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Part 2

Chapter 23,944 wordsPublic domain

Como perro olvidado, que no tiene huella ni olfato y yerra por los caminos, sin camino; como el niño que la noche de una fiesta

se pierde entre el gentío y el aire polvoriento y las candelas chispeantes, atónito, y asombra su corazón de música y de pena;

así voy yo, borracho melancólico, guitarrista lunático, poeta, y pobre hombre en sueños, siempre buscando a Dios entre la niebla.

XVII

¿Y ha de morir contigo el mundo mago donde guarda el recuerdo los hálitos más puros de la vida; la blanca sombra del amor primero,

la voz que fué a tu corazón, la mano que tú querías retener en sueños, y todos los amores que llegaron al alma, al hondo cielo?

¿Y ha de morir contigo el mundo tuyo, la vieja vida en orden tuyo y nuevo? ¿Los yunques y crisoles de tu alma trabajan para el polvo y para el viento?

XVIII

Desnuda está la tierra, y el alma aúlla al horizonte pálido como loba famélica. ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?

¡Amargo caminar, porque el camino pesa en el corazón! ¡El viento helado, y la noche que llega, y la amargura de la distancia!... En el camino blanco

algunos yertos árboles negrean; en los montes lejanos hay oro y sangre... El Sol murió... ¿Qué buscas, poeta, en el ocaso?

XIX

CAMPO

La tarde está muriendo, como un hogar humilde que se apaga.

Allá, sobre los montes, quedan algunas brasas.

Y ese árbol roto en el camino blanco hace llorar de lástima.

¡Dos ramas en el tronco herido, y una hoja marchita y negra en cada rama!

¿Lloras?... Entre los álamos de oro, lejos, la sombra del amor te aguarda.

XX

LOS SUEÑOS

El hada más hermosa ha sonreído al ver la lumbre de una estrella pálida que en hilo suave, blanco y silencioso se enrosca al huso de su rubia hermana.

Y vuelve a sonreír, porque en su rueca el hilo de los campos se enmaraña. Tras la tenue cortina de la alcoba está el jardín envuelto en luz dorada.

La cuna casi en sombra. El niño duerme. Dos hadas laboriosas lo acompañan, hilando de los sueños los sutiles copos en ruecas de marfil y plata.

XXI

RENACIMIENTO

Galerías del alma... ¡El alma niña! Su clara luz risueña; y la pequeña historia y la alegría de la vida nueva...

¡Ah, volver a nacer, y andar camino, ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano aquel latido de la mano buena de nuestra madre... Y caminar en sueños, por amor de la mano que nos lleva.

XXII

Tal vez la mano, en sueños, del sembrador de estrellas, hizo sonar la música olvidada

como una nota de la lira inmensa, y la ola humilde a nuestros labios vino de unas pocas palabras verdaderas.

XXIII

Y podrás conocerte recordando del pasado soñar los turbios lienzos, en este día triste en que caminas con los ojos abiertos.

De toda la memoria, sólo vale el don preclaro de evocar los sueños.

CANCIONES [Ilustración] HUMORADAS

I

Abril florecía frente a mi ventana. Entre los jazmines y las rosas blancas de un balcón florido, vi las dos hermanas. La menor cosía, la mayor hilaba... Entre los jazmines y las rosas blancas, la más pequeñita, risueña y rosada, su aguja en el aire, miró a mi ventana. La mayor seguía, silenciosa y pálida, el huso en su rueca, que el lino enroscaba. Abril florecía frente a mi ventana.

Una clara tarde la mayor lloraba, entre los jazmines y las rosas blancas, y ante el blanco lino que en su rueca hilaba. —¿Qué tienes?—le dije.— Silenciosa y pálida, señaló el vestido que empezó la hermana: en la negra túnica la aguja brillaba; sobre el blanco velo, el dedal de plata. Señaló a la tarde de Abril que soñaba, mientras que se oía tañer las campanas.

Y en la clara tarde me enseñó sus lágrimas... Abril florecía frente a mi ventana.

Fué otro Abril alegre y otra tarde plácida. El balcón florido solitario estaba... Ni la pequeñita, risueña y rosada, ni la hermana triste, silenciosa y pálida, ni la negra túnica, ni la toca blanca... Tan sólo en el huso el lino giraba por mano invisible; y en la obscura sala la luna del limpio espejo brillaba...

Entre los jazmines y las rosas blancas del balcón florido, me miré en la clara luna del espejo que lejos soñaba...

Abril florecía frente a mi ventana.

DE LA VIDA

(_COPLAS ELEGÍACAS_)

¡Ay del que llega sediento a ver el agua correr y dice: La sed que siento no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe y, saciada la sed, desprecia la vida: moneda al tahur prestada que sea al azar rendida!

¡Del iluso que suspira bajo el orden soberano, y del que sueña la lira pitagórica en su mano!

¡Ay del noble peregrino que se para a meditar, después de largo camino, en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía que llorando se consuela, y de la melomanía de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor, si en una noche serena se cura del mal de amor que llora y canta sin pena!

¡De los jardines secretos, de los pensiles soñados, y de los sueños poblados de propósitos discretos!

¡Ay del galán sin fortuna que ronda a la Luna bella; de cuantos caen de la Luna, de cuantos se marchan a ella!

¡De quien el fruto prendido en la rama no alcanzó; de quien el fruto ha mordido, y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero, y de su fe mal pagada, y, también, del verdadero amante de nuestra amada!

LA NORIA

La tarde caía triste y polvorienta.

El agua cantaba su copla plebeya en los cangilones de la noria lenta.

Soñaba la mula, ¡pobre mula vieja!, al compás de sombra que en el agua suena.

La tarde caía triste y polvorienta.

II

Yo no sé qué noble, divino poeta, unió a la amargura de la eterna rueda

la dulce armonía del agua que sueña, y vendó tus ojos, ¡pobre mula vieja!...

Mas sé que fué un noble, divino poeta, corazón maduro de sombra y de ciencia.

EL CADALSO

La aurora asomaba lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente sangraba tragedias pintarrajeadas con nubes grotescas. . . . . . . . . . . .

En la vieja plaza de una vieja aldea, erguía su horrible pavura esquelética el tosco patíbulo de fresca madera...

La aurora asomaba lejana y siniestra.

LAS MOSCAS

Vosotras las familiares, inevitables golosas, vosotras, moscas vulgares, me evocáis todas las cosas.

¡Oh viejas moscas voraces como abejas en Abril, viejas moscas pertinaces sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío en el salón familiar, las claras tardes de estío en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela raudas moscas divertidas, perseguidas por amor de lo que vuela,

que todo es volar... sonoras rebotando en los cristales, en los días otoñales... Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia, de mi juventud dorada; de esta segunda inocencia, que da en no creer en nada,

de siempre... Moscas vulgares, que de puro familiares no tendréis digno cantor, yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado, sobre el librote cerrado, sobre la carta de amor, sobre los párpados yertos de los muertos...

Inevitables golosas, que ni labráis como abejas, ni brilláis cual mariposas; pequeñitas, revoltosas, vosotras, amigas viejas, me evocáis todas las cosas.

ELEGÍA DE UN MADRIGAL

Recuerdo que una tarde de soledad y hastío, ¡oh tarde como tantas!, el alma mía era, bajo el azul monótono, un ancho y terso río que ni tenía un pobre juncal en su ribera.

¡Oh, el mundo sin encanto, sentimental inopia que borra el misterioso azogue del cristal! ¡Oh, el alma sin amores, que el Universo copia con un irremediable bostezo universal!

* * *

Quiso el poeta recordar, a solas, las ondas bien amadas, la luz de los cabellos, que él llamaba en sus rimas rubias olas. Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...

Y un día—como tantos,—al aspirar un día aromas de una rosa que en el rosal se abría, brotó como una llama la luz de los cabellos, que él en sus madrigales llamaba rubias olas; brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos... Y se alejó en silencio para llorar a solas.

ACASO...

Como atento no más a mi quimera, no reparaba en torno mío, un día me sorprendió la fértil primavera, que en todo el ancho campo sonreía.

Brotaban verdes hojas de las hinchadas yemas del ramaje, y flores amarillas, blancas, rojas, bariolaban la mancha del paisaje.

Y era una lluvia de saetas de oro el sol sobre las frondas juveniles; del amplio río en el caudal sonoro se miraban los álamos gentiles.

—Tras de tanto camino, es la primera vez que miro brotar la primavera, dije; y después, declamatoriamente:

—¡Cuán tarde ya para la dicha mía!— Y luego, al caminar, como quien siente alas de otra ilusión: Y todavía ¡yo alcanzaré mi juventud un día!

JARDÍN

Lejos de tu jardín quema la tarde inciensos de oro en purpurinas llamas, tras el bosque de cobre y de ceniza. En tu jardín hay dalias. ¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece la obra de un peluquero, con esa pobre palmerilla enana, y ese cuadro de mirtos recortados..., y el naranjito en su tonel... El agua de la fuente de piedra no cesa de reír sobre la concha blanca.

A UN NARANJO Y A UN LIMONERO VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte! Medrosas tiritan tus hojas menguadas. Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte con tus naranjitas secas y arrugadas!

Pobre limonero de fruto amarillo cual pomo pulido de pálida cera, ¡qué pena mirarte, mísero arbolillo criado en el verde tonel de madera!

De los claros bosques de la Andalucía, ¿quién os trajo a esta castellana tierra, que barren los vientos de la adusta sierra, hijos de los campos de la tierra mía?

¡Gloria de los huertos, árbol limonero, que enciendes los frutos de pálido oro, y alumbras del negro cipresal austero las quietas plegarias erguidas en coro;

y fresco naranjo del patio querido, del campo risueño y el huerto soñado, siempre en mi recuerdo maduro o florido, de fronda y aromas y frutos cargado!

HASTÍO

Sonaba el reloj la una dentro de mi cuarto. Era triste la noche. La Luna, reluciente calavera,

ya del cenit declinando, iba del ciprés del huerto fríamente iluminando el alto ramaje yerto.

Por la entreabierta ventana, llegaban a mis oídos metálicos alaridos de una música lejana.

Una música tristona, una mazurca olvidada, entre inocente y burlona, mal tañida y mal soplada.

Y yo sentí el estupor del alma, cuando bosteza el corazón, la cabeza, y... morirse es lo mejor.

NEVERMORE

La primavera besaba suavemente la arboleda, y el verde nuevo brotaba como una verde humareda.

Las nubes iban pasando sobre el campo juvenil... Yo vi en las hojas temblando las frescas lluvias de Abril.

Bajo ese almendro florido, todo cargado de flor —recordé,—yo he maldecido mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida, me he parado a meditar... ¡Juventud nunca vivida, quién te volviera a soñar!

II

Húmedo está, bajo el laurel, el banco de verdinosa piedra; lavó la lluvia, sobre el muro blanco, las empolvadas hojas de la hiedra.

Del viento del otoño el tibio aliento los céspedes undula, y la alameda conversa con el viento... ¡El viento de la tarde en la arboleda!

Mientras el Sol, en el ocaso, esplende, que los racimos de la vid orea, y el buen burgués, en su balcón, enciende la estoica pipa en que el tabaco humea,

voy recordando versos juveniles... ¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro? ¿Será cierto que os vais, sombras gentiles, huyendo entre los árboles de oro?

DE LA VIDA

(_COPLAS MUNDANAS_)

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.

Sin placer y sin fortuna, pasó como una quimera mi juventud, la primera..., la sola, no hay más que una: la de dentro es la de fuera.

Pasó como un torbellino, bohemia y aborrascada, harta de coplas y vino, mi juventud bienamada.

Y hoy miro a las galerías del recuerdo, para hacer aleluyas de elegías desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras, lágrimas que alegremente brotabais, como en la fuente las limpias aguas sonoras!

¡Buenas lágrimas vertidas por un amor juvenil, cual frescas lluvias caídas sobre los campos de Abril!

“No canta ya el ruiseñor de cierta noche serena; sanamos del mal de amor, que sabe llorar sin pena.”

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado, tengo en monedas de cobre el oro de ayer cambiado.

SOL DE INVIERNO

Es mediodía. Un parque. Invierno. Blancas sendas. Simétricos montículos y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero, naranjos en maceta, y en su tonel, pintado de verde, la palmera.

Un viejecillo dice para su capa vieja: “¡El sol, esta hermosura de sol!...” Los niños juegan.

El agua de la fuente resbala, corre y sueña, lamiendo, casi muda, la verdinosa piedra.

A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR

Te he visto, por el parque ceniciento que los poetas aman para llorar, como una noble sombra vagar envuelto en tu levita larga.

El talante cortés, ha tantos años compuesto de una fiesta en la antesala, ¡qué bien tus pobres huesos ceremoniosos guardan!

Yo te he visto aspirando distraído, con el aliento que la tierra exhala —hoy, tibia tarde en que las mustias hojas húmedo viento arranca,— del eucalipto verde

el frescor de las hojas perfumadas. Y te he visto llevar la seca mano a la perla que brilla en tu corbata.

CAMPOS DE CASTILLA

1912

_PRÓLOGO_

_En un tercer volumen, publiqué mi segundo libro,_ Campos de Castilla (1912). _Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada—allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba,—orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas—pensaba yo—de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer, entonces? Tejer el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir; sólo así podremos obrar el milagro de la generación. Un hombre atento a sí mismo y procurando auscultarse, ahoga la única voz que podría escuchar: la suya; pero le aturden los ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo? Pero nuestros ojos están cargados de razón, y la razón analiza y disuelve. Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, nuestra sola sombra proyectada en la escena. Y pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la suprema expresión de la poesía, y quise escribir un nuevo Romancero. A este propósito responde_ La tierra de Alvargonzález. _Muy lejos estaba yo de pretender resucitar el género en su sentido tradicional. La confección de nuevos romances viejos—caballerescos o moriscos—no fué nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmo me parece ridícula. Cierto que yo aprendí a leer en el Romancero general que compiló mi buen tío D. Agustín Durán; pero mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis._

_Muchas composiciones encontraréis ajenas a estos propósitos que os declaro. A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras, al simple amor de la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas—alguien dirá: perdidas—en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo._

A ORILLAS DEL DUERO

Mediaba el mes de Julio. Era un hermoso día. Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía, buscando los recodos de sombra, lentamente. A trechos me paraba para enjugar mi frente y dar algún respiro al pecho jadeante; o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante, y hacia la mano diestra vencido y apoyado en un bastón, a guisa de pastoril cayado, trepaba por los cerros que habitan las rapaces aves de altura, hollando las hierbas montaraces de fuerte olor—romero, tomillo, salvia, espliego.— Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas, con majestuoso vuelo, cruzaba solitario el puro azul del cielo.

Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo, y una redonda loma cual recamado escudo, y cárdenos alcores sobre la parda tierra —harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra;— las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero para formar la corva ballesta de un arquero en torno a Soria.—Soria es una barbacana hacia Aragón que tiene la torre castellana.— Veía el horizonte cerrado por colinas obscuras, coronadas de robles y de encinas; desnudos peñascales; algún humilde prado donde el merino pace y el toro arrodillado sobre la hierba rumia; las márgenes del río lucir sus verdes álamos al claro sol de estío; y, silenciosamente, lejanos pasajeros, ¡tan diminutos!—carros, jinetes y arrieros,— cruzar el largo puente, y bajo las arcadas de piedra ensombrecerse las aguas plateadas del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla. ¡Oh tierra triste y noble, la de los altos llanos y yermos y roquedas, de campos sin arados, regatos ni arboledas; decrépitas ciudades, caminos sin mesones, y atónitos palurdos sin danzas ni canciones, que aún van, abandonando el mortecino hogar, como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora. ¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada? Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira; cambian la mar y el monte y el ojo que los mira. ¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes, madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes. Castilla no es aquella tan generosa un día, cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía, ufano de su nueva fortuna y su opulencia, a regalar a Alfonso los huertos de Valencia; o que, tras la aventura que acreditó sus bríos, pedía la conquista de los inmensos ríos indianos a la corte; la madre de soldados, guerreros y adalides que han de tornar cargados de plata y oro a España en regios galeones, para la presa cuervos, para la lid leones. Filósofos nutridos de sopa de convento contemplan impasibles el amplio firmamento; y si les llega en sueños, como un rumor distante, clamor de mercaderes de muelles de Levante, no acudirán siquiera a preguntar: “¿Qué pasa?” Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.

Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.

El Sol va declinando. De la ciudad lejana me llega un armonioso tañido de campana. —Ya irán a su rosario las enlutadas viejas.— De entre las peñas salen dos lindas comadrejas; me miran, y se alejan huyendo, y aparecen de nuevo ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen. Hacia el camino blanco, está el mesón abierto al campo ensombrecido y al pedregal desierto.

POR TIERRAS DE ESPAÑA

El hombre de estos campos, que incendia los pinares y su despojo aguarda como botín de guerra, antaño hubo raído los negros encinares, talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares; la tempestad llevarse los limos de la tierra por los sagrados ríos hacia los anchos mares; y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, pastores que conducen sus hordas de merinos a Extremadura fértil, rebaños trashumantes que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido; los ojos de hombre astuto, hundidos, recelosos, movibles; y trazadas cual arco de ballesta, en el semblante enjuto de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea, capaz de insanos vicios y crímenes bestiales, que bajo el pardo sayo esconde un alma fea, esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza, guarda su presa y llora la que el vecino alcanza; ni pára su infortunio, ni goza su riqueza; le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero; al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, veréis agigantarse la forma de un arquero, la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta —no fué por estos campos el bíblico jardín:— son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

EL HOSPICIO

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano, el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas en donde los vencejos anidan en verano, y graznan en las noches de invierno las cornejas.

Con su frontón al Norte, entre los dos torreones de antigua fortaleza, el sórdido edificio de grieteados muros y sucios paredones es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!

Mientras el Sol de Enero su débil luz envía, su triste luz velada, sobre los campos yermos, a un ventanuco asoman, al declinar el día, algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,

a contemplar los montes azules de la sierra; o, de los cielos blancos, como sobre una fosa, caer la blanca nieve sobre la fría tierra, sobre la tierra fría la nieve silenciosa...

AMANECER DE OTOÑO

Una larga carretera entre grises peñascales, y alguna humilde pradera donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada por las gotas del rocío, y la alameda dorada, hacia la curva del río. Tras los montes de violeta quebrado el primer albor. A la espalda la escopeta, entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

NOCHE DE VERANO

Es una hermosa noche de verano. Tienen las altas casas abiertos los balcones del viejo pueblo a la anchurosa plaza. En el amplio rectángulo desierto, bancos de piedra, evónimos y acacias, simétricos dibujan sus negras sombras en la arena blanca. En el cenit, la Luna; y en la torre, la esfera del reloj iluminada. Yo en este viejo pueblo paseando solo como un fantasma.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Mirad: el arco de la vida traza el iris, sobre el campo que verdea. Buscad vuestros amores, doncellitas, donde brota la fuente de la piedra. En donde el agua ríe y sueña y pasa, allí el romance del amor se cuenta. ¿No han de mirar un día, en vuestros brazos, atónitos, el Sol de primavera, ojos que vienen a la luz cerrados, y que, al partirse de la vida, ciegan? ¿No beberán un día en vuestros senos los que mañana labrarán la tierra? ¡Oh; celebrad este domingo claro, madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas! Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre. Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas, y escriben en las torres sus blancos garabatos. Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas. Entre los robles muerden los negros toros la menuda hierba, y el pastor que apacienta los merinos su pardo sayo en la montaña deja.

CAMPOS DE SORIA

I

Es la tierra de Soria árida y fría. Por las colinas y las sierras calvas, verdes pradillos, cerros cenicientos, la primavera pasa, dejando entre las hierbas olorosas sus diminutas margaritas blancas.