Part 16
Terminada la misa, se adelantó Ruiz del Burgo, como jefe político que era de la ciudad, y dirigiéndose á la multitud que ocupaba el templo, pronunció estas palabras:
--¿Juráis guardar y observar la nueva Constitución política, publicada por la Regencia, y sancionada por las Cortes generales, que se os acaba de hacer presente?
--¡Sí juramos!--contestó la multitud.
--¿Juráis conocer y defender á vuestro rey el señor D. Fernando VII, que Dios guarde?
--¡Si juramos!--volvieron á responder todos.
Entonces las campanas de la _Giralda_ comenzaron sus alegres repiques, los cañones hicieron salvas, y el Cabildo entonó el _Te-Deum_, dando fin la ceremonia cerca del medio día.
¡Quién hubiera imaginado entonces que el nuevo código que con tanto regocijo se acogía iba á ser causa de tan hondas perturbaciones para la nación!
LXXIII
LA FIESTA DEL QUEMADERO
«Mas ¡ay! que ya se acaban las aspas y garrotes, y jansenistas, moros y hugonotes se burlan de mi celo y mi porfía... Todos á un tiempo trinan viendo que está apagado el tizón venerado que á los reyes temblar hizo algún día.»
EUGENIO DE TAPIA.
No hace muchos años oímos contar á un anciano el suceso que da origen á este trabajo, y habiendo encontrado recientemente algunos detalles sobre el caso en papeles de la época, vamos á referirlo al lector, á quien suponemos pacientísimo.
Á principios del memorable año de 1820 era gobernador militar de Sevilla el General Odonojú, quien, al tener las primeras noticias del alzamiento de Las Cabezas de San Juan y de la isla de León, afilióse en secreto al partido de la Constitución, cuidando mucho que sus ideas no fuesen advertidas por nadie hasta la llegada del oportuno momento.
Había marchado á Cádiz el capitán general de Andalucía D. Tomás Freiree para combatir á los que por tan noble causa se habían sublevado, y el día 10 de Marzo, cuando más tranquilos aguardaban los partidarios del absolutismo la derrota de sus enemigos, y más confiados estaban todos en las seguridades que en Sevilla tenían, alborotóse de pronto el pueblo, que, alentado por los patriotas que tenían su punto de reunión en el café de San Fernando, llegó al Ayuntamiento, dando término á la sesión que el Cabildo celebraba, y de allí, tras recorrer algunas calles, quitar el título á la plaza de San Francisco y hacer repicar las campanas, se dirigió la muchedumbre al edificio en donde estaba situado el tribunal de la Inquisición, no sin haber proclamado antes el nuevo código, del cual esperaban tantos la salvación de la patria.
Libertados los dos presos que en las cárceles del Tribunal estaban, destruídos los muebles, y quemados los procesos que se guardaban en el archivo, entregóse la multitud á otros excesos, que tuvieron que ser reprimidos con energía por las autoridades que acababan de tomar el mando.
Tranquilizáronse un poco los ánimos y dió comienzo la nueva época constitucional, sobre la que tanto se ha dicho y tanto bueno queda todavía que decir; y cuando las Cortes en el año siguiente, después de larguísimos debates, decretaron la suspensión del Tribunal de la Fe, alborotóse de nuevo el pueblo bajo de Sevilla, y se propuso llevar á cabo un acto que demostrase su adhesión al decreto y fuese una burla grotesca de aquella abolida institución.
Era Domingo de Ramos de 1821, y por la mañana el lugar donde estuvo el famoso _Quemadero_ (hacia un extremo del prado de San Sebastián) apareció dispuesto y aderezado de manera bien airosa. La noche antes habíanse colocado allí algunos trasparentes de lienzo y madera, pintarrajeados con muñecos deformes, vestidos con los trajes que usaban los familiares del Santo Oficio, en posturas extrañas y entregados á diversos y raros entretenimientos. Los trasparentes tenían gran altura, y sobre ellos se veía un enorme cerdo de cartón, con una medalla en el hocico y un letrero en la parte posterior, que no queremos copiar aquí por creerlo nada oportuno.
La gente de los barrios bajos, los patriotas de los cafés del Turco y de San Fernando, los individuos de muchas sociedades políticas y la gente moza y regocijada acudieron al prado de San Sebastián, rodeando el aparato allí levantado, y haciéndolo objeto de sabrosos comentarios y de dichos y frases de esas tan gráficas en nuestra tierra.
Al ocultarse el sol, una banda de música tocó el himno de Riego que acababa de componer San Miguel, y al escucharse sus notas muchos de los que allí se encontraban, no pudiendo contener su entusiasmo, cantaron y bailaron con la mayor alegría.
Luego un grupo de mozos del barrio de San Bernardo entonó junto al improvisado monumento gran número de responsos, y como para remojar las fauces de los cantores se trajeron algunos jarrillos de vino, éste no tardó en hacer sus efectos, y entonces las coplas se convirtieron en desvergüenzas, y el alboroto y escándalo subió de punto.
Así transcurrieron algunas horas, y á las nueve de la noche comenzaron á disparar cohetes, quemando un castillo de fuegos artificiales, é incendiando por último aquellos pintarrajeados lienzos en medio del mayor desorden y de la más ensordecedora gritería.
Cuando el monumento se convirtió en cenizas, la gente se fué retirando poco á poco de aquel sitio, teatro de tan tristes escenas en multitud de ocasiones.
Los partidarios del absolutismo llevaron muy á mal aquel desahogo de los liberales exaltados, que pagaron bien caros éste y otros actos en el funesto día de S. Antonio del año de 1823.
LXXIV
EL ASISTENTE ARJONA
«Asistente é Intendente en comisión de Sevilla.... donde le esperaba la gloria de reformador ilustrado de la hermosa ciudad de San Fernando.»
A. MARTÍN VILLA.
Pocos hombres de los que han presidido la Corporación municipal de Sevilla han demostrado tanto interés por la ciudad y han reunido tan apreciables dotes para su cargo como el inolvidable asistente D. José Manuel de Arjona y Cubas, á quien justo creemos dedicar un recuerdo.
Arjona gobernó los intereses de la población en época tan difícil como lo eran aquellos últimos años del reinado de Fernando VII, en los que el estado general de nuestra nación no era nada lisonjero ni próspero por cierto.
El estar Arjona al servicio de aquel Gobierno no ha de ser causa de que le escatimemos nuestras alabanzas, mucho más cuando estuvo muy lejos de cometer los abusos y atropellos que casi todas las autoridades absolutistas cometían, y llegó á captarse con habilidad suma el aprecio y estimación de todos los andaluces, aunque éstos profesaren las más avanzadas ideas.
El día 11 de Mayo de 1825 D. José Manuel de Arjona y Cubas tomó posesión de su elevado cargo de Asistente, para el que había sido nombrado según el curioso documento que copiamos á continuación:
«Atendiendo á los servicios, deseos y repetidas instancias de D. José Aznares, Consejero de Estado sin ejercicio, para que se le releve del penoso desempeño de la Intendencia de Ejército de Andalucía, que corre unida con la Asistencia de Sevilla, cuyos destinos obtuvo en comisión por Real Decreto de 24 de Diciembre de 1823, he venido, conformándome con el dictamen de mi Consejo de Ministros, en acceder á la solicitud; y al mismo tiempo tengo á bien nombrar para que sirva, también en comisión, la Intendencia de Ejército de Andalucía y la Asistencia de Sevilla á D. José Manuel de Arjona, de mi Consejo Real y Supremo de la Cámara, conservando la propiedad de estos dos destinos, y dispondréis su cumplimiento.--_Yo el Rey_.»
Desde aquel día no sosegó el nuevo Asistente hasta realizar importantísimas mejoras, que contribuyeron muy poderosamente al embellecimiento material de la población.
Jamás desde entonces retrocedió ante ninguno de los obstáculos, poderosos muchas veces, que se opusieron á sus proyectos; jamás consintió que se entorpecieran por favorecer los intereses particulares obras que resultarían en interés del pueblo de Sevilla, y dotado como estaba de un carácter serio y enérgico, se propuso cortar de raíz infinidad de antiguos abusos, que, si no llegaron por completo á corregirse, disminuyeron en gran parte.
Arjona hizo famoso su nombre en la historia de Sevilla por los actos ejecutados durante su mando y por haber sido el primero que inició el movimiento de progreso y comodidad, hasta entonces desconocido.
Digno émulo del Marqués de Pontejos, descendiente como aquél de noble familia, y poseedor de una regular fortuna, el Asistente sevillano trabajó infatigablemente por que la capital de Andalucía adquiriera el mayor grado posible de esplendor y grandeza.
D. José Manuel de Arjona, según apunta Velázquez y Sánchez, mejoró los servicios públicos, reformó el alumbrado, puso coto á las edificaciones abusivas, planteó el ensanche de muchas calles, introdujo en ellas las aceras, y sustituyó los nombres ridículos que muchas tenían por otros más propios. Él comenzó el derribo del murallón que unía con el Alcázar la torre del Oro; edificó el hermoso salón de Cristina y los jardines de las Delicias; inauguró el hospicio de ancianos y niños que estaba frente al convento de Madre de Dios; formó de nuevo la célebre cofradía del Santo Entierro, que tanta celebridad llegó á adquirir; llevó á cabo grandes mejoras en la Alameda, en el Arenal y en otros paseos; dió su valioso apoyo á cuantos le propusieron alguna idea que fuese beneficiosa para la cultura y adelanto de la ciudad, y castigó severamente á la plebe realista, que en aquel funesto período absoluto era el azote de los liberales.
Arjona fué «hombre de mando y hombre de mundo á la vez», y estuvo dotado, entre sus buenas cualidades, de un tacto exquisito para llevar á cabo las arduas empresas que por su categoría le fueron encomendadas.
En el mes de Mayo de 1833 abandonó Arjona su puesto, y en los ocho años que lo ocupó dejó recuerdos imborrables de su celo, energía y actividad.
El pueblo sevillano dió á D. José Manuel de Arjona el hiperbólico nombre de _Rey de las Andalucías_, significando así la autoridad de aquel hombre, digno de que nuestra generación le dedicase algún monumento que hiciera perpetua su memoria.
Como recuerdo de este Asistente se conserva en el Archivo del Ayuntamiento el sillón que usó durante el período de su mando, cuando acudía á presenciar y dirigir los trabajos de los famosos jardines de las Delicias y del paseo de la Bella Flor.
Para terminar, diremos que el Asistente Arjona era natural de Osuna y hermano del poeta del mismo apellido, y que fué uno de los que más contribuyeron al establecimiento de la Escuela de Tauromaquia en 1830.
LXXV
LA ESCUELA DE TAUROMAQUIA
«Fernando mandaba establecer una Escuela de Tauromaquia, y nombraba y dotaba los maestros que habían de enseñar... el modo de luchar con las fieras y de derramar su sangre, con lo que acostumbraba al pueblo, que ya veía con sobrada frecuencia verter la de los hombres, á estos espectáculos.»
MODESTO LAFUENTE.
El edificio destinado á Matadero de reses para el consumo público se terminó en los comienzos del siglo XVI, en las afueras de la puerta que los árabes denominaron de _Mi-hoar_, siendo albergue al poco tiempo de aquellos jiferos que, como dice el inmortal Cervantes, «era toda gente ancha de conciencia, desalmada y sin temor al rey ni á su justicia... que no dejaban de tener su ángel de guarda en la plaza de San Francisco, granjeado con lomo y lenguas de vaca.»
En el siglo XVIII, y debido á la iniciativa del señor Asistente, se amplió bastante el edificio, poniéndose algún freno á los abusos que allí desde largos años se venían cometiendo á ciencia y paciencia de las autoridades.
Nada de notable encontramos en la historia del Matadero que merezca especial mención, hasta los últimos años del reinado de Fernando VII, en que se fundó en él la célebre _Escuela de Tauromaquia_, que tanto dió entonces que hablar á los que veían que al mismo tiempo que se inauguraba este establecimiento se mandaban cerrar las cátedras en las Universidades.
El Conde de la Estrella, gran taurófilo y hombre que no debía estar muy ocupado, presentó al Monarca una _Memoria_ detenida y prolija para probar lo conveniente que sería al país una escuela en la que se aprendiese el arte de _Pepe-Illo_ y _Costillares_. Leyó el Rey el trabajo del Conde, y tanto debió influir éste en su ánimo, que de allí á poco, y después de algunas consultas, se acordó la fundación del _beneficioso_ establecimiento.
¡Lástima que el original de tan curiosa _Memoria_ se haya perdido, y que la posteridad ni los eruditos taurómacos puedan saborearla y recrearse en su lectura!
Con fecha de 28 de Mayo de 1830 se publicó la real orden firmada por el Monarca, y en ella se nombraba un maestro para la Escuela, con el sueldo de 12.000 reales anuales, un ayudante con 8.000 y diez discípulos con 2.000 cada uno.
Se hizo el nombramiento de director á favor de Jerónimo Cándido; pero habiendo acudido á Fernando VII, en solicitud de esta plaza, el viejo Pedro Romero, fué atendida su petición, y, quedando de maestro por su antigüedad, pasó Cándido á la categoría de ayudante.
Inauguróse el establecimiento en el mes de Octubre de 1830, bajo detenida inspección del asistente, D. José Manuel de Arjona, siendo muy crecido el número de los discípulos que allí acudieron á ejercitarse en una tan arriesgada profesión como lo es la lidia de reses bravas.
De la _Escuela de Tauromaquia_ salieron diestros tan célebres como Manuel Domínguez, que siguió las huellas del toreo rondeño; Francisco Arjona _Cúchares_, si menos inteligente, dotado de gran habilidad y ligereza; Francisco Montes _Paquiro_, incomparable en los lances de capa y en el manejo de la muleta; Juan Yust, que tantos aplausos obtuvo practicando la suerte de recibir; Juan Pastor _El barbero_, de quien tantas anécdotas y chistes se oyen aún entre los viejos aficionados, y otros muchos cuya enumeración resultaría por demás larga y difícil de encerrar en estos apuntes.
El corral del Matadero donde se construyó la _Escuela_ era cómodo, espacioso y adecuado; la arena estaba rodeada de una alta valla de madera, el Asistente tenía un palco especial para presenciar si quería las lecciones prácticas, y además se mandó construir una ancha gradería para que la ocupase la concurrencia cuando se daban lecciones públicas, costando la entrada dos reales.
Cuatro años después de su inauguración se cerró la _Escuela_ por real orden de D.ª María Cristina, dada en 15 de Marzo de 1834, siendo el que más trabajó por que se publicase este decreto el Subdelegado del ministerio de Fomento D. Antonio Almagro, quien llegó hasta presentar á la Reina gobernadora una solicitud pidiendo la clausura del establecimiento taurómaco.
Nada, sinó el recuerdo, queda ya de él, y únicamente en el Matadero se encuentra la siguiente lápida, adosada á un muro del corral donde estuvo el circo, y que á título de curiosidad vamos á copiar.
Dice así:
«Reinando el señor D. Fernando VII, pío, feliz, restaurador, se construyó esta Plaza para la enseñanza reservadora de la Escuela de Tauromaquia, siendo Juez privativo de ella D. José Manuel de Arjona, y Diputados encargados de la ejecución de la obra D. Francisco María Martínez, Veinticuatro, D. Manuel Ziguri, Diputado del Común, y D. Juan Fernández Roces, Jurado.--Año de 1830.»
LXXVI
EL SALÓN DE CRISTINA
«Y he de ir al Parque, porque su apacible sitio ameno de las flores y las damas es el cortesano imperio.»
CALDERÓN DE LA BARCA.
Ya en otros apuntes nos ocupamos del asistente de Sevilla D. José Manuel de Arjona, y citamos algunas de las más importantes obras que bajo su mando se llevaron á cabo, y las cuales contribuyeron muy poderosamente al mejoramiento de nuestra población.
Fué uno de los trabajos que con más cariño emprendió Arjona la construcción de un agradable paseo á la orilla del río Guadalquivir, y frente al Colegio Náutico de San Telmo.
Venciendo con energía todas las dificultades y obstáculos que se presentaron á su paso, consiguió dar principio á la realización de su proyecto, terminándose las obras en la primavera de 1830, y verificándose la inauguración oficial del paseo el sábado 24 de Julio del mismo año, día de la última esposa de Fernando VII, por lo cual se le dió á aquel sitio el nombre de _Salón de Cristina_.
Aquella tarde fué numerosísima la concurrencia que asistió al nuevo sitio de recreo, donde se celebró un baile, tocando las bandas militares escogidas piezas y quemándose por la noche vistosos fuegos de artificio.
El _Salón de Cristina_ se puso de moda: durante mucho tiempo fué el punto de cita de la buena sociedad sevillana. Por entonces había en el centro del paseo un templete de graciosa forma, y en los jardines, á mas de los muchos árboles y plantas, existían infinidad de estatuas y jarrones de mármol, fuentes caprichosas, pajareras, cenadores, cómodos asientos y emparrados que prestaban dulce y agradable sombra.
Aquellas espesuras favorecían mucho á los rendidos galanes y á las discretas damas, que en las calurosas noches de estío y en las frescas mañanas de primavera pasaban allí gratísimas horas. ¡Cuántos sabrosos diálogos y cuántos amorosos suspiros, cuántas promesas y juramentos escucharían aquellos frondosos plátanos orientales, aquellos melancólicos cipreses y aquellos románticos sauces!...
El _Salón de Cristina_ se veía diariamente animadísimo, y presentaba un hermoso cuadro. Allí acudían las niñas pálidas de miradas dulces y andar voluptuoso, que soñaban con caballerescas aventuras; los mozalvetes románticos de ojos tristes y largas melenas, levitas ajustadas y corbatines de á cuarta; los comerciantes y empleados, con sus relucientes sombreros de copa, sus fraques abiertos y sus guantes amarillos; las señoras mayores, peinadas con abultadas cocas y vestidas con faldas de seda llenas de cogidos y volantes; los padres de familia con sus chalecos listados, sus camisas plegadas y sus cadenas y dijes de similor; los militares de altos morriones y grandes charreteras; los _calaveras_ de la partida del trueno, los patriotas del café del Turco, y allí, en fin, acudían todos los principales tipos de una sociedad que se fué para siempre y de la que sólo nos queda la memoria.
Cuando más orgulloso podía estar el _Salón de Cristina_, y cuando asistir á él se había hecho casi una obligación para los sevillanos, se construyó la plaza de San Fernando y se arregló el paseo de la Bella Flor, y entonces poco á poco la nueva sociedad que naciera dejó aquel sitio donde tan agradables ratos habían pasado sus padres.
Sucesivamente se hicieron en el _Salón de Cristina_ multitud de reformas, perdiendo la mayoría de los adornos que antes tuviera; y hoy, en que tan poca concurrencia asiste á él, ha perdido todo su carácter, convirtiéndose en una especie de parque al estilo de los de Inglaterra, y que para compararse con ellos deja mucho que desear.
LXXVII
LOS SOLDADOS DE ÁFRICA
«Murió por el patrio suelo, y Dios lo llevó consigo.»
P. R.
Los sentimientos patrióticos de que tantas pruebas tiene dadas nuestro pueblo levantáronse no hace mucho tiempo con la misma fuerza que en pasados tiempos se levantaron para gloria de las armas españolas. Ante las brutales é infames agresiones de las salvajes kábilas africanas se alzó un grito unánime de indignación y de dolor en toda la Península, grito que era imposible acallar, y pedía enérgicamente un ejemplar castigo para los que ultrajaron villanamente la honra nacional en los campos de Melilla.
Vivos permanecen aún en los corazones de todos los gloriosos recuerdos de Tetuán y Wad-Rás, y las pruebas de heroísmo dadas en aquella campaña inolvidable debieron ser poderoso estímulo para los que de nuevo iban á aprestarse contra los hijos del Profeta, eternos contendientes nuestros.
No traeremos aquí á cuento sucesos que todos conocen, ni describiremos episodios que la historia tiene consignados y guardará eternamente en sus páginas; limitándonos tan sólo á consagrar en estas líneas una memoria á un puñado de valientes de los que fallecieron en aquella lucha, y á cuyos restos mortales dió honrosa y digna sepultura el Ayuntamiento de esta ciudad.
En más de una ocasión, cuando alguno de nuestros lectores haya acudido al cementerio, se habrá detenido á contemplar un hermoso y severo mausoleo que se encuentra situado en la primera glorieta de la izquierda y á corta distancia de la capilla nuevamente construída. Bajo aquel fúnebre monumento yacen sesenta y un soldados muertos en Sevilla desde el 25 de Diciembre de 1859 hasta el 25 de Julio de 1860 á consecuencia de las heridas que recibieron luchando con las tropas africanas de Sidi-Mohjamed, emperador entonces de Marruecos.
Consta el monumento de una escalinata de regular altura, sobre la que se levanta un zócalo desprovisto de todo adorno, y sobre él un pedestal con cuatro lápidas, en las cuales están grabados los nombres de los infelices que allí reposan y una inscripción laudatoria de los mismos. Tiene el pedestal su correspondiente cornisamento, y encima una columna en cuya base se ostentan de relieve los atributos del valor y de la victoria. Rodean, por último, el mausoleo una sencilla verja y algunos cipreces de gran corpulencia de oscuras y tupidas hojas.
La inscripción colocada en el frente dice así:
«Aquí yacen sesenta y un soldados muertos en esta ciudad de las heridas que recibieron en África, peleando como buenos por la honra de la patria en guerra contra los moros. Para conservar á las generaciones venideras el glorioso recuerdo de su heróico valor, Sevilla erigió este sepulcro. 1860.»
Los nombres de los soldados son los siguientes:
Bernardino López, Valentín Montero, José Medialdea, Nicolás Carbó, Salvador Berenguer, Antonio Tortosa, Francisco Pacheco, Francisco Luna, Tomás Moreno, Lorenzo Villalonga, Antonio Montaña, José Olisilla, Antonio Garpallo, José Gascón, Tomás Castro, Juan de Mina, Felipe Beltrán, Domingo Ruisón, Manuel González, Gil Rubio, Gaspar Rodríguez, León Iribárren, Pedro Puente, José Cubillas, Leocadio Calleiro, Antonio Sotelo, Juan Hibias, Francisco Guirado, Domingo Pardo, Santiago Miguel, Tomás Grinade, Joaquín Márquez, Francisco Panadero, Pedro Sánchez, Saturnino Baras, Andrés Paz, Diego Camacho, Salustiano Alonso, José Pastoriza, José López, José Montoto, Bartolomé Riaño, Blas Morates, Calixto Pinilla, Ramón Hernández, Francisco Parallada, Fabián Fernández, Andrés Lareno, Santos Ramos, Andrés Mateo, Miguel Sicte, Mateo García, Benito Rodríguez, Julián Plaza, Francisco Vázquez, Fulgencio Fernández, Ramón La-cumba, Valeriano Álvarez, Rufino Iberias, Domingo Tornos y Antonio Caldero y Taberner.
El proyecto fué trazado por el arquitecto D. José de la Coba, quien lo presentó al Cabildo municipal, presidido por Vinuesa, en Noviembre de 1861, comenzando los trabajos de levantar el panteón á fines del año siguiente, y terminándose en Julio de 1864, por el contratista de la obra, D. José Frápolli. Para no cansar con más datos, diremos que el mausoleo costó al Ayuntamiento más de 41.391 reales, y que en la reparación general que se llevó á cabo en 1870 se invirtieron 1.793 pesetas próximamente.