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Part 17

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El primer valiente que allí recibió sepultura fué el soldado de la segunda compañía del segundo batallón del regimiento infantería de Córdoba, Bernardino López, que falleció en el Hospital Militar el 25 de Diciembre de 1859, de resulta de las graves heridas que sufrió en campaña, si bien no puedo precisar la acción, pues en ningún documento de los que hemos consultado consta cuál fuera ésta. De la gloriosa batalla del 4 de Febrero yace allí el soldado Felipe Beltrán, de quien dijo un periódico de aquellos días que «se le vió luchando con un denuedo inimitable hasta que pudo ponerse en pie, y que su comportamiento fué el de todo un héroe.» El subteniente del regimiento de África D. León Iribárren, que, después de tomar parte en diferentes acciones, cayó herido mortalmente por el plomo enemigo, yace también allí; y entre los demás valientes citaré á Tomás Moreno, soldado del regimiento de León, que por su heroísmo mereció que su entierro se verificase con gran pompa, acudiendo á él el Ayuntamiento y corporaciones de Sevilla, además de una inmensa concurrencia de todas las clases de la sociedad.

Cuando para cumplir algún deber, triste siempre, hemos acudido al Cementerio, nunca salimos sin detenernos algún rato ante el mausoleo que guarda los restos de los soldados de África. Allí se ven pocas veces coronas de flores; allí pocos son los que se detienen á rezar una oración.... La curiosidad es generalmente la que mueve á muchos á pararse ante aquel mármol y á leer los nombres de los valientes que bajo él descansan.

¿Quién se acuerda hoy de ellos? Fueron héroes anónimos; fueron parte de ese montón informe que sucumbe en las batallas, sin que su recuerdo viva y se perpetúe de generación en generación; fueron, en fin, de esas víctimas para quienes la historia no tiene una página ni la gloria un laurel.... Pelearon y murieron por la patria: eso es todo lo que se sabe de ellos.

Poco es en verdad; pero ¡á cuántas meditaciones hace inclinar el ánimo!

LXXVIII

DOMÍNGUEZ BÉCQUER

«En tus rimas dolientes palpitan las luchas terribles que el alma destrozan, y es en ellas un ¡ay! cada verso y un tierno poema de amor cada estrofa.»

ATAULFO FRIERA.

Amantes de la buena poesía, y entusiastas por los hombres ilustres de nuestra patria, con gusto tomamos la pluma para decir algo de este poeta, el más artista y original quizá de los poetas españoles del presente siglo. Breve fué su existencia, fecunda en amarguras y sinsabores domésticos: escaso el número de las obras que dejó escritas, pero ellas han bastado á inmortalizar su nombre.

Pocos conocieron á Bécquer mientras vivió; pocos leyeron entonces sus sentidos versos, y ninguno de sus íntimos amigos pudo sospechar la fama que tenía reservada, ni el lugar distinguido que iba á ocupar en nuestra literatura contemporánea.

No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos límites de este artículo; además, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y las bellezas que encierran están al alcance de todas las personas que tienen corazón y saben sentir.

Las obras de Bécquer no deben analizarse con la frialdad severa de la crítica: ésta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en las concepciones, repetición de los mismos cuadros, escasa variedad en la forma... Las obras de Bécquer son para admirarlas, y la persona que desde luego no comprenda sus méritos, será inútil cuanto se haga por demostrárselos. «Las teorías--dijo Larra--las doctrinas, los sistemas, se explican: los sentimientos se sienten.»

Cuando por primera vez se dieron á luz las composiciones de Bécquer, reunidas en un par de tomos, después de muerto su autor, despertaron grandísimo entusiasmo en la república literaria, y la juventud de entonces se declaró partidaria de aquel género de poesía, que resucitaba el ya muerto romanticismo, que á tantos extravíos condujo en la primera mitad del siglo.

Hoy la fama del vate andaluz descansa en sólidas bases, su popularidad es grandísima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le perjudicaron.

¿Quién no ha leído aquellas _Rimas_ llenas de sinceridad y pasión, que condensan en breves frases las alegrías, los dolores, las aspiraciones y los deseos que agitaron el alma soñadora y amorosa del poeta sevillano? ¿Quién no conoce aquellas _cartas_, modelos de sencillez y limpieza de estilo, impregnadas de suave melancolía y dulce tristeza, que conmueven el corazón con palabras mágicas y con imágenes delicadas y tiernas? ¿Quién, en fin, no ha hojeado aquellas fantásticas leyendas, aquellos cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran una fecundidad creadora admirable, una potente imaginación de primer orden y un perfecto conocimiento en las artes plásticas de los siglos medios?

«En Bécquer--escribe un reputado crítico--se funden dos elementos que parecen opuestos: la imaginación excepcionalmente esplendorosa del genio meridional y la vaga idealidad germánica.» Muchos le comparan con Enrique Heine, y á nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el poeta alemán es mordaz, excéptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le rodea, y su risa irónica molesta y hace daño; el poeta sevillano es casi siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del infortunio, asoma la duda á su cerebro, busca consuelo en la religión, que le brinda un bálsamo á sus punzantes heridas.

La biografía de Bécquer es bien corta, y ocupa pocas páginas; puede condensarse en estas palabras de Blasco: «nació, vivió, escribió y murió.»

Nació Bécquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada por los poetas pasaron las días serenos de su infancia, y llegó á la adolescencia con el alma «henchida--como él dice--de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más preciada joya de la juventud.»

Había quedado huérfano á los cinco años, y en 1845 ingresó en el antiguo colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica; en esta época comenzaron á nacer sus aficiones literarias, y en colaboración con su amigo Campillo, alumno también del colegio, y casi de su misma edad, escribió un drama, empezó una novela y compuso multitud de versos, ensayando todos los metros y todos los géneros.

Á los catorce años entró Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano, profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y fué maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la dirección de su tío D. Joaquín Domínguez Bécquer, y, siguiendo los consejos que éste le diera, abandonó la pintura para dedicarse por completo á las letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.

Llegó á Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenzó á ver desvanecerse como el humo los dorados sueños de su febril adolescencia.

Fué primero empleado con modestísimo sueldo, periodista político después, censor de novelas más tarde, admitiendo estos y otros cargos, que repugnaba, para atender á sus más precisas obligaciones.

En 1861 contrajo matrimonio, pero éste no resultó á la verdad feliz; mal se avenía el poeta idealista y soñador á la monótona y vulgar existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retiróse á vivir en compañía del más querido de sus hermanos, artista espontáneo y de corazón, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres populares.

Indiscreto y triste sería entrar en detalles de este período de la biografía de Gustavo Bécquer; su porvenir presentábase cada vez más oscuro; su alma sensible la había desgarrado el infortunio; sus ilusiones se habían perdido para siempre....

Pero aún le estaba reservado un golpe durísimo: el día 23 de Setiembre de 1870 falleció Valeriano; «y desde entonces--escribe un biógrafo--pudo afirmarse que Gustavo quedó herido de muerte.»

Una breve enfermedad cortó para siempre aquella cadena de males que formaron la existencia del autor de las _Rimas_, y tres meses después, el 22 de Diciembre, exhaló el último suspiro, cuando apenas contaba treinta y cuatro años.

La patria ha sido ingrata con el poeta que tanto la amó; inútilmente buscará el viajero en nuestra población un monumento que perpetúe su memoria.

Hace algunos años, varios jóvenes entusiastas proyectaron dedicarle un recuerdo á las orillas del Guadalquivir, pero el proyecto no llegó á realizarse.... Una modesta lápida colocada en la casa donde nació, y el nombre de una de las calles más extraviadas de la ciudad, son las únicas cosas que en Sevilla recuerdan á Bécquer.

ÍNDICE

Págs.

Dedicatoria. 5

Carta-Prólogo. 7

I.--La Fuente del Arzobispo. 17

II.--La Puerta Real. 20

III.--El Mesón del Moro. 24

IV.--La Torre de Don Fadrique. 28

V.--La Iglesia de Santa Ana. 32

VI.--La Giralda. 36

VII.--Recuerdos del Rey Don Pedro. 40

VIII.--El Sepulcro de Guzmán el Bueno. 44

IX.--La Puerta del Perdón. 48

X.--Doña Urraca Osorio. 51

XI.--El Patio de las Muñecas. 55

XII.--La Torre del Oro. 60

XIII.--La Hermandad del Pilar. 64

XIV.--La Cárcel Real. 68

XV.--La Susona. 71

XVI.--El Conde Negro. 75

XVII.--La Cruz del Campo. 79

XVIII.--Colón en Sevilla. 83

XIX.--El Horno de las Brujas. 88

XX.--La Inquisición. 92

XXI.--La Misa de los navegantes. 96

XXII.--El Alma en pena. 100

XXIII.--La Capilla de los Reyes. 105

XXIV.--La Morería. 109

XXV.--La Virgen de Torrijiano. 112

XXVI.--La Calle del Diablo. 115

XXVII.--El Maestro Malara. 119

XXVIII.--La última piedra de la Catedral. 123

XXIX.--El Divino Herrera. 126

XXX.--Las sombras del subterráneo. 130

XXXI.--La Casa de los Alcázares. 135

XXXII.--Un Per-Afán de Rivera. 138

XXXIII.--La Velada de San Juan. 142

XXXIV.--El Santo Entierro. 149

XXXV.--Cervantes en Sevilla. 154

XXXVI.--Don Juan Tenorio. 158

XXXVII.--El Angostillo de San Andrés. 162

XXXVIII.--La Academia de Pacheco. 166

XXXIX.--El Sermón de las Mancebías. 170

XL.--Don Juan de Arguijo. 174

XLI.--Los Fantasmas del Blanquillo. 178

XLII.--El Escultor Martínez Montañés. 183

XLIII.--Los Esclavos Negros. 187

XLIV.--La Cartuja. 191

XLV.--La Roldana. 196

XLVI.--El Pintor monedero. 200

XLVII.--Drama de amores. 204

XLVIII.--Bartolomé Esteban Murillo. 208

XLIX.--Una aventura. 212

L.--La Cruz de la Cerrajería. 220

LI.--El Capitán Yelves. 224

LII.--El Colegio de San Telmo. 228

LIII.--La Puerta de Triana. 232

LIV.--El Convento de San Francisco. 236

LV.--Los Rosales de Mañara. 240

LVI.--El Torreón del Duende. 245

LVII.--Una Cofradía. 249

LVIII.--La Beata Dolores. 253

LIX.--Viaje regio. 258

LX.--Biblioteca Colombina. 262

LXI.--El Señor del Gran Poder. 266

LXII.--Manolito Gázquez. 272

LXIII.--El Teatro Principal. 276

LXIV.--La Fiebre Amarilla. 281

LXV.--El Puesto de Agua. 285

LXVI.--Matute y Gaviria. 290

LXVII.--La Plaza de Toros. 294

LXVIII.--Un Auto de Fe. 299

LXIX.--El Retrato de Godoy. 304

LXX.--El Cura de Triana. 308

LXXI.--Entrada del Rey Intruso. 312

LXXII.--La Constitución. 317

LXXIII.--La Fiesta del Quemadero. 321

LXXIV.--El Asistente Arjona. 325

LXXV.--La Escuela de Tauromaquia. 329

LXXVI.--El Salón de Cristina. 333

LXXVII.--Los Soldados de África. 336

LXXVIII.--Domínguez Bécquer. 341

[cruz de Malta] ESTE LIBRO FUÉ IMPRESO _en la ciudad de Sevilla, en la oficina de E. Rasco, á expensas del Excmo. Sr. D. Juan Pérez de Guzmán y Boza, Duque de T'Serelaes de Tilly. Acabóse á_ XVII _días del mes de Noviembre, año del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de_ MDCCCXCIV