Orígenes de la novela, Tomo III
Part 32
Atento Feliciano de Silva, como novelista de oficio que era, á dar variedad á su libro con todo género de salsas é ingredientes, introdujo el ridículo episodio pastoril de Acays y Filinides, que es una de las primeras apariciones del bucolismo en la novela castellana[379], y remedó la media lengua de los negros de Guinea en los coloquios de dos esclavos, Zambrán y Boruca. Esta segunda novedad tuvo más éxito que la primera y fué imitada por muchos. No faltan, por supuesto, en este centón (que de tal puede calificarse la _Segunda Celestina_) bastantes versos menos que medianos, y varios cuentos, de los que sólo merece recordarse por su interés _folklórico_ la siguiente versión de una de las parábolas más conocidas del _Barlaam y Josafat_[380]: «Pues has de saber que un rey mandó á un sabio que enseñara á un hijo suyo dende que nasció adonde no viese más que al sabio, y despues que ya hombre llevólo adonde pasaban muchas cosas, y pasando unos y otros y el hijo del rey preguntando cada cosa qué era y el sabio diciéndoselo, pasaron unas mujeres muy hermosas, y preguntó el hijo del rey qué cosa era aquello, y el sabio dijo que diablos, pues tales hacían á los hombres; y respondió el hijo del rey: si éstos son diablos, yo quiero que me lleven á mí. Y así, señora, me lleva tú á mí si eres diablo, que yo por ángel te tengo». (Pág. 373).
El estilo de esta _comedia_ es muy desigual, como en todas las obras de Feliciano de Silva. Excelente á veces, sobre todo en las reposadas pláticas de Celestina con el arcediano viejo y cou su ama Zenarra; pintoresco y expresivo, pero arrufianado y soez, en las escenas de mancebía y taberna, es alambicado, sutil, ridículamente hinchado y á ratos ininteligible cuando el autor quiere remontar su rastrera pluma á las etéreas regiones, para él vedadas, de la poesía y del sentimiento. Ya desde el primer folio nos encontramos con aquellas _entrincadas_ razones, que parecían de perlas á D. Quijote. Dice así el enamorado Felides: «Oh amor, que no hay razon en que tu sinrazon no tenga mayor razon en sus contrarios! Y pues tú me niegas, con tus sinrazones, lo que en razon de tus leyes prometes, con la razon que yo tengo para amar á mi señora Polandria, para ponerte á ti y casarte con la razón que en ti contino falta, el consejo que tú niegas en mi mal quiero pedir á mi sabio y fiel criado Sigeril». (Pág. 8). De este modo suelen expresar el amor los personajes de la pieza cuando quieren hablar por lo fino.
Dice Gallardo[381] que «leyendo esta obra salta continuamente á la memoria el nombre de Cervantes, unas veces por expresiones que él usa mucho y aquí estaban ya usadas á menudo: _para mi santiguada, andaos á decir donaires, entendérsele á alguno de alguna cosa ó de achaque de alguna cosa_, ya por tal cual peloteo de palabras al símil de la _razón de la sinrazón_». Esto último no se puede negar, pero burlarse del estilo de un autor es precisamente lo contrario de imitarle. En cuanto á las demás expresiones que se citan, pertenecen al vocabulario común del siglo XVI y no al particular de nadie. Tenemos, pues, por quimérica esta influencia lingüística de Feliciano de Silva en Cervantes, escarmentados como estamos por la facilidad con que Gallardo y otros eruditos de su escuela descubrían _á tiro de ballesta_ cervantismos en todos los libros que topaban[382].
Tampoco creemos que tuviese razón el insigne erudito en suponer que la escena de la _Segunda Celestina_ pasa en Salamanca. Cuando él, tan conocedor de aquella ciudad, donde había hecho sus estudios, no acertó á encontrar más alusión local que la _Horca del Teso_, que según él corresponde «á un altillo que en el día llaman el Teso de la Feria» (como si la voz _teso_, en el sentido de cima de un cerro ó collado, no fuese genérica y usada en todas partes), poca fuerza podemos dar á esta conjetura, que se aviene muy mal con los varios pasajes en que se hace referencia al mar como presente ó muy vecino. Dice Celestina á Felides en la vigésimaoctava _cena_: «Que tú vayas esta noche allá á la una, y por una escala puedes entrar _á la parte que la mar bate en el jardín_, y él está tan apartado, que sin que se pueda oir, puedes cabe las rejas de dentro hacer las señas tañendo y cantando para hacer parar las aguas y venir las piedras con las aves, junto con el corazón de Polandria, á te oir». (Pág. 328). Va en efecto Felides á la cita amorosa, y dice á uno de sus criados: «Llega, Corniel, y pon aquí el escala _cabe la mar_». (Pág. 355). Luego canta un romance que principia así:
La luna resplandecía, El cielo estaba estrellado, Los árboles se bullían Con el aire delicado, _Con golpes de los riberas Del sordo mar concertado_...
«_Polandria._--Oh válame Dios, qué suavidad de voz y qué garganta; y _con el son del ruido de las ondas del mar_ y el regocijo delicado de los aires en los cipreses, como él dice, no parece sino cosa divina». (Págs. 356-357).
«_Polandria._--Hermosa noche hace, y gloria es estar debajo de la sombra de estos cipreses, á _los frescos aires que vienen regocijando las aguas marinas por encima de los poderosos mares_». (Pág. 498).
Parece que nada de esto puede aplicarse al Tormes. Sin duda Feliciano de Silva, aunque nacido tan cerca de sus riberas, se acordaba más bien de Sevilla y de Sanlúcar, donde pasó su juventud como paje de los condes de Niebla. Ciertos personajes picarescos, y aun la especie de germanía que usan, pueden ser indicio de esto.
La _Segunda Celestina_ debió de ser bastante leída en su tiempo, puesto que tuvo dos ediciones en España (1533 y 1536); otra en Venecia, corregida por Domingo de Gaztelu, secretario de D. Lope de Soria, embajador de Carlos V, y otra en Amberes, sin nota de año, pero que no parece posterior á 1550. La tendencia anticlerical, que ya apunta en algunos lugares de la _Tragicomedia de Calisto y Melibea_, llega á ser insolente y agresiva en el libro de Feliciano, en que no faltan proposiciones que frisan con la heterodoxia y que pueden ofender al lector menos timorato. Y aunque en libros de pasatiempo se disimulaba todo, no es maravilla que el Santo Oficio, cumpliendo por esta vez con su obligación, tomase cartas en el asunto prohibiendo la _Resurrection de Celestina_ en el Índice de 1559, de donde pasó la prohibición al de 1583 y á todos los posteriores[383].
Aunque la _Segunda Celestina_ no deja ningún cabo suelto, no debió de parecérselo así á un oscuro escritor toledano, llamado Gaspar Gómez, que escudándose con el nombre de Feliciano de Silva, y dedicándole su obra, aunque dudamos que fuese con su anuencia, estampó en 1536 una _Tercera Parte de la tragicomedia de Celestina_[384], que es la más rara de esta serie de libros, aunque á esta rareza se reduce todo su mérito. Como los pocos bibliógrafos que han llegado á verla se han limitado á copiar su portada, me ha parecido curioso dar algunas noticias más, poniendo íntegras en nota la dedicatoria y la tabla de los _cincuenta_ actos en que se divide[385], con lo cual puede excusarse la lectura, enteramente inútil, de tan necia y soporífera composición, que termina con las bodas de Felides y Polandria y con la muerte de Celestina, la cual corriendo á lograr las albricias que esperaba de los novios, tropieza y se cae de los corredores de su casa, haciéndose pedazos en la caída. La fábula es insulsa y deslavazada, el estilo confuso, incorrecto y á veces bárbaro. Todos los personajes é incidentes de la obra de Feliciano de Silva reaparecen en la de su imitador, que apenas pone nada de su cosecha. Apuntaré sólo algunas curiosidades.
El acto tercero, en que interviene un hortelano, es el precedente seguro de las escenas del mismo género que luego hemos de encontrar en la _Tragedia Policiana_.
«_Penuncio._--A fe que hallo muy garridas estas albahequeras, y estos claveles con el rocio desta madrugada: que no parescen estas goticas de agua sino perlas: loado sea el que lo riega con tan buen orden...».
Aunque los detalles de costumbres no son muchos ni de gran novedad, merece recordarse la descripción que el paje Corniel hace de los trajes y atavíos preparados para la boda de Felides: «Las colores de nuestra librea son sayetes hechos a la tudesca de grana colorada, que dello a carmesi no ay differencia: con vnas faxas de terciopelo verde de tres pelos tan anchos como cuatro dedos, con vnas pestañas angostas de damasco blanco y las mangas izquierdas son de terciopelo verde con dos subtiles coraçones en cada manga de carmesi, que casi estan juntos con vna saeta que entra por el vno y sale por el otro. Las calças son de grana con vna luzida guarnicion en los muslos, del mismo terciopelo verde y con sus taffetanes de la misma color, que salen por las cuchilladas. Los jubones son de raso carmesi: los çapatos de vn enuessado blanco asaz picados. Las gorras de terciopelo verde con sus plumas coloradas y con alguna argenteria. Las capas de grana con las faxas y guarnicion de los sayetes. Los pages de la misma arte: excepto que los sayos son cumplidos y no lleuan cosa de paño mas de las capas». (Aucto IV.)
Son varias las jerigonzas usadas en esta pieza. Además de la negra _Boruga_, que ya estaba en Feliciano de Silva, hay un vizcaíno, Perucho, mozo de caballos de Felides, que habla siempre en castellano chapurrado y entona una canción que al parecer está en vascuence, y cuyo estribillo recuerda el del famoso _Canto de Lelo_, que antes de la falsificación erudita del escribano Ibargüen fué acaso un canto de cuna. Entregamos á la sagacidad de los expertos en aquella lengua la canción de Juancho, que quizá no ofrezca ningún sentido, y de seguro estará mal transcrita por el escritor toledano que la recogió á oído.
«O Perucho, Perucho, quan mala vida hallada te tienes: linage hidalgo tu cauallo limpias: no falta d'comer un pedaço _oguia_ sin que trabajo tanto le tengas, iuras á mi siempre cauallo a suzio mi amo le haze: y Perucho almohaçando, él nada le pena por carreras hazer en amores que tienes: entre tanto busco otro, aderezar le tengo si pide, y cantarle empiezo biscuença».
Lelo lirelo çarayleroba Yaçoe guia ninçan Aurten erua Ay joat ganiraya Astor vsua Lelo lirelo çarayleroba. Ayt joat ganiraya Aztobicarra Esso amorari Gajona chala Y penas naçala Fator que dala, Lelo lirelo çarayleroba.
«_Sig._--Precioso borrico es este, que se quexa de la vida que passa y dize estar desesperado y pone se a cantar: y tal le dé Dios la salud como yo le entiendo: aunque no dexaré de responder a algunos vocablos comunes que en bizcueuçe dice...». (Aucto decimosexto.)
El tedio que la insípida rapsodia de Gaspar Gómez infunde se disipa como por encanto con la sabrosa lectura de la _Tragicomedia de Lysandro y Roselia_[386], que es la mejor hablada de todas las _Celestinas_ después de la primitiva, de cuyo aliento genial carece, pero á la cual supera en elegancia y atildamiento de dicción, como nacida en un período más clásico de la prosa castellana.
El autor de esta joya literaria procuró ocultar su nombre con más complicado artificio que sus predecesores, y aun afectó ó simuló que el libro se imprimía sin su consentimiento, lo cual se explica bien por las particulares circunstancias de su persona. Al fin del colofón van tres cartas y unas octavas de arte mayor que contienen su nombre como en cifra.
La primera carta es de un amigo del autor, que le pide perdón porque hizo imprimir la obra sin su licencia. «No fué pequeña merced para mí la que recebí de su liberalidad con inviarme aquella obra que llama _Elicia y cuarta parte de Celestina_, que con sutil juicio compuso, porque por ella veo ser verdadera la estimacion que de su entendimiento siempre tuve, pareciéndome que pues _en una materia tan fuera de su experiencia_ tanto se aventajó sobre todos los que han escripto, no es de maravillar que en las cosas de peso todos se queden muy atrás de su saber. Gran consuelo recibí leyéndola, y gran edificacion para el ánimo notando la manera de su proceder, y con cuánto ingenio y sotil elocuencia pinta las cosas que más á pecar nos atraen, y los engaños de las vanas gentes, y las adulaciones de los servidores, y la hipocresia de los esforzados... Pero como mi voluntad sea de la condicion del fuego, que nunca dice bástame, no me contento con la merced recebida sin pedir otra mayor, la cual será tan provechosa á todos los hombres cuanto señalada para mí. Esto es pedirle perdon del atrevimiento tan osado que tuve en hacer imprimir sin su licencia esta obra, pareciéndome que con _su gravedad_ no podria acabar que con su licencia se hiciera, y tambien que emprimiéndola, todos quedarian muy aprovechados, y yo glorioso con haber alcanzado que esta merced, por mi atrevida diligencia, á todos se les comunicase, y para esto le suplico mire ser dicho de la Suma Verdad, que ninguno encienda la candela y la ponga debaxo del celemin, pero sobre el candelero, para que todos vean la luz...». Esta carta anónima está fechada en Madrid á 22 de noviembre de 1542.
De la respuesta del autor a su amigo se deduce que habían sido condiscípulos desde los primeros estudios hasta los de Teología, cursándola juntos bajo el magisterio de un insigne varón, que por el tiempo y la nombradía pudo muy bien ser Francisco de Vitoria, el más célebre de los teólogos de la época de Carlos V. «Si la estrecha y antigua amistad que entre vuestra merced y mí hay desde los primeros principios de gramatica, donde con gran exercicio de las artes liberales aprendidas de unos mesmos maestros y preceptores, venimos despues juntos a estudiar _aquella tan alta sabiduria y tan escondida a los entendimiento humanos, cuan bien enseñada de un tan famoso varon, lux de las Españas_, no terciara entre nosotros, bien creo que vuestra merced habia dado no pequeña ocasion de enemistad, pues quiso que los varios juicios de los hombres, de hoy mas, discanten en mí al son de la liviandad que hace imprimir mucho a mi pesar. Nadie mirará que cuando me ocupé en esa niñeria estaba yo ocupado de una muy trabajosa terciana, la cual no me dejaba emplear en mis principales estudios; y asi fue necesario tomar alguna recreacion en cosas de pasatiempo y no fatigar mi ingenio, pues mi cuerpo estaba tan cansado de frío y de calentura.»
Para vengarse de algún modo determinó entregar al impresor de Salamanca Juan de Junta un poema que su amigo le había confiado, y del cual hace los más pomposos encomios. «Yo leí el libro de las espantosas hazañas que el esforzado Hector hizo camino de Panonia, que vuestra merced con tan sobrada elocuencia compuso, y me hizo merced de inviar con el mesmo mensajero que recibió mis borradores... Y mientras más lo leia, más necesidad me ponia de lo tornar a pasar; la majestad de las palabras, la grandeza de los hechos de un tan animoso varon, las sotiles imaginaciones, la artificiosa invencion, las sentidas canciones derramadas por esos cuatro libros con tan subida trova y alto estilo, me ponian admiracion, aunque, a la verdad, siempre esperaba de su más divino que humano entendimiento que saldrian obras tan primas como esa, pues tal era la forma y el dechado de donde salian las labores. Asi que, por vengarme del atrevimiento que vuestra merced tuvo en sacar a luz esos borradores sin mi licencia, he entregado a Juan de Junta los libros de Hector, en lugar de inviallos a vuestra merced, para que los impriman, que bien creo que como el sol con su luz escurece la claridad de la luna, asi estas obras de vuestra lumbre escurecerán esa _enojosa recua de libros de caballerias_, y no lo tenga vuestra merced a mal, pues la mesma razon me guia á mí para vengarme que a él para atreverse».
En una segunda carta, pedantesca por extremo, donde en pocas líneas se trae á colación á Aristóteles, á San Agustín, á San Pedro, á Lactancio Fimiano, á Plinio el Naturalista, á Salustio, á San Jerónimo, á Valerio Máximo, á Tito Livio, á Dionisio Areopagita, el amigo se resigna con su suerte, y da por bien empleado que sus libros de las hazañas de Héctor se divulguen á trueque de que salga á ver la luz del mundo la _tragicomedia de Lisandro_.
Nadie ha visto los tales _libros de Héctor_, y toda la correspondencia tiene visos de amañada. Las cartas del amigo están fechadas en Madrid, y como la _Tragicomedia_ no consigna punto de impresión, han supuesto algunos que allí pudo cometer su inocente abuso de confianza. Pero tal suposición es inadmisible, porque está probado que en Madrid no hubo imprenta hasta 1566[387]. Además el libro tiene todas las trazas de estar impreso en Salamanca por Juan de Junta, cuya cifra ó monograma, compuesto de las letras _J. A._ primorosamente enlazadas, campea á la vuelta de la portada, y es idéntico al que usó en otros libros como el _Tractatus perutilis Martini de Frias_ (Salamanca, 1550) y el _Remedio de jugadores_ de Fr. Pedro de Cobarrubias (1543).
En la última de las octavas de arte mayor se da la clave para descubrir al enmascarado poeta:
Si el nombre glorioso quisierdes saber Del que esto compuso, tomad el trabajo Cual suele tomar el escarabajo Cuando su casa quiere proveer. Del quinto renglon debeis proceder, Donde notamos los hechos ufanos De aquel que por nombre entre los humanos Vengador de la tierra pudo tener.
Á la sagacidad de D. Juan Eugenio Hartzenbusch estaba reservada la solución de este acertijo. El texto dice claramente que se ha de partir del quinto renglón de una copla donde se alude á las hazañas de un héroe, que por ellas mereció que se le llamase _vengador de la tierra_. Son varios los textos de Ovidio y Séneca el trágico en que Hércules, por otro nombre Alcides, es calificado de _vindex terrae_. Hércules está mencionado en el verso 7.º de la 4.ª octava:
Alcides al mundo con hechos gloriosos...
Contando, pues, desde el verso quinto de dicha copla hacia atrás, ó cuesta arriba á semejanza del escarabajo, y tomando las primeras letras de cada verso (una, dos ó tres), resulta la siguiente cláusula: «Esta obra conpuso _Sancho de Munino_, natural de Salamanca»[388].
Pero siendo tan exótico el apellido de _Munino_, y no encontrándose noticia de ningún sujeto que por aquellos tiempos le llevara, ocurrió á los modernos editores de la _Tragicomedia_ (Fuensanta del Valle y Sancho Rayón) que sin violentar el acróstico pudiera leerse el nombre de otro modo, y en efecto también se lee _Muñón_, juntando las primeras letras de los tres versos en que está el apellido, de la manera siguiente: _Mu-n-non_ dando á la _n_ doble el valor de _ñ_.
Completado de esta manera el descubrimiento, pudo comprobarse la personalidad, de un _Maestro Sancho de Muñón, teólogo_, del cual hay noticias en la colección de Estatutos de la Universidad Salmantina impresos en 1549 por Andrés de Portonariis. Allí consta que Sancho de Muñón asistió en 31 de agosto de 1549 á un solemne claustro pleno, presidido por el rector D. Diego Ramírez de Fuenleal, con objeto de formar ciertas constituciones relativas al entierro de los señores Rector, Maestreescuela, Doctores y Maestros de dicha Universidad. En 9 de octubre del mismo año concurrió á otro para resolver que no se diesen tratados _in scriptis_ bajo ciertas penas, y finalmente, en 9 de noviembre se le cita nada menos que en compañía de Melchor Cano como uno de los asistentes al claustro en que se formaron nuevos estatutos sobre el examen de los estudiantes artistas antes que pasasen á cursar Medicina y Teología[389].
Después de esta fecha no se ha encontrado en España dato alguno de Sancho de Muñón, pero todo induce á creer que es la misma persona que un Dr. D. Sancho Sánchez de Muñón que en 26 de abril de 1560 tomó posesión de la plaza de Maestrescuela de la Catedral de México, ejerciendo en tal concepto el cargo de Cancelario de aquella naciente Universidad, donde recibió ó incorporó el grado de Doctor en Teología en 28 de julio de dicho año. En 1570 hizo un viaje á la Península como solicitador de las iglesias de Nueva España. En 1579 visitó por comisión del Arzobispo de México, D. Pedro Moya de Contreras, las escuelas de niños, y notando algún descuido en la enseñanza religiosa, compuso é hizo imprimir una _Doctrina Cristiana_, de la cual se conoce un solo ejemplar falto de portada[390]. Las noticias de su vida alcanzan hasta 1601. El último cabildo eclesiástico á que asistió fué el de 31 de octubre de 1600. La identidad de este personaje con el Sancho Muñón de Salamanca parece segura, aunque nada dice de ella el eruditísimo García Icazbalceta, á quien debemos estos peregrinos datos.
Natural es que un eclesiástico de respetable carácter y autoridad como el Maestro Sancho de Muñón tuviese algún reparo en confesarse autor de una obra de tan liviana apariencia y desenfadado lenguaje como la _Elicia_. Pero no se arrepentía de haberla compuesto, por estar «llena de avisos y buenas enseñanzas de virtud sacadas de muchos autores santos y profanos, con celo de la utilidad pública». (Pág. XVI). «Dicen que la mandrágora tiene tal virtud, que si nasce cerca de las vides hace que se ablande la fuerza que el vino habia de tener para embriagar; asi la poesia toma de la philosophia la doctrina, y juntándola con la mandrágora del cuento fabuloso, hácela más blanda y facil para ser percibida». (Pág. XI). En su prólogo esboza una teoría del arte docente, y en la dedicatoria á D. Diego de Acevedo y Fonseca justifica la materia misma de su libro, aunque vuelve á declarar que le escribió á manera de pasatiempo: «Y como ya los años pasados tuviese vacacion de graves y penosos estudios, en que he gastado los tiempos de mi mocedad... compuse esta obrecilla que trata de amores, propia materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa torpe ni vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la naturaleza. Dejo los loores que del amor dice Platon en su _Simposio_, dejo lo que en la _Theogonia_ escribe Hesiodo, que el amor es el más antiguo Dios entre todos los dioses; dejo lo de Ovidio, que el amor tiene dominio universal y reina sobre los dioses y sobre los hombres, y dejo otras infinitas auctoridades que hablan en esta materia, porque sería nunca acabar. Sólo quiero decir que si alguno pareciere no ser la obra digna de mi profesion y estudios, se acuerde que casi no hubo illustre escriptor que no comenzase por obras bajas, y de burlas y chufas, tomadas de en medio de la hez popular». (Pág. 1).