Part 15
Quédese este trabajo para los que gusten de la fiesta llamada nacional, y dispongan de la paciencia y tiempo que á nosotros nos falta, y concluyamos estas líneas haciendo mención únicamente de las obras que se llevaron á cabo en la plaza el año 1884, y después de las cuales ha quedado como una de las mejores de la Península.
LXVIII
UN AUTO DE FE
«Más allá: ¡santo Dios! Aquí yace la Inquisición... murió de vejez.»
MARIANO JOSÉ DE LARRA.
Aunque durante los tristes años de la reacción absolutista, ó sea desde 1814 al 20 y desde el 1823 al 32, se celebraron en algunos puntos de España, como Murcia, Valencia y Logroño, autos públicos por las _Juntas de la Fe_, sin que estuviera establecido de derecho el tribunal de la Inquisición, Sevilla tuvo la suerte de no presenciar estos tristes espectáculos, si bien fué teatro de otros no menos lamentables, llevados á cabo por las pasiones políticas, tan excitadas en aquellos tiempos.
La última víctima sacrificada por el Santo Oficio en la capital de Andalucía fué una mujer ciega llamada Dolores López, conocida por la _Beata Dolores_, de quien ya hemos hablado, que fué ahorcada y reducido su cuerpo á cenizas en el lugar del _Quemadero_, situado en el extenso prado de San Sebastián.
Desde esta fecha no tenemos noticias de que el tribunal de la Inquisición de Sevilla celebrase otro auto público de fe hasta el verificado en la tarde del 20 de Junio de 1803, que fué el último de los que en nuestra ciudad se presenciaron, y que, á decir verdad, distó mucho de encerrar toda la importancia que solían tener los que se efectuaron en los siglos XVI y XVII.
Aunque hemos tenido ocasión de ver algunos papeles relativos al suceso objeto de estas líneas, no nos extenderemos en el asunto gran cosa; limitándonos á extractar las noticias recogidas por nosotros, que puede ampliarlas el lector, si gusta, repasando el _Diario_ manuscrito de González de León y las obras impresas de algunos otros.
El tribunal de la Inquisición estaba á principios de siglo establecido, como todos saben, en un espacioso y antiguo edificio situado en la Alameda de Hércules, edificio que hasta la expulsión de los jesuítas había servido de colegio á los discípulos de Ignacio de Loyola, y que casi fué destruído por una explosión el memorable día de S. Antonio del año 1823, día terrible en los fastos de nuestra moderna historia.
En el auto que vamos á describir figuraba un reo vecino de esta ciudad, si bien no hemos podido averiguar su nombre, pues los autores consultados no lo citan, y en el manuscrito de González de León están como borradas las letras que formaban los apellidos de la persona castigada. Sólo sabemos que el tal sujeto era hombre de mediana posición, dependiente de rentas, de estado viudo, y nacido en la isla de León (hoy de San Fernando).
Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.
Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.
Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala, y luciendo las insignias con que estaban honrados.
Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo Ballesteros.
«Llegado que fué el _Introito_--escribe un testigo ocular--se empezó á leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África, forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la doctrina cristiana.»
La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.
Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más consecuencias.
Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.
Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.
LXIX
EL RETRATO DE GODOY
«D. Álvaro de Luna, perdiendo en uno vida y privanza, es menos digno de lástima que aquel que fué condenado por el destino á sobrevivir á su desgracia y á verse privado de todo, después de haberlo gozado todo.»
MARIANO JOSÉ DE LARRA.
Referir aquí, por breves palabras con que lo hiciéramos, el famoso motín de Aranjuez, que tuvo lugar en los días 17, 18 y 19 de Marzo del inolvidable año 1808, sobre ser contrario á nuestro propósito, resultaría fuera completamente de la índole de estos apuntes.
Hacemos merced á los lectores de aquellos sucesos, creyéndolos sobradamente ilustrados para que ignoren las causas y circunstancias que les dieron origen; y, limitándonos á Sevilla, referiremos una anécdota olvidada tal vez de muchos y desconocida quizá de no pocos.
El odio popular que en toda España se había levantado contra el favorito de Carlos IV, D. Manuel Godoy, estalló de una manera terrible y amenazadora conforme se divulgaron por la Península las noticias de las escenas que acababan de ocurrir en Aranjuez, y que tan claros ponían de manifiesto al fanático pueblo la perfidia y doblés del Príncipe de Asturias.
Ciegos los sevillanos por el joven que contra sus propios padres conspiraba, y creyéndole dechado de todas las virtudes, le atribuían cuantas perfecciones pueden adornar á un monarca para hacer la felicidad de una nación. Aborrecían todos á aquellos personajes que rodeaban á los reyes, suponiéndoles verdugos y opresores de D. Fernando; pero el hombre que más generalmente era aborrecido era Godoy, tan injustamente calumniado por los historiadores de nuestros días, como lo fué por sus contemporáneos.
Los encarnizados enemigos del Príncipe de la Paz solían reunirse en un café que había por entonces en la calle Génova, y en este local, convertido en _club_, pronunciábanse á diario discursos contra el favorito, y salían de boca de todos los concurrentes las frases más obscenas y los dichos más denigrantes.
La tarde del 22 de Marzo súpose en Sevilla la caída del valido; y, conforme circuló esta noticia por la ciudad, levantóse el pueblo, acaudillado por aquellos asiduos contertulios del café de calle Génova.
Numerosos grupos de gente de la plebe invadieron las calles, dando mueras á Godoy, y produciendo infernal gritería, reuniéndose en la plaza de San Francisco en actitud amenazadora y terrible.
Allí permanecieron largo rato vociferando y reuniendo gente, y cuando los amotinados formaban un número bastante crecido, penetraron por la calle Sierpes, dirigiéndose al hospital de S. Juan de Dios, situado en la de Gallegos.
El año 1807 el Príncipe de la Paz, patrono de la capilla mayor de dicho hospital, habíase declarado protector de la Orden de San Juan de Dios, y con tal motivo habíase celebrado en la iglesia una función solemne, colocándose el retrato de Godoy en las paredes del templo, cercano al altar mayor.
Era este retrato, pintado por D. José Cabral, una verdadera obra de arte, no sólo por su perfecto parecido, sinó por lo correcto del dibujo, la hábil combinación de los colores y lo acabado de la ejecución. En el lienzo aparecía el generalísimo vestido con un lujoso uniforme militar, cubierto el pecho de condecoraciones y bandas y en una actitud sencilla, pero que no dejaba de tener cierta majestad y arrogancia. Rodeaba el cuadro un lujoso marco con primorosas labores, en cuyo penacho se ostentaba el escudo del Príncipe.
Llegó la multitud, como decíamos, á las puertas de San Juan de Dios; allí pidieron todos la entrega del hermoso retrato, para saciar en él la rabia y el encono de que estaban poseídos.
Reclamáronse las llaves del templo al Prior, y como los comisionados para este caso tardasen en salir con ellas, el pueblo furioso entró como una avalancha en el patio del hospital, derribando la puerta de la capilla y arrancando de la pared el lienzo, que fué arrastrado á la calle entre feroces gritos de insensato júbilo.
La plaza del Salvador fué teatro entonces de una escena singular y extraña. Había cerrado la noche, y los amotinados trajeron luces de las casas próximas, aplicándolas al lienzo, que fué destrozado y convertido en leves cenizas, que disipó el viento.
Mientras acababa de perecer el retrato del favorito, sus enemigos formaron corro alrededor, escarneciendo aquella figura tan hábilmente trazada por el artista y llenándola de insultos y desvergüenzas de todas clases.
Perdióse para siempre aquel hermoso cuadro, que podía hoy ser admirado en cualquier museo, y al trocarse en humo aquel lienzo, trocábanse también en humo la grandeza y los honores de D. Manuel Godoy, cuya vida política ha sido tan calumniada.
LXX
EL CURA DE TRIANA
Los viles españoles afrancesados, ya han recibido el premio de sus cuidados: á pie caminan, y aguardan por momentos ver su rüina.
(_Copla patriótica._)
En Febrero de 1810 Sevilla se encontraba bajo el poder de las tropas imperiales, que cometían en la ciudad los mayores desafueros, burlándose descaradamente de las capitulaciones ajustadas, conduciendo diariamente al patíbulo á cuantos hacían el menor esfuerzo para contribuir á romper aquel ominoso yugo.
Henchidos de rabia y de coraje estaban los pechos de los verdaderos patriotas, y con el mayor sigilo preparaban una conspiración terrible que, de no haberse malogrado, quizá hubiese hecho á Sevilla teatro de los episodios más gloriosos y sangrientos.
En tales circunstancias, y cuando más acalorados estaban los ánimos, repartiéronse á las personas de la población convocatorias, en las cuales se invitaba á los devotos para asistir á una gran función religiosa, que habría de celebrarse el domingo 25 de Marzo, en la parroquia de Santa Ana, para _dar gracias al Cielo por la feliz venida al trono español de su majestad José I_.
La sorpresa y el enojo que semejante impreso produjo pueden figurárselos nuestros lectores; y subió de punto la indignación al saberse que ni las hermandades ni el clero de Triana habían autorizado semejante conducta, y que todo era obra de un cura de la iglesia de Nuestra Señora de la O, quien, no sabiendo cómo atraerse la gracia del intruso, tuvo aquella idea imprudente y digna de la mayor censura.
D. José Areijas, que así se llamaba el presbítero afrancesado, no llegó á amedrentarse por la actitud de todos los trianeros; y contando con la defensa de los invasores, desoyó cuantas reflexiones algunos amigos llegaron á hacerle, y el día anunciado por la convocatoria dispuso con la mayor actividad cuanto era necesario para la función religiosa aplicada al buen hermano de Napoleón.
Serían las once de la mañana cuando numerosos grupos de hombres penetraron en el templo, y colocándose con el mayor disimulo en varios puntos, aguardaron á otros muchos, que poco á poco fueron entrando, y al comenzar la misa las naves de la iglesia de Santa Ana se veían completamente llenas, nó de aquel público devoto y tranquilo que diariamente asistía á los cultos, sinó de una muchedumbre inquieta y nada pacífica, cuyos rostros no eran á la verdad muy sosegados.
Continuó la misa en el altar mayor sin que nada de particular ocurriera: lanzaba el órgano sus notas armoniosas; entonaban los sochantres sus continuas salmodias, y cuando la música y los cantos terminaron, apareció en lo alto del púlpito el cura Areijas, quien, después de los latines de ordenanza, dió principio al sermón que ya tantas veces había preparado.
¡Qué sermón aquel! ¡qué palabras, qué párrafos, qué pensamientos aquellos!... Trataba de probar el buen padre de almas que á los ojos de Dios era muy agradable el reinado de _Pepe-Botella_, que la felicidad de España dependía de los invasores, y condenaba la guerra que se les hacía, aplicando los dictados más injuriosos á los que él llamaba traidores é ilusos empeñados en rechazar los que el Cielo había destinado para ser nuestros amigos y leales hermanos.
Á medida que avanzaba en su discurso, excitábase el cura Areijas, y manoteaba entusiasmado: ora extendía los brazos, adoptando trágicas actitudes; ora pateaba con furia y alzaba al cielo los ojos vivos y chispeantes, y ora, en fin, apretando los puños, descargaba fuertes golpes sobre la baranda del púlpito. Guardaba el concurso profundo silencio; pero cuando más embebido y fuera de sí estaba el padre, escucháronse de pronto estas palabras, que nadie supo de qué lugar del templo salían:
--¡Embustero!--dijo la voz con acento terrible;--eso es profanar la cátedra del Espíritu Santo...
Entonces estalló la tormenta que hacía largo rato estaba contenida; por doquier se oyeron gritos y protestas, la gente corrió buscando la calle, unos se atropellaban, otros se dirigían á encontrar al cura, muchos mostraban armas, y cuando mayor era la confusión, el escándalo y el alboroto, sonó un disparo en la plaza, y apareció en seguida en el templo un escuadrón de dragones franceses, quienes dispersaron á sablazos los grupos, cerraron la iglesia y escoltaron al cura antipatriota, para librarlo de las iras populares, terminando así aquella función religiosa en mal hora organizada por el atrevido presbítero.
LXXI
ENTRADA DEL REY INTRUSO
«El que veis, sevillanos, es el justo, es vuestro amable rey Josef Primero, cuyo semblante plácido y augusto muestra que, corazón grande y sincero, ver su pueblo feliz sólo es su gusto, pues dirige á este fin todo su esmero...»
A. LISTA.
Una página de la historia de nuestra ciudad vamos á recordar aquí, página triste para los buenos patriotas de otros tiempos, y alegre para los ejércitos del Capitán del siglo, que invadieron nuestro suelo, dejando en él eterna memoria.
El jueves, primero de Febrero de 1810 entraron en Sevilla los franceses, después de haber cometido todo género de excesos en los pueblos de la provincia.
Cuando las tropas imperiales se acercaban á la población, el paisanaje, alborotado, recurrió á las autoridades en demanda de auxilios para preparar una defensa heróica contra los invasores; pero lo mismo el Capitán General que el Asistente y que el Cabildo Eclesiástico, procuraron calmar la laudable efervescencia del pueblo, y por cuantos medios les fué posible impidieron que éste se dejase llevar de sus patrióticos sentimientos.
«Ansiaban los invasores--escribe el señor Gómez Ímaz--verse dueños de Sevilla; y si á ello les incitaba la codicia por la fama que siempre gozó de bella, alegre y riquísima, en la que esperaban hallar una especie de edén á lo morisco donde gozar de regalada vida con acrecentamiento de la hacienda, no menos la apetecían como punto estratégico y cuartel general de operaciones en la zona andaluza, por la situación topográfica... Maestranza, Pirotecnia, Fundición, Parque de Artillería y vía fluvial, unido todo esto á propios recursos, importancia y riquezas.»
Hallándose los franceses en Torreblanca, una comisión, formada por individuos del clero, de la magistratura, de las armas y de la nobleza, pasó á entenderse con José Bonaparte, proponiéndole una capitulación que librase á la ciudad de desgracias y de atropellos.
Aceptó el _Intruso_ la capitulación, que después fué cumplida con poquísima exactitud, y poniendo en marcha las tropas, entraron éstas en la ciudad á las once de la mañana del ya citado primer día de Febrero.
Los soldados invasores penetraron por la puerta de San Fernando, haciendo alarde de sus fuerzas, con esa fanfarronería tan característica de nuestros vecinos del Pirineo. El aspecto de aquellos soldados tan bien equipados y tan arrogantes contrastaba singularmente con el de las pocas personas que acudieron á presenciar su llegada.
Al divisarse el coche donde venía José Bonaparte las campanas de la _Giralda_ lanzaron alegres repiques, disparáronse multitud de cohetes, y el Ayuntamiento y el Cabildo salieron á saludar al _Intruso_ al prado de San Sebastián.
El hermano de Napoleón se apeó del vehículo, y montó á caballo, colocándose al frente de su Estado mayor, y marchando precedido de una numerosa escolta de coraceros de la guardia municipal.
Era aquel día sereno y apacible; el sol brillaba sobre un cielo azulado y transparente, la atmósfera estaba limpia y despejada, todo lo cual contribuyó mucho á dar lucimiento al acto de pisar las calles de Sevilla las poderosas huestes de Bonaparte.
Entre los diversos personajes que acompañaban al flamante Monarca, á más del general Soult, duque de Dalmacia, del Barón Darica y de Senarmont, venían sus consejeros Aranza, Cabarrús, Solís, Montarco y Meléndez Valdés, el Duque de Treviso, el Marqués de Riomilano, O-Farril, Urquijo, Almenara y otros muchos hombres que hicieron importantísimos papeles en aquel tiempo digno de eterna recordación.
Toda la lujosa comitiva, vestida con ricos uniformes y rodeada de militar estruendo, pasó por las calles Nueva de San Fernando, Puerta de Jerez, Santo Tomás y Gradas.
Á la puerta de la Catedral, que estaba ricamente adornada, se detuvo José Bonaparte, siendo recibido en el atrio por el Cabildo, y después de breves minutos, en los que hubo corteses saludos y graves reverencias, se dirigió al Real Alcázar, donde ya tenían preparado su alojamiento.
Era entonces asistente de Sevilla D. Joaquín Leandro Solís, quien, deseando captarse las simpatías de los invasores, mandó colocar en los puntos más céntricos de la ciudad dos ó tres bandas de música, que ejecutaron alegres tocatas, organizando también una profusa iluminación en los edificios públicos, y obligando á muchos vecinos á que adornasen las fachadas de sus casas con ricas colgaduras.
Aquella misma tarde las tropas francesas se alojaron en los conventos de San Francisco, Santo Tomás, el Carmen y San Jacinto, y por la noche los soldados imperiales recorrieron las calles en numerosos grupos, promoviendo singular escándalo y alboroto, hasta hora muy avanzada.
El pueblo de Sevilla contempló lleno de despecho y coraje aquellas escenas, y permaneció casi todo encerrado en sus domicilios hasta el nuevo día, siendo muy escaso el número de los que demostraron la menor curiosidad por conocer al Monarca, á quien los andaluces dieron el nombre de _Pepe-Botella_.
Sin embargo de esto, el periódico oficial de los invasores, que estaba dirigido por D. Alberto Lista, decía lo siguiente al ocuparse de la entrada de José Bonaparte:
«S. M. ha sido objeto de las más sinceras muestras de respeto por parte del noble vecindario de Sevilla. Es seguro que á poco que nuestro amable y justo Rey permanezca en esta ciudad, cautivará todos los corazones de sus súbditos, á quienes ama como padre, y á quienes sólo desea ver felices y gozando de las dulzuras de una paz duradera.»
LXXII
LA CONSTITUCIÓN
«Constitución ó muerte será nuestra divisa: si algún traidor la pisa, al punto morirá.»
(_Himno patriótico._)
Las tropas francesas, que tantos estragos causaron en Andalucía, permanecieron en Sevilla desde principios de 1810, como dejarnos dicho, hasta mediados de Agosto de 1812, y durante este tiempo los invasores cometieron toda clase de atropellos y desmanes, conduciendo al patíbulo infinidad de individuos que defendían con heroísmo la causa nacional.
En el mes de Abril llegaron tropas españolas para disponer el ataque de la ciudad, lo cual no llegó á verificarse, comenzando en Agosto la evacuación de franceses, que sostuvieron un nutrido tiroteo en Castilleja con los vecinos de Triana y con el batallón de Zamora, que mandaba el general don Juan de la Cruz Mourgerón.
El pueblo de Sevilla, viéndose libre de los invasores, se entregó á los mayores trasportes de alegría, celebrando iluminaciones, funciones de teatro, conciertos en los paseos, bailes y procesiones, que tuvieron lugar en medio de un entusiasmo indescriptible.
Entonces se reunieron las autoridades locales, y acordaron publicar solemnemente la Constitución política, obra de las inolvidables Cortes gaditanas.
Señalóse para este acto el día 29 de Agosto, y en él apareció engalanada la ciudad, viéndose las calles ocupadas por numeroso público de todas las clases sociales, que se disponían á saludar en el nuevo código una era venturosa y de feliz regeneración para la patria.
Aquella tarde, que fué templada y magnífica, salió á las cinco de la casa Ayuntamiento la comitiva que iba á dar lectura á la Constitución, dirigiéndose á un amplio tablado que se había construído en el centro de la plaza de San Francisco.
Colocáronse en el tablado, el alférez mayor don Lope Olloqui, que conducía el pendón de la ciudad, el jefe político Ruiz del Burgo, el Asistente con los señores jurados, y el escribano del Municipio don Ventura Ruiz Huidobro, quien dió lectura al documento ante una numerosa y compacta muchedumbre.
La comitiva recorrió luego las calles Vizcaínos, Mar y Gradas, llegando á la puerta de la Catedral, que se había adornado con ricas telas, en la que se encontraba el Cabildo.
Repitióse ante él la lectura en la misma forma que acababa de hacerse en la plaza de San Francisco, y, por último, se verificó en el patio de Banderas, donde también se había levantado una tribuna al efecto.
Quince días después de la promulgación del código, ó sea el 12 de Setiembre, se celebró la jura en medio del mayor orden y entusiasmo.
Juró la Constitución el Cabildo en la Sala Capitular de la Basílica, y casi al mismo tiempo juró el Municipio, el Claustro de doctores de la Universidad, los magistrados de la Audiencia, los cuerpos de la plaza y todas las corporaciones y entidades oficiales, jurando por último el pueblo al siguiente día, domingo 13 de Setiembre.
Las naves de la Catedral se vieron ocupadas por numerosa concurrencia, y dió comienzo la función religiosa, con asistencia de las autoridades civiles y militares, que se situaron en unos escaños levantados á la derecha del altar mayor.
Éste ofrecía un hermoso golpe de vista; se hallaba iluminado profusamente y con el aparato de las grandes solemnidades. Comenzó la misa cantada, y á la mitad de ella el escribano Ruiz Huidobro apareció en el púlpito, llevando en sus manos un ejemplar de la Constitución, el cual leyó en voz alta para que de todos fuese oído.
El canónigo Maestre, terminada la lectura, pronunció un sermón encareciendo las ventajas que á la patria traería el nuevo código, de quien hizo grandes elogios, concluyendo su plática, que fué por cierto muy elocuente, recomendando al pueblo la obediencia á la obra de los legisladores gaditanos.