Páginas sevillanas Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades.

Part 1

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Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.

PÁGINAS SEVILLANAS

_Tirada de ciento cincuenta ejemplares._

EJEMPLAR NÚM. 59

MANUEL CHAVES

PÁGINAS SEVILLANAS

SUCESOS HISTÓRICOS, PERSONAJES CÉLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES, TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.

CON UNA CARTA-PRÓLOGO

DEL SEÑOR

DON JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ

SEVILLA

Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera I

1894

AL EXCMO. SR. D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.

_Mi respetable señor y amigo_:

_Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto difíciles para llevarla á cabo tan á la perfección como mi deseo hubiera sido, me permito dedicarla á V., pues quiero corresponder de algún modo á las atenciones y pruebas de estima que le debo_.

_Me inclinan también á hacerlo así sus decididas aficiones á los trabajos de la índole del mío, y la benevolencia con que en diferentes ocasiones ha juzgado esta modesta colección de apuntes, sacados de la historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de contribuir de algún modo, con bien escasas fuerzas, á generalizar la memoria de personajes célebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y que muchos han olvidado_.

_Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me alcanza que lo que le ofrezco es cosa baladí, la intención es bonísima y en nada cede á la de cuantos ingenios más afortunados que yo se honraron poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones_.

_De V. S. S. y devoto amigo_,

Q. L. B. L. M.,

MANUEL CHAVES.

Sevilla, 3 de Mayo de 1894.

CARTA-PRÓLOGO

SR. D. MANUEL CHAVES.

MI muy estimado amigo: El bondadoso afecto con que V. me distingue llévalo hasta el punto de solicitar que mi nombre acompañe y aun vaya al frente de su libro _Páginas Sevillanas_, puesto al pie de una _Introducción ó Prólogo_, que explique al lector algunos pormenores relativos á la aparición de su obra, causas que á ella le han movido, objeto que al darla al público se propone, etc., etc. Confieso á V. que después de hojeado el volumen y complacídome con sus preciosos artículos he sentido, nó la natural satisfacción del amor propio al estampar mi nombre junto al de V., sino algo superior á aquélla, algo más vivo y más profundo, porque no se basa en el halago personal, ni en la vanidad satisfecha, sino en el más puro y más noble de todos los humanos sentimientos, en el amor á la patria, tan grande en mí, que no lo cedo ante ningún otro. Su libro de V. es un precioso ramillete de recuerdos sevillanos antiguos y modernos: en cada una de sus páginas paréceme ver un girón de nuestras pasadas grandezas, un fragmento de nuestras glorias artísticas, ecos de tradiciones y leyendas salvadas del olvido á través de cien generaciones. Todas esas memorias son imperecederas, y ni las destruye el impulso demoledor del tiempo, ni las salvajes profanaciones de los hombres: subsisten y subsistirán mientras que en este bendito rincón de Andalucía exista un alma capaz de sentir el poder de Dios revelado en los encantos de la naturaleza, y el aliento creador del humano ingenio traducido en sus inmortales concepciones. Así, pues, siendo su libro de V. testimonio de glorias, compendio histórico y padrón de grandezas sevillanas, y solicitando V. que mi oscuro nombre vaya unido á tan preclaras memorias de otros días, ¿no he de mostrar á V. en primer lugar mi reconocimiento? Si así dejara de hacerlo argüiría en mí ingratitud, de la que estoy muy distante, ó inmodestia suma, para la cual no hay el menor motivo.

Los sencillos relatos que V. hace de sucesos históricos, las descripciones de monumentales fábricas, las curiosas leyendas que han brotado al calor de la fantasía popular, los mil recuerdos que V. tan hábilmente evoca, despertarán siempre en todo sevillano muy varias y profundas impresiones, porque con aquéllos sabe V. herir la más delicada fibra del sentimiento.

Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea, experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista, al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay bastante para llenarlo.

De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios, para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver, ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos, estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y recordando al _manco sano_, _al regocijo de las Musas_, por las que conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía, ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares. Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde: los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores, relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes flores.

Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez que se aproxima...

Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad, arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el sueño eterno!

Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de sus canteros _masones_; de otra la magnífica atalaya que fabricara el infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San Jerónimo...

Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.

¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si fuese _muñidor_ en unas elecciones!!...

Muy pocos (pero éstos buenos amigos en verdad) le aplaudirán y harán justicia; mientras que si endereza sus pasos por _el ancho campo de la ambición soberbia ó de la adulación servil y baja_ alcanzará gran predicamento, y entonces muchos le halagarán y enaltecerán!!...

Todavía reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro inolvidable Bécquer, y no tardará mucho en que veamos alzarse en el cementerio de San Fernando suntuoso sarcófago, costeado por suscrición popular, que guarde los restos de _El Espartero_. ¿Qué va V., pues, á esperar de las letras? ¿Qué protección de nuestros grandes hombres, de nuestros _insignes_ políticos?

Y sin embargo de que V. está persuadido de estas tristes verdades, continúa firme en sus nobles propósitos y lleva V. su abnegación y su entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que á estos renglones acompaña, sin más estímulo que el de vulgarizar nuestras glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos, sino para contribuir á la enseñanza de aquél, mostrándole sanos y altísimos ejemplos que lo inciten á imitar lo bueno y á apartarse de lo malo. Si pues tales han sido sus intentos, ¿cómo negar á V. mi pobre pero sincero aplauso, cuando hoy carécese tanto de buenas lecturas, cuando el veneno es pródigamente servido en doradas copas, y cuando se atrofian las inteligencias con los más monstruosos relatos?

Tendrá V., pues, la mayor y más noble de todas las recompensas; la íntima satisfacción que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada esta triste época de desdenes é indiferencias, las generaciones que nos sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de amor á su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos ocupará lugar muy preferente.

De V. afectísimo amigo,

Q. L. B. L. M.,

JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ.

15 de Junio 94.

I

LA FUENTE DEL ARZOBISPO

«Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse: para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.»

CERVANTES.

PRÓXIMO al convento de la Trinidad, cuya fundación se remonta al año 1249, existe un camino llamado en lo antiguo _Camino viejo de Córdoba_, el cual está rodeado de fértiles huertas y de algunas fincas de recreo, sin que tampoco falten en él los ventorrillos característicos de nuestra patria, donde tan agradables tertulias se forman en los días hermosos y serenos.

Siguiendo este camino, y á una distancia bastante regular, se encuentra una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fué construída, según la tradición, en tiempos de D. Fernando III.

En aquel lugar existía la huerta y palacio que el Monarca conquistador regaló á D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla después de ser abandonada por los sarracenos.

D. Remondo, que entre otros muchos edificios poseía una hermosa casa en la calle que hoy lleva su nombre, próxima á la Catedral, solía pasar algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situación topográfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de cuantas existían desde la casa de _Buena-vista_ hasta el campo donde según la tradición eran sacrificados los mártires de los primeros tiempos del cristianismo.

La magnífica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286, sufrió no pocos cambios de propiedad; el palacio fué derruído casi por completo á mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos, todo desapareció, excepto la Fuente, que aún se conserva casi igual á como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, según la afirmación de algunos autores, que ponemos en duda.

La fuente del Arzobispo no puede ser más sencilla, pues sólo la componen algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora acción de los tiempos, y varios caños, por donde sale el agua cristalina y abundante, formando blanquísima espuma.

El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores de antigüedades de Sevilla lo creen á larga distancia, sin dar para ello razones de gran fundamento.

De esta Fuente se llevó el agua para la Alameda, construyéndose entonces un acueducto, del que sólo quedan hoy escasos restos.

Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de construcción romana, pues en aquel lugar, escribe González de León, hubo un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio Adamas. Dicho templo debió ser obra soberbia, así como una fortaleza que también tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.

El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se bebía en Sevilla, y hasta los médicos la recomendaban á ciertos enfermos; por lo cual diariamente, á pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudían allí gentes de todas las clases sociales, que, á más de tomar el líquido salutífero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy higiénicos, y desde los cuales la población presenta una bellísima perspectiva.

El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la antiquísima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su desagradable gusto: y si ya no van á probarlas los vecinos de Sevilla, aún se ven los domingos y días festivos muchas gentes que acuden allí á merendar al sol y á pasar un rato agradable.

II

LA PUERTA REAL

«Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de las calles más dignas de la ciudad, y de una arquitectura sólida...»

F. GONZÁLEZ DE LEÓN.

Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andalucía, y una de las más notables, sin duda, era la _Real_, llamada así desde mediados del siglo décimosexto.

Según los más puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta fué el de _Goles_, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra una estatua de _Hércules_, que se conservó hasta algunos años antes de la reconquista.

El día 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejércitos cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien puso cerco á Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venció al fin el poder de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo D. Alfonso, que de Murcia vino á tomar parte en la empresa, el famoso Almirante Bonifaz, y otros caballeros.

Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas del mayor júbilo y alegría.

Muchos años después, en tiempos del asistente D. Francisco Chacón, se llevaron á cabo importantísimas mejoras en esta Puerta, reconstruyéndose casi por completo, y dándose fin á los trabajos en 1565.

Entonces perdió el carácter que tuvo cuando la reconquista, desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.

Cuando el rey Felipe II celebró su casamiento con D.ª Ana de Austria, y vino á Andalucía, entró en la capital por la Puerta de que nos ocupamos, la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de aquel poderoso Monarca.

La puerta Real se adornó entonces con inusitado lujo, cubriéndose de multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombró de oliente juncia, y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo gastó enormes sumas.

Felipe II recibió allí las muestras más espontáneas del amor y respeto que le tenía el pueblo de Sevilla, según escribe Malara.

Frente á la puerta Real se estableció durante la terrible epidemia llamada _Peste levantina_, en 1649, un cementerio, en el que fueron sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.

En el siglo XVIII se intentó hacer algunas reformas grandes en la Puerta; pero no sabemos por qué causa quedaron en proyecto, y sólo se ejecutaron ligeras modificaciones.

Las princesas del Brasil que visitaron á Sevilla en 1816 entraron por la puerta Real, y al llegar el carruaje que las conducía á la calle Armas, un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganchó los caballos y se dispuso á tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo no consintieron las princesas, que se apearon más que de prisa, frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.

El triste día de S. Antonio del año 1823, cuando desbandados los absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos destrozos, y ante ella formaron un enorme montón de objetos diversos, robados de casas de liberales, á los que prendieron fuego con furor salvaje.

Tapióse la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban á Sevilla, y el año 1862 comenzó el derribo, desapareciendo al poco tiempo con el trozo de muralla y las casuchas de feísimo aspecto que estaban adosadas á los muros.

«La puerta Real--escribe un historiador--era de regular arquitectura, majestuosa y elegante, y en cuanto á su solidez nada dejaba que desear.»

Constaba de dos cuerpos: el primero tenía un gran arco romano adornado de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre el que se alzaban varias graciosas pirámides.

Sobre el arco se encontraba una inscripción latina, que traducida al castellano decía lo siguiente:

«_Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo._»

III

EL MESÓN DEL MORO

«Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza; pero más que ninguno engañador é hipócrita.»

BÉCQUER.

Todavía, á pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le dió el vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una á otra generación sin que se perdiera. Nos referimos á la calle Mesón del Moro, que está situada, como todos saben, entre las de Borceguinería y Ximénez Enciso, y que pertenece á la collación del Sagrario.

Hace tiempo que nos movió la curiosidad por saber el origen del nombre de esta calle, y aunque no ignorábamos que debía el llamarse así á una posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueño fué un creyente del Profeta, no sabíamos quién fué aquél y qué celebridad tuvo para que llegase á ser tan conocido de todos.

Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradición que, satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido también á ponernos en conocimiento de un suceso que quizá desconozcan algunos de nuestros lectores.

Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte, que á la verdad no era muy próspera.

En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita mayor, _Djema Mukyarrim_, habitaba un musulmán que antes había poseído grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma religión profesasen.

Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.

Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor sospecha.

Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno, llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.

Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que traía.