Part 12
D. Pedro _el Justiciero_ costeó algunas importantes obras en la casa, haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.
Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio entre los innumerables que tenía la ciudad.
Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos, construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.
Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino una catástrofe que produjo la indignación de todos por las circunstancias que en ella se pudieron notar.
Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la _Casa grande_ un regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros exteriores.
Los franceses nada hicieron por apagar el fuego; y como quiera que al instante de iniciarse éste los invasores pusieron á salvo sus equipos y demás utensilios, huyendo luego del lugar del siniestro, creyóse con razón bastante fundada que el hecho distó mucho de ser casual.
En 1813 se abrió de nuevo al culto la iglesia, comenzando las obras de reconstrucción del Convento en 1815, las cuales se siguieron muy lentamente, trascurriendo años sin adelantar gran cosa, y sin que pudiera acabarse más que un patio y algunas galerías y celdas.
Llegó la exclaustración en 1835, y entonces se suspendieron para siempre los trabajos, la iglesia quedó separada del resto del edificio, y éste sirvió largo tiempo para cuartel de los milicianos de la ciudad.
Iglesia y cuartel desaparecieron más tarde, y en Febrero del año 1850 se colocó en aquellos lugares la primera piedra para edificar la hermosa plaza de San Fernando.
LV
LOS ROSALES DE MAÑARA
«Rosales que, cuando al soplo de los céfiros gemían, para Mañara decían tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente á su memoria amarga y llorada historia de algún pecado de amor.»
CANO Y CUETO.
Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el lugar que hoy ocupa, próximo á la orilla del río, y á la izquierda de la antigua y casi derruída torre de la Plata.
Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados; y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos servicios que á diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa se retiró á una vida consagrada á hacer el bien de los pobres y á socorrer á los desvalidos.
El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.
Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores, que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se respira.
Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse la siguiente inscripción:
«_Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674, conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este lugar el año 1802._»
Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y á pesar del tiempo trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo presente la lápida que acabamos de copiar.
Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros oidos ha llegado.
Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su imaginación de toda idea pecaminosa.
Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.
Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D. Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar muchas lágrimas.
Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con el llanto que de sus ojos caía.
Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas operaciones.
Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas del caballero.
Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por primera vez visite el hospital de la Caridad.
LVI
EL TORREÓN DEL DUENDE
«De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»
R. BLANCO ASENJO.
No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.
Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por el muro negruzco y toscamente labrado.
Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde era ya sabido que el diablo _Rascarrabias_ tenía su guarida.
El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á _Rascarrabias_, que después de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el torreón guardando su cadáver años y años.
Á mediados del siglo XVI parece que _Rascarrabias_ se cansó de estar allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.
Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el _duende Narilargo_, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían estremecer á las viejas y á los muchachos.
Contábanse de _Narilargo_ cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni los exorcismos. El _duende_ tomó cariño al torreón, y era imposible arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á desistir de su atrevida empresa.
En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre aquellos lugares durante mucho tiempo.
Cerca de dos siglos vivió el _duende_ en el torreón, sin que nadie le molestase, y desapareció un día como _Rascarrabias_, después de haber sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á los contrabandistas, de quienes parece que _Narilargo_ fué muy gran amigo.
Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del _duende_ se encuentra abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.
Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de _Rascarrabias_ y _Narilargo_ tomaría mejor aspecto, librándose de desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual estado de abandono.
LVII
UNA COFRADÍA
«Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan Evangelista, que no puede describirse.»
J. BERMEJO.
Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus _pasos_, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por esta época del año visitan á Sevilla es la del _Cristo del Silencio_ y la _Virgen de la Amargura_, establecida en la parroquia de San Juan Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.
La historia de esta Cofradía, que cuenta cerca de tres siglos de existencia, quizá pueda tener algún interés para nuestros lectores; y en esta creencia vamos á permitirnos dedicarle algunas líneas en los apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.
Algunos vecinos del barrio de San Julián organizaron á fines del siglo XVII una hermandad en dicha iglesia, y después de no pocos trabajos, consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesión, llevando prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jesús que el escultor Pedro Roldán había construído hacía el 1680, á su regreso del viaje que hizo á Jaén para concluir la portada de aquella Catedral.
En los años siguientes al 1699 hizo también estación la Cofradía de que nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos recursos de que la hermandad podía disponer no permitían otra cosa.
En 1718 se trasladó la hermandad á San Juan Bautista, colocando las imágenes que ya poseía en una capilla, reformando los _pasos_ y costeando un nuevo manto á la Virgen.
Por aquella época los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el _paso_ del _Cristo del Silencio_, y el segundo de estos artistas hizo también el San Juan que acompaña á la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la obra mejor y más acabada que su cincel produjo.
Desde el año 1783 hasta el 1788 salió la Cofradía unas veces el Jueves Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que ésta cayese en la mayor decadencia, no volviendo á hacer estación hasta el año 1808.
Nuevamente quedó casi disuelta la Cofradía, y así permaneció más de veinte años, hasta que algunos jóvenes, por iniciativa de D. Fernando Espinosa, Conde del Águila, se propusieron restablecerla, haciendo estación en 1829 con el mayor lucimiento.
Los nazarenos de esta Cofradía fueron los primeros que usaron túnicas blancas, estrenándolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los años en que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes ó Miércoles Santos.
La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los _pasos_ é insignias algunas reformas, costeando un rico manto á la Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al _paso_ del Cristo.
Éste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos dorados y algunos medallones de cierto mérito. Sobre ella aparece la estatua de Jesús, vestido con blanca túnica y amarradas las manos con cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que ejecutó Duque Cornejo, y que son muy inferiores á los otros dos que van detrás, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la expresión que supo darles el artista merecen el mayor elogio.
En último término se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el que está sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada tiene de adecuado, y sí mucho de impropio.
Va en el segundo _paso_ la Virgen de la Amargura, acompañada de San Juan, que como ya dijimos es la estatua más notable que construyó Hita del Castillo.
En la Semana Santa de 1893 ocurrió á esta Cofradía un accidente en verdad desgraciado. Al llegar el segundo _paso_ ante la fachada del Ayuntamiento, una de las velas prendió fuego al traje de la Virgen, y á los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rápidamente acudieron los hermanos á extinguir el fuego, que después de no poco trabajo fué sofocado, padeciendo las imágenes algunos desperfectos, que después han sido reparados.
La cofradía del _Cristo del Silencio_ es hoy de las que con más lujo y ostentación se presentan, y la que con más afán acude á ver el público, por ser la primera que sale en Semana Santa.
LVIII
LA BEATA DOLORES
«Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.»
A. FLORES.
Hacia la derecha del prado de San Sebastián, y frente de la amplia glorieta que hoy se extiende á la entrada del _Parque de María Luisa_, estuvo situado durante algunos siglos el famoso _Quemadero_ de la Inquisición, donde perecieron no pocas víctimas.
Levantóse esta construcción en los últimos años del siglo XV, y fué destruída por completo en 1809, al acercarse á Sevilla las tropas francesas. Componía la fábrica, según escribe el señor Palomo, «una mesa cuadrada como de veinte varas de altura, cóncava en el centro, donde se encendía la hoguera; y en los ángulos había cuatro columnas de diez pies de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mérito artístico, afianzadas con un espigón de hierro.»
Ignoramos quiénes serían los primeros desgraciados que allí sacrificó el Tribunal, aunque algunos autores dicen que fué el arquitecto que dirigió la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la última víctima que pereció en el _Quemadero_, vamos á contar á nuestros lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas relaciones manuscritas é impresas.
Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S. José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la _Beata Dolores_; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.
Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos: hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el extracto citado, _María de los Dolores_ «corrompió á una beata, con quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.
Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz, quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento, se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer que ella lo pervirtiese.»
Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á muerte por _hereje formal_, _apóstata_, _iludente_, _ilusa_, _revocante_, _pertinaz_, _impenitente_ y _fingidora_, señalándose para el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.
Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los pueblos de los alrededores.
En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y trajes talares.
En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que, con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.
Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio, muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.
Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva, se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde al _Quemadero_ con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales actos.
Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.
La desdichada _Beata_ fué la última víctima sacrificada en el _Quemadero_, y su memoria se conservó largos años entre el pueblo de Sevilla, que había sido testigo de sus absurdas inmoralidades y patrañas.
LIX
VIAJE REGIO
«Rey que, olvidando su raza, por razón que no penetro, ha trocado su real cetro por la escopeta de caza.»
J. PICÓN.
Muchas veces los jefes de la nación han visitado nuestra ciudad, y siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y cariño que el pueblo de Sevilla espontáneamente les ha dado; pero en pocas ocasiones el júbilo popular ha llegado á tanto como llegó en 1796, cuando por primera vez vino Carlos IV, acompañado de su esposa y la real familia, á cumplir el voto hecho á San Fernando por la salud del Príncipe de Asturias.
Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento comenzó á disponer el ornato público con gran lujo, llevando á cabo muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo estuviese al corriente, y excitando, por último, por medio de bandos el celo del vecindario á fin de que se hiciera á Sus Majestades un digno recibimiento.
Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la mañana del 18 de Febrero, presentando aquel día la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades. La carrera que iba á llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos se habían levantado grandes arcos de follaje; el gentío era inmenso por las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribuía á dar vida y esplendor á aquellos animados cuadros.
Cuando los alegres repiques de la _Giralda_ anunciaron que el coche real estaba próximo, la muchedumbre agitóse presa de curiosidad y satisfacción.