrando á mano otro medio de alejarle, se aplicó aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de extraordinaria fealdad.

Cuando la guerra con Aragón, en el sitio de las Atarazanas equipó D. Pedro la escuadra que había de obtener tan señalada victoria, y se dice que el Rey en persona acudía todos los días á estos sitios, dando muchas ordenes verbales á los marinos y demás gentes que trabajaban en las obras.

No lejos de este lugar cuenta la tradición que D. Pedro entró en el río á caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que había anatematizado el enlace con D.ª María Padilla, viéndose muy apurado el eclesiástico para huir en una barca, que por fortuna le salvó de una muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivió aquella hermosa dama, cuando fué conocida por el Rey; á la puerta del templo de San Gil fué enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha trasmitido... ¿Y á qué seguir enumerando lugares y edificios?... Ya dijimos que Sevilla está llena de recuerdos de aquel Rey, y los que hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.

Si dispusiéramos de más espacio lo dedicaríamos á la memoria del Monarca justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten, ponemos punto á nuestro modesto trabajo.

VIII

EL SEPULCRO DE GUZMÁN EL BUENO

«Un hijo dióme Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su enemigo... Y porque te persuadas cuán distante me encuentro de faltar al deber mío, si armas no tienes para darle muerte, toma, allá va, verdugo, mi cuchillo.»

GIL DE ZÁRATE.

Á poco más de media legua de Sevilla existe una pequeña aldea, llamada Santiponce, inmediata á la cual pueden aún verse las ruinas del antiguo y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso Pérez de Guzmán y su esposa D.ª María Alonso Coronel en el año de 1301.

No es nuestro propósito hacer aquí la historia de este edificio, que en situación tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en él se hallan relegados al más imperdonable olvido.

El que tiene algún cariño por las glorias de la patria, el que estima los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que á las presentes dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al recorrer aquel claustro derruído, aquellos patios solitarios y aquellas galerías que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de unos y el instinto destructor de otros, unido á la acción de los tiempos, hayan conducido á estado tan deplorable el monasterio en cuyo lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el año 1053, en que, con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados á la ciudad de León por el obispo Avito.

Siguiendo nuestro propósito, sólo nos ocuparemos en este apunte del Sepulcro del fundador de la casa, que aún se conserva y hemos tenido ocasión de ver hace poco tiempo.

Éste se encuentra en la parte más antigua de la iglesia, y fué construído en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy escasas é incompletas las noticias que tenemos.

El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno de tan esclarecido varón, cuyo heroísmo es admirado por cuantas generaciones le han sucedido. Está adornado de escudos de armas, de labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre la ancha losa está grabado el epitafio, que dice así:

«Aquí yace D. Alonso Pérez de Guzmán el _Bueno_, que Dios perdone; fué bien aventurado é que previno siempre servir á Dios y á los Reyes; él fué con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; é estando el Rey en esta cerca fué á ganar á Gibraltar, á después que la ganó entró en cabalgada en la tierra de Gaucin, é tuvo facienda con los moros é matáronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fué año de el Señor de 1309.--H. S. E.--19 era _Septenbris anno domini 1609--300 a die sui abitibus_.»

Sobre el sepulcro está la estatua de Guzmán, vestido de armadura, y arrodillado ante un reclinatorio como entregado á la más profunda oración.

El escultor Martínez Montañés hizo la estatua, que, como todas las obras que su prodigioso cincel labró, es de un mérito excelente, si bien han hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso presentan bastantes anacronismos.

La contemplación del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espíritu á melancólicas reflexiones, y poco á poco acuden á la imaginación los recuerdos de aquel personaje heróico, cuya figura ha sido tantas veces ensalzada por el arte y la poesía y cuya hazaña inmortal está grabada con caracteres indelebles en las páginas de la historia.