Part 14
«Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura es un semicírculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas. En el piso primero, y al frente, está el palco de la autoridad... decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintidós palcos comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas, que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama _cazuela_, y es el sitio destinado para sólo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200 personas.»
La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo pertenecía á un género: uno era gótico, otro árabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto abigarrado, que no debía ser del mejor gusto.
Entre los numerosos y curiosísimos apuntes que hemos hallado relativos al _Principal_, citaremos uno que probablemente será desconocido para nuestros lectores.
La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrenóse en este teatro una ópera titulada _El solitario del monte Salvaje_, que despertó grandemente el entusiasmo del público y le hizo prorumpir en continuos y atronadores aplausos.
Pidió la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y resultó ser ésta de D. Miguel Hilarión Eslava, Maestro de capilla de la Catedral, quien fué obligado á presentarse en el palco del Asistente, ya que su calidad de sacerdote le prohibía salir á escena, recibiendo una ovación franca y espontánea, que volvió á repetirse en las siguientes noches en que se anunció en los carteles la ópera del autor del _Miserere_.
El teatro _Principal_ cerró para siempre sus puertas el año de 1858, después de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo se alza hoy uno de los mejores y más amplios edificios que embellecen á la capital de Andalucía.
LXIV
LA FIEBRE AMARILLA
Á medida que crecía el número de atacados de la peste y el de las defunciones, aumentaba el horror del vecindario, los apuros de las autoridades y los abusos y desórdenes.
JUSTINO MATUTE.
El primer año del presente siglo no pudo ser más funesto para nuestra ciudad, pues ocurrió en él la invasión de la terrible epidemia conocida con el nombre de fiebre amarilla, y por tal suceso auguraban muchas personas infinitos males para el siglo que acababa de nacer.
Los daños que causó la epidemia fueron tantos, y tantas las víctimas que de ella sucumbieron, que Sevilla quedó en la situación más angustiosa; y como entonces no se contaba ni con los adelantos científicos, ni con los medios que hoy se cuenta para aliviar estas épocas calamitosas, pueden formarse idea nuestros lectores de lo que sería aquella invasión, comparable sólo á la _peste levantina_ de 1649.
Á poco de iniciarse la fiebre en Cádiz, donde la introdujeron unos buques que del Norte de América venían, comunicóse á Sevilla, cuando más descuidadas estaban las autoridades, y cuando más sosegado el vecindario disponíase á pasar el estío del año 1800.
Corrían los primeros días del mes de Agosto, y una mañana empezaron á sentirse enfermos del mal algunos individuos del barrio de Triana, y casi al mismo tiempo fallecieron otros en Santa Lucía, extendiéndose la epidemia con rapidez extraordinaria por los Humeros, San Vicente, San Román y Santiago y otras parroquias.
Entonces se apoderó de los habitantes de la ciudad un miedo terrible; muchas familias emigraron precipitadamente; á la Junta Sanitaria faltáronle medios para evitar el aumento de la invasión, y todo fué en los primeros momentos confusiones, apuros y congojas.
Á poco llegó de Madrid una comisión facultativa, bajo la presidencia del médico de cámara don José Queralto, y en unión del Asistente interino, que lo era D. Antonio Fernández Soler, por hallarse en la corte el Conde de Fuenteblanca, comenzó á tomar medidas oportunas y á dar prudentes y acertadas disposiciones.
Crecía entre tanto la epidemia, alcanzando unas proporciones aterradoras; crecía al mismo tiempo el pánico y la angustiosa situación de los vecinos de Sevilla, y á fines de Agosto y principios de Setiembre hubo día en que fallecieron más de 460 personas.
Nada tan terrible como el aspecto que entonces ofrecía nuestra ciudad: llenas las iglesias de cadáveres, sepultábanse en anchas fosas abiertas en los Humeros, en San Vicente y en Triana; las hermandades recorrían de noche las calles, sacando en procesión de rogativa sus imágenes, á las cuales entonaban en voz alta fervorosas oraciones; tañían lúgubremente las campanas de todas las iglesias; veíanse en todas las casas escenas desgarradoras de llanto y de desolación; en los hospitales prestaban servicio de enfermeros los presos de la cárcel, por haber muerto cuantos empleados había; los talleres y establecimientos estaban cerrados, así como las oficinas y salas de la Audiencia; los vecinos formaban cuadrillas, que recogían cadáveres y les daban sepultura; los hermanos de la Caridad cruzaban por los lugares céntricos demandando limosnas para los enfermos; escaseaban los artículos de primera necesidad en los mercados y almacenes, y en las horas de la calurosa siesta reinaba por los barrios un silencio imponente, que era turbado tan sólo por el ruido de los carros pintados de negro que conducían muertos á las fosas ó por los llantos y lamentos que de las viviendas salían.
Duró tan terrible período hasta fines de Octubre, comenzando entonces á descender el número de las invasiones, y siendo menos cada día el de los fallecimientos.
Según los datos que tenemos á la vista, y que están tomados del manifiesto que hizo publicar el Ayuntamiento, sucumbieron en nuestra población de la fiebre amarilla 14.685 personas, fueron atacadas 76.483, y curaron del mal 61.718.
El domingo 23 de Noviembre cantóse con toda solemnidad el _Te-Deum_ en la Catedral, asistiendo el arzobispo D. Luis María de Borbón, Infante de España, el Capitán General con los jefes y oficiales de la guarnición, el Asistente con el Cabildo del Municipio, y todas las corporaciones y entidades de Sevilla, celebrándose en los días sucesivos multitud de funciones religiosas en todos los templos y capillas de la ciudad.
LXV
EL PUESTO DE AGUA
«¿Qué persona de buen gusto, viviendo en Sevilla, puede dejar de venir todas las tardes de verano á beber la deliciosa agua de Tomares que con tanta limpieza nos da el tío Paco, y á ver este puente de Triana, que es lo mejor del mundo?»
EL DUQUE DE RIVAS.
Á la entrada del paseo del Arenal, cerca del antiguo puente de barcas, y teniendo á su derecha el edificio conocido por los Almacenes del Rey y el espacioso terreno que hoy ocupa la calle Reyes Católicos, hubo en otros tiempos una especie de botillería al aire libre, ó puesto de agua, que llegó á ser famoso por más de un concepto, y que aventajaba á cuantos establecimientos de igual índole había en Sevilla.
Todavía existen algunos ancianos que lo recuerdan, y cuando traen á su memoria aquel lugar, que va en ellos unido á los plácidos ecos de la juventud perdida, se complacen en describir el célebre puesto de agua inmortalizado por la pluma del Duque de Rivas, y por el pincel de Jiménez Aranda en uno de sus más bellísimos lienzos.
¿Quién no ha visto ese drama grandioso que se titula _Don Álvaro ó la fuerza del sino_? En su primer acto se presenta al público el puesto de agua, donde se hallan reunidos los principales tipos que á él asistían, y donde tiene principio la exposición de la obra.
El establecimiento estaba formado por una alta estantería, un mostrador y varios bancos de madera, y mesillas pequeñas colocadas convenientemente. En la estantería encontrábanse cuatro grandes cántaras de barro, una estampa religiosa y algunas macetas de olorosa albahaca, que en estío presentaban agradable aspecto. Sobre el mostrador, limpios vasos de cristal, puestos en fila, convidaban á apagar la sed de los transeuntes, y cerca de ellos se veía la cesta de panales, las botellas con almíbar para los refrescos, las cajas con pastillas de almendras, y otros diversos objetos que se utilizaban en el servicio del público.
En la parte más elevada de la estantería, y con gruesos caracteres, había un letrero donde podían leerse estas palabras: _Puesto de agua de Tomares_; y la fama que dicho puesto tenía comenzó á hacer que la gente asistiese allí, convirtiendo el lugar en casino y centro donde se reunían muchas personas de las más conocidas en Sevilla á fines del siglo XVIII.
Todas las tardes de primavera y verano el dueño del _establecimiento_, que era un gallego bonachón y pacífico, cuando pasaban las horas de calor sofocante y empezaba á esconderse el sol, regaba la caliente tierra, quitaba las cortinas y disponía los asientos para los contertulios, que no tardaban en presentarse y formar un número regular.
Allí asistían señores de bordadas casacas y empolvadas pelucas, majos de chupetines y sombreros de queso, frailes y curas, militares retirados, comerciantes enriquecidos, y no faltaba tampoco, de cuando en cuando, algún estudiante locuaz ó algún desocupado ingenioso que amenizara la tertulia con sus dichos ó agudezas.
Diversos grupos se formaban alrededor del puesto de agua, que eran dignos de la mayor atención. En unos se leía en voz alta la _Gaceta_, descubriéndose todos cuando al Rey se nombraba en ella; en otro se jugaba á las damas ó al _solito_; en éste se conversaba sosegadamente sobre cualquier asunto de actualidad, y en aquél se pasaba el rato mirando á las buenas mozas que transitaban luciendo la gracia y el donaire natural de las hijas de esta tierra.
Uno de los concurrentes más asiduos al puesto de _agua de Tomares_ era el célebre velonero Manolito Gázquez (de quien ya nos ocupamos), que hacía las delicias de cuantos le oían por sus ingeniosidades con visos de inocente simplicidad; otro era el diestro _Pepe-Illo_, que más de una vez improvisó allí alegres _juergas_, y pagó el gasto de todos con aquel rumbo de los toreros de otros tiempos; y también merece recordarse que allí asistían el grave Oidor Bruna, el padre _Verita_, el poeta Arjona y otros muchos hombres de más ó menos importancia.
La agradable vista que desde el _puesto de agua_ se disfrutaba hacía mucho más amena la estancia en él, y á veces solían prolongarse las tertulias hasta que las campanas de la _Giralda_ daban el toque de Queda.
Durante los días de invierno tranquilos y serenos, cuando las damas y los petimetres salían á solazarse por el Arenal, en diferentes ocasiones hacían alto en el célebre puesto, donde en aquella estación se vendían castañas, frutas secas y agua templada con sus correspondientes anises, según era tradicional costumbre.
Los contertulios del establecimiento variaron bien poco durante largo número de años; y cuando comenzaron á sentirse los primeros chispazos de aquella revolución que había de trastornar por completo el antiguo orden de cosas; cuando Sevilla, al igual de otras poblaciones, empezó á sentir los efectos de aquella funesta guerra nunca cantada como se merece, el humilde, el olvidado, el sencillo _puesto de agua de Tomares_ se convirtió en centro de patriotas, que más de una vez prestaron estimables servicios á la nación. Y entonces ya no se conversaba pacíficamente como en otros tiempos; entonces no se jugaba á las damas ni al _solito_, y únicamente se discutían planes y se formaban combinaciones para destruir el común enemigo.
Á todo llega su término, y llegó también para el _puesto de agua de Tomares_, que desapareció por los años de 1820, después de haber visto pasar y reunirse en derredor suyo á los manolos y á los majos, á los petimetres y tutores, á los liberales y absolutistas, y á otros muchos y famosos tipos, que jugaron importantísimos papeles en aquellas generaciones.
El Duque de Rivas en su drama, y Jiménez Aranda en su cuadro ya citado; han hecho imperecedera la memoria del _puesto de agua de Tomares_, y á él nos ha parecido oportuno dedicar también aquí un modestísimo recuerdo.
LXVI
MATUTE Y GAVIRIA
«No sólo se consagraba animoso Matute al estudio de las letras amenas, sinó que se afanaba por infundir su entusiasmo en el ánimo de los demás.»
EL MARQUÉS DE VALMAR.
El nombre de D. Justino Matute y Gaviria, escritor sevillano de grandes méritos, muy amante de su patria, y persona de ilustración, no es tan conocido como debiera serlo, y puede decirse que, á no ser por la generosidad del Duque de T'Serclaes y el buen acuerdo de la _Sociedad del Archivo Hispalense_, que publicaron algunas de sus obras, sería muy reducido el número de las personas que podrían hoy apreciar el valor de sus trabajos, muchos de los cuales se encuentran todavía inéditos, en la _Biblioteca Colombina_ algunos, y en poder de particulares otros.
Con objeto de contribuir con nuestras escasas fuerzas á vulgarizar el nombre de Matute, daremos aquí una breve noticia de su vida, que hemos sacado teniendo presentes varias biografías y apuntes literarios.
Nació el día 28 de Mayo de 1764, y se bautizó en la iglesia parroquial del Sagrario. Disfrutaban sus padres cómoda posición, y desde muy niño lo dedicaron al estudio, ingresando en el colegio de Santo Tomás. Estudió luego la carrera de Medicina, y se graduó de Bachiller en 1787. Al siguiente año, en unión de otros varios amigos, organizó una Academia literaria, donde dió á conocer sus primeros trabajos en prosa y verso. Prestó grande ayuda al erudito Ceán Bermúdez cuando vino á estudiar los monumentos de Sevilla, y su frecuente trato con las personas más ilustradas de esta capital hizo que su nombre obtuviera gran consideración y estima. En 1803 fundó _El Correo de Sevilla_, periódico cuya colección es bastante curiosa, que vivió hasta el mes de Mayo de 1808, y en el que colaboraron los mejores literatos que había aquí entonces, tales como Lista, Reinoso, Arjona, Mármol, Castro, Roldán y otros.
Desde 1807 á 1810 desempeñó la cátedra de Retórica en la Universidad; y habiéndose hecho afrancesado, obtuvo el nombramiento de Subprefecto de Jerez de la Frontera, cargo que conservó hasta el verano de 1812. En Setiembre de este año fué preso en la citada población, viéndose libre á los dos años, gracias á un indulto de Fernando VII, á quien había presentado una respetuosa solicitud. Durante su prisión escribió algunos trabajos, y vuelto á Sevilla se dedicó con verdadero afán á las investigaciones históricas y arqueológicas. Sufrió un ataque de parálisis en 1824, y á consecuencia de esta enfermedad, que le hizo pasar sus últimos días en estado lamentable, murió el 11 de Mayo de 1830 en su patria.
La posteridad ha sido ingrata con Matute, pues á pesar de las muchas obras que este hombre dejó escritas, á pesar de sus muchos conocimientos, y de lo que se afanó por enaltecer á Sevilla, no tiene en ella el menor recuerdo; y á no ser por los motivos que ya apuntamos al principio de estas líneas, sus obras serían casi ignoradas del público.
Fué D. Justino Matute persona de grande ilustración, de claro juicio, y de buen gusto en materias artísticas y literarias. No se cansaba de atesorar conocimientos, y era incansable reuniendo apuntes, notas y pormenores curiosos, muchos de los cuales permanecen todavía inéditos. Distó Matute algo de ser excelente prosista, pero escribía con claridad; y aunque desaliñado é incorrecto, se leen con agrado sus trabajos. Participaba de muchos defectos comunes á los autores de su tiempo, y era imparcial en sus juicios y poco apasionado en sus opiniones.
Hizo también versos; pero de mérito tan escaso, que seguramente no tendrán hoy ni media docena de lectores. Vázquez y Ruiz, biógrafo y entusiasta de D. Justino, dice con mucha razón que «Matute, aunque conocía perfectamente las leyes y preceptos del arte, nunca pudo remontar su vuelo á la cumbre del Parnaso»; y D. Leopoldo Augusto de Cueto escribe: «Carecía de inspiración, de naturalidad, de vigor poético, de gracia y de soltura, y muy especialmente de cadencia y de encanto rítmico. Por ningún lado era poeta.»
Como historiador diremos de él que, como no poseía imaginación lozana y fantasía suficiente para presentar los asuntos que narraba con bello ropaje, ni sabía utilizar sus notas y curiosidades de un modo ameno, sus libros ofrecen sólo un cúmulo de materiales, en extremo apreciables, de los que se puede sacar mucho importante y algo también inútil.
Las obras más conocidas de Matute son las siguientes:
_Aparato para escribir la historia de Triana_, _Bosquejo de Itálica_, _Adiciones á los Hijos de Sevilla de Arana de Varflora_, _Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla_ y _los Hijos de Sevilla señalados en santidad, letras, armas, artes ó dignidad_. Estas tres últimas han sido publicadas hace poco tiempo, como ya apuntamos, y bien merecen un aplauso los que las han dado á luz.
Falleció D. Justino Matute en la casa número 21 de la calle Pajería, y creemos que el Ayuntamiento debiera colocar una lápida conmemorativa en la fachada del citado edificio, que lleva hoy el número 32, el cual se encuentra en igual estado que cuando en sus habitaciones espiró, anciano y casi pobre, aquel escritor, que pasó su vida entregado á continuos trabajos y desvelándose por engrandecer á la ciudad donde tuvo su cuna.
LXVII
LA PLAZA DE TOROS
«Las plazas, circos, cosos ó palenques, que de todos los dichos modos se les ha llamado, donde se han dado y se dan fiestas de toros, lejos de ir decreciendo en número, han tenido notable aumento.»
J. SÁNCHEZ DE NEIRA.
Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.
Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.
Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D. Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los Infantes y alta servidumbre de la real casa.
Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca, invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las solemnidades que más agradasen al jefe del estado.
Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.
Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.
Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días 20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los siguientes párrafos.
Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las divisas que se expresan.
«Del Marqués de Ruchena, _Anteada_.--De don Francisco del Río y Risco, _Blanca_.--Del Algaravejo, _Negra_.--De D. Ramón Liberal, _Encarnada y blanca_.--De D. Tomás de Rivas, _Encarnada_.--De D. Francisco Ezquivel, _Azul y encarnada_.--De don Fernando Offorno, _Verde y blanca_.--Del Conde del Águila, _Azul y blanca_.--Del Marqués de Medina, _Azul y anteada_.--De D. Luis de Ibárburu, _Encarnada, azul y blanca_.--De Manuel González, _Pajiza y morada_.--De Gregorio Vázquez, _Negra y blanca_.»
Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su redacción y los detalles que encierra. Dice así:
«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga á las del Orbe), la de esta ciudad.»
Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el invierno de 1766.
Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de España.
Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo que no trabajase en ella. _Martincho_, José Cándido, Miguel Gálvez, Antonio de los Santos, Francisco Herrera _Curro_, Julián Arocha, Lorenzo Baden, _Perucho_, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los de Andalucía.
En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez _Costillares_, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se celebraron las famosas competencias entre Romero y _Pepe-Illo_, que tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de á caballo.
En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia los tablones y herrajes.
Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de _mamelucos_ y demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del más religioso silencio.
Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro que pertenecía á los _negros_.
Juan León, _Rigores_, Montes, Domínguez, _Cúchares_, Pastor, _El Lavi_ y Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.
Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad, así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el público.