Part 11
--¿Estáis dispuesto á seguirme mucho tiempo?
--Si no os es enojosa mi compañía,--contestó D. Álvaro--estaré cerca de vos toda la noche.
--Decidido estáis, caballero--replicó la tapada; y apartando el manto de su rostro, dejó ver á la luz de la luna una cara hermosa y joven, de facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas.
Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas _busconas_ como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en ajustado corpiño, no pudo menos, á fuer de perfecto amador, que aumentar sus palabras galantes y en extremo expresivas.
Guardó la hermosa silencio mientras D. Álvaro expresaba con la mayor vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado le dijo:
--Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará haberme acompañado por estas soledades.
Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor satisfacción por parte del caballero, llegando á salir por último á una calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta calleja, perteneciente á la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del suceso que vamos relatando.
Cuando la rendida pareja llegó á aquel lugar, ella sacó de entre los pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y estrecha, formada toscamente en el muro, invitó á entrar á D. Álvaro.
El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un lecho.
D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose á pasar un rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos en toda línea.
Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se dispuso á salir, pues viniéronle deseos á él de apurar algún vaso de vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella aseguróle que en una casa próxima había un amigo que se prestaría á darlo de la mejor gana.
Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó á pasear la habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían, tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona, cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.
El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror, y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera. Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida; pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.
Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.
Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido: dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos autores.
L
LA CRUZ DE LA CERRAJERÍA
«Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la construcción de una cruz de hierro.»
VELÁZQUEZ Y SÁNCHEZ.
Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío é interceptaban el paso de los transeuntes.
Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve extracto.
Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia gozaba de bastante nombre en aquella época.
Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el 3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de 1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como palpable milagro.
Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra capital con dirección á la corte de España.
Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847, y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la Merced, donde en la actualidad se encuentra.
Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.
En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus amoríos y su vida galante y aventurera.
La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las investigaciones.
Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.
Pero cuando después del toque de _Queda_ pasaba cerca del devoto algún trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa, desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.
Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban al són de guitarras y castañuelas.
En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama de que hoy gozan los _Rosarios de la Aurora_.
Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera, adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.
LI
EL CAPITÁN YELVES
«Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»
ADOLFO LLANOS.
Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho sujeto hemos podido encontrar.
D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII, siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.
Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos, encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.
Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de la mayor tranquilidad y ventura.
Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.
El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por su esplendidez y generosidad.
Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.
Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en pleito eran los motivos de las ausencias del marido.
Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas palabras gozaban el mejor concepto.
Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto lamentable bajo el reinado del _Hechizado_ Monarca, aparecieron en los campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo también crueles asesinatos y brutales excesos.
Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.
El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus amigos.
Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.
Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo, algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y consideraciones gozaba en Sevilla.
La cabeza del reo--según dice un autor--estuvo tres días pendiente de una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos tiempos.
LII
EL COLEGIO DE SAN TELMO
«Dignos son de la residencia de un príncipe los jardines, el parque y el palacio de San Telmo.»
J. GUICHOT.
En las afueras de la extinguida puerta de Jerez, y hacia la orilla del río, se alza un magnífico palacio que sirve de habitual residencia á una Infanta de España tan virtuosa como estimada del pueblo de Sevilla.
Este edificio, que ocupa una amplia extensión de terreno, es de los más hermosos que existen en la capital, no sólo por la posición en que se encuentra situado, sinó por el lujo de sus salones y sus comodidades y desahogo.
En él estuvo el _Colegio de San Telmo_, de cuya historia vamos á hacer un breve extracto, que no hará mal entre estas breves noticias que vamos reuniendo.
D. Fernando Colón, hijo del insigne navegante, propuso en 1539 al emperador Carlos V la fundación de un Colegio en el cual se instruyese á los niños huérfanos para destinarlos á la marinería y pilotaje.
Propuso también aquel docto y sabio bibliófilo que dicho Colegio se estableciera en lugar próximo al río, en el barrio de los Humeros y en terrenos de su propiedad, demostrando vivos deseos de que se organizara una clase especial de Matemáticas, á la cual serían llamados los mejores profesores de esta ciencia que entonces había en España, y que por cierto no eran muchos.
El loable proyecto de D. Fernando no encontró apoyo en el Emperador ni en las personas de influencia y dineros; y al morir el hijo del Almirante quedó olvidado, hasta que, cerca de dos siglos después, Carlos II ordenó la fundación del Colegio, nombrando Juez al Presidente de la Contratación, y disponiendo que lo administraran los individuos de la _Universidad de Mareantes_ establecida en el populoso barrio de Triana desde mediados del siglo XVII.
Construyóse el edificio cerca de la puerta de Jerez, siguiendo la opinión de inteligentes alarifes, dando comienzo los trabajos en 1682 y terminándose éstos en 1733.
La portada principal del Colegio (que era tal como se encuentra) es de pésimo gusto, recargada de adornos y estatuas, y pertenece al estilo churigueresco. Según hemos visto en algunos papeles consultados para escribir estos apuntes, costó la obra 50.000 pesos, y duró desde el 1725 hasta el 1797.
De aquel Colegio salieron no pocos hombres notables, y los nombres de muchos de ellos han pasado á la posteridad, que los admira.
El rey Carlos III dió nuevas ordenanzas al colegio de San Telmo, que desde entonces, extinguida ya la _Universidad de Mareantes_, dependió del Ministerio de Marina.
El año 1850 suprimióse el Colegio, y el amplio y hermoso edificio se cedió á los Duques de Montpensier, los cuales establecieron allí su residencia, después de llevar á cabo muchas é importantes reformas en el vasto local.
En sus salones reunieron objetos de gran valor, antigüedades y muebles riquísimos, y con ellos una colección de cuadros de autores españoles, italianos y franceses, entre los cuales figuraban Murillo, Velázquez, Zurbarán, Morales, Frutet, Piombio, Bessano, Valdemeulen, Duval y otros muchos; pero esta riquísima galería de obras pictóricas se ha deshecho en gran parte, pasando las obras á poder de individuos de la familia Real.
Los jardines que rodean el palacio son quizá los más deliciosos de cuantos existen en la ciudad; y lo mismo en los serenos días de invierno, que en las agradables tardes de primavera y estío, ofrecen al que pasea por ellos grato solaz y agradable y honesto esparcimiento.
Hace poco tiempo S. A. R. la Infanta viuda de Montpensier ha llevado á cabo un buen rasgo de generosidad, cediendo gran parte de estos jardines al pueblo de Sevilla para que pueda disfrutar de ellos. Actualmente, llevadas á cabo las obras necesarias para abrir aquellos jardines al público, son de los más concurridos de la capital.
LIII
LA PUERTA DE TRIANA
«¡Gran lástima fué la demolición de una puerta como la de Triana, que tanto mérito tenía!»
C. P.
La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con gusto por los que alcanzaron á verla.
Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.
Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.
Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en las antigüedades de nuestra ciudad:
«_Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio, favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588._»
En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado el _Castillo_, donde estaban las celdas que servían de prisión á los nobles y caballeros de importancia.
Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.
Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en invierno, y á refrescarse en las noches de estío.
Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de _Julio César_, donde se reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían siempre cuentas pendientes con la justicia.
En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco pasaban las _manolas_, vestidas con ricos trajes; los majos, de redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas, adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.
En la calle de San Pablo estaban entonces muchas de las posadas y mesones que existían en Sevilla, y por esto veíanse reunidos siempre junto á la puerta de Triana pintorescos grupos, formados por los hijos de las distintas provincias, que llegaban á nuestra capital á vender los productos de sus pueblos y á realizar multitud de tráficos y negocios más ó menos importantes.
Cerca de la Puerta existían dos fuentes, una de las cuales se conserva todavía, aunque muy variada, y que se construyó el año 1816 por el asistente de la ciudad D. Francisco Laborda y Pleyler.
Entre los recuerdos históricos que iban unidos á esta notable puerta sólo mencionaremos dos de no poca importancia. En Mayo de 1808 fué arcabuceado en ella por las turbas populares el Conde del Águila, y en Junio de 1823 el valiente López Baño penetró por ella después de haber derribado á cañonazos sus hojas.
El soberbio monumento á que hemos dedicado estas líneas fué derribado en 1869, sin que bastaran á impedir su destrucción ni lo magnífico de la obra ni los recuerdos históricos que en sí tenía.
LIV
EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO
«El convento casa grande de San Francisco, reputado como uno de los templos más notables de España.»
J. GUICHOT.
Uno de los mejores y más amplios edificios que las Órdenes religiosas tenían en Sevilla era el convento de San Francisco, al que el vulgo daba el nombre de _Casa grande_, y que ocupaba todo el terreno donde hoy existe la plaza de San Fernando y varias de las calles que en ella desembocan.
La iglesia del Convento era verdaderamente notable por su arquitectura; sólo tenía una nave, pero de grandeza y capacidad; en sus paredes había lienzos debidos á los más reputados maestros sevillanos; en sus altares primorosas esculturas de Montañés, Roldán, Cornejo, Hita del Castillo y Monler; y encerraba además el templo muchas riquezas en telas, joyas y objetos del culto.
Tenía aquél su entrada por el arco que hace esquina á la calle Tintores, y de él se pasaba al compás, donde existía la capilla de San Antonio de los Portugueses.
En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas, y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de _San Luis de Francia_, la de _San Eligio_, la de _La Palma de los Vizcaínos_, la de _Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo_, la del _Calvario_, la de _Nuestra Señora de Belén_, la de _San Antonio de los Castellanos_, la de _Ánimas_, la de _Santiago_, la de la _Vera-Cruz_, la de _Nuestra Señora del Rescate_, y por último la muy famosa del _Pecado mortal_.
Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante agua, que le concedió el rey D. Enrique _el Doliente_; amplias galerías con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta, objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.
En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...
El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III, que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la conquista de Sevilla.
Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe con certeza que en el año 1268 D. Alfonso _el Sabio_ hizo que los franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es otro que el edificio de que nos vamos ocupando.