Part 7
Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro. Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a las vacas les tenía "un potito de miedo". A los carneros ya era otra cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había sentido por ellos más que amor y veneración.
--Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.
Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarle en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó que estaba cansadísimo, y hubo que auparle de nuevo. Acercóle su padre a un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía "un potito de miedo". Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle por el rabo como había formalmente prometido, pero el grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su padre.
--Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó éste riendo.
--Tú, tú...; cógelo tú, papá.
--Yo tengo miedo.
--No, tú no tienes miedo.
--Y tú, ¿lo tienes?
Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les tenía "un potito de miedo".
Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico del becerro. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar por su hijo, que iba abontonando hierba sobre él con vigor y crueldad que nadie esperara en él. Mas, a lo mejor de la operación, su papá daba una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno cuerpecito; tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él, no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos apasionados.
Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábale con arrebato y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos, murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado:
--¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu papá? Dí, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti, trabajo y trabajaré hasta morir. ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me haces, criatura!
El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre, esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara su padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un soplo:
--Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo digas, ¿eh?
Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.
Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al río.
--Chucho, ¿vienes conmigo al baño?
¡Cielo santo, qué felicidad!
Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre le causaba algunas lágrimas, porque no podía llevarle consigo a causa de la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa. El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la sombrilla.
El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este manto; desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro y profundo de los robles y negrillos.
Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarle a todo. Gozaba en verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo tropezó nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo, caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo, que estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y lo volcó. ¡Cristo Padre, qué gritos! Allí acudió Fresnedo corriendo, y lo levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros, porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la cara.
Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente. Aunque con gran sentimiento, renunció a quella caza difícil y se dedicó a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles: _Anita, anita de Dios, abre las alas y vete con Dios_, precioso conjuro que le había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de conocimientos.
Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas, orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes. Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso. Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban pasar los rayos del sol, que aun lucía vivo y ardiente. Allí gozaba Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un zagalillo a quien sus padres encomendaban el cuidado del ganado en el monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura!
Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres, deliciosos.
Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped "reposando el calor", y al fin se decidió aquél a ir despojándose poco a poco de la ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela, de las que llegaban a sus oídos en Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:
--¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?
Chucho se contentaba con reir, como diciendo:
¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo cada vez que intentan meterme en el agua!
Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la cara de su "Chipilín", le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la sábana. Pero Chucho no estaba conforme y comenzó a gorjear, mientras tiraba de la sábana con sus manecitas, "que su papá tenía pelo en el cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía..."
--Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se habla de eso. Los niños no hablan de eso.
--¿Y por qué no hablan los niños de eso?
Fresnedo no contestó.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.
El comerciante quiso distraerle hablándole de otra cosa, pero Chucho no acudió al engaño.
--¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de curiosidad.
--Porque no está bien--respondió.
--¿Y por qué no está bien?
--¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.
Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.
--Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las tres!
Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto, de cabeza al pozo con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.
--¡Mira, Chucho! ¡Mira!
Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.
--Mira, mira ahora.
Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.
--Verás ahora: voy a nadar como los perros.
Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.
¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades aprendidas en la niñez!
Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía uno solo de sus movimientos.
--¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos inocentes de su hijo le producían.
El niño guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos natatorios de su padre.
--Vamos, dí, Chipilín, ¿quién te quiere?
--Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de contemplarle atentamente.
Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y dárselo a sí mismo.
--Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?
¡Ya lo creo que quería!
¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los animales acuáticos que a los terrestres!
Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla. Como le faltase el aliento, subió a respirar.
--Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.
--¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño, que no dejaba escapar un modismo sin hacer que se lo explicasen.
--Quiero decir que ya la cogeré.
Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando paraba un instante; pero al acercar su manecita, la trucha daba un salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un mismo tiempo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente contemplándole.
--¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola, tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?
--Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.
El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes había visto. La muerte feroz y traidora le aguardaba dentro. Metió el brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el infeliz.
Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente naturalidad:
--¡Papá, sal!
El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más energía:
--¡Papá, sal!
Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar. Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:
--¡Sal, papá, sal!
Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes, hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada instante se figuraba ver salir a su padre.
Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente. Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él. La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la cola y suspenderla.
Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría. Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a gritar, llorando:
--¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!
El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.
--Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura bebiendo lágrimas.
Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del ganado o algún mugido lejano. El río seguía murmurando suavemente su eterna queja.
Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:
--Tata, quero agua.
Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la obscuridad que reinaba.
--¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces.
La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella. Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
--¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa. ¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allí en el fondo del pozo, hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el brazo para acudir a su llamamiento.
No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, cayó otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.
RIVERITA
Esta novela y la que sigue _Maximina_, forman en realidad una sola. Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas títulos diferentes. Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos pasados, las novelas en varios volúmenes.
Algunas personas han creído que estas dos novelas constituían una autobiografía. Es un error. En la fábula nada hay que se parezca a mi vida: sólo algunas escenas he extraído de ella. Pero en lo que se refiere a los caracteres, debo confesar que están más en lo cierto. El principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni la muerte ni el tiempo han podido separarlo.
En la hora más aciaga de mi existencia me prometí darlo a conocer al mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato quedó lejos del original. Al publicarse en los Estados Unidos la traducción inglesa de Maximina, un crítico preguntaba:--"¿Dónde habrá podido hallar Valdés el modelo de ese tipo ideal?" Y mi corazón se desgarraba de dolor al leer estas palabras porque la realidad había sido muy superior a la pintura. Hay cosas que es imposible transmitir ni al oído ni al papel, y en esas cosas inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carácter singular.
Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido que esta novela ha hecho derramar muchas lágrimas. Una señora me dijo en cierta ocasión:--"La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta."
No otra cosa me había propuesto al escribirlo. Todas esas lágrimas las ofrezco como tributo de admiración al ser que como una visión celestial no ha causado más disgusto que el de su desaparición.
UNA CORRIDA DE TOROS
Julita soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el gabinete de Miguel. "¿De qué se reirá aquella loca?" se preguntó éste sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.
--¡Miguel! ¡Miguel!--gritó su hermana desde el pasillo--. Ven aquí, por Dios; ¡mira, por tu vida!
Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vió a su primo Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro, pantalón ceñido y bota de charol. El complemento del traje era un vara en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.
Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.
--La cosa no merece tanta risa--concluyó por decir el primo amostazado.
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.
--¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre?
--No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo allí el traje...
--Pues si te ve, de fijo le da un sincope. ¿Y a qué asunto te has vestido hoy de chulo?
--¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?
--¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?
--¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A eso venía, a ver si quieres ir conmigo.
--Hombre--dijo indeciso--, no soy muy aficionado a los toros; pero el Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?
--Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas; pero estamos cerca.
--¡Ay, llévame, Miguel!--exclamó Julita saltándole al cuello--. Llévame a los toros.
--¿Tienes deseo?
--¡Muy grande! Los toros me encantan.
--¡Eso, eso!--gritó Enrique entusiasmado--. Tú eres española de pura raza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita!
Y lo arrojó al suelo.
Julita no se anduvo con melindres. Tomó la galantería al pie de la letra y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.
--Está visto que contigo no se puede ser galante--dijo de mal humor mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.