Part 13
En un coche iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de Asturias; iba en otro el infante D. Antonio, y seguían en distintos vehículos las Infantas, las damas de honor, el Príncipe de la Paz, los Consejeros y la alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias españoles y walonas, los guardias de Corps y una sección de Alabarderos.
La regia comitiva, que desde el Ronquillo venía acompañada de comisiones del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, llegó al barrio de Triana, donde aguardaban á Sus Majestades, el Asistente, conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de músicos, maceros y gran número de criados vestidos con ricas libreas.
Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas, siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se celebró el besamanos.
Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.
Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que son la admiración de cuantos los conocen.
Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos, cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales para un curioso y largo trabajo.
En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el Ayuntamiento.
El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.
Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el recibimiento.
Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra población; y cuenta Matute en sus _Anales_ que el bueno del Rey decía en la mesa muchas tardes antes de despedirse.
--¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!
En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones impresas por demás curiosas.
LX
BIBLIOTECA COLOMBINA
«Incalculables son las riquezas que allí existen en impresos y manuscritos.»
T. SANZ.
Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la más notable de todas, y quizá una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada _Colombina_ por haber sido fundada por D. Hernando Colón, hijo del gran Almirante descubridor del Nuevo Mundo.
Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando poseía, y su decidida afición á las artes y á las letras, de las cuales fué siempre protector entusiasta. Gastó este hombre ilustre un capital bastante crecido en adquirir ediciones raras y curiosas y volúmenes escritos en todas las lenguas, llegando á reunir una selecta y numerosa biblioteca, que ocupaba más de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de San Vicente, de la que sólo se conserva hoy uno de los árboles que en su extensa huerta tenía.
Murió D. Hernando Colón el 12 de Julio de 1539, y en su testamento legaba los quince mil trescientos volúmenes (muchos de los cuales se han perdido) que había reunido en su librería á su sobrino D. Luis, con la precisa condición de gastar cada año una cantidad de las rentas en la compra de obras con que aumentar la biblioteca.
No habiéndose D. Luis presentado á recoger la inestimable herencia de su tío, y estando todos los volúmenes depositados en una sala del convento de San Pablo, ordenó la Chancillería de Granada que aquéllos pasasen á poder del Cabildo Catedral, que, según el testamento de D. Hernando, era también llamado á poseerlos.
Instalóse, pues, la _Biblioteca Colombina_ en el lugar que hoy ocupa hacia el año 1553, según dice un autor, y en ella se juntaron también los volúmenes, bastante crecidos en número por cierto, que desde remota fecha poseía el Cabildo.
Largos años trascurrieron, durante los cuales se fué enriqueciendo cada vez más esta Biblioteca con la adquisición de nuevas é importantísimas obras, donadas unas por particulares y otras por corporaciones amantes de fomentar la afición á la buena lectura, sin que por esto dejara de adquirir muchas el Cabildo, según los recursos pecuniarios lo permitían.
En 1852 se amplió la Biblioteca notablemente, instalóse en ella una hermosa estantería, que costeó la reina D.ª Isabel II, y al poco tiempo los señores Duques de Montpensier hicieron importantes donaciones, costeando también otra magnífica estantería.
En las tres galerías de que consta la biblioteca _Colombina_ existe una colección de retratos de andaluces ilustres, otra de hijos célebres de Sevilla, y la última de los arzobispos que ha tenido nuestra ciudad.
Allí se conserva también una espada falsamente atribuída á Fernán González, varios libros de Colón anotados y escritos por el Almirante, un lienzo de Murillo que representa á S. Fernando, y un retrato del descubridor del Nuevo Mundo, que regaló el rey de Francia Luis XVII.
En la _Colombina_ existen, según datos que publicó D. Joaquín Guichot, más de 30.000 volúmenes y 1.600 manuscritos, entre los que se encuentran: una copia del libro del _Tesoro_, el _Misal del Cardenal Mendoza_, una _Biblia_ de Pedro Pamplona y un ejemplar de la _Divina Comedia_, que pertenece á la misma época en que vivió su autor.
Imposible es dar una lista, por breve que sea, de las curiosidades bibliográficas y de las obras raras que posee la _Colombina_, la cual es visitada por los extranjeros con verdadera admiración. Sobre la puerta que da paso á la Biblioteca existe una lápida de mármol blanco, en cuya inscripción se lee lo siguiente:
«Memoria de D. Fernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primer almirante que descubrió las Indias, que siendo de edad de 50 años, 10 meses y 27 días, y habiendo trabajado lo que pudo por el aumento de las letras, falleció en 12 días del mes de Julio de 1539 años, después del fallecimiento de su padre. Rogad á Dios por ellos.»
Recientemente se han publicado dos gruesos volúmenes del _Catálogo_ de los libros que pertenecieron á D. Hernando Colón y que se conservan en la Biblioteca: trabajo por demás notable y que, una vez concluído, dará idea de lo que serían los tesoros bibliográficos reunidos por el hijo del descubridor del Nuevo Mundo.
LXI
EL SEÑOR DEL GRAN PODER
«Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin transacciones, hacían al señor Bruna uno de esos hombres... que en último resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar á sus enemigos.»
VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.
Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posición, buen capital, y protector decidido de las bellas artes.
Fué Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco años, Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios Alcázares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles Artes, desempeñando todos estos cargos de manera que demostró en ellos las altas cualidades que poseía.
La influencia y prestigio que entre lo más escogido de la sociedad gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carácter un tanto original y orgulloso, dieron motivo á que le llamasen _El Señor del Gran Poder_.
Entre los hombres que más han contribuído al mejoramiento moral y material de nuestra población figura Bruna en lugar preferente, pues á su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces desconocidos.
Sus aficiones artísticas le llevaron á emprender muchos trabajos de consideración, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando del imperdonable olvido en que yacían sepultados no pocos objetos arqueológicos, que quizá se hubieran perdido para siempre.
La casa de Bruna, situada en el número 29 de la calle de la Muela, estaba convertida en un museo de preciosidades históricas, de joyas de arte y de libros y manuscritos notabilísimos.
D. Leandro de Moratín, en sus _Apuntes de viaje_, escribe lo siguiente, que da una idea de las riquezas que había reunido Bruna: «Dudo que haya en España otro particular que posea una librería y un gabinete de curiosidades más numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los _Oficios_ de Cicerón, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y dice al fin que aquel libro no se escribió con pluma, sinó por medio de otro arte mucho más bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas góticas de oro... Curiosidades naturales de España y América. Una moneda del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de muebles y pinturas chinescas, etc.»
El erudito viajero D. Antonio Pons elogia también mucho las riquezas que en su domicilio en el Alcázar había reunido Bruna, y en el mismo sentido se expresan Croix, Sempere y Guarinos, González de León y otros.
Á la iniciativa de Bruna, unido al Conde del Águila, se debieron las importantes excavaciones llevadas á cabo en las eras de Santiponce en 1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades, se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nerón, Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacían sepultadas bajo aquellos terrenos donde existió Itálica.
Fué D. Francisco de Bruna hombre de carácter enérgico, aunque pocas veces descortés, altivo con los superiores, de costumbres pacíficas, de vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atendía con el mayor cuidado los infinitos cargos y comisiones de interés que á diario le eran encomendados.
Ceán Bermúdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su tiempo recibieron señaladísimos favores de Bruna, quien también les ayudó bastante en las obras que legaron á la posteridad.
Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la provincia de Sevilla.
La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía; pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia que tenía.
Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al ladrón vivo ó muerto.
Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.
Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad; acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban, para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido, gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran, pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna, mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había dejado de existir.
Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á relatarlo.
«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con este motivo--dice el autor de quien tomamos la noticia--trabóse una polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:
«El Señor del Gran Poder se ha vuelto de la Humildad; este milagro lo ha hecho la Junta de Sanidad.»
D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de 1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas importantes había en Sevilla.
En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á la antigua calle de Papeleros.
Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del _Señor del Gran Poder_, cosa que no pudo conseguir.
LXII
MANOLITO GÁZQUEZ
«Hasta tiene á Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta á España, y parece que forman las bases de la riqueza anecdótica nacional.»
B. PÉREZ GALDÓS.
Hé aquí un sevillano cuyo nombre es conocido en toda España, y del cual se cuentan los sucesos más graciosos y estupendos, haciéndolo autor de todas las embusterías y despropósitos que pueden imaginarse.
El tipo de Gázquez es ya tradicional, y bien merece que á su memoria consagremos algunos párrafos, utilizando los únicos datos auténticos que conocemos de tan original personaje.
El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hábil velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en absurdas y sandias chocarrerías.
Manolito Gázquez, como todos le llamaban, poseía una imaginación fecunda y rica, y «si hubiese recibido educación literaria,--escribe el Deán López Cepero, que llegó á tratarlo,--si hubiese cultivado las dotes que le dió la naturaleza, en vez de la fama ridícula que ha dejado de embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.»
Y así era en efecto: Gázquez nació en modesta esfera y de ella no logró salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, á pesar de las muchas personas de talento y posición que frecuentaban su casa, ni pidió nada á ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.
El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y vendía sus velones y demás objetos de metal estaba situado en un humilde edificio de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueño de la casa.
Era éste según dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su rostro bonachón y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez algo de la más discreta y sazonada malicia.
Español neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones é ideas, podía servir de modelo para trazar el tipo popular de su época. Como gran devoto, todas las noches acompañaba á los rosarios que salían por las calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de hábil; y tanta era su afición á las corridas de toros, que ningún lunes de la temporada dejaba de asistir á su _asiento de cajón_, desde el cual daba lecciones á los diestros, de quien era gran amigo, y muy particularmente de José Delgado, _Illo_, á quien censuraba con la mayor energía si alguna suerte no le parecía bien concluída.
Nació Gázquez á mediados del siglo XVIII, y se crió en medio de las mayores privaciones; al cabo de muchos años de trabajo pudo verse dueño de una tienda, y entonces se casó con una mujer más joven que él y no exenta de gracia y hermosura; fué sumamente económico, aunque la echaba de hombre de rumbo; gozó de una popularidad extraordinaria, pues todos los vecinos de Sevilla le conocían, y falleció de unas calenturas á principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.
Pero los años no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que sabía contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.
El modo de hablar que tenía Gázquez y su pronunciación peregrina y extraña, así como el tono formal y grave que daba á sus discursos, acrecentaban la risa de cuantos le oían y entablaban con él polémicas y discusiones.
Era costumbre suya asistir por las tardes al célebre puesto de aguas de Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto á los Almacenes del Rey, y allí pasaba larguísimos ratos, pagando dos ó tres cuartos á un individuo para que le leyese la _Gaceta_, único papel que por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor atención, para añadirle luego los más sabrosos y saladísimos comentarios.
Imposible es relatar aquí las anécdotas, cuentos y chascarrillos que salieron de los labios de Gázquez, y que todos conocen: reuniéndolos, aunque fuesen sólo aquellos sobre los que no cabe duda de su autenticidad, se formaría un volumen. ¿Quién no ha reído con los donosos embustes de Manolito Gázquez? ¿Quién no conoce hoy su nombre en España?
_El Solitario_ le dedicó un precioso artículo en sus _Escenas Andaluzas_; D. Mariano Pina lo sacó á escena en una linda comedia, y nosotros únicamente nos hemos propuesto en estas líneas consagrarle un recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo le atribuye.
LXIII
EL TEATRO PRINCIPAL
«Las contradicciones que sufrió el teatro desde el siglo XVII en Sevilla darían materia á una interesante memoria.»
VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.
En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden agustina, se construyó en 1795 un teatro, al que, por ser el más importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le dió el nombre de _Principal_.
Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar con la oposición de numerosas y principales familias de la ciudad, que habían declarado guerra sin cuartel á las representaciones escénicas.
«No contribuyó poco--dice un autor--á la persecución rencorosa contra D. Pablo Olavide el tesón y formal empeño con que, siendo Asistente, afrontó en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al arte dramático, protegiendo los espectáculos líricos.»
Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron á las autoridades á mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasión de la fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que aseguró que si se derribaba el teatro, jamás se vería la ciudad invadida por la peste. Cuatro años después, atendiendo el Rey á las justas reclamaciones de la empresaria, señora Sciomeri, hizo que se abriera el _Principal_, y en Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvió á prohibir las comedias, autorizadas más tarde cuando vino á esta ciudad José Bonaparte.
Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento costeó una magnífica función de gala para obsequiar al _Intruso_ y á los personajes de su séquito.
Permitióse en ella la entrada gratuita al público para las galerías, y se puso en escena _La dama sutil_, comedia entonces muy en boga, representándose también un sainete, y terminando el espectáculo con el indispensable baile nacional.
El nuevo Rey ocupó el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que era el que le estaba destinado, y tras él tomaron asiento sus consejeros Aranza, Cabarrús y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el Marqués de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla, que lo era por aquella época D. Joaquín Lendro de Solís.
Dentro y fuera del teatro se desplegó gran aparato de fuerza, ocupando los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho de la calle de la Muela.
Otra función célebre se verificó en el _Principal_ años después, y la que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822 entró de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente día asistió al teatro, que se había adornado con banderas y trofeos, iluminándose con gran profusión y gusto.
Apenas se presentó Riego en el palco, el público comenzó á vitorearle con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia entonó á coro el famoso _himno_ tan popular en España, siendo escuchado con la mayor complacencia por el héroe de Las Cabezas, que tan aficionado fué á recibir muestras de simpatías en público.
En 1823 las hordas absolutistas al grito de _¡Vivan las caenas!_ produjeron grandes destrozos en el teatro _Principal_, desbaratando la maquinaria, incendiando su guardaropía y no dejando nada del rico _atrezzo_ y mobiliario, arruinando casi por completo á Calderi, popular empresario por aquella época tristísima.
En 1833 su propietario el Marqués de Guadalcázar hizo importantísimas mejoras en el local, que se inauguró en 26 de Marzo del año siguiente con tres selectas compañías de ópera, verso y bailes nacionales.
Por aquella escena cruzaron los artistas más notables de la época: allí escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; allí deleitaron á los concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano Fernández; allí recibieron las más calurosas ovaciones Joaquina Baus, Matilde Díez y la malograda Pepa Valero, y allí, en fin, se escucharon las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartén, Lombardi y Curti.
En el _Principal_ se estrenaron los más notables dramas de la escuela romántica, las comedias más famosas de nuestro teatro antiguo, y aquellas inolvidables obras llamadas de _magia_, que tanto deleitaron al vulgo en la tercera década de nuestro siglo.
González de León describe así el interior del coliseo, según estaba en 1834: