Part 4
Se acercaban a la fuente. El agua clara corría sonando cual si contara una vieja historia dicha mil veces, y que tuviera mil veces que repetirla.
Agua que corre en el campo dice en su monotonía: “Yo sé el crimen. ¿No es un crimen, cerca del agua, la vida?”
Al pasar los dos hermanos relataba el agua limpia: “A la vera de la fuente Alvargonzález dormía.”
II
—Anoche, cuando volvía a casa—Juan a su hermano dijo—, a la luz de la Luna, era la huerta un milagro.
Lejos, entre los rosales, divisé un hombre inclinado hacia la tierra; brillaba la hoz de plata en su mano.
Después irguióse y, volviendo el rostro, dió algunos pasos por el huerto, sin mirarme, y a poco lo vi encorvado otra vez sobre la tierra. Tenía el cabello blanco. La Luna llena brillaba, y era la huerta un milagro.
III
Pasado habían el puerto de Santa Inés, ya mediada la tarde, una tarde triste de Noviembre, fría y parda. Hacia la Laguna Negra silenciosos caminaban.
IV
Cuando la tarde caía, entre las vetustas hayas y los pinos centenarios, un rojo sol se filtraba.
Era un paraje de bosque y peñas aborrascadas; aquí bocas que bostezan o monstruos de fieras garras; allí una informe joroba, allá una grotesca panza; torvos hocicos de fieras y dentaduras melladas; rocas y rocas, y troncos y troncos, ramas y ramas. En el hondón del barranco la noche, el miedo y el agua.
V
Un lobo surgió; sus ojos lucían como dos ascuas. Era la noche, una noche húmeda, obscura y cerrada.
Los dos hermanos quisieron volver. La selva ululaba. Cien ojos fieros ardían en la selva, a sus espaldas.
VI
Llegaron los asesinos hasta la Laguna Negra; agua transparente y muda, que enorme muro de piedra, donde los buitres anidan y el eco duerme, rodea; agua clara donde beben las águilas de la sierra, donde el jabalí del monte y el ciervo y el corzo abrevan; agua pura y silenciosa, que copia cosas eternas; agua impasible, que guarda en su seno las estrellas. —¡Padre!—gritaron; al fondo de la laguna serena cayeron, y el eco, “¡Padre!” repitió de peña en peña.
PROVERBIOS Y CANTARES
[PROVERBIOS Y CANTARES]
I
¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?... Todo el que camina, anda como Jesús sobre el mar.
II
A quien nos justifica nuestra desconfianza llamamos enemigo, ladrón de una esperanza. Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía que dió a cascar al diente de la sabiduría.
III
¡Ojos que a la luz se abrieron un día, para, después, ciegos tornar a la tierra, hartos de mirar sin ver!
IV
Es el mejor de los buenos quien sabe que en esta vida todo es cuestión de medida: un poco más, algo menos...
V
Ayer soñé que veía a Dios y que a Dios hablaba; y soñé que Dios me oía... Después soñé que soñaba.
VI
Luz del alma, luz divina, faro, antorcha, estrella, sol... Un hombre a tientas camina; lleva a la espalda un farol.
VII
Todo hombre tiene dos batallas que pelear: en sueños lucha con Dios, y despierto, con el mar.
VIII
Moneda que está en la mano quizás se deba guardar; pero lo que está en el alma, se pierde si no se da.
IX
¿Dices que nada se pierde? Si esta copa de cristal se me rompe, nunca en ella beberé, nunca jamás.
X
Dices que nada se pierde, y acaso dices verdad; pero todo lo perdemos, y todo nos perderá.
XI
Todo pasa y todo queda; pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.
XII
Anoche soñé que oía a Dios gritándome: “¡Alerta!” Luego era Dios quien dormía, y yo gritaba: “¡Despierta!”
XIII
Dios no es el mar, está en el mar; riela como luna en el agua, o aparece como una blanca vela; en el mar se despierta o se adormece. Creó la mar, y nace de la mar cual la nube y la tormenta; es el Creador, y la criatura lo hace; su aliento es alma, y por el alma alienta. Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste, y para darte el alma que me diste, en mí te he de crear. Que el puro río de caridad que fluye eternamente, fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío, de una fe sin amor la turbia fuente!
XIV
El demonio de mis sueños ríe con sus labios rojos, sus negros y vivos ojos, sus dientes finos, pequeños. Y, jovial y picaresco, se lanza a un baile grotesco, luciendo el cuerpo deforme y su enorme joroba. Es feo y barbudo y chiquitín y panzudo. Yo no sé por qué razón, de mi tragedia, bufón, te ríes... Mas tú eres vivo por tu danzar sin motivo.
VIAJE
A D. Julio Cejador.
Ya en los campos de Jaén, amanece. Corre el tren por sus brillantes rieles, devorando matorrales, alcaceles, terraplenes, pedregales, olivares, caseríos, praderas y cardizales, montes y valles sombríos. Tras la turbia ventanilla, pasa la devanadera del campo de primavera.
La luz en el techo brilla de mi vagón de tercera.
Entre nubarrones blancos, oro y grana,
la niebla de la mañana va huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío! ¡Este frío de un amanecer en vela!...
Resonante, jadeante, marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor sobre su manta dormido; un fraile y un cazador, el perro a sus pies tendido.
Yo contemplo mi equipaje, mi viejo saco de cuero, y recuerdo otro viaje hacia las tierras del Duero. Otro viaje de ayer por la tierra castellana... ¡Pinos del amanecer, entre Almazán y Quintana!...
¡Y alegría de un viajar en compañía!
¡Y la unión que ha roto la muerte un día!
¡Mano fría que aprietas mi corazón!
Tren, camina, silba, humea; acarrea tu ejército de vagones; ajetrea maletas y corazones.
Soledad, sequedad. Tan pobre me estoy quedando, que ya ni siquiera estoy conmigo, ni sé si voy conmigo a solas viajando.
MARIPOSA DE LA SIERRA
¿No eres tú, mariposa, el alma de estas sierras solitarias, de sus barrancos hondos y de sus cumbres bravas? Para que tú nacieras, con su varita mágica a las tormentas de la piedra un día mandó callar un hada, y encadenó los montes para que tú volaras.
¡Anaranjada y negra, morenita y dorada, mariposa montés, sobre el romero plegadas las alillas, o, voltarias, jugando con el sol, o sobre un rayo de sol crucificadas!...
¡Mariposa montés y campesina, mariposa serrana, nadie ha pintado tu color; tú vives, tu color y tus alas, en el aire, en el sol, sobre el romero, tan libre, tan salada!... Que Juan Ramón Jiménez pulse por ti su lira franciscana.
Sierra de Cazorla, Mayo de 1915.
LAS ENCINAS
A los señores de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo.
Encinares castellanos en alcores y altozanos, serrijones y colinas llenos de obscura maleza; encinas, pardas encinas —humildad y fortaleza,— mientras que llenándoos va el hacha de calvijares, ¿nadie cantaros sabrá, encinares? El roble es la guerra; el roble dice el valor y el coraje, rabia inmoble, con su torcido ramaje; y es más rudo que la encina y más nervudo; el alto roble parece que recalca y ennudece su robustez como atleta que, erguido, afinca en el suelo. El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta. La palmera es el desierto, el sol y la lejanía: la sed, una fuente fría soñada en el campo muerto. Las hayas son la leyenda. Alguien en las viejas hayas leía una historia horrenda de crímenes y batallas. ¿Quién ha visto, sin temblar, un hayedo en un pinar? Los chopos son la ribera; liras de la primavera, cerca del agua que fluye, pasa y huye viva o lenta, que se emboca, turbulenta, o en remanso se dilata; en su eterno escalofrío copian el agua del río, que fluye en ondas de plata. De los parques las olmedas son las buenas arboledas que nos han visto jugar cuando eran nuestros cabellos rubios, y con nieve en ellos nos han de ver meditar. Tiene el manzano el rubor de su poma; el eucalipto el aroma de sus hojas; de su flor el naranjo la fragancia; y es del huerto la elegancia el ciprés obscuro y yerto. ¿Qué tienes tú, negra encina campesina, con tus ramas sin color en el campo sin verdor, con tu tronco ceniciento sin esbeltez ni altiveza, con tu vigor sin tormento y tu humildad, que es firmeza? En tu copa ancha y redonda nada brilla: ni tu verde obscura fronda, ni tu flor verdiamarilla. Nada es lindo ni arrogante en tu porte, ni guerrero, nada fiero que aderece su talante. Brotas derecha o torcida, con esa bondad que cede sólo a la ley de la vida, que es vivir como se puede. El campo mismo se hizo árbol en ti, parda encina. Ya contra el hielo invernizo, o bajo el sol que calcina, y el bochorno y la borrasca, el Agosto y el Enero, los copos de la nevasca, los hilos del aguacero, siempre firme, siempre igual, dócil, impasible y buena, ¡oh tú, robusta y serena, oh casta encina rural! ¡Oh los negros encinares de la raya aragonesa y las crestas militares de la tierra pamplonesa! ¡Encinas de Extremadura, de Castilla, que hizo a España; encinas de la llanura, del cerro y de la montaña; encinas del alto llano que el joven Duero rodea, y del Tajo, que serpea por el suelo toledano! ¡Encinas de junto al mar, en Santander; encinar que pones tu nota arisca, como un castellano ceño, en Córdoba la morisca; y tú, encinar madrileño, tan hermoso y tan sombrío, bajo el Guadarrama frío, con tu adustez castellana corrigiendo la vanidad y el atuendo y la hetiquez cortesana!... Ya sé, encinas campesinas, que os pintaron, con lebreles elegantes y corceles, los más egregios pinceles; que os cantaron los poetas augustales; que os asordan escopetas de cazadores reäles; mas sois el campo y el lar y la sombra tutelar de los buenos aldeanos que visten parda estameña y que cortan vuestra leña con sus manos.
RETRATO
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierra de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido —ya conocéis mi torpe aliño indumentario;— mas recibí la flecha que me asignó Cupido, y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina; pero mi verso brota de manantial sereno; y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; mas no amo los afeites de la actual cosmética, ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la Luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso como deja el capitán su espada, famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo —quien habla solo, espera hablar a Dios un día;— mi soliloquio es plática con este buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo; con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.
A DON MIGUEL DE UNAMUNO
(POR SU LIBRO “VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO”)
Este donquijotesco Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco, lleva el arnés grotesco y el irrisorio casco del buen manchego. Don Miguel camina jinete de quimérica montura, metiendo espuela de oro a su locura, sin miedo de la lengua que malsina. A un pueblo de arrieros, lechuzos y tahures y logreros dicta lecciones de Caballería. El alma desalmada de su raza, que bajo el golpe de su férrea maza aún duerme, puede que despierte un día. Quiere enseñar el ceño de la duda, antes de que cabalgue, al caballero; cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda cerca del corazón la hoja de acero. Tiene el aliento de una estirpe fuerte que soñó más allá de sus hogares, y que el oro buscó tras de los mares. Él señala la gloria tras la muerte. Quiere ser fundador, y dice: “Creo; Dios, y adelante el ánima española...” Y es tan bueno y mejor que fué Loyola: sabe a Jesús y escupe al fariseo.
1905
A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS
Como se fué el maestro, la luz de esta mañana me dijo:—Van tres días que mi hermano Francisco no trabaja. ¿Murió?—Sólo sabemos que se nos fué por una senda clara diciéndonos: “Hacedme un duelo de labores y esperanzas. Sed buenos y no más; sed lo que he sido entre vosotros: alma. Vivid; la vida sigue; los muertos mueren y las sombras pasan. Lleva quien deja y vive el que ha vivido. Yunques, sonad; enmudeced, campanas.” Y hacia otra luz más pura partió el hermano de la luz del alba, el sol de los talleres, el viejo alegre de la vida santa. ¡Oh, sí; llevad, amigos, su cuerpo a la montaña, a los azules montes del ancho Guadarrama! Allí hay barrancos hondos de pinos verdes donde el viento canta. Su corazón repose bajo una encina casta, en tierra de tomillos, donde juegan mariposas doradas. Allí el maestro, un día, soñaba un nuevo florecer de España.
ÍNDICE
_Págs._
PRÓLOGO 7
SOLEDADES
SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS
Prólogo 15 El viajero 17 La plaza y los naranjos encendidos 21 En el entierro de un amigo 23 Recuerdo infantil 25 Yo voy soñando caminos 27 Hacia un ocaso radiante 29 Cante hondo 33 La calle en sombra 35 El poeta 37 Verdes jardinillos 41 Del camino 43 Galerías 55 Introducción 57 Sueño infantil 67 Campo 97 Los sueños 99 Renacimiento 101
CANCIONES.—HUMORADAS
Abril florecía 109 De la vida 113 La noria 117 El cadalso 121 Las moscas 123 Elegía de un madrigal 127 Acaso... 129 Jardín 131 A un naranjo y a un limonero vistos en una tienda de plantas y flores 133 Hastío 135 Nevermore 137 De la vida 141 Sol de invierno 143 A un viejo y distinguido señor 145
CAMPOS DE CASTILLA
Prólogo 149 A orillas del Duero 153 Por tierras de España 157 El hospicio 159 Amanecer de otoño 161 Noche de verano 163 Pascua de Resurrección 165 Campos de Soria 167 A un olmo seco 185
LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ
Siendo mozo Alvargonzález 189 Feliz vivió Alvargonzález 191 Mucha sangre de Caín 193 Alvargonzález ya tiene 195 El sueño 197 Aquella tarde... 207 Otros días 221 Castigo 235 El viajero 243 El indiano 255 La casa 261 La tierra 271 Los asesinos 281
PROVERBIOS Y CANTARES 295
Viaje 303 Mariposa de la sierra 307 Las encinas 309 Retrato 315 A Don Miguel de Unamuno 319 A Don Francisco Giner de los Ríos 321
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas como MAYÚSCULAS.
* Se ha respetado la ortografía original, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
* Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar.
* Para preservar la coherencia con el Índice, se sustituye por “Prólogo” el encabezado de las introducciones a “Soledades” y “Campos de Castilla”.
* Se han añadido encabezados entre corchetes para no dejar lugares vacíos en la jerarquía de títulos.