Part 10
La Cartuja fué casi destruída por los invasores soldados de Napoleón en 1811, y al marcharse éstos restauróse la iglesia, que se abrió al culto en 1816.
Cuando los nuevos frailes empezaban las obras de reparación del convento vino la exclaustración, y en 1843 se estableció en el edificio la fábrica de loza que tan conocida es en todas partes por sus productos, y de la cual nada diremos por parecernos que nos apartaríamos del principal objeto que nos ha movido á trazar estas líneas.
XLV
LA ROLDANA
«Roldán dejó varios discípulos, entre ellos su hija Luisa, notable artista, á quien los sevillanos dieron el nombre de la Roldana.»
J. H.
Vamos á ocuparnos de la célebre escultora Luisa Roldán y Mena, conocida por _la Roldana_; y si bien son pocos los datos biográficos que de ella conocemos, sus obras son suficientes á llenar muchas páginas en su elogio.
Hija de Pedro Roldán, artista que trabajó mucho para los templos de Sevilla, aprendió desde pequeña la escultura, aventajando con el tiempo á su padre, el cual, aunque ejecutó algunas figuras no exentas de mérito, hizo muchas que no resisten la crítica más indulgente.
Nació _la Roldana_ en 1656, y, como siendo muy joven quedó huérfana de madre, encargóse del gobierno interior de su casa, ayudando al mismo tiempo en las esculturas á su padre, sin abandonar por ello las labores domésticas, á que debe dar particular atención toda mujer hacendosa y prudente.
Con las lecciones que á diario recibía y con el talento de que la naturaleza la había dotado fué cada vez adelantando más en los trabajos que comenzaba, llegando á construir estatuas tan bellas como las que se encontraban en el extinguido convento de las Mínimas.
Cuéntase que por entonces, habiendo rechazado el Cabildo una escultura que por su encargo hizo Pedro Roldán, su hija la arregló de tal modo, que fué admitida por los canónigos con satisfacción extraordinaria.
Y no fué ésta la sola ocasión en que _la Roldana_ corrigió á su padre, pues en la Virgen de los Dolores que existe en San Pablo y en el _paso_ de la Mortaja de Santa Marina también puso sus manos, y por cierto con los mejores resultados.
Para la iglesia de San Bernardo ejecutó cuatro figuras, que merecen citarse por la verdad que tienen, por la sencillez de las actitudes y por los conocimientos anatómicos que revelan.
Representan tales esculturas á San Miguel, á San Agustín y á Santo Tomás, siendo la más notable la última, de la Fe, que como las anteriores se hallaba en el altar donde también existía el célebre cuadro de la _Cena_ pintado en 1622 por Francisco Varela.
Cuando Pedro Roldán se encargó de construir el _paso_ de la _Oración del Huerto_, de Monte-Sión, su hija le ayudó notablemente; y son de su mano, el ángel que sobre nubes se levanta bajo la palmera y los medallones de relieve que ostenta el zócalo en la peana.
Para la magnífica iglesia de San Miguel hizo Luisa Roldán la estatua de dicho arcángel, puesta en el retablo mayor, y de la que escribía un erudito historiador las siguientes palabras:
«La gallardía y franqueza del dibujo, la hermosura del joven rostro, en que á la vez se expresan el valor guerrero y la dulzura, y la exacta conclusión de las carnes y ropajes, es encantadora. Pocas veces se habrán ocupado las gubias de los escultores para cortar su madera con más acierto y facilidad.»
En lo que más sobresalió _la Roldana_ fué en las figuras pequeñas; y existen de ella algunos niños admirables, que se conservan en los conventos de monjas.
La fama de esta mujer llegó hasta Madrid, y el desdichado monarca Carlos II la mandó llamar á la corte, nombrándola escultora de cámara y encargándole algunos trabajos con destino al monasterio del Escorial.
Desde el año 1695 _la Roldana_ vivió en Madrid, hasta 1704, en que falleció víctima de una enfermedad aguda.
Su padre había muerto en 1700 sin dejar bienes algunos de fortuna y en medio de la soledad y el reposo de una casa de campo que tenía próxima á Sevilla.
Luisa Roldán, según los autores que la conocieron, fué de agradable rostro, de estatura proporcionada y de formas correctas; tenía un carácter dulce y expansivo: contrajo matrimonio con D. Luis de los Arcos, caballero, sevillano, de quien no tuvo hijos; y habiendo recibido aquella educación propia de su época, era muy dada á rezos y devociones, aunque sin extraordinarias mojigaterías.
XLVI
EL PINTOR MONEDERO
«Es tu sér: que del coro empíreo vino al estilo y pincel vida y concierto.»
CÉSPEDES.
En varios templos de Sevilla, tales como la Catedral, San Roque, Santa Inés, San Bernardo, y también en el Museo Provincial, se encuentran muchos lienzos de un notable artista que floreció en los comienzos del siglo XVII, y cuyo nombre no será desconocido ciertamente para ninguno de nuestros lectores. Estos lienzos, que por el color y la manera especial con que están pintados se distinguen de todos, fueron ejecutados por Francisco Herrera, á quien para distinguirlo de sus hijos, que también al arte se dedicaron, se le da el nombre de Herrera _el Viejo_.
De la vida de este pintor, nacido en Sevilla en 1576 y muerto en Madrid el año 1650, se cuentan anécdotas y pormenores muy curiosos; y de ellos vamos á relatar uno que, no por ser algo conocido, deja de tener interés.
Á pesar de su talento y del mérito de las obras de Herrera, fué muy poco estimado de sus coetáneos, siendo causa de aquella indiferencia con que lo miraban el carácter violento, desabrido y colérico que poseía, por lo cual se vió precisado á pasar la mayor parte de su existencia alejado del trato de las gentes y encerrado en su casa, de donde en muy pocas ocasiones salía.
Allí, solitario y taciturno, pintaba sus lienzos, ayudado, según se dice, de una sirvienta, pues ningún joven quería ser su discípulo, y los que llegaban á tomarle por maestro se alejaban bien pronto de su lado, como hizo, entre otros muchos, el inmortal Velázquez.
Francisco Herrera tenía también muchos enemigos que se había acarreado por su insociable carácter, y eran los primeros que le hacían guerra sus compañeros de profesión, ninguno de los cuales dejaba de tener de él alguna queja ó motivo de resentimiento.
No sólo se ocupaba Herrera _el Viejo_ en pintar hermosos cuadros como el _Ultimo Juicio_ ó los _Pasajes de la vida de la Virgen_, sinó que también hacía bellísimos dibujos y grabados en bronce, que eran dignos de ser elogiados algo más que entonces lo fueron.
Lejos del mundo y olvidado de muchos vivía Herrera por los años de 1621, cuando empezó á levantarse contra él un rumor que cada día se hizo más insistente, y que parecía no estar desprovisto de fundamento. Decíase por todos que el pintor se dedicaba en sus soledades á labrar monedas falsas, y aseguraban muchos haberlas encontrado en su poder y estar dispuestos á presentar cuantas pruebas se ofreciesen.
Tanta intensidad, y tantos vuelos tomaron aquellos rumores, que la justicia tomó cartas en el asunto, y, avisado Herrera, corrió á refugiarse en el Colegio de San Hermenegildo, para donde había pintado algún tiempo atrás un magnífico cuadro, que estaba colocado en el retablo mayor y que representaba una apoteosis del mártir titular.
Pasó mucho tiempo, y un día del año 1624, en la casa en que se albergaba el pintor se empezaron á hacer grandes preparativos, arreglándola toda y disponiéndola como si alguna gran solemnidad fuera á celebrarse. Á la siguiente mañana el monarca Felipe IV, que se encontraba en Sevilla, visitó el Colegio de Jesuítas, acompañado de la Reina y de gran número de personajes de la corte, recorriendo con detenimiento las galerías, patios y dependencias del edificio, y llegando al templo, donde lo primero que llamó su atención fué el gran cuadro de San Hermenegildo que en el altar mayor estaba colocado.
Permaneció el Monarca un buen rato contemplando aquella soberbia obra de arte, y tanto le agradó, que mostró deseos de saber el nombre del que la había ejecutado.
Díjole entonces uno de los padres jesuítas que aquel cuadro estaba pintado por un monedero falso, que, á fin de librarse de la persecución de la justicia, se había refugiado en aquel convento.
Entonces contestó el Rey:
--En esta causa soy yo el juez y la parte; venga, pues, el artista monedero, que tengo ganas de conocerlo.
Avisado Herrera, de allí á poco se presentó en la iglesia, arrojándose á los pies de Felipe IV todo conmovido y temeroso.
Entonces el Rey le dijo, después de mirar un rato el soberbio lienzo:
--Quien tales obras ejecuta no ha menester más plata ni oro;--y tocando con sus manos la frente de Herrera, que yacía hincado de rodillas, añadió:--alzad, que estáis ya libre, siempre que no volváis á incurrir en tan feo delito como el de que se os acusa.
Herrera _el Viejo_ no pudo contener su emoción ante aquel rasgo del Monarca, y á pesar de ser duro de corazón y nada sensible, sus ojos se arrasaron de lágrimas, y con frases entrecortadas por la emoción dió las gracias al Rey, quien hizo grandes elogios de la pintura que en el altar mayor se ostentaba.
Este cuadro de San Hermenegildo puede admirarse hoy en el extenso salón del Museo Provincial, donde es una de las verdaderas joyas que le enriquecen.
XLVII
DRAMA DE AMORES
«Él ofendió á mi marido, y de ello fuí yo la causa; y con todo esto le quiero y lo tengo acá en el alma.»
(_Romancero de Gazul._)
Hojeando un libro hace mucho tiempo, que de la historia de Sevilla trataba, encontramos el asunto del dramático suceso que vamos á narrar; y como dudásemos algo del caso, hemos preguntado ahora á distintas personas versadas en noticias de nuestra población, las cuales nos han asegurado ser cierta, más no en todos sus detalles, la tragedia, que ocurrió de modo distinto á como en el libro decía.
Entre los buenos edificios que existen en la histórica calle de las Armas hay uno de construcción antigua, de hermosa fachada y de extensas proporciones, que se comunicaba con el abandonado callejón de los Estudiantes por un postigo que ha desaparecido.
Era morador de esta casa á fines del siglo XVII un caballero de edad algo avanzada y de buena fortuna, que para su desgracia había contraído matrimonio con una joven linda y dotada de un corazón volcánico y apasionado.
Creíase dichoso el buen señor, sin que ningún pesar turbara la calma en que vivía, entregado á su afición predilecta, que era la floricultura, y enamorado de D.ª Elvira, mujer en quien tenía absoluta confianza, sin que nunca cruzara por su mente la idea atormentadora de los celos.
Pero mientras él cuidaba las macetas y arreglaba las flores de su jardín, álguien había tenido ocasión de acercarse á la joven esposa y deslizar en sus oidos palabras de amor y frases apasionadas, que, despertando en el corazón femenino deseos que parecían olvidados, hicieron nacer un amor ilegítimo, pero profundo, arraigado y sincero.
La confianza del marido prestaba alientos á los enamorados, quienes, sabiendo ocultar aquellos sentimientos que les unían, nunca dieron el menor motivo á la más leve sospecha de nadie ni á la más ligera murmuración.
Sin embargo de esto, al cabo de muchos meses hubo álguien que creyó descubrir un leve indicio, y espió con cautela para conseguir su intento. Una astuta criada de D.ª Elvira comenzó á dudar de la fidelidad de su señora, y después de no pocas observaciones y hábiles pesquisas, notó que casi todas las noches, cuando el reloj daba la una y la casa yacía en profunda oscuridad y silencio, una sombra se deslizaba por el patio, entreabría con sigilo la puerta que comunicaba al jardín y cruzaba éste; luego descorría el cerrojo del postigo que daba al callejón de los Estudiantes, y á los pocos momentos solía penetrar en él un bulto, que en unión de aquella sombra se ocultaba en una pequeña habitación que cerca del jardín existía.
¡Cuán ajenos estaban los cautos amantes de que sus dulces coloquios y sus naturales expansiones tenían un testigo que no eran ciertamente los frondosos árboles, ni la blanca luna que en el trasparente cielo se alzaba!
La astuta sirvienta, convencida hasta la saciedad de la grave falta que D.ª Elvira cometía, demostró por ella tan mala voluntad, que con el mayor disimulo y la más pérfida astucia hizo llegar al confiado marido la horrible noticia de su deshonor, oculto para el mundo durante tanto tiempo.
Pero el viejo no era hombre de violento carácter ni de grandes bríos, y en vez de tomar rápida venganza, calló como si nada supiera, y siguió cuidando sus flores y contentando á su esposa, mientras en su cerebro maduraba un plan terrible y sangriento.
Seguía el jardín siendo punto de las citas que con su amante tenía D.ª Elvira, y al mediar la noche nunca faltaba ella á descorrer el cerrojo del postigo por donde entraba su rendido y constante adorador.
El año 1697 tocaba á su término, y en una de las de aquel Diciembre la infiel esposa cruzaba á la hora convenida el solitario jardín con el ánimo casi tranquilo y el pecho lleno de ilusiones y de deseos, que pronto iban á verse satisfechos una vez más.
Aunque las sombras que rodeaban á D.ª Elvira eran profundas, ya conocía el camino, y con seguro paso llegó á la puertecilla y, una vez abierta, aguardó la primera caricia del hombre á quien amaba.
Á los pocos instantes un hombre embozado hasta los ojos apareció en el dintel; pero lejos de estrechar entre sus brazos á la dama, se le acercó rápidamente, y sacando de entre los pliegues de su capa un enorme cuchillo, lo hundió con violencia en el seno palpitante de D.ª Elvira, que como herida por un rayo cayó en tierra, exhalando su vida en un indescriptible sollozo. El embozado salió de nuevo, y cuando instantes después vió entre la oscuridad de la calleja que un hombre penetraba con cautela por el postigo, cerró éste por fuera con llave, y salió con precipitación, dando vuelta al edificio, en cuyo patio aguardábale la delatora sirvienta.
Al ruido y las voces que luego en el jardín se oyeron acudieron los criados que dormían, y el dueño de la casa, aparentando la mayor sorpresa; pudiendo entonces ver todos á D.ª Elvira en el suelo con el pecho ensangrentado, y junto á ella un hombre, á quien tomaron por autor del bárbaro asesinato. Este hombre fué preso, y ahorcado más tarde, sin que se supiera hasta muchos años después la verdad de lo ocurrido en aquella terrible noche, y por confesión de la criada cuando estaba en el lecho de muerte.
XLVIII
BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO
«¿Quién de tus bellas Vírgenes la norma, gran Murillo, te dió? ¿Dónde las viste, ó cómo al mundo presentar supiste tipos celestes con humana forma?»
M. A. PRÍNCIPE.
El gran pintor, gloria de España y honra de su siglo, que tan acabadas pruebas de su genio ha legado á la posteridad, debe tener un recuerdo entre estos apuntes; y al tomar ahora la pluma, á él vamos á dedicar las presentes líneas.
Bartolomé Esteban Murillo, hijo de nuestra población, pasó en ella su tranquila y laboriosa existencia consagrado al arte, sin que por entonces su nombre, hoy universal, llegase á ser conocido apenas fuera del círculo de sus amigos. Uníase en él la modestia al genio, y por esta causa rehusó cuantas ocasiones se le presentaron de adquirir esos títulos y honores que tanto buscan otros hombres sin mérito alguno para obtenerlos.
En la humilde casa donde vivía el gran maestro pintaba sus lienzos prodigiosos, y pasando del taller á la iglesia ó al convento para donde se ejecutaron, quedaban allí, limitándose el triunfo que alcanzaba el artista á bien poca cosa.
Juan del Castillo, pintor que residía en nuestra ciudad por los años de 1640, tuvo la honra de ser el que enseñó á Murillo los primeros rudimentos del arte, sin que jamás llegara el discípulo á imitar en nada el estilo del maestro, como puede verse en los cuadros que del segundo existen en el Museo y en varios templos y capillas.
Con sólo las lecciones que había recibido, comenzó Murillo á pintar siguiendo su propia fantasía, hasta que encantado por las obras de Frutet y de Pedro de Campaña, y deseando admirar los tesoros artísticos que se encontraban en el Real Palacio de Madrid, trasladóse á la corte en 1643, donde se encontraba el insigne Velázquez, con quien hizo buena amistad, y tuvo ocasión de estudiar los mejores modelos. Cuando á los dos años regresó á Sevilla, de donde había salido sin participar ni á sus amigos el viaje, comenzó á trabajar con verdadero empeño, causando bien pronto la admiración de cuantos tuvieron ocasión de contemplar las obras que sus pinceles producían.
Desde el 1648 hizo para la Catedral los cuadros de _San Leandro y San Isidoro_, el _San Antonio_ de la capilla del bautismo, las mártires _Santas Justa y Rufina_, _San Fernando_, _San Hermenegildo_, los cuatro _Arzobispos de la diócesis_, la magnífica _Concepción_, el _Ecce-homo_ y otros varios, trabajando también en la restauración de la Sala Capitular, que por entonces sufrió algunas obras.
Cuando el piadoso caballero D. Miguel de Mañara construyó la iglesia del _Hospital de la Caridad_, Murillo pintó para ella ocho lienzos, que están reputados por los mejores que hasta entonces había producido.
Innumerables fueron los cuadros que ejecutó desde entonces hasta el 1680, y entre ellos sólo citaremos varias _Concepciones_, en las cuales ni antes ni ahora ha tenido rival; el _Retrato de D. Justino Neve_, _San Pedro_, la _Virgen con el Niño_ y los dieciocho que pintó para el monasterio de Capuchinos.
Salió Murillo de su querida ciudad poco tiempo después, dirigiéndose á Cádiz, donde comenzó la que había de ser su última obra. Estando un día trabajando en el lienzo que representa los _Desposorios de Santa Catalina_, tuvo la desgracia de caer del andamio en que se hallaba subido, lastimándose varias partes del cuerpo.
Trasladáronle entonces á Sevilla, donde al poco tiempo de su llegada, habiéndose agravado en su dolencia, falleció el día 3 de Abril de 1682, á las cinco de la tarde, mientras estaba dictando su testamento.
Su cadáver fué enterrado en la parroquia de Santa Cruz, colocándose sobre el nicho una modesta lápida, en la cual se dibujó un esqueleto y la frase siguiente: _Vive moriturus_.
Cuando el derribo de la iglesia se perdieron los restos del gran pintor, siendo imposible encontrarlos, á pesar de cuantas diligencias se hicieron después.
Bartolomé Esteban Murillo nació en una casa de la calle Tiendas, y su partida de bautismo, que se conserva en San Pablo, dice así:
«En lunes primero día del mes de Enero de mil y seiscientos y dieciocho años, yo el licenciado Francisco Heredia, beneficiado y cura de esta Iglesia de la Magdalena de Sevilla, bauticé á Bartolomé, hijo de Gaspar Esteban y de su legítima mujer María Pérez. Fué su padrino Antonio Pérez, al cual amonesté el parentesco espiritual, y lo firmé. Fecha ut supra.--_Licenciado Francisco Heredia._»
Terminaremos estos breves apuntes con el acta de su enterramiento, que, según la copia que tenemos á la vista, dice así:
«En cuatro de Abril de mil seiscientos ochenta y dos años se enterró en esta iglesia de Santa Cruz de Sevilla el cuerpo de Bartolomé Murillo, insigne maestro del arte de pintura, viudo que fué de doña Beatriz Cabrera y Sotomayor: otorgó su testamento por ante Juan Antonio Guerrero, escribano público de Sevilla, y dijo la misa de cuerpo presente el licenciado Francisco González de Porras.»
XLIX
UNA AVENTURA
«En vano, dueña, es callar ni hacerme señas que nó; he resuelto que sí yo, y os tengo de acompañar: y he de saber dónde vais, y si sois hermosa ó fea, quién sois, y cómo os llamáis, y aun cuanto imposible sea.»
ESPRONCEDA.
El suceso que nos mueve á tomar la pluma no es de aquellos que ocupan un lugar más ó menos importante en los anales de Sevilla; pero á pesar del silencio que sobre él guardan las historias, bien creemos hacer en sacarlo á luz, pues no nos merece duda su autenticidad.
Hé aquí el caso como lo hemos oído á personas respetables, que de igual modo lo oyeron referir á sus padres y abuelos.
En los primeros años del siglo XVII era muy conocido en Sevilla y estimado por personas de todas las clases sociales un joven de gallarda presencia, de esmerada educación y de pingües rentas, llamado D. Álvaro González de Aguilar, oriundo de una ilustre familia granadina, y nacido y educado en la capital de Andalucía. Hombre mozo de ardiente sangre, y sin el freno de respetables personas, llevaba D. Álvaro una vida alegre y bien poco ordenada, tomando siempre muy principal parte en todos aquellos lances y aventuras de los que esperaba sacar algún provecho, sin que le hiciera desistir de ello el mayor ó menor riesgo que se exponía á correr por llevarlos á cabo.
Nuestro joven era gran adorador del sexo bello, y no por cierto de los platónicos; que de haber sido de éstos más de una vez hubiérase librado de graves compromisos que en distintas ocasiones le estrecharon, y de los que había logrado salir por su destreza y valentía unas veces, y otras por sus auríferos doblones, que D. Álvaro prodigaba cuando era caso como hombre generoso y conocedor de los corazones femeninos.
González de Aguilar no era ciertamente un calavera provocador, corrompido y vicioso; sus excesos no llegaban á vergonzosas degradaciones; solamente en ocasión muy rara daba alimento á las murmuraciones con sus aventuras, que dicho sea en verdad, ni á la honra de su casa ofendían, ni al nombre que llevaba imprimían mengua.
Una noche de principios de otoño de 1605 vagaba D. Álvaro por los intrincados y sombríos callejones del barrio de Santa Cruz sin rumbo fijo, muy embozado en su amplia capa, con el sombrero hacia los ojos y con la imaginación abstraída en muchos y varios pensamientos.
Era la noche aquella en que rondaba el joven noche de luna clara, merced á la cual podían distinguirse los lugares que recorría; pues en lo tocante á alumbrado artificial no había por allí ni siquiera la socorrida lamparilla de un retablo, que pudiera servir de guía al extraviado caminante por aquellas tenebrosidades.
Cuando más abstraído parecía el apuesto joven en sus pensamientos, oyó lejanos pasos que avanzaban en dirección igual á la suya; y como pudiera apreciar ser aquéllos por lo breves y menudos pasos de mujer, activó los suyos D. Álvaro hasta colocarse cerca de la persona que á tan desusada hora recorría sitios tan poco frecuentados. Era ésta, como supuso, una dama; pero tan envuelta iba en su negro manto, y con tal destreza, se recataba el rostro, que era imposible distinguir sus facciones, pudiendo asegurarse sólo que su cuerpo era esbelto y su andar gallardo y airoso.
Siempre ha sido el barrio de Santa Cruz, como ya hemos dicho en otro lugar, uno de los más á propósito de Sevilla para aventuras y lances de todas especies; y si hoy todavía tienen fama aquellas callejas por lo sombrías, misteriosas y solitarias, calcúlese el lector lo que serían en la época del suceso que vamos á referir.
Acercóse González de Aguilar á la desconocida, no tardando en dirigirle algunas frases galantes, que no obtuvieron contestación alguna, con lo cual acrecentóse la curiosidad del galanteador y nació en su pecho vivo deseo de dar digno remate á la que ya consideraba como feliz aventura.
Siguió la tapada sin detenerse ni precipitar el paso, y siguió el joven cerca de ella, apurando todos los recursos de su ingenio para poderla hacer hablar, cosa que le fué imposible conseguir en muy largo espacio de tiempo, notando él con cierta extrañeza que la dama tampoco debía llevar dirección fija en su marcha, pues con frecuencia volvía á la misma calleja por donde antes había pasado, rodeaba una manzana de edificios para salir al mismo lugar, ó cruzaba una plazuela para internarse de nuevo en otra travesía lóbrega que ya tenía recorrida.
Pasaba así el tiempo, y D. Álvaro comenzaba á desesperarse; todas las casas estaban cerradas, el silencio era absoluto, y el frío de la noche comenzaba á molestar al galanteador impenitente. De pronto lo dama se detuvo, volvióse hacia Gonzalo de Aguilar, y con voz firme y tono misterioso le dijo: