Part 15
Produjo en los presentes aquella valentía rumores de entusiasmo, y en el señor cura cierta expresión de asombro placentero. Con ella en la cara, dió por terminado el asunto y se volvió á la iglesia, á donde le siguieron los mozos triunfadores en la puja, y se dispuso á seguirle la gente del portal.
Que no le siguió por de pronto, porque aparecieron en él, por el boquete del norte, dos _penitentes_, cuya inesperada presencia allí suspendió los ánimos de todos. Vestían luengas túnicas muy bastas, con alta caperuza y muy caído antifaz: iban descalzos, embarrados los pies y los vestidos, y llevaban á cuestas sendas cruces de madera en bruto, muy grandes y de mucho peso. No era extraño el suceso en toda la comarca, ni nuevo en aquella iglesia; pero sí poco frecuente. Según algunos forasteros, que por curiosidad los acompañaban desde su pueblo, cuyo sagrario habían visitado ya, los penitentes llevan _andadas_ á aquellas horas seis estaciones; es decir, recorridos seis pueblos, que nombraron; y esto lo sabían los relatantes por otros curiosos que los habían seguido hasta el de ellos. Lo que no se sabía á punto fijo era de qué lugar procedían, ni quiénes eran, ni por qué pecado hacían aquella dura penitencia, que debió de comenzar por la mañana y no podía terminar sino bien entrada ya la noche. Nadie los había visto comer, ni beber, ni descansar, ni siquiera ponerse _á subio_ para defenderse de los chubascos y granizadas que habían caído alrededor del mediodía.
Llegaban, pues, muy quebrantados de fuerzas, y bien se les conocía en el andar y, sobre todo, cuando subieron los escalones del pórtico para entrar en la iglesia.
Tras ellos se fué toda la gente que había fuera, y vió cómo la de adentro, muy admirada y respetuosa, les iba abriendo paso hasta las gradas del monumento, donde se postraron de rodillas, uno á cada lado de la cruz, sin aliviar los hombros del peso de las suyas.
Mientras oraban allí venerando al sacramento, se iba formando la procesión que había de seguir su carrera acostumbrada alrededor de la iglesia, por el camino más largo y dificultoso: una _cambera_ desnivelada y áspera, festoneada, á trechos, de bardales, mimbreras y saúcos que ya empezaban á reverdecer. Todo este camino había de recorrerse sin descanso alguno; y en eso estaba el toque de la puja entre los bravos mozos para conducir los pasos, especialmente el de «los judíos».
Salió al fin la procesión, haciendo cabeza de ella un hombre descalzo, revestido con un alba de desecho, envueltas en un lienzo blanco la cara y la cabeza, y con un gran crucifijo alzado. Á este personaje le llamaban allí el _fariseo_. Detrás de él iba el paso de «los judíos», cuyas andas crujían con el peso de las tres esculturas, mal aseguradas al tablado por largos tutores de hierro que á menudo rechinaban en sus hembrillas roñosas. Después, y á una regular distancia, iba la virgen; y entre este paso y los niños de la escuela que precedían al sacerdote y sus acompañantes, se colocaron los dos penitentes, hecha ya su visita al monumento. La masa de feligreses cerraba la procesión, que fué entrando poco á poco en su carrera.
De las viviendas inmediatas y de las callejas y senderos que confluían en aquel punto, iban saliendo apresuradamente los últimos rezagados del lugar é incorporándose á la piadosa comitiva: las mujeres cubriéndose la cabeza con un pañuelo ó con el chal de gala, y los hombres vistiéndose la chaqueta de los domingos. Las casas quedaban desiertas, los animales recogidos y los hogares apagados; y, como la vasta campiña y la brumosa cordillera y el cielo mismo, sombrío y anubarrado, todo en silencio, inmóvil y melancólico. Todo parecía sumido en hondas meditaciones y pendiente de los salmos que entonaba el pobre cura de aldea, con voz trémula y fatigosa, únicos sonidos que se percibían en toda la extensión de aquel grandioso escenario de la naturaleza entristecida y solitaria.
Según andaba lentamente la procesión, disgregábanse, de tarde en cuando, de la masa del fervoroso cortejo hombres y mujeres, que por las laderas altas del camino se adelantaban hasta los pasos; y por lo tímido del andar, lo respetuoso del continente y lo anhelante de la mirada, en cuanto la fijaban en ellos, no parecía sino que buscaban en aquella representación tangible, viva, de lo que allí se conmemoraba, una fuerza imaginativa más poderosa que la de sus meditaciones: en la sangre que corría por las espaldas de Jesús á los golpes de sus verdugos, en la que goteaba de las heridas abiertas por las espinas de su corona y en la cuerda que ataba sus manos, como las de un criminal, la magnitud del sacrificio del hijo de Dios por amor á sus criaturas, á las mismas que tan despiadadamente le atormentaban; en la faz amargurada de la virgen-madre, la intensidad de sus inenarrables angustias y dolores; y ¡quién sabe si del logro de sus piadosos deseos; de haber visto y sentido, por este medio, cuanto anhelaban ver y sentir entonces, nacía aquella singular expresión de sus ojos al fijarlos después en los dos penitentes desconocidos que iban arrastrando pesada cruz de pueblo en pueblo en alivio de sus propias culpas, que tal vez eran leves, y en desagravio del redentor del mundo, tan ofendido por la soberbia y la ingratitud de los hombres?
La crítica mundana, que se paga mucho de la superficie y del aparato teatral de las cosas, ¡cuánto hubiera hallado merecedor de sus burlas en aquel espectáculo tan desprovisto de primores del arte y de las pompas del lujo! Y, sin embargo, allí, en la traza _risible_ de los dos penitentes y bajo el pobre y abigarrado aspecto de aquel apiñado concurso de honrados campesinos, que sabían descubrir la realidad del dolor en las imperfectas imágenes, y sentirle y llorarle en sus corazones, se guarecía, como en su propio albergue, la fe sin nubes, sencilla, profunda y arraigada; la fuerza poderosa que traslada los montes, redime los pueblos y dignifica los hogares.
Cuando la procesión volvió á la iglesia, los fieles todos cayeron de rodillas, y dirigidos por el cura, elevaron á Dios una plegaria de perdón. ¡Y era cuanto había que oir aquel coro de voces de todos los matices imaginables, nutrido, concordado, llenando, clamoroso y resonante, los ámbitos del templo! Escena verdaderamente sublime, así por la ocasión como por la grandeza de su sencillez.
Tan pronto como la iglesia volvió á quedar en silencio, salieron de ella los dos penitentes, ya cerca del anochecer; y tomando el camino de la Vega, se les vió desaparecer muy pronto en una de sus hondonadas, seguidos por algunos muchachos que no tardaron en volverse por miedo á la noche que ya estaba encima, y de las bendiciones de la gente que admiraba su piedad heroica y aplaudía su ejemplo edificante.
Marzo 30, 1900.
[Ilustración]
Á MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO
[Ilustración]
Á MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO
_De cómo se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañesa, enclavada en un repliegue de lo más enriscado de la cordillera cantábrica._
Querido Marcelino: Si no estorba en el libro que se está imprimiendo en honor tuyo; si no te parece que resultará nota discordante en su concertada seriedad, ayúdame á conseguir que se publique el contenido de las adjuntas cuartillas en la última de sus páginas, fuera, si quieres, de los dominios del índice, y aun á espaldas del mismo colofón; en lo más recóndito, en suma, donde nadie más que tú se entere de ello. Lo que importa, por el lado de mis ardientes deseos, es que no falte un pobre ramajo de los laureles de mi huerto en la corona que hoy se teje para ti; porque no puedo resignarme á que, cuando tus admiradores tratan de elevar un monumento á tu gloria, deje de contribuir á él con su modesta pedrezuela precisamente el que más te admira y más te quiere, por mucho que te admiren y te quieran los demás. Al fin y al cabo, y bien apuradas las razones, dentro cae del programa de ese libro el humilde tributo que te ofrezco para él, pues es fruto, aunque trivial y sin substancia, de mi propia _investigación_, y de asunto, no solamente español, sino de ésta nuestra tierra nativa de la montaña... En fin, «con verlo basta», y allá va, sin adobos ni arrequives, y tal como consta, seis años hace, en mi cartera de apuntes.
* * * * *
«Lo que puede llamarse cortejo nupcial, compuesto de lo más espigado y rozagante de la juventud del pueblo, _ellas_ con panderetas muy adornadas de cintajos y cascabeles, y muchos de _ellos_ con escopetas al hombro, y todas y todos con lo mejor de sus equipos á cuestas, se ha ido formando, desde la salida del sol, junto á la casa de la novia; y en cuanto ésta y el novio, acompañados de los padrinos, aparecen en el umbral de la puerta, las mozas la saludan con un cantar alusivo al caso, y los mozos con una explosión de relinchos... y una descarga cerrada.
«Puestos en marcha todos, en debida y ordenada formación camino de la iglesia, al andar lento y balanceado que marca y determina el incesante y monótono golpear en los parches de las panderetas, las mozas van cantando á los novios, y al señor cura, y á los padres de los novios, y á los padrinos del casamiento, y á cuantas personas de algún viso en el lugar formen en la comitiva ó recuerden las cantadoras. Los mozos responden algunas veces á los cantares de las mozas con otros bien relinchados al remate, y los que llevan escopetas hacen salvas á menudo. Así hasta la iglesia por el camino más largo, con notorio regocijo de las gentes, que abren puertas y ventanas para ver pasar la boda, y acrecentándose el cortejo á cada instante con los muchachos desocupados y las chicuelas tentadas de la curiosidad; camino siempre de flores y sin tropiezos... menos cuando es forastero el novio; porque, en este caso, tiene esta primera jornada de la fiesta una variante no poco original y muy curiosa. Sucede entonces que á lo mejor de andar la boda este camino, aparecen en él, saliendo de ésta y de la otra encrucijada, hasta media docena de mocetones, dando brincos y haciendo corcovos, aullando, relinchando y disparando las escopetas, con el estruendo y la traza temerosa de una horda de salvajes. Echan el alto á la procesión, y se apoderan de la novia, que desde aquel instante queda secuestrada ó, como ellos dicen, _empeñada_, sabiendo muy bien todos los presentes, y el pueblo y la comarca entera, que aquella boda no se celebrará «en jamás de los jamases», si el novio, ó en su defecto el padrino, no _desempeña_ á la novia con la cantidad de tres duros, que han de gastarse después en honra de los recién casados y provecho de la gente moza, la cual da, á este precio y de ese modo, carta de ciudadanía en el lugar al novio forastero.
«Cuando la novia, rescatada ó no, ha llegado á la puerta de la iglesia, la _echan_ las zagalas de la comitiva este cantar:
Al tomar agua bendita Despídete, compañera: El primero de casada Y el último de soltera.
«Donde se ve que no anduvo la musa cerril muy atenta á enlazar el sentido de los dos últimos versos del cantar con el de los anteriores.
«Después de las ceremonias de ritual y de la misa, en que comulgan los novios, ya «amarrados al yugo pa sinfinito», vuelta á la calle la procesión, con nuevos cánticos de las mozas, al mismo andar del son cadencioso de las panderetas, y con los propios relinchos de los mocetones y las propias salvas de las escopetas de antes.
«Esta vez se dirige la pintoresca y alegre comparsa al domicilio del novio; es decir, al de sus padres; y en cuanto llega á él entre la vibrante curiosidad del vecindario de la barriada, detiénese enfrente de la puerta, y cantan las infatigables mozas de este modo:
Señora doña... Fulana, Salga á recibir su nuera, Y trátela con cariño Y tenga cuidado de ella.
«Y la invocada suegra, vestida con los trapos domingueros, y descolorida por la emoción que es de suponerse, sale, en efecto, y toma de la mano á su nuera, bésala en una mejilla, y la conduce á su casa, á donde la siguen primeramente el novio y los padrinos, y después todo el cortejo, si cabe adentro, y aunque no quepa muy holgado. Entonces, puesta en orden la muchedumbre en la pieza más grande y de mayor respeto, y cada cual en el sitio que le corresponde según el papel que desempeñe en aquella verdadera solemnidad, los recién casados se arrodillan delante de la conmovida mujer, que permanece á pie firme, y la dicen:
«--Le pedimos el su perdón, si la hemos ofendido en algo.
«Á lo que responde ella:
«--Perdonados estáis.
«Y les tiende las manos para que se levanten.
«En seguida se encara con ella el padrino, y le pregunta:
«--¿Qué señala usté por arras á su nuera?
«Y responde la suegra:
«--Tal ó cual finca, tal ó cual res, ó vestido, ó mueble, etc., etc.
«El padrino entonces, vuelto hacia lo que pudiera llamarse público congregado allí, dice:
«--Vosotros sois testigos de esta manda.
«En seguida cantan las mozas al son de sus panderetas:
Á la novia en este día Dios la dé salud y hacienda Y trigo para su año, Y después la gloria eterna.
«Con esto salen de la casa las gentes que la habían invadido, novios inclusive, y, ya en la calle, _echan_ las cantadoras esta despedida:
La casa queda de luto; Las tejas quieren llorar; Adentro quedan los padres Que las pueden consolar.
«Es muy de notarse que aunque viva el _suegro_ y esté presente al acto, siempre se dirigen los novios á la _suegra_ para que se les perdone, y el padrino cuando pide las arras para la novia.
«Á casa de los padres de ésta vuelve ahora la comitiva, con los cánticos, los relinchos y las salvas de rigor; y en cuanto llegan á ella, cantan las mozas de esta suerte:
Ábranse las puertas de oro Y los candados de plata, Que aquí viene don... Fulano Con la su paloma blanca.
«Y se abren las puertas, que no suelen ser de oro ni tener candados de plata, y entran en la casa los novios, sus parientes y padrinos, y las mozas del acompañamiento. Allí les espera la mesa puesta y preparada la comida de bodas, que ha de presidir el señor Cura, y de la que no participarán entonces las cantadoras, las cuales se limitarán á presenciar el acto... y á cantarle.
«Cuando esta primera parte de él se da por terminada, se levanta el padre de la novia, y encarándose con ella y con su marido, los bendice por despedida en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; responden todos los presentes: «Amén»; y con esto y una breve exhortación del señor cura al despedirse también, queda la mesa abandonada por la gente grave. Entonces es cuando se arriman á ella las zagalonas de las panderetas; se llama á los mozos, que aún relinchan en la corralada, y comienza el verdadero jolgorio, que no termina hasta las altas horas de la noche, si antes no se rinden los comensales al peso de la hartura y al quebranto de los bailoteos, como suele acontecer».
* * * * *
Tal es mi ofrenda. Ya ves que, aunque mezquina, cae dentro de las exigencias del programa, y, además, ¡caso inaudito! te enseña algo que tú no sabías, con saber tanto como sabes. De todas suertes, y aun suponiendo que en mi mano estuviera ofrecerte cosa mejor, todo había de parecerme poco y malo al pensar en la magnitud y alteza de su destino.
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