Páginas escogidas

Part 1

Chapter 13,993 wordsPublic domain

PÁGINAS ESCOGIDAS

[Ilustración: Antonio Machado]

ANTONIO MACHADO

PÁGINAS ESCOGIDAS

[Ilustración]

MCMXVII CASA EDITORIAL CALLEJA FUNDADA EN 1876 MADRID

PROPIEDAD DERECHOS RESERVADOS

Copyright 1917, by CASA EDITORIAL CALLEJA

Imprenta de Bernardo Rodríguez.—Barquillo, 8.—Madrid.

_PRÓLOGO_

_Mi costumbre de no volver nunca sobre lo hecho y de no leer nada de cuanto escribo, una vez dado a la imprenta, ha sido causa en esta ocasión de no poco embarazo para mí. El presentar un tomo de PÁGINAS ESCOGIDAS me obligó, no sólo a releer, sino a elegir, lo que supone juzgar. ¡Triste labor! Porque un poeta, aunque desbarre, mientras produce sus rimas, está siempre de acuerdo consigo mismo; pero, pasados los años, el hombre que juzga su propia obra dista mucho del que la produjo. Y puede ser injusto para consigo mismo: si, por amor de padre, con exceso indulgente, también a veces ingrato por olvido, pues la página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado, sino lo poco que se ha conseguido._

_Si un libro nuestro fuera una sombra de nosotros mismos, sería bastante; porque frecuentemente es mucho menos: la ceniza de un fuego que se ha apagado y que tal vez no ha de encenderse más. Y en el caso mejor, cuando nuestro libro nos evoca nuestra alma de ayer con la viveza de algunos sueños que actualizan lo pasado, echamos de ver que, entonces, llevábamos a la espalda un copioso haz de flechas que no recordamos haber disparado y que han debido caérsenos por el camino. La tristeza de volver sobre nuestra obra no proviene de la conciencia de lo poco logrado, sino de lo mucho que renunciamos a acometer. Nuestra incapacidad para fallar con justicia en causa propia estriba también en la merma de simpatía por nuestra obra, y en la enorme distancia que media entre el momento creador y el crítico. En el primero coincidíamos con la corriente de la vida, cargada de realidades virtuales que acaso no llegan nunca a actualizarse, pero que sentimos como infinitamente posibles; en el segundo estamos fuera de esta misma corriente, y aun fuera de nosotros, obligados a juzgar, a encerrar y distribuir las vivas aguas en los rígidos cangilones de las ideas ómnibus, a evaluar en moneda corriente lo más ajeno a toda mercadería. Es muy frecuente—casi la regla—que el poeta eche a perder su obra al corregirla. La explicación es fácil: se crea por intuiciones; se corrige por juicios, por relaciones entre conceptos. Los conceptos son de todos y se nos imponen desde fuera en el lenguaje aprendido; las intuiciones son siempre nuestras. Juzgarnos o corregirnos, supone aplicar la medida ajena al paño propio. Y al par que entramos en razón y nos ponemos de acuerdo con los demás, nos apartamos de nosotros mismos; cuantas líneas enmendamos para fuera, son otras tantas deformaciones de lo íntimo, de lo original, de lo que brotó espontáneo en nosotros._

_El poeta debe escuchar con respeto la crítica ajena, porque el libro lanzado a la publicidad ya no le pertenece. Él lo entregó al juicio de los hombres, sin que nadie le obligase a ello. Asístele, sin embargo, el derecho de no ser demasiado dócil a admoniciones y consejos, y le conviene, sobre todo, desconfiar aun de sus propias definiciones. No se define en arte, sino en matemática—allí donde lo definido y la definición son una misma cosa.—Ante la crítica dogmática y doctrinera, aun la propia inepcia puede sonreír desdeñosa._

_Cabe, no obstante, pedir al hombre de un libro un juicio valorativo de su obra, un precio de su propia labor; cabe preguntarle: “¿En cuánto estima usted esto que nos ofrece en demanda de nuestra simpatía y de nuestro aplauso?” Responderé brevemente. Como valor absoluto, bien poco tendrá mi obra, si alguno tiene; pero creo—y en esto estriba su valor relativo—haber contribuído con ella, y al par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras._

ANTONIO MACHADO.

_Baeza, 20 de abril de 1917._

NOTA BIOGRÁFICA

Nací en Sevilla una noche de Julio de 1875, en el célebre palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, donde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juventud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de Lengua francesa, que profesé durante cinco años en Soria. Allí me casé; allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me trasladé a Baeza, donde hoy resido. Mis aficiones son pasear y leer.

SOLEDADES 1903

SOLEDADES, GALERÍAS Y OTROS POEMAS 1907

_PRÓLOGO_

_Las composiciones de este primer libro, publicado en Enero de 1903, fueron escritas entre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío, combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también admiraba al autor de_ Prosas profanas, _el maestro incomparable de la forma y de la sensación, que más tarde nos reveló la hondura de su alma en_ Cantos de vida y esperanza. _Pero yo pretendí—y reparad en que no me jacto de éxitos, sino de propósitos—seguir camino bien distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento. No fué mi libro la realización sistemática de este propósito; mas tal era mi estética de entonces._

_Esta obra fué refundida en 1907, con adición de nuevas composiciones que no añadían nada substancial a las primeras, en_ Soledades, galerías y otros poemas. _Ambos volúmenes constituyen en realidad un solo libro._

I

EL VIAJERO

Está en la sala familiar, sombría, y entre nosotros, el querido hermano que en el sueño infantil de un claro día vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas, un gris mechón sobre la angosta frente, y la fría inquietud de sus miradas revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales del parque mustio y viejo. La tarde tras los húmedos cristales se pinta, y en el fondo del espejo.

El rostro del hermano se ilumina suavemente. ¿Floridos desengaños dorados por la tarde que declina? ¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida? Lejos quedó—la pobre loba—muerta. ¿La blanca juventud nunca vivida teme que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro de la tierra de un sueño no encontrada, y ve su nave hender el mar sonoro, de viento y luz la blanca vela hinchada?

Él ha visto las hojas otoñales amarillas rodar, las olorosas ramas del eucaliptus, los rosales, que enseñan otra vez sus blancas rosas...

Y este dolor que añora o desconfía el temblor de una lágrima reprime, y un resto de viril hipocresía en el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea todavía. Nosotros divagamos. En la tristeza del hogar golpea el tic-tac del reloj. Todos callamos.

II

La plaza y los naranjos encendidos, con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales que al salir en desorden de la escuela, llenan el aire de la plaza en sombra con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil, en los rincones de las ciudades muertas!...

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía vemos vagar por estas calles viejas!

III

EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO

Tierra le dieron una tarde horrible del mes de Julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura, había rosas de podridos pétalos, entre geranios de áspera fragancia y roja flor. El cielo puro y azul. Corría un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido, pesadamente, descender hicieron el ataúd, al fondo de la fosa, los dos sepultureros...

Y al reposar sonó con recio golpe, solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían los pesados terrones polvorientos...

El aire se llevaba de la honda fosa el blanquecino aliento.

Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa; larga paz a tus huesos...

Definitivamente, duerme un sueño tranquilo y verdadero.

IV

RECUERDO INFANTIL

Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales.

Es la clase. En un cartel se representa a Caín fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco, truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil va cantando la lección: “Mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón.”

Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales.

V

Yo voy soñando caminos de la tarde. ¡Las colinas doradas, los verdes pinos, las polvorientas encinas!...

¿Adónde el camino irá? Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero... —La tarde cayendo está.—

“En el corazón tenía la espina de una pasión; logré arrancármela un día: ya no siento el corazón.”

Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando. Suena el viento en los álamos del río.

La tarde más se obscurece, y el camino, que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir: “Aguda espina dorada, ¡quién te pudiera sentir en el corazón clavada!”

VI

Hacia un ocaso radiante caminaba el Sol de estío, y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante, tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera de la cigarra cantora, el monorritmo jovial, entre metal y madera, que es la canción estival.

En una huerta sombría, giraban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía. Era una tarde de Julio luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino, absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa, toda desdén y armonía; hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!”

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente. Lejos, la ciudad dormía como cubierta de un mago fanal de oro transparente. Bajo los arcos de piedra, el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas, manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas. Yo caminaba cansado, sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente bajo los arcos del puente, como si al pasar dijera:

“Apenas desamarrada la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera, se canta: no somos nada. Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera.”

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría. (Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento, en la tarde a meditar... ¿Qué es esta gota en el viento que grita al mar: Soy el mar?

Vibraba el aire, asordado por los élitros cantores que hacen el campo sonoro, cual si estuviera sembrado de campanitas de oro.

En el azul fulguraba un lucero diamantino. Cálido viento soplaba, alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta, hacia la ciudad volvía. Sonaban los cangilones de la noria soñolienta. Bajo las ramas obscuras, caer el agua se oía.

VII

CANTE HONDO

Yo meditaba absorto, devanando los hilos del hastío y la tristeza, cuando llegó a mi oído, por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano, el plañir de una copla soñolienta, quebrada por los trémolos sombríos de las músicas magas de mi tierra.

... Y era el Amor, como una roja llama... —Nerviosa mano en la vibrante cuerda ponía un largo suspirar de oro que se trocaba en surtidor de estrellas.—

... Y era la Muerte, al hombro la cuchilla, el paso largo, torva y esquelética. —Tal cuando yo era niño la soñaba.—

Y en la guitarra, resonante y trémula, la brusca mano, al golpear, fingía el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo que el polvo barre y la ceniza aventa.

VIII

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones al Sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

¿No ves, en el encanto del mirador florido, el óvalo rosado de un rostro conocido?

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo, surge o se apaga como daguerreotipo viejo.

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso; se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella? No puede ser... Camina... En el azul la estrella.

IX

EL POETA

(En el libro _Epifanías_, de Martínez Sierra.)

Maldiciendo su destino, como Glauco, el dios marino, mira, turbia la pupila de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.

Él sabe que un Dios más fuerte con la substancia inmortal está jugando a la muerte, cual niño bárbaro. Él piensa que ha de caer como rama que sobre las aguas flota, antes de perderse, gota de mar, en la mar inmensa.

En sueños oyó el acento de una palabra divina; en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina sin odio ni amor, y el frío soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.

Bajo las palmeras del oäsis, el agua buena miró brotar de la arena; y se abrevó entre las dulces gacelas y entre los fieros animales carniceros...

Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor; y fué compasivo para el ciervo y el cazador, para el ladrón y el robado, para el pájaro azorado, para el sanguinario azor.

Con el Eclesiastes dijo: “Vanidad de vanidades, todo es negra vanidad”; y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades: “Sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.”

Y viendo cómo lucían miles de blancas estrellas, pensaba que todas ellas en su corazón ardían. ¡Noche de amor!... Y otra noche sintió la mala tristeza que enturbia la pura llama, y un corazón que bosteza, y un histrïón que declama.

Y dijo: “Las galerías del alma que espera están desiertas, mudas, vacías; las blancas sombras se van.”

Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado del ayer. ¡Cuán bello era! ¡Qué hermosamente el pasado fingía la primavera,

cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado, mísero fruto podrido, que en el hueco acibarado guarda el gusano escondido!

¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día, arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

X

¡Verdes jardinillos, claras plazoletas, fuente verdinosa donde el agua sueña, donde el agua muda resbala en la piedra!...

Las hojas de un verde mustio, casi negras, de la acacia, el viento de Septiembre besa, y se lleva algunas amarillas, secas, jugando, entre el polvo blanco de la sierra.

Linda doncellita que el cántaro llenas de agua transparente, tú, al verme, no llevas a los negros bucles de tu cabellera, distraídamente, la mano morena, ni, luego, en el limpio cristal te contemplas...

Tú miras al aire de la tarde bella, mientras de agua clara el cántaro llenas.

DEL CAMINO

I

Daba el reloj las doce..., y eran doce golpes de azada en tierra...

... ¡Mi hora!...—grité. El silencio me respondió:—No temas; tú no verás caer la última gota que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía sobre la orilla vieja, y encontrarás una mañana pura amarrada tu barca a otra ribera.

II

En la desnuda tierra del camino, la hora florida brota, espino solitario, del valle humilde en la revuelta umbrosa.

El salmo verdadero de tenue voz hoy torna al corazón y al labio, la palabra quebrada y temblorosa.

Mis viejos mares duermen; se apagaron sus espumas sonoras sobre la playa estéril. La tormenta camina lejos en la nube torva.

Vuelve la paz al cielo; la brisa tutelar esparce aromas otra vez sobre el campo, y aparece en la bendita soledad tu sombra.

III

¡Tenue rumor de túnicas que pasan sobre la infértil tierra!... ¡Y lágrimas sonoras de las campanas viejas!

Las ascuas mortecinas del horizonte humean... Blancos fantasmas lares van encendiendo estrellas.

—Abre el balcón. La hora de una ilusión se acerca... La tarde se ha dormido y las campanas sueñan.

IV

Algunos lienzos del recuerdo tienen luz de jardín y soledad de campo; la placidez del sueño en el paisaje familiar soñado.

Otros guardan las fiestas de días aún lejanos; figuritas sutiles que pone un titerero en su retablo... . . . . . . . . . . .

Ante el balcón florido está la cita de un amor amargo.

Brilla la tarde en el resol bermejo... La hiedra efunde de los muros blancos...

A la revuelta de una calle en sombra, un fantasma irrisorio besa un nardo.

V

Las ascuas de un crepúsculo morado detrás el negro cipresal humean... En la glorieta en sombra está la fuente con su alado y desnudo Amor de piedra, que sueña mudo. En la marmórea taza reposa el agua muerta.

GALERÍAS

INTRODUCCIÓN

Leyendo un claro día mis bien amados versos, he visto en el profundo espejo de mis sueños

que una verdad divina temblando está de miedo, y es una flor que quiere echar su aroma al viento.

El alma del poeta se orienta hacia el misterio. Sólo el poeta puede mirar lo que está lejos, dentro del alma en turbio y mago sol envuelto.

En esas galerías, sin fondo del recuerdo, donde las pobres gentes colgaron cual trofeo

el traje de una fiesta apolillado y viejo, allí el poeta sabe el laborar eterno mirar de las doradas abejas de los sueños.

Poëtas, con el alma atenta al hondo cielo, en la crüel batalla o en el tranquilo huerto,

la nueva miel labramos de los dolores viejos, la veste blanca y pura pacientemente hacemos, y bajo el Sol bruñimos el fuerte arnés de hierro.

El alma que no sueña, el enemigo espejo, proyecta nuestra imagen con un perfil grotesco.

Sentimos una ola de sangre en nuestro pecho que pasa..., y sonreímos, y a laborar volvemos.

I

Desgarrada la nube; el arco iris brillando ya en el cielo; y en un fanal de lluvia y sol el campo envuelto.

Desperté. ¿Quién enturbia los mágicos cristales de mi sueño? Mi corazón latía atónito y disperso.

... ¡El limonar florido, el cipresal del huerto, el prado verde, el Sol, el agua, el iris!... ¡El agua en tus cabellos!...

Y todo en la memoria se rompía, tal una pompa de jabón al viento.

II

Y era el demonio de mi sueño, el ángel más hermoso. Brillaban como aceros los ojos victoriosos, y las sangrientas llamas de su antorcha alumbraron la honda cripta del alma.

—¿Vendrás conmigo?—No, jamás; las tumbas y los muertos me espantan.— Pero la férrea mano mi diestra atenazaba.

—Vendrás conmigo...—Y avancé en mi sueño, cegado por la roja luminaria. Y en la cripta sentí sonar cadenas y rebullir de fieras enjauladas.

III

Desde el umbral de un sueño me llamaron... Era la buena voz, la voz querida.

—Dime: ¿vendrás conmigo a ver el alma?... Llegó a mi corazón una caricia.

—Contigo siempre... Y avancé en mi sueño por una larga, escueta galería, sintiendo el roce de la veste pura y el palpitar süave de la mano amiga.

IV

SUEÑO INFANTIL

Una clara noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños, noche de alegría

—era luz mi alma, que hoy es bruma toda, no eran mis cabellos negros todavía,—

el hada más joven me llevó en sus brazos a la alegre fiesta que en la plaza ardía.

So el chisporroteo de las luminarias, Amor sus madejas de danzas tejía.

Y en aquella noche de fiesta y de luna, noche de mis sueños, noche de alegría,

el hada más joven besaba mi frente..., con su linda mano su adiós me decía...

Todos los rosales daban sus aromas, todos los amores Amor entreabría.

V

Si yo fuera un poeta galante, cantaría a vuestros ojos un cantar tan puro como en el mármol blanco el agua limpia.

Y en una estrofa de agua todo el cantar sería:

“Ya sé que no responden a mis ojos, que ven y no preguntan cuando miran, los vuestros claros; vuestros ojos tienen la buena luz tranquila, la buena luz del mundo en flor, que he visto desde los brazos de mi madre un día.”

VI

Llamó a mi corazón un claro día, con un perfume de jazmín, el viento.

—A cambio de este aroma, todo el aroma de tus rosas quiero. —No tengo rosas; flores en mi jardín no hay ya: todas han muerto.

—Me llevaré los llantos de las fuentes, las hojas amarillas y los mustios pétalos. Y el viento huyó... Mi corazón sangraba... Alma, ¿qué has hecho de tu pobre huerto?

VII

Hoy buscarás en vano a tu dolor consuelo. Lleváronse tus hadas el lino de tus sueños.

Está la fuente muda, y está marchito el huerto. Hoy sólo quedan lágrimas para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!

VIII

Y nada importa ya que el vino de oro rebose de tu copa cristalina, o el agrio zumo enturbie el puro vaso...

Tú sabes las secretas galerías del alma, los caminos de los sueños y la tarde tranquila donde van a morir... Allí te aguardan

las hadas silenciosas de la vida, y hacia un jardín de eterna primavera te llevarán un día.

IX

¡Tocados de otros días, mustios encajes y marchitas sedas; salterios arrumbados, rincones de las salas polvorientas;

daguerreotipos turbios, cartas que amarillean; libracos no leídos que guardan grises florecitas secas:

romanticismos muertos, cursilerías viejas, cosas de ayer que sois mi alma, y cantos y cuentos de la abuela!...

X

La casa tan querida donde habitaba ella, sobre un montón de escombros arruinada o derruída, enseña el negro y carcomido maltrabado esqueleto de madera.

La Luna está vertiendo su clara luz en sueños, que platea en las ventanas. Mal vestido y triste, voy caminando por la calle vieja.

XI

Ante el pálido lienzo de la tarde, la iglesia con sus torres afiladas y el ancho campanario, en cuyos huecos voltean suavemente las campanas, alta y sombría, surge.

La estrella es una lágrima en el azul celeste. Bajo la estrella clara, flota, vellón disperso, una nube quimérica de plata.

XII

Tarde tranquila, casi con placidez de alma, para ser joven, para haberlo sido cuando Dios quiso, para tener algunas alegrías... lejos, y poder dulcemente recordarlas.

XIII

Yo, como Anacreonte, quiero cantar, reír y echar al viento las sabias amarguras y los graves consejos;

y quiero, sobre todo, emborracharme; ya lo sabéis... ¡Grotesco! Pura fe en el morir, pobre alegría y macabro danzar antes de tiempo.

XIV

¡Oh tarde luminosa! El aire está encantado. La blanca cigüeña dormita volando, y las golondrinas se cruzan, tendidas las alas agudas al viento dorado, y en la tarde risueña se alejan volando, soñando...

Y hay una que torna como la saeta, las alas agudas tendidas al aire sombrío, buscando su negro rincón del tejado.

La blanca cigüeña, como un garabato, tranquila y disforme, ¡tan disparatada!, sobre el campanario.

XV

Es una tarde cenicienta y mustia, destartalada, como el alma mía; y es esta vieja angustia que habita mi usual hipocondría.

La causa de esta angustia no consigo ni vagamente comprender siquiera; pero recuerdo y, recordando, digo: —Sí; yo era niño, y tú mi compañera.

XVI

Y no es verdad, dolor, yo te conozco; tú eres nostalgia de la vida buena y soledad de corazón sombrío, de barco sin naufragio y sin estrella.